Piezas que no encajan

Zachary Albernathy tenía veintiún años y cuatro temporadas en la categoría previa a la Fórmula 1, cuando el mundo dejó de considerarlo una promesa o un prodigio: ya había rozado la edad estándar de debut probable en la máxima categoría, si es que un día dejaba de estar estancado.
Y, a pesar de que no había un límite oficial de edad o temporadas para competir, todos sabían lo que significaba la situación del australiano: si no subías pronto, no subías nunca.
El Albernathy intentó evadir el sentimiento hasta marzo, cuando las actividades de pretemporada le hacían más presente la realidad que quería ignorar:
Primero, que decirse a sí mismo “estancado” era la palabra amable;
Segundo, que todos, aunque no lo quisieran admitir, lo veían como candidato al título de “la promesa fallida”, “el talentoso, pero no tanto como sus amigas”, “el que se quedó solo”;
Tercero, que él mismo ya se percibe como quien solo observa cómo los demás cruzan la puerta que ya empezaba a cerrarse para él.
Esa tarde, en Bahreín, caminó por el circuito con pesadez, algo que no solía ser habitual en él, usando la típica playera de la academia de Mercedes-AMG y el teléfono en la mano. Ya no le ponía atención al track walk que solía hacer; intuitivamente lo reconocía, al igual que al auto, y aquello de lo que quería escapar le aparecía cruelmente en su feed como un recordatorio constante de su realidad:
Cordelia Hyland riendo con su teammate en un clip de Team Torque, el podcast que Williams Racing grababa con sus pilotos.
Sienna Wolff saliendo como portada de Marie Claire y un reel de una entrevista para la revista.
Ellas no parecían haberse ido ni estar incómodas con ese mundo, y mucho menos pensaban que Zack estuviera afligido con la situación; simplemente, él era quien estaba incómodo por haber sido dejado atrás. En las vacaciones de invierno casi no habló con ellas por esa misma razón: requería de espacio, agua, aire, aclarar sus ideas; y no necesitaba esos momentos de torturarse mentalmente con ellas cerca. Aunque fuera socialmente inevitable.
Todo ese lío mental no le permitió ver a Elaine Williams, de diecisiete años, caminando del lado contrario con una camiseta de Williams Racing dos tallas más grande y lentes de sol que seguramente costaban más que el celular de Zack. Paseaba a un cavalier spaniel y una cachorra basset hound mientras su mente oscilaba entre mirar con detalle el circuito y cuidar a sus perros.
—Por favor, Bruno... no hagas nada aquí —murmuraba ella hacia su enérgico cavallier. —Ya casi llegamos de vuelta a los boxes.
Bruno, indiferente a las dinámicas, por supuesto hizo su voluntad y eligió ese mismo momento para hacerlo.Taffy, la basset hound de Raphael Williams, el hermano menor de Elaine, ladraba con mucha energía a todo lo que veía que se movía cerca de la heredera. No importaba que fueran moscas, personas u hojas.
A pesar de la desobediencia de Bruno y los ladridos de Taffy, ella se lo tomó con calma, suspirando con un poco de pesadez buscando en los bolsillos de sus shorts una bolsa e inclinándose para recoger los desechos del cavallier. Como la cachorra de Raphael ladraba a todo, ni Elaine se dio cuenta que esta vez le alertaban sobre la llegada de alguien. Ella genuinamente pensó que Taffy sólo estaba siendo enérgica como siempre.
Zack, totalmente ajeno por estar ensimismado con su teléfono, leyendo un mensaje de Sienna sobre pases para el paddock como su invitado regular, no notó que había algo en el suelo y alguien con intención de limpiarlo hasta que lo pisó. Él se congeló al sentirlo en su zapato, Elaine igual se quedó quieta viendo los tenis del contrario. Solo se escuchaban los ladridos de Taffy en ese momento.
—No... —susurró Zack, bloqueando y guardando su teléfono con incredulidad, aunque no tanta, ya sabía que últimamente la vida parecía odiarlo mucho—. No puede ser.
Movió torpemente el pie para quitar de la suela la suciedad que pudiera, pero eso solo fue peor, lo embarró todo entre su zapato y el concreto.
—¡Lo siento! ¡Lo siento muchísimo! —Elaine reaccionó finalmente entrando en pánico levantándose—. ¡Bruno no avisa!
Y Bruno, descaradamente, movió la cola. Taffy seguía ladrando para alejar a Zack. No fue hasta que Bruno le ladró a Taffy para silenciarla que finalmente ambos involucrados pudieron conversar propiamente.
Albernathy se quedó unos instantes en silencio evaluando a la chica. Ligeramente conocida de algún lado, pero su nombre no le llegó a la mente, alta, piel tostada —casi similar a la de Sienna— y unos enormes ojos color café.
—No pasa nada —dijo él, respirando lento, mostrando una sonrisa incómoda—. Estoy acostumbrado al fracaso.
La Williams notablemente confundida, parpadeó en silencio intentando analizar el comentario y cuando lo logró, solo una pregunta pudo salir:
—¿Fracaso?
—Nada—. Se encogió de hombros y soltó un suspiro cansado —Cosas de mayores de veinte que aún no suben a Fórmula 1. No me hagas caso.
Elaine bajó la mirada, apenada, concediendo un momento de silencio antes de volverlo a ver.
—Puedo traerte toallas. O un cepillo. O zapatos nuevos.
—No hace falta. Ya he perdido la dignidad antes. Pero esto sí es innovador—. Miró a ambos perros, Bruno movía la cola con intención de querer jugar con él y Taffy estaba alerta, lista para atacar en nombre de la hermana de su humano.
Elaine extendió la mano, Taffy volvió a ladrar apenas Zack la recibió para estrecharla. La Williams buscó paciencia para no regañar a Taffy, pero no pudo, primero la regañó y luego, finalmente, le hizo saber su nombre al australiano.
—Soy Elaine... Elaine Williams—. Menciona en voz baja, como si su nombre más que una grandeza fuera una penitencia. Albernathy en un principio no le sonó el apellido, hasta que conectó las ideas y las piezas finalmente comenzaron a coincidir. —Ellos son Taffy y Bruno.
Por supuesto, que los perritos al ser mencionados contestaron con un ladrido en el caso de la basset hound mientras que el cavallier ya estaba moviendo la cola y levantandose en dos patas para que Elaine lo cargue.
—¿Williams... Williams?— contesta lentamente el mayor, aún arrastrando ligeramente el pie contra el asfalto del circuito para deshacerse del regalo de Bruno —¿Como Williams Racing?
—Sí —dijo ella conteniendo un gesto apenado en su rostro. No había nada de malo ser quien es, pero para Elaine aquello se sentía más una carga que una bendición o privilegio, sobre todo considerando que llegó hasta la mayor categoría de la series monarca en la división de fórmula. La famosa previa al mayor espectáculo conocido por los amantes del automovilismo en el mundo.
Zack se quedó un momento en silencio al notar que la Williams estaba esperando de su parte alguna expresión o reacción grandilocuente que viene con eso, pero el australiano, quien era conocido por tener el cabello ligeramente largo y desaliñado simplemente se acomodó el cabello con una goma de cabello que tenía en su muñeca izquierda. Le dio igual, no se veía ni sorprendido o impresionado, solo quería verse menos desprolijo por dignidad.
Ella no se había dado cuenta que fue entonces que él finalmente la ubicó, sí, por su apellido pero también debido a Sienna Wolff. No era un tema popular —pero era cierto que un par de veces Cordelia y Sienna habían hablado de la mítica Elaine, la heredera que desearía jamás haberlo sido y se la pasaba viviendo a expensas de los sueños de su padre—.
De todas formas, él no se intimidó. ¿Por qué debería?
Finalmente, Elaine no era distinta a su amiga. Entonces, no le causó gran impresión el saberlo.
—Zack Albernathy de PREMA. Quizá me recuerdes como “el que no subió cuando subieron sus amigas”—. Intentó bromear sin que sonara el reproche, pero Elaine lo notó y hasta le dolió. No por culpa o lástima, simple reconocimiento. Ella tampoco quería estar ahí. Pero a diferencia de Zack, ella tiene un asiento asegurado en F1 en el futuro, uno que no quiere y que sabe que personas como el australiano pelean por alcanzarlo.
—Sé quién eres, habríamos sido compañeros pero dejaste ART, además...—dijo la Williams, provocando que el contrario alzara sus cejas con curiosidad—. Mi papá... tiene un archivo tuyo.
Él en respuesta a eso la miró con incredulidad:
—¿En serio?
—Está guardado en un cajón—. Añade haciendo un ademán, que oscila entre la incomodidad y el nerviosismo—. Eh, mi papá dice que el Maxwell sabe lo que hace... y bueno, guarda algunas cosas de sus talentos.
—Me sirve —una sonrisa nueva aparece, más genuina,—. Mejor que nada. Al menos alguien me colecciona junto con los otros fracasados.
Hubo un momento de silencio, usualmente él no era tan callado pero el encuentro en sí se sentía raro. Más porque el propio Albernathy comenzaba a percibir el olor de la caca de perro que venía de su zapato, lo que le dio al instante una excusa válida para irse:
—Bueno, debo irme ya—. Avisa dando un par de pasos hacia atrás, alejándose de la británica. Eso la desconcertó, aunque era cierto que no parecía lista para decir nada más antes de que él tomara la iniciativa de irse.
—¡Oye, espera!—. Habló un poco más elevado de lo que debería, provocando que el mismo Bruno comenzara a ladrar, Taffy ya iba corriendo hacia Zack pero un ligero tirón de la correa no permitió a la pequeña llegar lejos. Albernathy, fijó de nuevo la vista en la menor deteniendo su propio plan de huida. —Quiero compensarte por tu zapato. Un café, o un té, o...— comenzó a decir rápidamente.
—No puedes invitarme café —la interrumpió con cuidado, totalmente consciente de la edad que tenía la hija de Sir James Williams considerando la que tenía Sienna Wolff—. Eres menor.
—Tengo diecisiete, no cinco—. Replicó ella inmediatamente, tocando por simple reflejo su cabello rizado y atado en una coleta, que perfectamente podría ser un moño.
—Por eso mismo—. Insiste él levantando ambas manos, como si en verdad quisiera dejar claro que él estaba siendo totalmente legal y le preocupaba ser llevado a la cárcel por esta tontería del café de compensación —Cuando cumplas dieciocho... si aún quieres... puedes intentarlo.
Eso la hizo bufar en un principio, ya que de la nada, alguien que tenía heces de perro en el zapato, un aire incluso triste en primera instancia estaba poniéndole condiciones estaba poniéndole un límite —y era tan raro, tan absurdo— que incluso se sorprendió casi por reflejo contener una risa al morder ligeramente su labio inferior.
—Okay— repondió casi en un susurro, mirando sus zapatos, una sonrisa incipiente estaba creciendo en sus mejillas. —¿Supongo que me conformo con eso?
—Deberías— Zack volvió a dar un par de pasos atrás. —¡Prometo esperarte!
Y finalmente soltó una risa muy leve, con ello, en ese momento, Elaine sintió algo tibio en el pecho, bonito, extraño porque al menos nunca lo sintió tan de repente. Algo que su hermano menor Raphael no aprobaría, mucho menos sus padres, pero no le importó, no le importaba nada considerando que tal vez ese chico frustrado era una excelente excusa para no odiar tanto su trayectoria forzada en el deporte automotor.
—¡Entonces tal vez vuelva a invitarte cuando culpa ese requisito!—. Mencionó ella, ladeando una sonrisa, comenzando a caminar de espaldas de lado contrario del que Zack se estaba yendo.
—Tal vez te diga que sí, entonces—. Concluye él, ya lo suficientemente alejado para que deban hablar en un módulo de voz más fuerte—. ¡Nos vemos, señorita Williams y Bruno, y... !— se agachó para despedirse de Taffy, que miraba a Zack como si fuera su enemigo más personal mientras que el castaño le sonrió, amigable o burlón dependía de quién lo mirase, pero para Elaine fue incluso adorable el gesto de despedida totalmente personal hacia su más grande fan—. ¡Hasta luego, Taffy!
La basset hound le ladró indignada, causándole por consecuencia una risa involuntaria a la británica. Zack se incorporó y finalmente hizo un ademán de despedida con la mano, después se dio la vuelta y finalmente se fue caminando con cuidado, intentando quitarse con el asfalto lo que pudiera todavía con cada paso que diera. Elaine lo miró alejarse mientras sostenía con fuerza las correas de sus perros, porque Taffy estaba lista para morderlo y Bruno parecía que quería jugar con él.
Cuando él ya estuvo lo suficientemente lejos, Elaine se dio la vuelta y siguió haciendo su ruta. Las mejillas las tenía teñidas de rojo, apenas visibles por su tez y perfectamente pasables como blush pero también una consecuencia del calor de la tarde de Bahreín.
Y así fue como dos piezas que parecían no encajar en la Fórmula 2, se olvidaron de sus razones por las cuales no querían estar ahí.