PRÓLOGO
Jimin
Le acabo de dar un puñetazo en la cara a alguien. Y no a cualquiera. A mi mejor amigo. A mi compañero de piso. Bueno, creo que desde hace cinco minutos es mi excompañero de piso.
Le ha empezado a sangrar la nariz casi de inmediato. Durante un segundo, me he sentido mal por pegarle. Pero luego he recordado que es un bastardo mentiroso y traidor, y me han dado ganas de darle otro golpe. Habría vuelto a hacerlo si Jackson no se hubiera interpuesto entre nosotros.
Así que, en lugar de a él, le he pegado a Jackson. Por desgracia, a Jack no le he hecho daño. Al menos no tanto como el que me he hecho yo en la mano.
Dar un puñetazo duele más de lo que imaginaba. Tampoco es que hubiera pasado mucho tiempo pensando en cómo se siente golpear a alguien. Pero, ahora que he visto un mensaje de Jungkook en mi teléfono, me están entrando ganas de repetirlo.
Otro con el que tengo cuentas pendientes. Sé que, técnicamente, él no tiene nada que ver con el lío en el que estoy metido, pero podría haberme avisado antes. Solo por eso, también me gustaría darle un puñetazo.
Jungkook: ¿Estás bien? ¿Quieres subir hasta que deje de llover?
Claro que no quiero subir. Ya me duele bastante la mano. Si subiera al piso de Jungkook, me dolería todavía más después de golpearle también a él.
Me giro para mirar hacia su balcón. Está apoyado en la puerta corredera de cristal, observándome con el teléfono en la mano. Ya casi ha oscurecido, pero las luces del patio le iluminan la cara. Me mira fijamente con sus ojos oscuros, y esa forma en que curva los labios en una sonrisa dulce y apenada hace que me cueste recordar por qué estoy enfadado también con él. Se pasa la mano libre por el pelo que le cae sobre la frente; su preocupación se hace más patente. Aunque tal vez sea remordimiento. Como debería ser.
Decido no contestar y, en su lugar, le enseño el dedo. Él niega con la cabeza y se encoge de hombros, como diciendo «lo intenté». Luego entra en el piso y cierra la puerta corredera.
Guardo el teléfono en el bolsillo antes de que se moje y echo un vistazo al patio del complejo de apartamentos donde he vivido los últimos dos meses. Cuando nos mudamos, el calor abrasador de Daegu estaba devorando los últimos restos de la primavera, pero este patio parecía resistirse a morir. Los senderos que llevan a las entradas y a la fuente central estaban flanqueados por hortensias de un intenso color azul y violeta.
Ahora que el verano ha alcanzado su punto más desagradable, el agua de la fuente se ha evaporado. Las hortensias no son más que un recuerdo triste y marchito de la ilusión que sentí cuando Wonho y yo nos instalamos aquí. Contemplar el patio, derrotado por el calor, me parece un reflejo inquietante de cómo me siento ahora: derrotado y triste.
Estoy sentado en el borde de la fuente de cemento, ahora vacía. Tengo los codos apoyados en las dos maletas que contienen casi todas mis cosas, esperando al taxi. No tengo ni idea de a dónde iré, pero sé que cualquier sitio es mejor que este. En pocas palabras, soy un sintecho.
Podría llamar a mis padres, pero eso sería darles la munición que necesitan para empezar a machacarme con el «ya te lo dijimos».
«Ya te dijimos que no te fueras a vivir tan lejos, Jimin».
«Ya te dijimos que no te hicieras ilusiones con ese chico».
«Ya te dijimos que si elegías Derecho y no Música, te pagábamos los estudios».
«Ya te dijimos que pegaras con el pulgar fuera del puño».
Bueno, puede que no me enseñaran la técnica correcta, pero si tanta razón tienen siempre, deberían habérmelo dicho, joder.
Cierro el puño, estiro los dedos y vuelvo a cerrarlo. Me duele muchísimo la mano; no me cabe duda de que debería ponerme hielo. Me da pena la gente violenta. Dar puñetazos es horrible y creo que, a partir de ahora, seguiré la línea del pacifismo.
Y hay otra cosa que es horrible: la lluvia. Siempre encuentra el momento más inoportuno para caer, como ahora, justo cuando acabo de convertirme en un sintecho.
Por fin llega el taxi y me pongo en pie para coger las maletas. Las levanto mientras el conductor baja del coche y abre el maletero. Antes de darle la primera, se me cae el alma a los pies al recordar que ni siquiera llevo la mochila.
Mierda.
Miro a mi alrededor, hacia donde estaba sentado, y me palpo el cuerpo, como si la mochila fuera a aparecer por arte de magia. Sé exactamente dónde está. Me la quité y la tiré al suelo justo antes de intentar darle un puñetazo a Wonho en su perfecta nariz.
Suspiro.
Y luego me echo a reír. Claro que me he dejado la mochila. Si la llevara, mi primer día como sintecho habría sido demasiado fácil.
—Lo siento —le digo al taxista, que está cargando la segunda maleta—. He cambiado de idea. Ya no necesito un taxi.
Sé que hay un hotel a poco más de medio kilómetro. Si reúno el valor necesario para entrar otra vez y recuperar la mochila, iré andando hasta allí y me quedaré en una habitación hasta que decida qué hacer. Total, ya estoy empapado.
El taxista vuelve a bajar las maletas, las deja en la acera justo delante de mí y se dirige a su puerta sin mirarme. Se sube al coche y se aleja, como si mi cambio de opinión fuera un alivio.
¿Tan patético parezco?
Cojo las maletas y regreso al mismo sitio donde estaba sentado antes de darme cuenta de que también soy un «sinmochila».
Miro hacia mi piso y me pregunto qué pasaría si subiera a recoger mis cosas. La verdad es que he montado un espectáculo antes de largarme, así que prefiero ser un sintecho bajo la lluvia que volver a subir allí.
Me siento sobre la maleta y analizo la situación. Podría pagar a alguien para que fuera a
buscarla, pero... ¿a quién? Por aquí no hay nadie y, además, ¿cómo sé si Jackson o Wonho le darían mi mochila a un extraño?
Esto es una mierda. Sé que al final no me quedará otra que llamar a algún amigo, pero ahora mismo me da demasiada vergüenza contarle a alguien lo ingenuo que he sido estos dos años. He vivido completamente engañado.
Ya odio tener veintidós años, y eso que aún me quedan 364 días más. Es todo tan asquerosamente patético que estoy... ¿llorando?
Genial. Ahora estoy llorando. Soy un sintecho, un engañado sin dinero, llorón, dramático y violento. Y, aunque no me gusta admitirlo, también tengo el corazón destrozado. ¿Puedo ser más el estereotipo de gay?
Maldita sea, estoy sollozando. Supongo que esto es lo que se siente cuando te rompen el corazón.
—Está lloviendo. Date prisa.
Levanto la vista y veo a un chico encima de mí. Se cubre con un paraguas y me mira con inquietud mientras salta de un pie al otro, como esperando a que yo haga algo.
—Me estoy mojando. Date prisa.
Su tono es autoritario, como si me hiciera un favor y yo fuera un desagradecido. Arqueo una ceja mientras me protejo los ojos de la lluvia con la mano.
No entiendo por qué se queja, él está bajo el paraguas.
Este día no podría acabar peor. Estoy sentado sobre casi todas mis pertenencias, bajo una lluvia torrencial, mientras un chico con cara de pocos amigos me manda.
Todavía estoy absorto mirando su cara perfecta y enfadada cuando me agarra de la mano y me levanta de un tirón.
—Jungkook ya me había dicho que actuarías así. Me tengo que ir a trabajar. Sígueme y te enseñaré dónde está el piso.
Coge una de mis maletas y la empuja hacia mí. Luego se queda con la otra y cruza el patio con paso decidido. Le sigo, aunque solo sea porque se ha llevado una maleta y quiero recuperarla.
Cuando empieza a subir la escalera, se gira para gritarme:
—No sé cuánto tiempo tienes intención de quedarte, pero solo tengo una norma: ni se te ocurra entrar en mi habitación.
Llega a un piso y abre la puerta sin mirar si le he seguido. Cuando llego arriba, me detengo y contemplo el helecho que crece en un tiesto junto a la puerta, ajeno al calor. Tiene las hojas verdes y exuberantes, como si esa negativa a marchitarse fuera una forma de mandar a la mierda al verano. Sonrío a la planta y me siento orgulloso de ella. Luego frunzo el ceño al darme cuenta de que envidio la capacidad de resistencia de un helecho.
Niego con la cabeza, aparto la mirada y, con paso vacilante, entro en el piso desconocido. La distribución es parecida a la mía, solo que este tiene cuatro dormitorios, dos de ellos comunicados. El piso que compartíamos Wonho y yo tiene dos habitaciones, pero el salón es del mismo tamaño.
La otra diferencia es que aquí no veo a ningún bastardo traidor y mentiroso con la nariz ensangrentada. Ni platos sucios de Wonho ni su ropa desperdigada.
El chico deja mi maleta junto a la puerta, se hace a un lado y espera a que yo... Bueno, en realidad no sé qué espera que haga.
Con un gesto de impaciencia, me agarra del brazo y me obliga a entrar.
—¿Qué mierda te pasa? ¿Sabes hablar? —me espeta.
Empieza a cerrar la puerta, pero se detiene en seco y se vuelve hacia mí con los ojos como platos. Levanta un dedo.
—Espera —dice—. ¿No serás...? —Se da una palmada en la frente—. Oh, Dios, eres sordo.
¿Perdón? ¿Qué le pasa a este? Niego con la cabeza y me dispongo a contestar, pero me interrumpe.
—Bravo, Hobi —masculla. Se pasa las manos por la cara y se lamenta, ignorando que le estoy diciendo que no con la cabeza—. A veces eres un bastardo insensible.
Caray. Este chico tiene un problema grave de habilidades sociales. Es una especie de bastardo, sí, aunque se esfuerza por no serlo. Ahora cree que soy sordo. Ni siquiera sé qué decir. Sacude la cabeza, como si estuviera decepcionado consigo mismo, y luego me mira fijamente.
—¡ME TENGO... QUE IR... A TRABAJAR... AHORA! —grita muy alto y con una lentitud exasperante.
Me encojo y doy un paso atrás, lo cual debería darle una pista de que he oído perfectamente sus gritos, pero no la capta. Señala la puerta del fondo del pasillo.
—¡JUNGKOOK ESTÁ... EN... SU... HABITACIÓN!
Antes de que pueda decirle que deje de gritar, sale del piso y cierra la puerta.
No sé qué pensar. Ni qué hacer. Estoy empapado en mitad de un piso desconocido y la única persona a la que tengo ganas de pegar —aparte de Jackson y Wonho, claro— está a unos pasos, en otra habitación.
Y hablando de Jungkook, ¿por qué mierda ha mandado al psicópata de su novio a buscarme? Cojo el teléfono y ya le estoy enviando un mensaje cuando se abre la puerta de su habitación.
Sale al pasillo cargado con mantas y una almohada. En cuanto me ve, contengo una exclamación. Espero que no haya sido muy obvio, pero es que nunca lo había visto de cerca... y a pocos metros es aún más guapo que desde el patio.
Nunca había visto unos ojos capaces de hablar. No sé muy bien qué quiero decir con eso, pero es como si bastara con que me lanzara una mirada discreta para saber exactamente lo que quiere que haga. Tiene una mirada intensa y penetrante y... Oh, Dios, llevo un buen rato mirándole.
Al pasar junto a mí para dirigirse al sofá, curva los labios en una sonrisa de complicidad.
A pesar de ese rostro atractivo y de su expresión ingenua, me dan ganas de pegarle por ser tan falso. No debería haber esperado más de dos semanas para contármelo. Me habría gustado tener la oportunidad de planearlo todo mejor. No entiendo cómo podemos haber estado dos semanas hablando sin que sintiera la necesidad de contarme que mi novio y mi mejor amigo se estaban follando.
Jungkook deja caer las mantas y la almohada en el sofá.
—No pienso quedarme aquí, Jungkook —le digo, para que deje de perder el tiempo siendo hospitalario.
Sé que me compadece, pero apenas nos conocemos y me sentiría mucho más cómodo en un hotel que durmiendo en el sofá de un extraño.
Pero para ir a un hotel necesito dinero.
Que no llevo encima en este momento.
Que está dentro de mi mochila, al otro lado del patio, en un piso donde ahora mismo están las dos únicas personas que no quiero ver.
Quizá el sofá no sea tan mala idea.
Jungkook termina de preparar el sofá, se vuelve hacia mí y baja la mirada hacia mi ropa mojada. Contemplo el charco de agua que estoy dejando en el suelo.
—Oh, lo siento —murmuro.
Tengo el pelo pegado a la cara y la camiseta que llevo resulta bastante pobre —además de transparente— como barrera entre el mundo exterior y mi pecho.
—¿Dónde está el baño?
Él me señala la puerta del cuarto de baño con un gesto de cabeza.
Me doy la vuelta, abro una maleta y empiezo a rebuscar mientras Jungkook vuelve a su habitación. Me alegra que no me haya hecho preguntas sobre lo ocurrido tras nuestra conversación de antes. No tengo ganas de hablar de ello.
Cojo un chándal y una camiseta, además del neceser, y voy al baño. Me molesta que todo lo que hay en este piso me recuerde al mío, salvo unas cuantas diferencias. Es el mismo cuarto de baño con las mismas puertas a derecha e izquierda que dan a las habitaciones. Una es la de Jungkook, obviamente. Siento curiosidad por saber quién duerme en la otra, pero no la suficiente como para abrir la puerta. La única norma del chico psicópata es que ni se me ocurra entrar en su habitación, y no parece de los que bromean.
Cierro la puerta que da al salón y echo el pestillo. Luego compruebo los pestillos de las habitaciones para asegurarme de que nadie entre. No sé si en este piso vive alguien más aparte de Jungkook y el chico psicópata, pero prefiero no correr riesgos.
Me quito la ropa empapada y la dejo en el lavabo para no mojar el suelo. Abro la ducha y espero a que el agua salga caliente para entrar. Me quedo bajo el chorro y cierro los ojos, agradecido de no estar bajo la lluvia. Pero, al mismo tiempo, tampoco me hace feliz estar donde estoy.
Nunca habría imaginado que el día de mi vigésimo segundo cumpleaños terminaría duchándome en un piso desconocido y durmiendo en el sofá de un tipo al que solo conozco de hace dos semanas, y todo por culpa de las dos personas a las que más quería y en quienes más confiaba.