La Purga

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Sinopsis

En las calles rotas de México, donde la ley murió hace mucho tiempo, nace un verdugo. Un chico traicionado por el sistema que debía protegerlo, abandona imagen y se convierte en una fuerza primitiva, fría y letal. Armado con un código tan viejo como la sangre derramada —«El que a hierro mata, a hierro muere»—, inicia una purga implacable contra la pirámide de poder que une políticos, banqueros y cárteles. Desde sicarios de bajo nivel hasta los intocables en las alturas del gobierno, nadie está a salvo. Él no busca justicia. Busca equilibrio. En un país donde las instituciones fallaron, solo queda la ley del más salvaje.

Genero:
Action/Scifi
Autor/a:
Caveman
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El Peso De La Tierra

El crujido de la madera sobre el hombro era lo único que anclaba a Maximiliano a la realidad. El sol de Huixcolotla, Veracruz, caía como plomo derretido sobre el techo de lámina del mercado.

Kevin: Ey Max! Échame la otra. *dijo limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo mientras acomodaba una caja de tomates* Si apuramos el paso, terminamos antes de que el patrón empiece a descontar por hora.

Maximiliano no respondió con palabras. Solo asintió, cargando un bulto de frijoles. Su cuerpo de 17 años se movía con una eficiencia mecánica que no correspondía a la de un repartidor promedio. En su mente, el sonido de los camiones de carga se mezclaba, a veces, con el recuerdo del rugido de otros motores. El pensaba constantemente en el día en que su padre cayó al suelo y la tierra se tragó su sangre. Max parpadeó, disipando el recuerdo antes de que alterara su respiración.

Max: Puta madre *diría susurrando con la voz algo agotada*

Dejaría el bulto de frijoles donde corresponde y se aseguraría de que nadie haya notado su situación mental. Lo bueno fue que nadie en el mercado notaba que, detrás de esos ojos calmados, constantemente había un chico que ya no pertenecía al mundo de los vivos… Aun

Después del trabajo las tardes pertenecían a Elena o sus entrenamientos, esto con el propósito de salir del estrés. Siempre estaban sentados en la banca de la plaza pequeña, lejos del bullicio, Maximiliano se permitía bajar la guardia. Con ella, el aire no se sentía pesado. Elena hablaba de la escuela, de sus planes de salir del pueblo, y Max la escuchaba con una sonrisa ligera, casi imperceptible, pero genuina.

Elena: Estás muy callado hoy *dijo mirándolo de reojo mientras comía de su helado*. Siempre parece que estás planeando cómo salvar al mundo. O cómo escapar de él.

Max: *con voz calmada* Sólo te escucho *Por un instante, su voz sonó como la de cualquier joven de su edad* Me gusta saber que hay cosas normales allá afuera

Elena: si tú siguieras estudiando estoy segura que llegarías lejos… se nota que eres el tipo de personas que aprende rápido. *Dice acariciando su brazo*

Max: Elena ya te dije… no tengo tiempo para eso… ya la oportunidad la perdí y ya no puedo hacer nada. Solo un año de estudio y ya a chingar a su madre todos.

Elena: no seas pendejo. *Dice riendo*

Max: que es verdad… ya bastante jodido estoy como para gastar otra vez en eso. Apuradamente me alcanza para el gas de la moto.

Elena: bueno al menos sabes gastar en lo útil, pero también tienes que pensar en ti… Piensa, algún día vas a tener novia y no tendrás donde llevarla a comer.

Max: no digas mamadas. *Suspira pensando en su situación actual*

Elena: Max, eres el único chico soltero que veo constantemente vivir como si no lo estuvieras. Trabajas y entrenas y los días libres cualquiera diría que está jugando pero no lo haces… siempre entrenas con mi abuelo.

Max: es lo único en lo que soy bueno, Elena. No te prometo nada pero vas a ver… voy a salir a delante

Ya en la noche toda esa calma se iba cuando entraba con Vance.

El exmilitar no tenía piedad. El entrenamiento en el terreno baldío detrás de las colinas terminaba siempre con Max en el suelo, con la boca ensangrentada y los pulmones ardiendo. Sus entrenamientos era sobre combate Cuerpo a Cuerpo, manejo de armas y resistencia táctica, por otras veces era sometido a entrenar con dolor extremo haciendo que su cuerpo sufra.

Vance lo miraba desde arriba, con los brazos cruzados y la mirada fría de quien ha visto demasiados cadáveres.

Vance: Te estás volviendo lento, muchacho *sentenció ofreciéndole una mano que Max rechazó para levantarse solo* si sigues así el sistema no te va a pedir permiso cuando decida matarte. O aprendes a operar antes de que te huelan, o terminarás en una fosa como el resto.

Maximiliano se limpió la sangre del labio. La realidad de Vance era un golpe más duro que sus puños, pero era la única verdad en la que podía confiar.

Vance: se que quieres entrenar para defender a los que no pueden defenderse, pero eso te llevará a la tumba.

Max: chingon al menos sería por algo que valió la pena *dice bebiendo una botella de agua*

Vance: seguro que quieres hacer esto. Se nota en tu frialdad. El trauma de tu padre…

Max: de él ni hables… yo no pienso usar ese tema como motivación. Si quiero salir adelante será bajo mis métodos.

Vanece: *le da un golpe* te calmas, y 15 lagartijas. Y si haces eso te mueres, esto de matar y decir que tienes poder y dinero es pendejada y lo sabes.

Max: yo cuando dije algo así? *Dice haciendo lagartijas*

Vance: crees que no escucho a esos chicos diciendo que el narco le da plata semanalmente.

Max: *haciendo una pausa* esos son pendejos que no conocen el infierno. *Continua*

Vance: pues más te vale… no quiero que mi nieta me odie por no calmarte.

Max: (si supiera que hago) *dice en su mente*

Luego de dos horas esa misma noche, Max llegó a su casa, en un pueblo un poco más lejos, donde el alumbrado público ya no llegaba.

En la cocina, su madre cocinaba bajo la luz mortecina de un foco ahorrador. Su hermana menor dormía en el cuarto contiguo.

Esperanza: casi que no llegas

Max: Estaba entrenando. Hora si me mataron *dice algo adolorido*

Max dejó el fajo de billetes arrugados, el fruto de la semana en el mercado, sobre la mesa de madera.

Max: ‘Ira ma, para la despensa. Y para el de la escuela de mi hermana *dice empezando a comer*

Su madre miró el dinero y luego a su hijo. Había una tristeza profunda en sus ojos, el miedo constante de las madres que saben en qué tipo de suelo caminan.

Esperanza: Max... hijo. A veces te miro y siento que estás muy lejos. Te pareces tanto a tu padre en como siempre se preocupaba por su familia. No quiero que cargues con el peso de mantenernos a costa de tu juventud.

Max guardó silencio un momento, mirando sus propias manos curtidas.

Max: ma’, el peso no me molesta *dijo con una voz suave pero inquebrantable* El problema no es el peso, sino dejar que las cosas se caigan. Ya perdimos demasiado. Yo ahora estaría en USA con mis tíos, yendo a la escuela, esperando a que llegues a cruzar la frontera… pero ahí voy yo a enzarzarme en la estaca

Esperanza: lo sé… y no quiero que te sientas mal por eso… ya estamos aquí juntos otra vez… y verá que si le hechas ganas vamos a salir a delante.

Max seguiría comiendo pensando en todo lo que tuvo que pasar

La mañana siguiente el ambiente en el mercado era distinto. Faltaba una pieza. Lupita, la muchacha que atendía la administración del pequeño negocio, no había llegado.

Max se acercó a Kevin mientras acomodaban los huacales.

Max: Oye wey ¿Y Lupita? *preguntó con un tono neutro*

Kevin miró a los lados antes de hablar en voz baja, visiblemente asustado.

Kevin: No va a venir.

Max: a chinga… por?

Kevin: Ayer en la noche, cuando salía del turno, la interceptaron los de "Los Cachorros". Ya sabes, esa bandita de chamacos que andan queriendo cobrar piso en la colonia baja. Le quitaron la bolsa, el dinero de la semana y que le metieron una verguiza. Está ya en la clínica que de ahí va para su casa. Que supuestamente le rompieron dos costillas.

Max no parpadeó. Sus ojos se fijaron en un punto vago del suelo. "Los Cachorros". Delincuentes menores, pero el tipo de parásito que empezaba a pudrir el entorno por culpa de la narco cultura que les hacía la ilusión de que podían hacer lo que quieran.

Horas más tarde, durante el almuerzo, Kevin se sentó en el puesto de tacos de la esquina. Elena llegó poco después, buscando a Max con la mirada.

Elena: ¡que pedo Kevin! ¿Y Max?

Kevin, con la boca llena, miró a su alrededor, confundido.

Kevin: a chinga... Estaba conmigo hace como 5 minutos. Supongo que fue a checar unos almacenes atrás.

Elena: mmm… ta’ madre. bueno pero bueno invita no?

Kevin: por mis huevos *ríe por la forma de negar*

Elena: sobres culero. *Le pegaría en el hombro mientras ríe*

A unos metros de ahí, en un lote baldío rodeado de basura y maleza, cuatro jóvenes fumaban y reían, presumiendo un teléfono celular que claramente no les pertenecía.

Max entró al terreno sin hacer ruido. Su postura no era la de un chico asustado, caminaba con una calma imponente, los hombros relajados, la mirada fija. Un aura de absoluta confianza que descolocó por un segundo al líder del grupo, un tipo apodado "El Chango".

Chango: ¿Qué buscas, perrillo? *Escupió levantándose* ¿Te perdiste o qué?

Max no se detuvo. Siguió caminando hasta quedar a menos de un metro de ellos. Su silencio era más amenazante que cualquier insulto.

Max: El dinero de Guadalupe. Y el teléfono *dijo una voz que ya no era la de un trabajador del mercado Estaba seca. Cortante.*

Los tipos soltaron una carcajada. Uno de ellos avanzó para empujarlo, subestimandolo por ir solo.

Chango: estás bien pendejo… lárgate cabrón que no eres nadie en este barrio!

Ese fue el último error que cometió.

Antes de que la mano del agresor tocara su pecho otra vez, Max se movió con la velocidad de un resorte tenso. Un golpe seco, ascendente y preciso con la palma de la mano impactó directamente en el mentón del joven. El sonido del hueso dislocándose resonó en el baldío, después lo tomó del cuello y lo golpeó con fuerza hasta quitándole la cara. El tipo cayó al suelo de inmediato, sin señales de vida.

Los otros tres se congelaron, la risa fue borrada de golpe. Max no les dio tiempo de reaccionar.

La pelea fue caótica para ellos, pero puramente geométrica para Max. Utilizó los golpes que Vance le había enseñado, movimientos cortos, buscando puntos de presión, rodillas y garganta. Esquivó un golpe torpe, derribó al segundo con una zancadilla y un impacto al plexo solar que lo dejó sin aire. Al tercero lo estrelló contra una barda de adobe, desarmándolo antes de que pudiera sacar una navaja, y usandola para cortar su cuello.

En menos de dos minutos, los cuatro estaban en el suelo, sin señales de vida, superados por una fuerza que no comprendían. Max se agachó con calma, tomó el teléfono de Lupita del bolsillo del líder y recogió unos billetes arrugados. Los miró desde arriba, con el rostro completamente inexpresivo. No había odio en sus ojos, solo una fría resolución.

Max: si no hubieran sido tan pendejos por tocar a gente del mercado, no hubiera usado las manos *dijo en un susurro*

Dio la vuelta y caminó de regreso, limpiándose una mancha de polvo del pantalón.

Diez minutos después, Max regresó al puesto de carga. Tenía la respiración normal, aunque el estómago le rugía por no haber almorzado.Kevin lo vio llegar y lo señaló con el dedo.

Kevin: ¡puta madre Max! Te perdiste el almuerzo. Elena ya se fue, dijo que te veía luego. ¿Dónde estabas?

Max tomó un huacal de madera, se lo acomodó al hombro y miró a su amigo con una tranquilidad pasmosa.

Max: Solo fui a sacar la basura, Kevin. Dale, que todavía faltan tres camiones.

Kevin: pinche loco.

Dos días después, la policía municipal llegó al mercado. Dos agentes perezosos hicieron preguntas de rutina sobre la golpiza a "Los Cachorros". En el pueblo corría el rumor de que un "demonio" o un militar retirado los había emboscado en el baldío. Los delincuentes estaban abatidos como para dar descripciones. La gente solo dice que "la sombra tenía ojos de piedra". Los policías cerraron la libreta sin interés, anotándolo como otra riña entre pandillas.

Mientras tanto, en la casa de Lupita ella recibió un sobre anónimo bajo su puerta. Dentro estaba su teléfono y el doble del dinero que le habían robado.

Lejos de ahí, en una colina que dominaba el pueblo, Maximiliano observaba el panorama. En su mano derecha sostenía un trozo de carbón con el que, minuciosamente, en una libreta vieja tenía nombres de personas conocidas por sus crímenes. En la base, tachó el primer espacio, dejando una nota “La purga apenas comienza"