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Elevación — Hollanov

Sinopsis

El cuerpo de Scott Hunter sufre un extraño fenómeno: pierde peso sin parar pero no se vuelve más delgado, su báscula le dice que cada día es un poco más ligero, sin importar si lleva o no ropa o cómo de pesada sea esta. Rock Mountain es una ciudad pequeña en la que las noticias vuelan y Scott no quiere ser sometido a pruebas y experimentos, así que solo confía su secreto a su amigo el doctor Ellis. Sin embargo, el misterio de su insólita enfermedad causará efectos inesperados en la convivencia de la pequeña ciudad y sacará a la luz lo mejor de la gente que le rodea.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
alexi5000
Estado:
Completado
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1. Pérdida de peso

Scott Hunter tocó a la puerta de los Ellis, y el doctor Bob (que era como los residentes de Highland Acres seguían llamando a Bob Ellis a pesar de que llevaba cinco años retirado) le invitó a entrar.

—Bueno, Scott, pues aquí estás. A las diez en punto. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?

Scott era un hombre corpulento, de metro noventa y tres descalzo, que había empezado a echar barriga.

—No estoy seguro. A lo mejor no es nada, pero... Tengo un problema. Espero que no sea grave, pero pudiera ser.

—Y no quieres hablarlo con tu médico de cabecera, ¿no? —Ellis tenía setenta y cuatro años, cabellos plateados que raleaban y una leve cojera que no le entorpecía en la pista de tenis. Que era donde él y Scott se habían conocido y donde se habían hecho amigos. Quizá no íntimos, pero amigos al fin y al cabo.

—Bueno, ya fui a verlo —replicó Scott— y me hizo un chequeo que llevaba un tiempo postergando. Análisis de sangre, de orina, de próstata..., el paquete completo, vamos. Todo bien. Tengo un poco alto el colesterol, pero dentro del límite normal. Era la diabetes lo que me preocupaba. El portal médico online WebMD sugería que era lo más probable.

Hasta que descubrió lo que sucedía con la ropa, claro. Lo de la ropa no aparecía en ninguna web, ni médica ni de ningún otro tipo. Desde luego, no tenía nada que ver con la diabetes.

Ellis lo guio a la sala de estar, donde un gran ventanal dominaba el green del hoyo catorce de la comunidad privada de Rock Mountain en la que su mujer y él vivían ahora.

El doctor Bob hacía el circuito de vez en cuando, pero prefería sobre todo el tenis. La mujer de Ellis, por el contrario, disfrutaba jugando al golf, y Scott sospechaba que ese era el motivo por el que residían allí, cuando no pasaban los inviernos en una urbanización similar de Florida, de aquellas dotadas de instalaciones deportivas.

—Si buscas a Myra —dijo Ellis—, está en una reunión del grupo de Mujeres Metodistas. O eso creo, porque podría ser uno de los comités municipales de los que forma parte. Y mañana viaja a Seattle a una conferencia de la Sociedad Micológica de Nueva Inglaterra. Esa mujer para menos que un pollo en una parrilla caliente. En fin, quítate el abrigo, siéntate y cuéntame qué te ronda por la cabeza.

Aunque estaban a principios de octubre y el tiempo no era particularmente frío, Scott llevaba una parka North Face. Al despojarse de ella y dejarla a su lado en el sofá, los bolsillos tintinearon.

—¿Quieres un café? ¿O un té? Me parece que ha sobrado algún bollo del desayuno, si...

—Estoy perdiendo peso —lo interrumpió Scott de sopetón—. Eso es lo que me preocupa ¿Sabes lo gracioso? Que antes ni me acercaba a la báscula del baño, porque en los últimos diez años o así las noticias que me daba no es que me entusiasmaran demasiado. Y ahora todas las mañanas me subo a ella nada más levantarme.

Ellis asintió con la cabeza.

—Entiendo.

Para él sí que no había ninguna razón para evitar la báscula, pensó Scott; el doctor era lo que su abuela habría llamado «una ristra de huesos». Si no se veía sorprendido por algún acontecimiento imprevisto, contaba con muchas bazas para vivir otros veinte años. Quizá incluso rebasara el siglo.

—Comprendo perfectamente esa fobia a la báscula, es un síndrome que veía a diario cuando ejercía. También vi lo contrario: personas con bulimia o anorexia que se pesaban de forma compulsiva. Pero tú no das el tipo. —Se inclinó hacia delante, con las manos entrelazadas entre unos muslos flacuchos—. Entiendes que ya estoy jubilado, ¿no? Conque puedo aconsejarte, pero no extender recetas. Y lo más probable es que te aconseje que vuelvas a la consulta de tu médico y le expongas todo.

Scott esbozó una sonrisa.

—Mi médico me ingresaría en el hospital en el acto para someterme a pruebas, y el mes pasado recibí un encargo importante, diseñar una serie de sitios web interconectados para una cadena de grandes almacenes. No entraré en detalles, pero es un chollo. Tuve suerte de conseguirlo. Es una gran oportunidad para mí y, además, no hace falta que me mude de Rock Mountain. Son las ventajas de la era de la informática.

—Pero no podrás trabajar si te pones enfermo —replicó Ellis—. Eres un tipo listo, Scott, y estoy seguro de que sabes que la pérdida de peso no solo es un indicador de diabetes, sino también de cáncer. Entre otras cosas. ¿De cuánto peso estamos hablando?

—Casi trece kilos. —Scott miró por la ventana y observó los carritos blancos de golf que circulaban sobre la hierba verde bajo un cielo azul. Una fotografía de esa imagen habría encajado bien en el sitio web de Highland Acres. Estaba seguro de que tendrían uno, todo el mundo estaba en internet en esos tiempos, hasta los tenderetes de carretera que vendían maíz y manzanas, pero él no lo había creado; él había progresado y no se ocupaba de minucias—. De momento.

Bob Ellis sonrió, enseñando unos dientes que aún eran los suyos propios.

—Es una pérdida apreciable, vale, pero me parece que podrás encajarlo. Te mueves bien en la pista de hockey para un hombre de tu tamaño y pasas tiempo en las máquinas del gimnasio, pero el exceso de kilos obliga a hacer un sobresfuerzo no solo al corazón, sino a todo el organismo, de la cabeza a los pies —explicó. Y luego—: Como seguro que ya sabes. Por WebMD. —Enfatizó las últimas palabras poniendo los ojos en blanco, y Scott sonrió—. ¿En cuánto estás ahora?

—Adivínalo —le retó Scott.

Bob se echó a reír.

—¿Qué te crees que es esto, la feria del condado? Pues se me han agotado los peluches.

—¿Cuánto tiempo ejerciste como médico de familia? ¿Treinta y cinco años?

—Cuarenta y dos.

—Pues no seas modesto, habrás pesado a miles de pacientes miles de veces. —Scott se levantó, un hombre alto de complexión robusta que llevaba vaqueros, camisa de franela y unas botas Georgia Giant raspadas. Presentaba más aspecto de leñador o de domador de caballos que de jugador de hockey y diseñador de webs—. Adivina primero cuánto peso y ya trataremos mi destino después.

El doctor Bob escrutó de arriba abajo los casi dos metros, contando las botas, de Scott Carey. Con ojo clínico, prestó especial atención a la curva de la barriga que le sobresalía sobre el cinturón y a los muslos, largos y gruesos, esculpidos por las prensas de piernas y las máquinas de sentadillas que Bob Ellis evitaba ahora.

—Desabróchate la camisa y mantenla abierta.

Scott obedeció y dejó al descubierto una camiseta gris con la leyenda: «UNIVERSIDAD DE MAINE – SECCIÓN DE ATLETISMO». Bob vio un pecho ancho, musculoso, pero que ya acumulaba esos depósitos adiposos que los críos listillos llamaban «tetas de hombre».

—Voy a decir... —Ellis hizo una pausa, de pronto interesado en el desafío—. Voy a decir ciento siete. Como mucho ciento nueve. Por lo que debías de estar por encima de los ciento veinte antes de empezar a adelgazar. Con lo bien que te desenvolvías en la pista de hockey, he de confesar que no se te notaban. Jamás lo habría imaginado.

Scott se acordó de la alegría que sintió cuando, a principios de mes, por fin se armó de valor para subirse a la báscula. Puro deleite, en realidad. El ritmo constante con que perdía peso desde entonces era preocupante, sí, pero solo un poco. Fue el asunto de la ropa lo que transformó la preocupación en miedo. No tenía que consultar WebMD para saber que lo relativo a la ropa era más que extraño; era una anomalía de cojones.

En el exterior, un carrito de golf circulaba al trantrán. Iban montados en él dos hombres de mediana edad, con pantalones de color rosa uno y verde el otro, los dos con sobrepeso. Scott pensó que a ambos les habría beneficiado prescindir del vehículo y hacer el recorrido a pie.

—¿Scott? —llamó el doctor Bob—. ¿Sigues ahí o has desconectado?

—Sigo aquí —contestó el otro—. La última vez que jugamos al hockey sí que estaba en ciento nueve. Lo sé porque fue cuando me atreví a subirme a la báscula. Decidí que había llegado el momento de perder unos kilos, porque en el tercer set ya me faltaba el aliento. Y esta mañana he pesado noventa y seis coma dos.

Volvió a sentarse junto a la parka (de la que surgió otro tintineo). Bob lo observaba con atención.

—A mí no me lo parece, Scott. Perdona que te lo diga, pero das la impresión de estar más gordo.

—Pero ¿parezco sano?

—Sí.

—No estoy enfermo.

—No. Al menos no a simple vista, pero...

—¿Tienes báscula? Apuesto a que sí. Vamos a comprobarlo.

El doctor Bob lo meditó por un instante, preguntándose si el verdadero problema de Scott no radicaría en la materia gris por encima de las cejas. En su experiencia, eran sobre todo las mujeres las que tendían a desarrollar neurosis relacionadas con el peso, pero también les ocurría a los hombres.

—De acuerdo, lo confirmaremos. Ven conmigo.

Bob lo condujo a un estudio poblado de estanterías. Había una lámina de anatomía enmarcada en una pared y una hilera de diplomas en otra, pero Scott no apartaba los ojos del pisapapeles que reposaba entre el ordenador de Ellis y la impresora. Bob siguió su mirada y se echó a reír. Cogió la calavera de la mesa y se la lanzó a Scott.

—Es más de plástico que de hueso, así que no te preocupes si se te cae. Fue un regalo de mi nieto, el mayor. Tiene trece años, la que considero la edad de los regalos de mal gusto. Ven por aquí, a ver qué tenemos.

En el rincón había una báscula mecánica de columna, con un brazo metálico y dos pesas deslizantes, una de mayor tamaño que la otra. Ellis dio una palmadita al aparato.

—Lo único que conservé cuando cerré la consulta fue la lámina de anatomía y esto. Es una Seca, la báscula médica de más calidad que se ha fabricado nunca. Me la regaló mi esposa, hace muchos años, y créeme cuando te digo que a ella nadie la ha acusado jamás de tener mal gusto. Ni de ser tacaña.

—¿Es precisa?

—Pongámoslo así: si comprara un saco de harina de diez kilos y la báscula me indicara que son nueve y tres cuartos, volvería a la tienda y exigiría que me devolvieran el dinero. Deberías quitarte las botas si quieres algo próximo a tu peso real. ¿Y por qué te has traído el abrigo?

—Ya lo verás. —En vez de descalzarse, Scott se puso también la parka, al son del tintineo que surgía de sus bolsillos. Entonces, no solo completamente vestido, sino ataviado para aventurarse en un día mucho más frío que el que hacía, se subió a la báscula—. Métele caña.

Bob desplazó el contrapeso hasta el valor máximo de la escala para dejar margen a las botas y el abrigo, y luego procedió a deslizarlo en sentido contrario, empujándolo poco a poco con el dedo. La aguja no se movía, encallada en los 120, y en los 110, y en los 100, cosa que el doctor Bob habría creído imposible. La ropa y el calzado carecían ya de importancia; Scott Hunter sencillamente parecía pesar más. Ellis podría haberse equivocado por dos o tres kilos, pero había tratado a demasiados hombres y mujeres con sobrepeso para cometer un error tan grave.

Por fin, la barra se niveló en 96,2 kilos.

—¡Que me maten! —exclamó el doctor Bob—. Voy a tener que recalibrar este trasto.

—Yo creo que no —dijo Scott. Se bajó de la báscula y metió las manos en los bolsillos del abrigo. De cada uno de ellos sacó un puñado de monedas de veinticinco centavos—. Me he tirado años guardándolos en un orinal antiguo. Cuando Kip se marchó, estaba casi lleno. Debo de tener como mínimo dos kilos de metal en cada bolsillo, quizá más.

Ellis permaneció callado. No encontraba las palabras.

—¿Comprendes ahora por qué no quería ir a la consulta del doctor Adams? —Scott devolvió las monedas a los bolsillos, que emitieron el alegre tintineo habitual.

—Quiero asegurarme de que lo he entendido bien —dijo Ellis cuando recobró la voz—. ¿Obtuviste la misma lectura en casa?

—Hasta la última décima de kilo. Tengo una báscula de baño Ozeri, puede que no tan buena como esta belleza, pero la he calibrado y da medidas precisas. Ahora, mira esto. Normalmente me gusta algo de música sensual cuando me desnudo, pero, ya que nos hemos desvestido juntos en los vestuarios del club, supongo que podré pasar sin ella.

Scott se quitó la parka y la colgó en el respaldo de una silla. Luego, apoyándose primero con una mano y luego con la otra en el escritorio del doctor Bob para no perder el equilibrio, se sacó las botas. Después siguió con la camisa de franela. Se desabrochó el cinturón, se quitó los pantalones y se plantó de pie en calzoncillos, camiseta y calcetines.

—Podría quedarme en pelotas —dijo—, pero creo que así bastará para enseñarte lo que quiero enseñarte. Porque, verás, esto es lo que me asusta. Lo que sucede con la ropa. Por eso quería hablar con un amigo que sepa mantener la boca cerrada y no con mi médico de cabecera. —Señaló las prendas y las botas en el suelo, luego la parka de bolsillos abultados—. ¿Cuánto calculas que pesa todo eso?

—¿Con las monedas? Siete kilos por lo menos. Puede que ocho o nueve. ¿Quieres que las pese?

—No —respondió Scott.

Se subió de nuevo a la báscula. No hubo necesidad de ajustar las pesas. La barra no se desniveló; continuaba marcando 96,2 kilos.

Scott se vistió y regresaron a la sala de estar. El doctor Bob sirvió una copa de Woodford Reserva para cada uno y, aunque eran poco más de las diez de la mañana, Scott no la rechazó. Se la tomó de un solo trago y el whisky le encendió un fuego reconfortante en el estómago. Ellis le dio dos delicados sorbitos, a modo de pájaro, como para catar su calidad, y luego se trasegó el resto.

—Sabes que es imposible, ¿no? —dijo mientras ponía el vaso vacío en una mesita de centro.

Scott asintió con la cabeza.

—Otro motivo por el que no quería hablar con el doctor Adams.

—Porque lo introduciría en el sistema —señaló Ellis—. Tendría que figurar en tu historial. Y, sí, habría insistido en someterte a una batería de pruebas para averiguar a ciencia cierta qué te ocurre.

Aunque no lo manifestó en voz alta, Scott consideró que «insistir» era una forma muy suave de describirlo. En la consulta del doctor Adams, la expresión que había asomado a sus pensamientos había sido «poner bajo custodia». Fue entonces cuando decidió mantener la boca cerrada y hablar con el médico jubilado amigo suyo.

—Pareces rondar los ciento diez —comentó Ellis—. ¿Te sientes así?

—No exactamente. Cuando pesaba ciento diez, me sentía un poco..., eh..., «plomizo». Ignoro si esa palabra está bien utilizada así, pero no se me ocurre una forma mejor de describirlo.

—Creo que capto la idea —dijo Ellis—, tanto si el diccionario la recoge con esa acepción como si no.

—No se trataba solo del sobrepeso, aunque sabía que influía. Era eso, y la edad, y...

—¿El divorcio? —preguntó con delicadeza, al más puro estilo del doctor Bob.

Scott dejó escapar un suspiro.

—Claro, eso también. Me ensombreció la vida. Ahora las cosas han mejorado, yo mismo me veo mejor, pero la sombra sigue ahí, no voy a mentirte. De todos modos, en ningún momento llegué a encontrarme mal físicamente, seguía haciendo ejercicio tres veces a la semana, nunca me quedaba sin aliento antes del tercer set, pero..., bueno..., eso: que me sentía plomizo. Ahora no. O no tanto, al menos.

—Tienes más energía.

Scott lo meditó y luego negó con la cabeza.

—No exactamente. Es más como si la misma energía me durara más.

—¿Letargos? ¿Fatiga?

—No.

—¿Inapetencia?

—Como como un caballo.

—Una última pregunta, y perdóname, pero tengo que hacértela.

—Pregunta lo que sea.

—No será ningún tipo de broma, ¿no? No estarás vacilando a este viejo matasanos jubilado, ¿verdad?

—Por supuesto que no —replicó Scott—. Me figuro que no servirá de nada preguntarte si conoces algún caso similar, pero ¿has leído sobre algo que se parezca?

Ellis negó con la cabeza.

—Me pasa lo mismo que a ti, no dejo de darle vueltas a la ropa. Y a las monedas de los bolsillos.

«Bienvenido al club», pensó Scott.

—Nadie pesa lo mismo desnudo que vestido. Es un hecho establecido, como la gravedad.

—¿Conoces portales médicos que puedas visitar para ver si existen otros casos como el mío? ¿O más o menos similares?

—Sí, y los buscaré, pero ya te aseguro que no encontraré ninguno. —Ellis titubeó por un instante—. Esto no es que escape a mi experiencia, afirmaría que escapa a cualquier experiencia humana. Joder, me gustaría decir que es imposible. Siempre y cuando, claro está, tu báscula y la mía sean fiables, pero no tengo razones para creer lo contrario. ¿Te ocurrió algo, Scott? ¿Cuál fue el origen? ¿Recibiste..., qué sé yo, radiación de algún tipo? ¿Es posible que aspiraras una bocanada de insecticida barato? Piensa.

—Le he dado mil vueltas. Hasta donde recuerdo, no ha pasado nada. Pero tengo una cosa clara: me ha sentado bien contártelo y no seguir rumiándolo yo solo.

Scott se levantó y cogió su abrigo.

—¿Adónde vas?

—A casa. Tengo que trabajar en unas páginas web. Es un asunto importante. Aunque he de admitir que ya no me lo parece tanto como antes.

Ellis lo acompañó hasta la puerta.

—Dices que has notado una pérdida de peso constante. Lenta, pero constante.

—Correcto. Medio kilo al día, más o menos.

—Y no depende de cuánto comas.

—No —dijo Scott—. ¿Y si continúa?

—Cesará pronto.

—¿Cómo puedes estar seguro si esto escapa a la experiencia humana? —El doctor Bob carecía de respuesta—. Guarda el secreto, Bob. Por favor.

—No hablaré si me prometes que me mantendrás al tanto. Estoy preocupado.

—Descuida.

En la veranda, los dos hombres permanecieron uno al lado del otro, contemplando el día. Era una visión agradable. El follaje otoñal se acercaba a su máximo apogeo y el color de las hojas incendiaba las colinas.

—Cambiando de lo sublime a lo ridículo —dijo el doctor Bob—, ¿cómo lo llevas con tus vecinos, los señores del restaurante? He oído que has tenido problemas.

Scott no se molestó en preguntarle a Ellis cómo se había enterado; Rock Mountain era un pueblo pequeño y la gente chismorreaba. Y suponía que los cotilleos se propagaban rápido cuando la mujer de un médico jubilado pertenecía a toda suerte de comités municipales y parroquiales.

—Si Rozanov y Hollander te oyeran llamarlos «señores», te añadirían a su lista negra. Pero, dada mi situación actual, me había olvidado de ellos.

Una hora más tarde, Scott se encontraba sentado en su estudio, parte de una bonita casa de tres pisos en View Mountain, que dominaba la ciudad propiamente dicha. Una vivienda con un precio más alto del que él habría podido pagar con desahogo, pero Kip la había querido a toda costa, y él había querido a Kip. Y ahora el vivía en Arizona y Scott se había quedado con un sitio que era demasiado grande incluso para dos personas. Más el gato, por supuesto. Sospechaba que a Kip le había resultado más duro abandonar a Bill que abandonar a su marido. Scott reconocía que esa idea destilaba un poco de mala leche, pero pocas verdades estaban exentas de maldad.

En el centro de la pantalla de su ordenador, destacaban las palabras HOCHSCHILD-KOHN MATERIAL BORRADOR 4 en letras grandes. Hochschild-Kohn no era la cadena para la que trabajaba, esta había echado el cierre hacía casi cuarenta años, pero, con un encargo de la entidad de aquel, no estaba de más andar prevenido con los hackers. De ahí el seudónimo.

Cuando Scott hizo doble clic, apareció la imagen de una antigua tienda de Hochschild-Kohn (al final la reemplazaría por un edificio mucho más moderno que pertenecía a la verdadera compañía que lo había contratado). Debajo de la foto se leía: «Tú pones la inspiración, nosotros el resto».

En realidad, había conseguido el encargo gracias a ese lema pergeñado rápidamente. El talento como diseñador era una cosa; la inspiración y el hallazgo de eslóganes ingeniosos era otra; cuando se fusionaban, se generaba algo especial. Él mismo era especial, tenía ante sí la oportunidad de demostrarlo y no pensaba desaprovecharla. Más adelante se vería obligado a colaborar con una agencia publicitaria, lo asumía, y retocarían sus textos y gráficos, pero no creía que cambiaran el eslogan. La mayoría de sus ideas básicas resistirían las revisiones. Tenían fuerza suficiente para sobrevivir a un puñado de peces gordos de Nueva York.

Volvió a hacer doble clic y en la pantalla se abrió un salón. Estaba totalmente vacío; no tenía lámparas ni apliques. Al otro lado de la ventana se divisaba una pradera que casualmente formaba parte del campo de golf de Highland Acres, donde Myra Ellis había jugado numerosas vueltas. Algunas veces, el cuarteto de Myra había incluido al propio expareja de Scott, que ahora vivía (y era de presumir que también jugaba al golf) en Flagstaff.

Bill E. Gato entró en el cuarto, soltó un maullido somnoliento y se le restregó contra la pierna.

—Ahora te echo de comer —murmuró Scott—. Espera un minuto. —Como si un gato comprendiera el concepto de un minuto en particular, o del tiempo en general.

«Como si yo lo comprendiera», pensó Scott. «El tiempo es invisible. A diferencia del peso».

Ah, pero eso quizá no fuese cierto. Uno sentía el peso, sí —cuando se cargaba con mucho, uno se volvía plomizo—, pero, en esencia, ¿acaso no se trataba, como el tiempo, de un constructo humano? Las manecillas de un reloj, los dígitos de una báscula de baño, ¿no constituían tan solo una forma de intentar medir fuerzas invisibles que producían efectos visibles? ¿Un esfuerzo vano por confinar una realidad mucho mayor que la imaginada por los simples seres humanos?

«Déjate de historias o acabarás como una chota».

Bill emitió otro maullido y Scott centró de nuevo su atención en la pantalla del ordenador.

Sobre el yermo salón había un cuadro de búsqueda que contenía las palabras: «¡Elige tu estilo!». Scott tecleó; «Colonial americano», y la pantalla cobró vida, no de repente, sino despacio, como si un comprador meticuloso estuviera seleccionando cada mueble e incorporándolo al conjunto: butacas, un sofá, paredes rosas pintadas con plantillas en vez de empapeladas, un reloj Seth Thomas, una alfombra de retales en el suelo. Una chimenea con un acogedor fuego. Las lámparas del techo se componían de quinqués sobre ruedas de madera. Eran algo desmesuradas para el gusto de Scott, pero la gente de ventas con la que había tratado las adoraba y le había asegurado a Scott que a los clientes potenciales también les encantarían.

Podía deslizar un dedo y amueblar un comedor, un dormitorio, un estudio..., todo en el mismo estilo colonial. O podía regresar al cuadro de búsqueda y decorar esas habitaciones virtuales en estilo «Garrison», «Craftsman» o «Cottage». Sin embargo, la tarea de ese día era «Reina Ana». Scott abrió su portátil y empezó a seleccionar elementos de exposición.

Al cabo de cuarenta y cinco minutos, Bill regresó y se restregó y maulló con más insistencia.

—Vale, vale —dijo Scott, y se puso de pie. Se dirigió a la cocina, con Bill E. Gato abriendo la marcha con la cola levantada. Había una cierta elasticidad felina en los andares de Bill, y que le zurcieran si él no se había contagiado del mismo brío.

Vertió una ración de Friskies en el cuenco de Bill y, mientras el gato engullía la comida, él salió al porche delantero en busca de un soplo de aire fresco antes de regresar a las butacas Selby, los sofás Winfrey, las cómodas Houzz, todo con las famosas patas de la Reina Ana. Le recordaban a la clase de mueble que uno encontraba en las funerarias, chismes pesados con aspecto ligero, pero para gustos se crearon los colores.

Tuvo tiempo de ver a los «señores», como los había llamado el doctor Bob, mientras salían de su propiedad y torcían hacia View Drive, luciendo sus largas piernas bajo unos shorts diminutos, azules los de Ilya Rozanov, rojos los de Shane Hollander. Llevaban sendas camisetas con propaganda del restaurante que regentaban en el centro, en Carbine Street. Los seguían al trote dos bóxers casi idénticos, Dum y Dee.

Recordó entonces lo que el doctor Bob había comentado cuando Scott se marchaba (probablemente sin otra intención que poner fin a su encuentro en un tono más distendido), algo acerca de un pequeño problema que Scott tenía con los dueños del restaurante. No se equivocaba, aunque no podía compararse a una amarga relación rota ni a una misteriosa pérdida de peso; era más como un herpes labial que se negaba a desaparecer. Rozanov era el que de verdad le irritaba, siempre con una sonrisa de superioridad esbozada en el rostro, una sonrisa que parecía decir: «Señor, ayúdame a soportar a estos idiotas».

Scott tomó una repentina decisión y se apresuró de vuelta al estudio (dando un ágil salto sobre Bill, que haraganeaba en el pasillo) a buscar su tableta. Mientras regresaba al porche a la carrera, abrió la aplicación de la cámara.

La mosquitera que protegía el porche lo ocultaba en parte, pero, en cualquier caso, los hombres no le prestaban atención. Corrían por la acera de tierra compacta al otro lado de la calle, las brillantes deportivas blancas acuchillaban el aire, los cabellos se balanceaban en su cabeza. Los bóxers, robustos, pero aún jóvenes y atléticos, golpeteaban con fuerza el suelo siguiendo su ritmo.

Scott había visitado su casa dos veces por el asunto de los perros y las dos veces había hablado con Rozanov, que se había calzado pacientemente aquella sonrisa de leve superioridad mientras le explicaba que dudaba mucho que sus perros estuvieran haciendo sus necesidades en el césped de Scott. El jardín de atrás estaba vallado, le había asegurado, y durante la hora diaria que estaban fuera («Dee y Dum siempre nos acompañan a Shane y a mí cuando salimos a correr») se portaban requetebién.

—Creo que deben de oler a mi gato —había replicado Scott— y marcan el territorio. Lo comprendo y entiendo que no quieran llevarlos atados con correa, pero les agradecería que revisaran mi césped a la vuelta y controlaran los daños si fuera necesario.

—Controlar los daños —había repetido Rozanov, sin que le flaqueara la sonrisa en ningún momento—. Parece un poco militarista, pero puede que sea cosa mía.

—Como quiera llamarlo.

—Señor Hunter, quizá haya perros que, como usted dice, hacen sus cosas en su jardín, pero no nuestros perros. ¿O acaso le inquieta otra cosa? No será que tiene prejuicios contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, ¿verdad?

A Scott le había faltado poco para estallar en carcajadas, lo que habría sido un gesto de diplomacia nefasta, incluso «trumpiana».

—Para nada. Mi prejuicio es contra los regalos sorpresa dejados por sus bóxers: no me gusta pisarlos.

—Una discusión muy instructiva —había concluido Ilya, aún con aquella sonrisa (no exasperante, como quizá ella esperaba, pero sí de lo más irritante) y, con suavidad pero con firmeza, le había cerrado la puerta en las narices.

Apartado de sus pensamientos la misteriosa pérdida de peso por primera vez en días, Scott observó a los dos hombres que enfilaban en su dirección con los perros dando valerosas zancadas en su estela. Ilya y Shane hablaban mientras corrían, riéndose de algo. Sus mejillas coloradas brillaban de sudor y buena salud. Rozanov era sin duda el mejor corredor de los dos y aminoraba a todas luces la marcha para que su compañero le siguiera el ritmo. Prestaban nula atención a los perros, aunque tampoco es que pudiera considerarse una negligencia por su parte; View Drive no era un hervidero de tráfico, especialmente en las horas centrales del día. Y Scott tenía que admitir que los perros se mantenían lejos de la calzada. Al menos en ese sentido los habían adiestrado bien.

«Hoy no pasará nada», pensó. «Nunca pasa nada cuando uno está preparado. Aunque sería un placer borrarle de la cara esa sonrisita al tal señorito Rozanov...».

Pero sucedió. Primero uno de los bóxers se desvió del camino, y luego lo siguió el otro. Dee y Dum se internaron en el césped de Scott y se acuclillaron juntos. Scott levantó la tableta y sacó tres fotos en rápida sucesión.

Al anochecer, tras una cena temprana consistente en espaguetis a la carbonara y una porción de tarta de queso con chocolate, Scott se subió a la báscula Ozeri, con la esperanza que siempre abrigaba esos días de que las cosas finalmente se enderezaran. Pero no. A pesar de la comilona que acababa de zamparse, el aparato le informó de que había bajado a 95,6 kilos.

Bill lo miraba desde la tapa del inodoro, con la cola diestramente enroscada alrededor de sus zarpas.

—Bueno —le dijo Scott—, es lo que hay, ¿no? Como solía decir Kip al llegar a casa después de esas reuniones suyas, somos los arquitectos de nuestras vidas y la aceptación es la clave de la felicidad.

El gato se limitó a bostezar.

—Pero también cambiamos las cosas que podemos, ¿no? Vigila el fuerte. Tengo que hacer una visita.

Cogió el iPad y cruzó al trote los cuatrocientos metros que le separaban de la granja reformada en la que Rozanov y Hollander llevaban viviendo unos ocho meses, desde la inauguración del Santo Maple. Conocía su horario bastante bien, de esa forma distraída en que uno llega a conocer las idas y venidas de sus vecinos, y sabía que ese sería un buen momento para pillar a Ilya a solas. Shane era el cocinero del restaurante y por lo general se marchaba para empezar con los preparativos de la cena alrededor de las tres. Ilya, que era la mitad visible de la sociedad, se presentaba a eso de las cinco. Era quien estaba al mando, creía Scott, tanto en el trabajo como en el hogar. Shane Hollander le había causado la impresión de ser una criatura dulce que contemplaba el mundo con una mezcla de miedo y asombro. Más de lo primero que de lo último, en su opinión. ¿Se consideraba Rozanov el protector de Shane además de su compañero? Quizá. Probablemente.

Subió los escalones de la entrada y tocó al timbre. En el jardín de atrás, Dee y Dum se pusieron a ladrar.

Ilya abrió la puerta. Llevaba una bonita camisa que le estilizaba la figura y con el que sin duda deslumbraba a los comensales cuando los recibía y les asignaba sus mesas. Los ojos constituían su mejor rasgo, un tono cautivador de azul verdoso, con las comisuras un poco curvadas.

—Vaya, señor Hunter —saludó—. Qué alegría verle. —Y la sonrisa, que lo desmentía: «Qué aburrimiento verle»—. Me encantaría invitarle a entrar, pero he de irme al restaurante. Tenemos muchas reservas esta noche. Turistas de otoño, ya sabe, de los que vienen por el follaje.

—No lo entretendré —dijo Scott, calzándose su propia sonrisa—. Solo he pasado para enseñarle esto. —Y le tendió el iPad para que pudiera ver a Dee y a Dum de cuclillas en su jardín y cagando en tándem.

El se quedó mirando la foto un buen rato y la sonrisa se le marchitó en los labios, una visión que no proporcionó a Scott tanta satisfacción como había imaginado.

—Muy bien —dijo Ilya al cabo. La cadencia musical de su voz se había desvanecido. Sin ella, sonaba cansado y viejo para su edad, que debía rondar por los treinta y algo—. Usted gana.

—No se trata de ganar, créame. —Y, en el momento en que las palabras le brotaban de la boca, Scott se acordó de un profesor de la facultad que en cierta ocasión señaló que había que desconfiar cuando alguien añadía un «créeme» al final de una frase.

—De acuerdo, me ha convencido, entonces. Ahora mismo no puedo ir a limpiarlo, y Shane ya está en el trabajo, pero me ocuparé de ello después de cerrar. No hace falta que deje encendida la luz del porche. Debería ser capaz de ver los... residuos... a la luz de las farolas.

—No es necesario. —Scott empezaba a sentirse mezquino. A sentir que, de algún modo, había obrado mal. «Usted gana», había dicho Ilya—. Ya lo he recogido yo. Solo quería...

—¿Qué? ¿Quedar por encima de mí? Pues, si era su propósito, misión cumplida. A partir de ahora Shane y yo iremos a correr al parque. No tiene por qué denunciarnos a las autoridades locales. Gracias y buenas noches. —El hombre empezó a cerrar la puerta.

—Espere un instante —le rogó Scott—. Por favor.

Ilya lo escudriñó a través de la puerta medio entornada, con semblante inexpresivo.

—En ningún momento se me ha pasado por la cabeza quejarme a los de control de animales por unas cacas de perro, señor Rozanov. Mire, solo quiero que seamos buenos vecinos. Mi único problema era el modo en que me menospreciaba. Se negaba a tomarme en serio, y así no es como se comportan los buenos vecinos. Al menos no por estos lares.

—Oh, sabemos exactamente cómo se comportan los buenos vecinos —replicó Ilya—. Por estos lares. —La sonrisa de leve superioridad había retornado y aún la lucía en el rostro cuando cerró la puerta. Aunque no sin que antes él alcanzara a vislumbrar en los ojos de Ilya un destello, quizá reflejo de sus lágrimas.

«Sabemos exactamente cómo se comportan los buenos vecinos por estos lares», pensó mientras descendía la colina. ¿Qué diantres significaba eso?

El doctor Bob le telefoneó dos días más tarde para preguntarle si se había producido algún cambio. Scott le comunicó que las cosas progresaban al mismo ritmo. Había bajado a noventa y cuatro.

—Es más regular que el demonio. Subirme a la báscula es como ver el cuentakilómetros de un coche andar hacia atrás.

—Pero ¿tus dimensiones físicas siguen sin cambios? ¿La talla de camisa? ¿La cintura?

—Sigo usando una cuarenta de cintura y una treinta y cuatro de largo. No necesito apretarme el cinturón. Ni aflojarlo, aunque parezco un leñador comiendo. Huevos, beicon y salchichas para desayunar. Y por las noches lo baño todo en salsa. Ingiero por lo menos tres mil calorías al día. Puede que cuatro. ¿Has investigado?

—Sí —respondió el doctor Bob—. Hasta donde me consta, nunca ha existido un caso como el tuyo. Abundan los informes clínicos de personas cuyo metabolismo funciona a toda máquina, personas que, en tus palabras, comen como leñadores y no engordan, pero no se conocen casos de pacientes que pesen lo mismo desnudos que vestidos.

—Oh, pero hay más cosas —dijo Scott. Volvía a sonreír. Sonreía mucho esos días, algo probablemente absurdo, dadas las circunstancias. Perdía peso como un enfermo de cáncer en fase terminal, pero el trabajo marchaba viento en popa y nunca se había sentido tan animado. A veces, cuando necesitaba un descanso de la pantalla del ordenador, se ponía música de Sarah McLachlan y bailaba por el cuarto mientras Bill E. Gato lo miraba como si hubiera enloquecido.

—Cuéntamelo.

—Esta mañana me pesé recién salido de la ducha y en cueros. Noventa y cuatro kilos justos. Saqué las mancuernas del armario, las de diez, y me subí a la báscula con una en cada mano. Y seguía marcando noventa y cuatro kilos justos.

Silencio al otro lado de la línea por unos instantes.

—No me jodas —dijo Ellis al cabo.

—Bob, que me muera ahora mismo si te miento.

Más silencio. Y luego:

—Es como si te rodeara una especie de campo de fuerza que repele la gravedad. Sé que no quieres que te torturen con pinchazos y pruebas, pero esto es algo completamente nuevo. Y algo gordo. Podría tener implicaciones que ni siquiera somos capaces de concebir.

—No quiero convertirme en un monstruo de circo —dijo Scott—. Ponte en mi lugar.

—¿Lo meditarás al menos?

—Lo he meditado mucho. Y no me apetece formar parte del salón de la fama del Inside View, con mi foto entre las del Aviador Nocturno y Slender Man. Además, tengo que terminar el trabajo. He prometido a Kip un porcentaje del dinero; aunque el divorcio se resolvió antes de que consiguiera el encargo estoy seguro de que le vendrá bien.

—¿Cuánto tiempo tardarás?

—Quizá unas seis semanas. Claro que luego vendrán las revisiones y las pruebas, que me tendrán ocupado hasta el próximo año, pero lo principal lo acabaré en seis semanas.

—Si el proceso continúa a la misma velocidad, para entonces habrás bajado a setenta y cinco kilos.

—Pero conservaré el aspecto de un hombre imponente —replicó Scott, y se echó a reír—. Ahí queda eso.

—Pareces increíblemente contento, considerando lo que te pasa.

—Porque estoy contento. Puede sonar ridículo, pero es la verdad. A veces pienso que esta es la mejor dieta del mundo.

—Sí —dijo Ellis—, pero ¿dónde termina?

Un día, no mucho después de su conversación telefónica con el doctor Bob, se produjo el sonido de unos nudillos tímidos llamando a la puerta de Scott. Si hubiera tenido más alta la música —ese día escuchaba a Avril Lavigne—, jamás lo habría oído y quizá el visitante habría desistido. Seguramente aliviado, pues, cuando abrió, allí se encontraba Shane Hollander, que parecía medio muerto de pánico. Era la primera vez que lo veía desde que sacó las fotos de Dee y Dum mientras se aliviaban en su jardín. Suponía que Ilya había cumplido su palabra y que los hombres ejercitaban ahora a sus perros en el parque municipal. Aunque, si dejaban que los bóxers corrieran con plena libertad por allí, se arriesgaban a meterse en un lío con el encargado del control de animales, por muy bien que se portaran los perros. Las correas eran obligatorias en el parque; Scott había reparado en las señales.

—Señorito Hollander —saludó él—. Hola.

Era también la primera vez que lo veía solo y se cuidó mucho de traspasar el umbral y de realizar movimientos bruscos. El hombre parecía al borde de bajar los escalones de un salto y huir a la carrera, asustado. Era castaño, no tan guapa como su compañero, pero tenía un rostro dulce y ojos azabache. Había algo frágil en el, algo que a Scott le recordó la vajilla decorativa de porcelana de su madre. Resultaba difícil imaginarse a ese hombre en la cocina de un restaurante, moviéndose de olla en olla y de sartén en sartén entre el vapor, emplatando cenas vegetarianas y dando órdenes al mismo tiempo.

—¿En qué puedo ayudarlo? ¿Quiere entrar? Tengo café..., o té, si lo prefiere.

Shane sacudía la cabeza antes de que terminara de pronunciar las ofrendas normales de hospitalidad, con tanta fuerza que el cabello oscilaba de un lado a otro.

—He venido a pedirle disculpas. Por Ilya.

—No tiene por qué —dijo él—. Como tampoco tienen por qué sacar a los perros en el parque. Lo único que pido es que lleven un par de bolsas para excrementos y revisen mi césped al volver. No es mucho pedir, ¿no?

—No, para nada. Incluso se lo sugerí a Ilya. Se enojó una barbaridad.

Scott lanzó un suspiro.

—Lo lamento, señorito Hollander...

—Llámeme Shane, si quiere. —Bajó los ojos y un tenue rubor le coloreó las mejillas, como si hubiera hecho un comentario que pudiera considerarse subido de tono.

—Me gustaría. Porque lo único que quiero es que seamos buenos vecinos. Como la mayoría de la gente que vivimos enMountain View, ¿sabe? Y me da la impresión de que he empezado con mal pie, aunque ignoro cómo podría haber empezado con el bueno.

Aún sin apartar la vista del suelo, Shane dijo:

—Vivimos aquí desde hace casi ocho meses y la única vez que nos ha hablado de verdad, a alguno de los dos, fue cuando nuestros perros le ensuciaron el jardín.

Tenía más razón de lo que a Scott le habría gustado admitir.

—Fui a darles la bienvenida con una bolsa de dónuts cuando se mudaron —se justificó él, aunque sin demasiada convicción—, pero no estaban en casa.

Supuso que preguntaría por qué no había vuelto a intentarlo, pero no lo hizo.

—He venido a pedirle disculpas en nombre de Ilya, pero también quería defenderlo. —Alzó la mirada y la fijó en los ojos de Scott. Le exigió un esfuerzo evidente (aferraba la cintura de sus vaqueros con las manos), pero lo logró—. En realidad no está enfadado..., bueno, sí, pero no solo con usted. Está enfadado con todo el mundo. Venir a Rock Mountain ha sido un error. Nos decidimos porque el local estaba acondicionado, el precio era razonable y queríamos salir de la ciudad..., o sea, de Montreal. Conocíamos los riesgos, pero parecían aceptables. Y el pueblo es precioso. Bueno, ya lo sabe, imagino.

Scott asintió con la cabeza.

—Pero es probable que perdamos el restaurante. Con toda seguridad tendremos que cerrar si las cosas no toman un rumbo diferente antes del día de San Valentín. Es la única razón por la que permitió que lo pusieran en ese cartel. No habla de lo mal que están las cosas, pero lo sabe. Los dos lo sabemos.

—Mencionó algo de los turistas de otoño..., y todo el mundo dice que el pasado verano fue especialmente bueno...

—El verano fue bueno —confirmó Shane, con voz un poco más animada—. Y en cuanto a los turistas, hemos tenido alguno, pero la mayoría se dirigen al oeste, a New Hampshire. North Conway tiene un montón de tiendas para ir de compras, y más atracciones turísticas. Supongo que en invierno tendremos esquiadores de paso hacia Bethel o Sugarloaf...

Scott sabía que la mayoría de los esquiadores evitaban entrar en Rock Mountain y tomaban la estatal 2, que los conducía directamente a las estaciones de esquí del oeste de Canadá, pero ¿por qué desmoralizarlo más de lo que ya estaba?

—Solo que, cuando llegue el invierno, necesitaríamos que la gente de aquí nos apoyara un poco. Usted sabe cómo funcionan las cosas en un pueblo como este, seguro. Los lugareños hacen negocios unos con otros durante los meses de frío, lo que les basta para capear el temporal hasta que vuelven los veraneantes. La ferretería, el almacén de madera, la Cafetería de Patsy..., resisten los meses de vacas flacas. Pero al Maple no viene mucha gente de Rock Mountain. Algunos, pero no los suficientes. Ilya dice que no es solo porque seamos homosexuales, sino porque estamos casados. Detesto la idea..., pero creo que tiene razón.

—Estoy seguro de que... —La voz de Scott acabó diluyéndose. ¿De que no era cierto? ¿Cómo diablos iba a saberlo cuando ni siquiera se había detenido a pensarlo?

—¿Seguro de qué? —preguntó Shane. No en tono arrogante, sino de sincera curiosidad.

Se acordó de la báscula del baño y del retroceso implacable de los números.

—En realidad no estoy seguro de nada. Si es cierto, lo siento.

—Debería venir a cenar una noche —le propuso Shane. Podría haber sido una forma insidiosa de insinuar que sabía que él nunca había comido en el Santo Maple, pero no lo creía. No creía que ese joven albergara ni una pizca de malicia en su interior.

—Iré —aceptó él—. Deduzco que sirven miel de maple, ¿no?

Shane sonrió y se le iluminó el rostro.

—Oh, sí, de muchas variedades.

Scott le devolvió la sonrisa.

—Una pregunta estúpida, supongo.

—Tengo que irme, señor Hunter...

—Scott.

El asintió con la cabeza.

—Vale, Scott. Me ha gustado hablar con usted. Necesité de todo mi valor para acercarme hasta aquí, pero me alegro de haber venido.

Le tendió la mano y Scott se la estrechó.

—Solo le pido un favor. Si por casualidad ve a Ilya, le agradecería que no mencionara que he pasado a verle.

—Delo por hecho —aseguró Scott.

El día siguiente a la visita de Shane Hollander, mientras terminaba de comer sentado a la barra de la Cafetería de Patsy, Scott oyó que alguien en una de las mesas a su espalda hacía mofa de «ese restaurante de salchichas». Brotaron carcajadas. Scott miró la porción de tarta de manzana, aún a medias, y el cucharón de helado de vainilla que empezaba a derretirse a su alrededor. Tenía buena pinta cuando Patsy se lo sirvió, pero ya no le apetecía.

¿Había oído comentarios similares otras veces y le habían pasado desapercibidos, como solía sucederle con la mayoría de la cháchara intrascendente (al menos para él) que captaba por casualidad? No le gustaba pensar en tal posibilidad, pero no la descartaba.

«Es probable que perdamos el restaurante», había reconocido Shane. «Necesitaríamos que la gente de aquí nos apoyara un poco».

Había usado el condicional, como si en el Santo Maple ya colgara un letrero de SE VENDE O ALQUILA en la ventana.

Se levantó, dejó una propina bajo el plato del postre y pagó la cuenta.

—¿No te has podido acabar la tarta? —preguntó Patsy.

—Parece que tenía más sitio para ella en los ojos que en el estómago —dijo Scott, aunque no respondía a la verdad. Sus ojos y estómago conservaban su tamaño habitual, solo que pesaban menos. Lo sorprendente era que ya no le obsesionaba, ni siquiera le importaba demasiado. Quizá sufriera un trastorno inaudito, sí, pero en ocasiones abandonaba su mente por completo. Se había olvidado de ello mientras aguardaba, tableta en mano, para cazar a Dee y Dum evacuando en su jardín. Y se olvidó de ello en ese instante. Sus pensamientos se centraban ahora solo en aquella cosa sobre las salchichas.

Había cuatro individuos sentados a la mesa en cuestión, tipos fornidos con ropas de trabajo. Una hilera de cascos engalanaba el alféizar. Los hombres llevaban monos de color naranja con las letras OPMR estampadas en ellos: Obras Públicas de Mountain Rock.

Scott pasó a su lado de camino a la puerta, la abrió, entonces cambió de idea y se acercó a la mesa ocupada por la cuadrilla. Conocía a dos de los hombres, había jugado al póquer con uno de ellos, Ronnie Briggs. Gente del pueblo, igual que él. Vecinos.

—¿Saben una cosa? Eso que han dicho es repugnante.

Ronnie levantó la mirada, perplejo; luego reconoció a Scott y sonrió.

—Eh, Scotty, ¿cómo te va?

Scott no le hizo caso.

—Esos hombres viven en mi calle. Son buenas personas. —Al menos Shane. Por Rozanov no habría puesto la mano en el fuego.

Uno de los hombres, fornido y ancho de espaldas, se cruzó de brazos y miró con fijeza a Scott.

—¿Hablábamos contigo?

—No, pero...

—Exacto. Así que lárgate.

—... pero he tenido que oírlo.

El local era pequeño, pero siempre estaba atestado a la hora de la comida y bullía de cháchara. En ese momento las conversaciones se acallaron y el atareado rechinar de los tenedores sobre los platos se detuvo. Las cabezas se giraron. Patsy se encontraba apostada junto a la caja registradora, alerta por si surgían problemas.

—Te lo repito una vez más, colega, lárgate. Lo que hablemos no es asunto tuyo.

Ronnie se apresuró a levantarse.

—Oye, Scotty, ¿por qué no salgo afuera contigo?

—No hace falta —replicó Scott—. No necesito escolta, pero primero tengo que decir una cosa. Si comen en su restaurante, están en su derecho de criticar la comida todo lo que quieran. En lo demás, cómo decidan esos hombres vivir su vida no les incumbe. ¿Queda claro?

El hombre que había preguntado si estaba invitado a la conversación descruzó los brazos y se puso de pie. No era tan alto como Scott, pero sí más joven y musculoso. Tenía el cuello ancho y enrojecido, el color le inflamaba las mejillas.

—Más te vale cerrar la boca antes de que te la reviente.

—De eso nada, de eso nada —intervino Patsy con dureza—. Scotty, deberías irte.

Salió del restaurante sin rechistar y aspiró una profunda bocanada del frío aire de octubre. A su espalda oyó un golpe en el cristal. Se giró y vio al señor «Cuellotoro», que lo observaba. Estiró un dedo, como instándole: «Espera un momento». La ventana de la Cafetería de Patsy estaba empapelada con toda suerte de anuncios.

Cuellotoro arrancó uno de los carteles, se dirigió a la puerta y la abrió.

Scott cerró los puños. No se había enzarzado en una pelea desde el instituto (una batalla épica que había durado quince segundos y en la que había lanzado seis puñetazos, cuatro de ellos fallidos), pero se descubrió de pronto deseando iniciar otra. Se sentía liviano, más que preparado, ágiles las piernas. No enfadado; feliz. Optimista.

«Flota como una mariposa, pica como una abeja», se dijo. «Venga, machote».

Sin embargo, Cuellotoro no parecía dispuesto a pegarse. Estrujó el cartel y lo tiró a la acera a los pies de Scott.

—Ahí tienes a tu amiguito —le espetó—. Llévatelo para que puedas pajearte en casa, anda. Porque, menos si lo violas, es lo más cerca que vas a estar de follártelo.

Volvió adentro y se sentó junto a sus compañeros, con gesto satisfecho: caso cerrado. Consciente de que todos los parroquianos lo observaban a través de la ventana, Scott se agachó, recogió el cartel arrugado y se alejó caminando hacia ninguna parte en particular, tan solo para escapar de las miradas. No se avergonzaba ni se sentía idiota por haber montado un espectáculo en la cafetería donde comía medio pueblo, pero todos aquellos ojos interesados le molestaban. Le indujo a preguntarse por qué querría nadie subirse a un escenario a cantar, actuar o contar chistes.

Alisó la bola de papel y enseguida le acudió a la mente algo que había dicho Shane Hollander: «Es la única razón por la que permitió que lo pusieran en ese cartel». Por lo visto, se refería al Comité Organizador de la Carrera del Pavo de Rock Mountain.

El centro de la hoja lo ocupaba una fotografía de Ilya Rozanov. Había más corredores, la mayoría detrás de el. Llevaba un gran número 81 prendido a la cinturilla de sus pantalones cortos azules, y una camiseta con las palabras MARATÓN DE NUEVA YORK 2019 en la delantera. En su rostro se percibía una expresión que Scott jamás habría asociado con el: radiante felicidad.

La leyenda rezaba: «Ilya Rozanov, copropietario de Santo Maple, la nueva experiencia gastronómica de Mountain Rock, acercándose a la línea de meta de la Maratón de Nueva York, en la que acabó CUARTO dentro de la Categoría Masculina. El ya ha confirmado su participación este año en la Carrera del Pavo de Castle Rock. ¿Y TÚ?».

Los detalles se facilitaban debajo. La carrera anual de Acción de Gracias de Mountain Rock se celebraría el viernes siguiente a la festividad, con salida en las instalaciones del Departamento de Parques y Recreo en Mountain View, y finalización en el Puente de Hojalata, en el centro de la ciudad. La inscripción, en las mismas oficinas, estaba abierta a todas las edades y costaba cinco dólares para los adultos residentes, siete para los forasteros y dos para los menores de quince años.

Al contemplar el rostro exultante del hombre de la fotografía —la euforia endorfínica del corredor en estado puro—, Scott comprendió que Shane no había exagerado sobre la esperanza de vida del Santo Maple. Ni un ápice. Ilya Rozanov era una persona orgullosa, con un alto concepto de sí mismo, que se ofendía a la mínima; demasiado susceptible, en opinión de Scott. Permitir que utilizaran su imagen de esa forma, seguramente solo por la mención de «la nueva experiencia gastronómica de Mountain Rock», debía de obedecer a una táctica desesperada. Cualquier cosa, lo que fuese, para atraer a unos pocos clientes más, aun cuando estos solo tuvieran el propósito de admirar aquellas largas piernas junto al atril del maître.

Dobló el cartel, se lo guardó en el bolsillo de atrás de los vaqueros y caminó despacio por Main Street, fijándose en los escaparates de las tiendas por las que pasaba. Había carteles en todos ellos: carteles de cenas comunitarias de alubias, carteles del gran rastrillo anual en el aparcamiento del circuito de Oxford, anuncios de una fiesta en la iglesia católica y de un picoteo en el parque de bomberos. Vio el cartel de la Carrera del Pavo en el escaparate de un negocio, Servicios Informáticos Mountain Rock, pero nada más, hasta que llegó al Rincón del Libro, un diminuto edificio al final de la calle.

Entró, curioseó un poco y al cabo pescó un libro de fotografías de la mesa de saldos: Muebles de Nueva Inglaterra. No esperaba encontrar nada que le sirviera para su proyecto —a fin de cuentas, estaba cerca de culminar la primera fase—, pero nunca se sabía. Mientras le pagaba a Mike Badalamente, el dueño y único empleado, hizo un comentario sobre el cartel de la ventana y mencionó que el hombre era su vecino.

—Sí, Ilya Rozanov fue un atleta destacado durante casi diez años —le contó Mike mientras metía el libro en una bolsa—. Habría participado en los Juegos Olímpicos de 2016 si no se hubiera roto el tobillo. Mala suerte. Tengo entendido que ni siquiera llegó a intentarlo en 2020. Me figuro que ya estará retirado de la alta competición, pero me muero por correr con el este año. —Esbozó una amplia sonrisa—. Tampoco es que vaya a aguantarle el ritmo mucho rato una vez que se dé el pistoletazo de salida. No tendrá rival.

—¿Ni hombre ni mujer?

Mike se echó a reír.

—Por algo lo llamaban el Relámpago de Rusia, colega. Rusia es la ciudad donde nació.

—He visto un cartel en la Cafetería de Patsy, otro en la tienda de informática y el de tu escaparate, pero no en más sitios. ¿Cuál es el motivo?

A Mike se le desdibujó la sonrisa.

—No es nada de lo que enorgullecerse. El es gay. Seguramente no habría causado ningún revuelo si se lo hubiera guardado para sí, a nadie le importa lo que pasa tras una puerta cerrada, pero tuvo que presentar al cocinero del Santo Maple como su esposo. Mucha gente de por aquí lo ha interpretado como un gesto de desprecio, para fastidiar.

—¿Y por eso los negocios no anuncian la carrera, aunque la recaudación beneficiará a la ciudad? ¿Solo porque aparece su foto?

En vista de cómo había reaccionado Cuellotoro, arrancando el cartel de la Cafetería de Patsy, aquellas ni siquiera eran preguntas reales, sino tan solo una manera de aclarar sus propias ideas. En cierto sentido le embargaba la misma sensación que cuando, a la edad de diez años, el hermano de su mejor amigo los había sentado a los dos para explicarles de dónde venían los niños. Ahora, al igual que entonces, Scott había captado una vaga noción del conjunto, pero los detalles específicos no dejaban de sorprenderle. ¿De verdad la gente hacía eso? Pues sí, y parecía que también hacía esto otro.

—Van a sustituirlos por unos nuevos —reveló Mike—. Resulta que estoy enterado porque pertenezco al comité. Lo propuso el alcalde Coughlin. Ya conoces a Dusty, el rey del compromiso. Los nuevos mostrarán un puñado de pavos corriendo por Main Street. A mí no me gusta y voté en contra, pero entiendo sus motivaciones. El ayuntamiento le da al Departamento de Parques y Recreo una miseria, dos mil dólares. No es suficiente para mantener el parque, mucho menos para financiar las demás actividades que organizan. La Carrera del Pavo recauda casi cinco mil, pero tenemos que darle publicidad.

—Así que... solo por ser gay...

—Una gay casado, lo que para muchos es un factor determinante. Ya conoces el condado de Mountain, Scott. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? ¿Veinticinco años?

—Más de treinta.

—Ajá, son de la rama dura. Y conservadores. Si esos hombres hubieran mantenido su matrimonio en secreto, les habría ido bien, pero no. Ahora hay gente que piensa que intentan enviar algún tipo de mensaje. Yo mismo creo que ellos o bien ignoraban cuál es el clima aquí, o bien son idiotas, lisa y llanamente. —Hizo una pausa—. Pero tienen buena comida. ¿Has estado allí?

—Todavía no —respondió Scott—, pero tengo planeado ir.

—Bueno, no esperes demasiado —le aconsejó Mike—. El año que viene por esta época es muy probable que haya una heladería en su lugar.

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