Capítulo 1
Alex llevaba un rato mirando a través de la ventana. Afuera, en el pequeño parque que bordeaba el edificio, una madre perseguía a un niño de quizás cuatro años que corría entre los arbustos con una carcajada que se colaba por el cristal.
La madre lo atrapó. Lo levantó en el aire. El niño gritó de felicidad.
—Alex.
Él no se movió.
—Alex, ¿puedes volver aquí conmigo?
Era la voz de la psicóloga que trataba de sacarlo de su disociación. Alex parpadeó, despegó los ojos de la ventana y los posó en ella. La psicóloga tenía una libreta sobre las rodillas y un bolígrafo que nunca usaba. Al menos, nunca la había visto escribir algo.
—Perdón —dijo él.
—No tienes que pedir perdón. —Ella ladeó la cabeza levemente—. ¿Qué estabas viendo?
Alex dudó.
—Nada. Una señora con su hijo.
—¿Y eso te sacó de aquí?
Él se encogió de hombros, con una mirada agotada y deprimida.
—Supongo.
La psicóloga esperó a que él pudiera hablar, ya sabía más o menos lo que lo tenía agotado.
Alex suspiró y se recostó un poco más en el sofá.
—Lo que le estaba contando antes… —empezó—. Es que no sé cómo explicarlo bien. La relación con mi mamá no es que sea mala, tampoco es que sea buena. Es que es rara. Es querer a alguien que en un solo día te hace sentir especial y al rato te ignora, que te dice que te ama pero también sabe exactamente como lastimarte. No puedes alejarte porque la necesitas, no puedes odiarla porque la quieres, entonces simplemente te quedas, tragándote toda ese maltrato que te agota minuto tras minuto.
—¿Y crees que ella ha intentado en cambiar?
Él tardó en contestar.
—No sé si soy importante como para cambiar por mí. Capaz solo soy un estorbo que decidió tener porque no le quedaba de otra. —Se le quebró un poco la voz y lo disimuló carraspando—. Y lo peor es que no puedo ni estar seguro de lo que siento. A veces la quiero mucho. A veces la pienso y se me hace un nudo aquí —se tocó el pecho, justo debajo de la garganta— y no sé si es amor o si es rabia, o si las dos cosas son lo mismo y por eso me confunden tanto. Creo que por eso jamás le digo que la quiero o le doy afecto, trato de cuidarme de lastimarme más. Solo una vez pude escupir todo el veneno que me estaba atormentado, pero es que ella me estaba sacando de mis casillas.
La psicóloga asintió despacio.
—¿Y cómo terminó todo eso? ¿Sirvió de algo tu desfogue?
Alex volvió a mirar la ventana.
—Pues… —dijo Andrés con un nudo en la garganta.
Había empezado en la cocina, que era donde empezaban las cosas que luego no tenían forma de deshacerse.
Alex estaba preparando el almuerzo como todos los días, no porque tuviera ganas, sino porque a veces le hacía sentir útil, a menos que su mamá comenzara a molestarlo.
—Estás pelando mal las papas —Su madre ni lo miró, solo señaló con el cuchillo—. Así se desperdicia la mitad.
—Las estoy pelando bien.
—Te digo que no. Hazme caso. —Le quitó la papa de la mano sin esperar respuesta y la peló en tres movimientos rápidos, con esa eficiencia suya que siempre tenía algo de reproche—. Así es.
Alex cogió otra papa.
Intentó hacerlo como ella lo había hecho.
—Estás cortando muy grueso —dijo ella al cabo de un momento.
Él no contestó.
—El cuchillo lo coges mal, así te vas a cortar.
—No me voy a cortar.
—No me respondas. Y mejor cámbiame esa cara, que con esos ánimos me harás todo mal —Volvió a quitarle lo que tenía en las manos, esta vez el cuchillo también—. Mejor me haces espacio, que a este punto almorzaremos tarde
Alex se hizo a un lado. Miró cómo ella tomaba su lugar en la tabla de cortar, cómo ocupaba el espacio sin dejarle sitio, como si él nunca hubiera estado ahí. Se quedó parado en el medio de la cocina sin saber muy bien qué hacer con sus propias manos y esa sensación le era tan conocida, tan vieja y tan gastada, que fue exactamente eso lo que le torció la cara sin que pudiera evitarlo.
Su madre lo vio.
—Cámbiame esa cara o te la cambio yo, ya te dije.
Algo se rompió.
No fue un sonido. No fue un gesto. Fue simplemente el punto en que Andrés dejó de intentar sostener lo que llevaba semanas sosteniendo.
—¿Qué cara quieres que te ponga?
—Una normal. Una de persona agradecida. —Siguió cortando sin mirarlo—. Que estás en mi casa, comes en mi mesa y encima me pones esa cara de culo.
—No es cara de culo. Es que me acabas de sacar de aquí como si estorbara. Llevas todo el día, no, toda la semana con unos ánimos de mierda haciéndome sentir mal
—Háblame bonito que soy tu madre y a mí me tienes que respetar.
—Hago lo que puedo, te ayudo en lo que puedo y aun así me tratas como esclavo. Ni un gracias o por favor me dices.
—No tengo tiempo para tus lloriqueos —dijo ella—. Ni paciencia para hacer esto ahora.
Él se rió, pero era un sonido sin ninguna alegría adentro.
—No tienes paciencia. Sí, ya sé. Llevas toda mi vida sin tenerla.
—Alex.
—¿Qué? —Se apoyó en la pared y la miró—. ¿Qué pasa, que no te gusta escucharlo?
Su madre dejó el cuchillo sobre la tabla con rabia, suspirando con los ojos cerrados y el ceño fruncido.
—Lo que no me gusta es que cada vez que algo no te sale como quieres, tienes que montarme un escándalo como si fueras un niño.
—Esto no es un escándalo, es una conversación. Aunque entiendo que para ti no hay diferencia.
—No me hables así.
—Entonces háblame tú primero de otra manera, me pides respeto y tú jamás me has respetado.
Ella lo miró entonces. De frente, por una vez. Y en esa mirada había algo que Alex conocía bien, una mezcla de irritación y de algo más profundo que nunca llegaba a nombrarse.
—Estás buscando que te de un buen puñete para que te calles.
—Estoy buscando que me trates como si existiera. Que no es lo mismo.
—Existes. Ahí estás. —Volvió a coger el cuchillo—.
—Físicamente, sí. —Alex se despegó de la pared—. Pero tú llevas años mirando a través de mí, mamá. Y sabes que es verdad.
—Lo que sé es que eres un chico de diecinueve años que todavía no sabe controlar sus emociones y respetar, y encima me está dando lecciones de cómo tratarte.
—Cuando tenía trece años me estaba cayendo a pedazos. ¿Te acuerdas? ¿O eso también lo tienes archivado en la carpeta de las cosas que no quieres ver? Tú me hablabas de cómo controlarme, ¿pero tú acaso me dabas el ejemplo? Si eres la principal culpable de todas mis desgracias.
Su madre no contestó de inmediato. Siguió cortando.
—Me dolía todo. El cuerpo, la cabeza, todo. Había días que no podía levantarme de la cama, no podía comer, no podía pensar con claridad. Y tú lo veías. No me digas que no lo veías.
—Todos tenemos días malos. Yo también estoy cansada.
—No eran días malos, eran meses. Eran años. —Le temblaba la voz pero no cedió—. Y cada vez que te decía algo me respondías con lo que acabas de decir. Como si lo que yo sentía fuera una estupidez de puberto.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que llorara contigo?
—Que te importara. Solo eso. Que te importara de verdad y no a medias.
—Me importabas.
—¿Cuándo? —Y esa pregunta la hizo en voz baja, sin agresión, que era la forma en que dolía más—. Porque yo lo busco y no lo encuentro. Busco el momento en que sentí que era una prioridad para ti y no lo encuentro. Sabías que estaba mal y tuviste la gran consideración de tener sexo un día con otro hombre que jamás quiso tener una buena relación conmigo y de repente salir embarazada. Te vuelvo a recordar que mi cuarto estaba al costado del tuyo, Siempre fuiste hipócrita con los otros diciéndoles que como madre soltera, tu pareja tenía que llevarse bien con tu hijo, si no, le decías adió. 6 años conviviendo con él y hasta saludar le pesa.
—Alex, te estás sobrepasando y no voy a permitir que me hables de esa forma. A ti jamás te faltó algo. Y ese hombre provee en esta casa, también merece respeto.
—¿Materiales? Mi papá hasta ahora se encarga de eso. Pero me faltaban muchas cosas, mamá, solo que no eran cosas que se compran con dinero. —Hizo una pausa—. Luego me diagnosticaron y al principio creí que algo iba a cambiar, que ahora había un nombre para lo que yo sentía y eso te iba a ayudar a entenderlo. Y por un tiempo pareció que sí. Por un tiempo parecía que te importaba. Durante años he estado padeciendo dolores físicos, posible diabetes, ¿y fuiste constante conmigo? ¿Siquiera te preocupaste?
Silencio.
—Pero el otro día —continuó él—, el otro día que te conté que había tenido una semana muy difícil, que el TLP me estaba pesando mucho, ¿sabes lo que me dijiste?
Su madre no respondió.
—Me dijiste que a ti nunca te importó mi estupidez de diagnóstico. Que eran excusas. —Lo dijo despacio, como si estuviera leyendo en voz alta algo que había memorizado sin querer—. Eso me lo dijiste tú. A mí. Sabiendo lo que sabes.
—Estaba harta de escucharte usar eso para justificarlo todo.
—No lo uso para justificar nada. Lo uso para explicarme. Para que me entiendan. Que es lo que hace la gente cuando intenta ser escuchada. —Se le quebró algo en la voz y lo dejó estar, esta vez no lo tapó—. ¿Sabes lo que es que tu propia madre te diga eso? ¿Que lo que te destroza por dentro son excusas? ¿Sabes lo que eso le hace a una persona que ya tiene la cabeza llena de voces que le dicen exactamente lo mismo? ¿Qué lo hacen sentir exagerado y dramático?
—No exageres.
—No estoy exagerando. Estoy describiéndote con exactitud lo que sentí. Pero claro, eso también son exageraciones mías, ¿verdad?
—Eres muy intenso, Alex. Siempre lo has sido.
—Soy intenso porque nadie me enseñó a gestionar nada. Porque con trece años me hiciste sentir que mis problemas eran mi responsabilidad. Trece años, mamá, ¿yo qué sabía hacer con todo eso solo? Y ahora tengo diecinueve y sigo siendo mi propia responsabilidad, con la diferencia de que ahora se supone que no puedo echarte la culpa para que siquiera me ayudes, porque soy mayor de edad.
—Lo que me parece una estupidez es que a tu edad sigas sin poder manejarte.
—Porque no me diste las herramientas para hacerlo. —Se le fue apagando la voz pero no la mirada—. Me decías que me dejabas solo para prepararme para la vida, para que fuera independiente. Pero eso es mentira. Nadie aprende a nadar solo en el fondo del mar, solo se ahoga. Y yo me estuve ahogando años mientras tú mirabas desde la orilla convenciéndote de que eso era enseñarme.
—Te di todo lo que pude.
—No. Me diste lo que te costaba menos. Cada vez que quise contarte algo, un sueño, algo que me ilusionaba, algo en lo que quería intentarlo, ya sabía la respuesta antes de terminar la frase. La cara de “eso no es para ti” o “mejor busca algo más seguro” o simplemente el silencio, que a veces era peor que cualquier cosa que pudieras decirme. Ni una vez, ni una sola vez, te sentaste a escucharme de verdad, a apoyarme. Ni siquiera en lo importante, ¿me ayudaste en buscar una beca para estudiar en un lugar mejor? No, ni siquiera me apoyabas con las tareas del colegio, qué mierda te iba a importar que estudie siquiera para entrar a una universidad pública, ni a mi papá le importó.
Su madre apretó la mandíbula.
—¿Y qué quieres ahora? ¿Que me arrodille y te pida perdón?
—Quiero que lo reconozcas. Sin excusas, sin voltear la conversación, sin decirme que exagero. Solo que lo reconozcas y cambies aunque sea por pena.
—Hice lo que pude con lo que tenía.
—¿Eso es todo?
—Eso es lo que hay.
Alex la miró un momento largo. Luego soltó el aire despacio.
—Y después de todo eso, tuviste a Mabel. —No lo dijo con crueldad, lo dijo con un agotamiento que era casi peor—. Y no lo digo por ella, la quiero. Pero de repente sí hubo energía. De repente sí había paciencia, sí había ganas, sí había una madre presente. Y yo me alegré por ella de verdad, y también me rompí un poco por dentro sin poder evitarlo, porque me pregunté qué tenía ella que no tuve yo. ¿Qué cambió? Por qué conmigo no podías y con ella sí. A mi hermana le hiciste muchas actividades para recaudar dinero para tratamientos, porque lamentablemente te volviste a meter con un hombre sin estudios, pero, ¿qué hay de mí? Tengo tantos problemas de salud cargándolos por años.
—Las circunstancias son distintas.
—Claro. Ahora tienes a Dios de tu lado.
Ella lo miró con dureza.
—No te metas con eso.
—No me meto. —Levantó las manos—. Solo digo lo que veo. Que te entregaste a la fe y eso te parece suficiente. Que Dios te perdonó y eso cierra el asunto. Pero hay algo que la religión no puede hacer por ti, mamá, y es mirar a tu hijo a los ojos y pedirle perdón de verdad. No a Dios, a mí. —Hizo una pausa—. Y lo triste es que ni con Mabel lo estás haciendo bien actualmente. La veo y te veo cometiendo los mismos errores, las mismas ausencias de siempre, y rezo porque ella no crezca haciéndose las mismas preguntas que me hago yo, pero mucho me temo que va a ser tarde cuando te des cuenta.
—No me compares.
—No te estoy comparando. Te estoy describiendo.
Silencio pesado. El aceite de la sartén chisporroteó solo, ajeno a todo.
—Y lo que más me agota —dijo Andrés, ya casi sin voz—, lo que más me pesa de todo esto, es que hay días en que parece que sí te importo. Días en que te acercas, preguntas algo, y yo me lo permito creer. Y luego pasan semanas y vuelves a tratarme mal. Cada vez que te digo que me duele algo físicamente, que tengo algo, que no estoy bien, me respondes seco, con tres palabras, como si yo te estuviera haciendo una consulta de trámite. Y luego hay días que pareces otra persona. Pero nunca dura. Nunca es constante. Y estoy cansado de no saber con cuál de las dos me voy a encontrar cada mañana.
Su madre tardó mucho en hablar. Cuando lo hizo, la voz le salió distinta, más pequeña, como si algo dentro de ella hubiera cedido aunque el resto del cuerpo todavía no se hubiera enterado.
—Te fallé —dijo—. En muchas cosas, te fallé. Y sé que decirlo ahora no arregla nada. Pero lo siento, Alex.
Él no contestó enseguida.
Miró el suelo. Miró sus manos. Miró a su madre, que por primera vez en mucho tiempo no tenía ninguna defensa puesta, y pensó que debería sentir algo más grande en ese momento. Alivio, quizás, o rabia todavía. Pero lo que sintió fue solo un cansancio profundo y viejo, el tipo de cansancio que no se va con dormir.
—Está bien —dijo al fin.
No era verdad del todo. Pero tampoco era mentira del todo. Era lo que había en el medio, ese lugar gris donde viven las cosas que todavía no sabes cómo nombrar.
Fue una discusión muy intensa, y terminó en un simple «está bien». Alex solo estaba procesando que no iba a recibir más que eso, que ya no valía la pena desfogarse más. Al final, es un ciclo que no tendrá fin hasta que él pueda independizarse.
—¿Y todo cambió?
La voz de la psicóloga estaba algo quebrada, casi como si hacer la pregunta le haya dolido.
Alex miró la ventana.
Afuera, en el mismo parque donde antes jugaban la madre y el niño, había ahora dos figuras distintas. Una madre y un chico joven, de su edad, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. La madre decía algo, el chico miraba hacia otro lado. Era solo un recuerdo algo actual de él con su mamá en ese mismo parque, donde jugaban juntos hace os cuando su mamá lo amaba mucho.
Alex observó la escena durante unos segundos. Luego se acomodó en el sofá, puso los codos sobre las rodillas, las manos en su cara y miró el suelo.
—No me suele pedir disculpas, tampoco suele quedarse tan callada y ceder. —dijo—. Pensé que iba a ser distinto, pero como siempre… nada cambió.
Pero en su pecho pesaba como si hubiera pasado ayer, y como si fuera a seguir pasando mañana. Como todas las veces anteriores. Como todas las que vendrán. Ese nudo seguirá apretando cada día más.








