Prólogo
Dicen que los bailarines aprenden a caer antes de aprender a volar.
Nadie te enseña qué hacer cuando la caída no termina.
Durante años, mi vida estuvo medida en música. En ocho tiempos. En la tensión de los músculos antes de un salto y en ese instante imposible en que el cuerpo parece desafiar la gravedad. Vivía para esos segundos. Para la sensación de que el escenario desaparecía bajo mis pies y el mundo entero contenía la respiración conmigo.
Creía que aquello duraría para siempre.
Supongo que todos creemos eso sobre las cosas que amamos.
Ahora, cuando intento recordar la noche del accidente, los recuerdos aparecen incompletos. Un destello de luces. El chirrido de los neumáticos. El sonido brutal del metal retorciéndose sobre sí mismo. Después, silencio.
Lo extraño es que no recuerdo el dolor.
Recuerdo la pérdida.
La entendí semanas más tarde, tumbado en una cama de hospital, observando una pierna que ya no parecía parte de mí. La entendí en las conversaciones que se interrumpían cuando yo despertaba. En las miradas de lástima. En los informes médicos cuidadosamente redactados para evitar pronunciar las palabras que todos pensaban.
Volver a bailar.
Como si aquellas tres palabras se hubieran convertido de pronto en una pregunta.
Fue entonces cuando apareció él.
No como un salvador.
No como un milagro.
Solo como el hombre encargado de reconstruir los restos de una vida que se había hecho añicos.
Y, aunque ninguno de los dos lo sabía todavía, algunas fracturas son mucho más difíciles de localizar que un hueso roto.