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LÁZARO

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Sinopsis

¿Qué sucede cuando la muerte no es el final, sino un error de cálculo? Lázaro despierta en una habitación que huele a humedad y olvido, no con la gloria de un milagro, sino con el sabor metálico del cobre y la pesadez de una gravedad que parece odiarlo. Su regreso a la vida no es un regalo; es una condena biológica en un mundo que ya no tiene espacio para él. Mientras recorre las calles grises y opresivas de una ciudad que parece una maqueta de hormigón y desidia, Lázaro se convierte en el tablero de ajedrez de una batalla intelectual y espiritual. Por un lado, Iván Petrovich, un cínico arquitecto del vacío, lo acecha en las sombras de las tabernas para recordarle que la resurrección es una anomalía cruel y que la nada es el único destino lógico. Por el otro, Sonia, cuya fe actúa como un "pegamento metafísico", se aferra a su mano con una terquedad luminosa, dispuesta a respirar por él si es necesario.

Genero:
Drama
Autor/a:
Alexander_Vent
Estado:
En proceso
Capítulos:
18
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Al abrir los ojos no hubo luz divina ni coros de ángeles, solo la mancha de humedad en el techo que tenía la forma de un continente olvidado, una cartografía de moho que Lázaro conocía mejor que las líneas de su propia mano, despertó con el sabor a cobre en la boca y la sensación inequívoca de que había cometido un error imperdonable, no él, claro, sino el universo, o la biología, o ese azar estúpido que insiste en bombear sangre a través de un corazón que ya había aceptado la quietud. El aire de la habitación era denso, masticable, olía a col hervida y a ropa vieja, a esa pobreza rancia que se mete en los poros y no sale ni frotando con lejía, Lázaro se incorporó, sintiendo cómo las vértebras crujían una por una, un xilófono de huesos secos protestando por la reanudación de la verticalidad, por qué, se preguntó, o tal vez no se lo preguntó, tal vez fue solo un gemido que se le escapó por la garganta, ese conducto estrecho por donde ahora debía pasar el aire, el agua y las palabras, tres cosas que le sobraban.


Se miró las manos, eran pálidas, casi translúcidas, con venas azules que trazaban caminos hacia ninguna parte, le parecían ajenas, herramientas prestadas por un extraño que se había ido sin dejar instrucciones de uso, si esto es la vida, pensó, si esto es lo que tanto celebran los que lloraban junto a mi cama, entonces la vida es una estafa piramidal donde los últimos en llegar pagan las deudas de los primeros y nadie se lleva el premio gordo. Se levantó, el suelo estaba frío bajo sus pies descalzos, un frío real, físico, que subió por sus piernas como una enredadera helada recordándole que la termodinámica no tiene piedad con los resucitados, caminó hasta la ventana, el cristal estaba sucio, cubierto de una capa de mugre grasa que difuminaba la ciudad exterior, esa ciudad gris y aplastante que zumbaba como un enjambre de avispas furiosas, gente que iba y venía, tranvías que chirriaban, caballos que resbalaban en el adoquín húmedo, todo ese movimiento frenético para ir de un punto A a un punto B, sin detenerse a pensar que el punto C es el cementerio y que hacia allí corremos todos con un entusiasmo digno de mejor causa.


Entonces llamaron a la puerta, tres golpes secos, autoritarios, no esperaron respuesta, la madera crujió y entró Iván Petrovich, con su abrigo largo que parecía una mortaja negra y esos ojos pequeños y brillantes que lo escrutaban todo como si buscaran un error en la contabilidad del mundo, Lázaro no se giró, siguió mirando la calle borrosa, sabía quién era sin necesidad de verlo, el olor a tabaco barato y a cinismo lo precedía.


Vaya, vaya, dijo Iván Petrovich, cerrando la puerta con una suavidad que resultaba más inquietante que un portazo, el milagro se ha puesto de pie, la ciencia médica se felicita, los curas se persignan y aquí estás tú, mirando por la ventana como si esperaras ver aterrizar a los cuatro jinetes, qué tal se siente, Lázaro, qué tal se siente tener los pulmones llenos de aire otra vez, es decepcionante, verdad, esperabas algo más épico, quizás una misión divina, pero solo tienes hambre y frío.


Lázaro apoyó la frente contra el cristal, sentía el pulso en las sienes, un tamborileo constante, pum, pum, pum, la tiranía del ritmo cardíaco, no esperaba nada, dijo con voz ronca, una voz que sonaba como si viniera de un pozo profundo, no pedí volver, Iván, no firmé ningún contrato.


Ah, el contrato social, se rió Iván Petrovich, una risa seca, como hojas pisadas en otoño, nadie lo firma, amigo mío, nacemos endeudados y morimos en bancarrota, pero tú, tú eres un caso especial, tú te fuiste, cruzaste la línea, viste el gran telón negro y te trajeron de vuelta a rastras, deberías estar agradecido, eso dicen todos, Sonia dice que es una bendición, que Dios tiene un plan para ti, pobre chica, necesita creer que el sufrimiento tiene un propósito porque si no tendría que admitir que se mata trabajando catorce horas al día para nada, para alimentar a un padre borracho y a un resucitado ingrato.


No la menciones, dijo Lázaro, girándose por fin, la luz gris de la mañana le daba en la cara, acentuando las ojeras profundas que le daban aspecto de calavera, no tienes derecho a hablar de ella con esa boca tuya llena de veneno, Sonia es... Sonia es otra cosa.


Sonia es una santa, interrumpió Iván Petrovich, sentándose en la única silla de la habitación, una silla de paja deshilachada que crujió bajo su peso, una santa idiota, pero una santa al fin y al cabo, cree que tu regreso es la prueba de que el amor vence a la muerte, qué ironía, tú y yo sabemos que lo único que vence a la muerte es el olvido, o en tu caso, una inyección de adrenalina y unos masajes cardíacos violentos, pero dime, Lázaro, tú que has estado al otro lado, qué viste, viste el túnel, la luz blanca, a tus antepasados saludándote con pañuelos de seda, o solo viste la nada, la gran y maravillosa nada absoluta.


Lázaro se sentó en el borde de la cama, el colchón de muelles se le clavaba en los muslos, la verdad era un peso insoportable en su lengua, no vi nada, susurró, y en ese susurro había más terror que en todos los gritos del infierno, no había luz, ni oscuridad, ni tiempo, ni espacio, simplemente dejé de ser, y fue... fue un alivio, Iván, un alivio tan inmenso que ahora, al tener que ser otra vez, al tener que ocupar un espacio y sentir el peso de la gravedad tirando de mis hombros, siento ganas de vomitar, es como si me hubieran obligado a ponerme un traje de plomo y me dijeran que tengo que bailar.


Iván Petrovich sacó una petaca de plata del bolsillo interior de su abrigo, desenroscó la tapa con parsimonia y bebió un trago largo, luego se limpió los labios con el dorso de la mano, guantes de cuero gris, desgastados en los nudillos, exacto, dijo, ofreciéndole la petaca a Lázaro, quien la rechazó con un gesto de la mano, exacto, el alivio de la no-existencia, es lo que todos buscamos en el fondo, por eso bebemos, por eso dormimos, por eso follamos, para dejar de ser nosotros mismos aunque sea por un instante, para disolvernos, pero tú lo tuviste, lo tuviste todo, la paz definitiva, y te la arrancaron, te trajeron de vuelta a este cuarto de alquiler que huele a repollo, para que sigas pensando, para que tu cerebro siga girando como una rueda de molino que no muele nada más que su propia angustia, y ahora te preguntas por qué, para qué.


Para sufrir, dijo Lázaro, mirando una grieta en el suelo, para que Sonia pueda tener esperanza, para que los médicos puedan escribir sus artículos, soy un objeto, Iván, soy el tablero donde los demás juegan sus partidas, mi voluntad no cuenta, nunca contó.


Iván se levantó y empezó a caminar por la habitación, tres pasos hacia la pared, tres pasos de vuelta, como un tigre enjaulado o un péndulo humano, el sufrimiento es inútil, Lázaro, no te engañes con místicas baratas, el dolor no redime, el dolor solo duele, destruye, erosiona, te convierte en un animal asustado, mira a Sonia, su fe es su morfina, pero tú, tú ya no tienes fe, tú has visto el vacío y el vacío te ha mirado a ti, y ahora sabes que detrás del decorado de cartón piedra de la sociedad no hay un tramoyista, no hay un director, no hay nadie, solo el viento soplando entre las ruinas.


En ese momento la puerta se abrió de nuevo, pero esta vez no hubo golpes, ni violencia, se abrió con la timidez de quien pide perdón por existir, y entró Sonia, traía un cuenco de sopa humeante entre las manos, sus manos rojas, agrietadas por el frío y el agua de lavar ropa ajena, llevaba un pañuelo descolorido en la cabeza y sus ojos, grandes y húmedos, se posaron en Lázaro con una intensidad que le quemó la piel, era una mirada cargada de una bondad tan insoportable que Lázaro tuvo que apartar la vista, no podía soportar ser el objeto de tanta esperanza, se sentía un fraude, un impostor que ocupaba el cuerpo de un hombre que debería estar bajo tierra.


Lázaro, dijo ella, su voz era un hilo de música en medio del ruido de la artillería, has despertado, gracias a Dios, te he traído caldo, tienes que comer, estás muy pálido.


Iván Petrovich se detuvo, miró a Sonia con una mezcla de desprecio y una extraña, retorcida compasión, ah, la magdalena, la portadora de la vida, entra, entra, estábamos hablando de la filosofía de la digestión, Lázaro dice que no tiene hambre de comida, sino de eternidad, pero supongo que un poco de caldo de huesos no le hará daño a su metafísica.


Sonia ignoró a Iván, o tal vez ya estaba tan acostumbrada a su presencia corrosiva que lo trataba como a un mueble más, como a esa mancha de humedad en el techo, se acercó a Lázaro y dejó el cuenco sobre la mesilla de noche, junto a un libro cubierto de polvo que nadie había abierto en años, come, por favor, dijo ella, poniendo una mano sobre el hombro de Lázaro, su tacto era caliente, vivo, y Lázaro sintió una repulsión instintiva, no hacia ella, sino hacia el contraste, hacia la obscenidad de ese calor vital contra su frialdad interior.


No tengo hambre, Sonia, dijo Lázaro, pero su estómago rugió, traicionándolo, demostrando que su cuerpo tenía su propia agenda, una agenda de supervivencia ciega que no le importaban las crisis existenciales de su dueño.


Tienes que recuperar fuerzas, insistió ella, te necesitamos, Lázaro, yo te necesito.


Esa frase, yo te necesito, cayó en la habitación como una piedra en un estanque, creando ondas que chocaron contra las paredes, Lázaro cerró los ojos, ahí estaba, la cadena, el grillete, la obligación de vivir no por uno mismo, sino por el otro, la tiranía del afecto, Iván Petrovich soltó una carcajada breve, un ladrido seco.


Lo necesitas, dijo Iván, ¿para qué?, ¿para que te vea envejecer?, ¿para que comparta tu miseria?, ¿no sería más piadoso dejarle volver a la oscuridad?, mírale, Sonia, míralo bien, no ha vuelto entero, ha dejado algo allí, o quizás se ha traído algo de allí, una sombra en la mirada que no se va a ir con sopa caliente.


Cállese, Iván, dijo Sonia, y por primera vez hubo un destello de acero en su voz suave, usted no entiende nada, usted solo sabe destruir, Lázaro ha vuelto porque aún no ha terminado, porque hay luz en él, aunque ahora no la vea.


Luz, murmuró Lázaro, abriendo los ojos y mirando el caldo grasiento donde flotaban unos trozos de verdura triste, no hay luz, Sonia, solo hay biología, células que se reparan, neuronas que disparan electricidad, soy un autómata que ha sido reiniciado, eso es todo.


Sonia se arrodilló frente a él, sin importarle la suciedad del suelo, y le tomó las manos, esas manos extrañas que Lázaro no reconocía, mírame, Lázaro, dijo ella, y él la miró, vio en sus ojos el reflejo de su propio rostro demacrado, vio el miedo que ella intentaba ocultar, el miedo a quedarse sola en un mundo hostil, y comprendió que su resurrección no era un regalo para él, era un regalo para ella, y que rechazarlo, que optar por el suicidio o la apatía, sería el acto de crueldad final, estaba condenado a vivir por compasión, condenado a respirar por caridad.


Comeré, dijo Lázaro, y la palabra le supo a ceniza, comeré.


Sonia sonrió, y esa sonrisa iluminó su cara cansada, transformándola por un segundo en algo bello, en algo casi divino, pero Iván Petrovich, desde su rincón, negó con la cabeza, encendiendo un cigarrillo con movimientos lentos, deliberados.


El primer paso hacia la horca, dijo Iván exhalando el humo hacia el techo manchado, alimentar al prisionero para que esté presentable el día de la ejecución, eres un cobarde, Lázaro, has elegido el dolor conocido frente a la paz desconocida, has elegido la esclavitud de los afectos, bienvenido de nuevo al infierno, amigo mío, aquí hace frío y la comida es mala, pero al menos tenemos buena compañía.


Lázaro tomó el cuenco, el calor de la cerámica le quemaba los dedos, pero no lo soltó, levantó la cuchara, le temblaba la mano, el líquido se derramó un poco, manchando la sábana gris, una mancha más en un mundo de manchas, se llevó la cuchara a la boca y tragó, el sabor era salado, intenso, repugnante y maravilloso al mismo tiempo, sintió cómo el líquido bajaba por su esófago, calentando su interior, despertando órganos que dormían, activando la maquinaria, y con cada trago sentía que se alejaba más de la orilla tranquila de la nada, que se adentraba más en el mar tempestuoso de la vida, y una lágrima, una sola, brotó de su ojo izquierdo y resbaló por su mejilla sin afeitar, no era una lágrima de alegría, ni de tristeza, era una lágrima de impotencia, la destilación pura del absurdo.


Sonia le acariciaba el pelo, como se acaricia a un perro enfermo, y Lázaro se dejó hacer, se dejó querer, odiándose a sí mismo por necesitar ese consuelo, odiando a Iván por decir la verdad, odiando a Sonia por su esperanza ciega, y sobre todo, odiando a ese corazón estúpido que seguía latiendo en su pecho, pum, pum, pum, marcando el compás de una marcha fúnebre hacia un futuro que no quería ver, pero que estaba obligado a presenciar, porque Lázaro se había levantado y ahora, maldita sea, tenía que andar.


Afuera, un organillo empezó a tocar una melodía desafinada, una canción popular alegre que sonaba grotesca en la mañana gris, Iván Petrovich se rió de nuevo, una risa baja, gutural, y Sonia siguió arrodillada, rezando quizás, o simplemente descansando, y Lázaro, con la cuchara en la boca, miró hacia la ventana, hacia la luz sucia que entraba sin pedir permiso, y comprendió que el verdadero castigo no era la muerte, el verdadero castigo era despertar cada mañana y tener que inventar una razón para no volver a cerrar los ojos para siempre.

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