Capítulo 1: La frecuencia del Vacío.
—¿Sara? ¿Me estás escuchando?
La voz de Mark me trajo de vuelta a la cafetería de siempre, en el centro de Portland. Sus dedos tamborileaban sobre la mesa con esa impaciencia que siempre me ponía nerviosa.
—Sí, claro. Lo siento —mentí, forzando una sonrisa—. Decías que el partido del sábado...
—No, decía que deberíamos cambiar de sitio, aquí el café sabe a agua sucia. Pero bueno, ya qué más da.
Suspiré, mirando por la ventana. La lluvia de Portland caía con esa persistencia gris. Mark era el novio perfecto ante los ojos de mis padres: educado, deportista, predecible. Pero a veces, cuando lo miraba, sentía que estaba viendo a través de una pantalla de cristal. Me faltaba algo.
Al salir, Mark se detuvo tres veces para saludar a sus amigos del equipo con esa energía extrovertida que lo hacía destacar. Yo, analítica y un poco distante, me limitaba a sonreír por cortesía cada vez que él me presentaba, sintiéndome como una extraña en su mundo de popularidad.
Una vez dentro de su auto, decidí intentarlo de nuevo.
—Mark, tenemos que hablar de lo que pasó en la clase de física —dije, elevando la voz—. El profesor mencionó algo sobre las frecuencias de la realidad que me parece importante.
Él no me miró. Con una sonrisa relajada, giró la perilla de la radio al máximo. Un ritmo electrónico agresivo explotó en el habitáculo.
—¡Mark! —insistí, intentando hacerme oír—. ¡Dije que es importante!
Fue imposible. Él comenzó a tararear la canción, mirando al frente, totalmente inmerso en su burbuja. Me resigné, apretando los labios, y dejé que el ruido me envolviera hasta que finalmente se estacionó frente a mi casa. Se inclinó y me dio un beso corto.
—Bye, preciosa. Te quiero —dijo él, sin dejar de sonreír.
—También te quiero —respondí, bajando del auto con una sensación de vacío.
Al entrar, mis padres me recibieron en la sala con una sonrisa que iluminó mi cansancio.
—¡Bienvenida a casa, cariño! —dijo mi padre, acercándose para darme un abrazo protector—. ¿Qué tal ha ido todo hoy?
—¿Cómo ha estado tu día, mi niña? —añadió mi madre, acariciándome la mejilla con ternura.
Pero antes de que pudiera responder, la voz de Luna resonó desde el fondo del pasillo.
—¡Sara! ¡Ven rápido a mi cuarto, tengo que contarte algo increíble!
Suspiré, tratando de disimular mi agotamiento, y caminé hacia su habitación. Aquel cuarto era un caos organizado, una especie de biblioteca andante donde los libros se apilaban en torres inestables y las notas adhesivas cubrían cada superficie. Luna estaba sentada en el suelo, rodeada de pergaminos, con los ojos brillando de una forma que rara vez veía.
—¡Mira esto! —exclamó, señalando un tomo antiguo que descansaba sobre un atril—. Lo encontré en un basurero cerca de la universidad. Como estudio Literatura, me llamó la atención su estructura; es una pieza única, ¡tienes que escucharlo!
Luna comenzó a explicarme con un entusiasmo febril que el libro, al que llamabaEl libro de los mundos perdidos, trataba sobre realidades paralelas conectadas por frecuencias vibratorias. Apenas escuché el principio, mi mente se desconectó por el tedio; las teorías abstractas de mi hermana me resultaban demasiado lejanas después de un día tan agotador.
—¡Pero ten cuidado! —añadió ella, bajando la voz con una seriedad que me hizo arquear una ceja—. No se te ocurra tocarlo. Es peligroso, Sara. La frecuencia que emite... no está hecha para cualquiera.
Solté una carcajada, rodando los ojos mientras me dirigía hacia la puerta.
—¿De verdad crees en eso, Luna? —pregunté con sorna—. Es solo un libro antiguo, no una puerta mágica.
—No es una broma —insistió ella, aunque yo ya no la escuchaba.
Salí de su habitación, restándole importancia a sus advertencias, y me encerré en la mía. El día había sido demasiado largo, y lo último que necesitaba era una dosis extra de los delirios literarios de mi hermana. Me desplomé sobre mi cama, dejando que el silencio de la habitación fuera mi único refugio. Sin embargo, en lugar de encontrar la paz que tanto necesitaba, mi mente empezó a divagar hacia el camino de vuelta a casa, hacia Mark.
Llevábamos tres años juntos. Tres años de repetir el mismo circuito: los partidos de los viernes, las cenas con sus amigos del equipo donde yo era apenas un accesorio, y esos encuentros fugaces en mi coche o en el suyo donde el silencio siempre ganaba. Tres años de rutinas predecibles y de chocar constantemente contra el muro de su indiferencia. Cerré los ojos, tratando de invocar algún sentimiento profundo, algo que justificara todo este tiempo, pero solo encontré una frialdad incómoda.
¿Realmente estaba enamorada de él?
La pregunta se clavó en mi pecho como una espina. Mark era el novio perfecto ante los ojos de cualquiera: era alto, de facciones marcadas, con ese cabello castaño siempre impecable y unos ojos azules tan brillantes como vacíos. Era atento ante los demás, deportista y popular; el tipo de chico que mis padres adoraban tener en casa. Pero, ¿qué quedaba para mí? Nuestra relación se había convertido en un guion que recitábamos por inercia, un vacío que intentábamos llenar con ruidos y besos distraídos. Era una rutina, una pieza más de mi vida organizada, pero carecía de alma.
Pensé en las veces que él me decía “te quiero” con esa ligereza tan suya. Cada vez que yo le devolvía el “te amo” —o más bien, el “también te quiero”—, sentía que estaba mintiendo. Me preguntaba, con un nudo de angustia en la garganta, si alguna vez llegaría el día en que esa palabra se sintiera real. ¿Podría alguna vez decirle “te amo” y que significara algo, o estaba condenada a vivir en esta representación constante donde las palabras eran solo ecos sin significado?
Me giré, hundiendo la cara en la almohada. Sentía que el vacío que me rodeaba era un presagio, una señal de que algo en mi realidad estaba a punto de fracturarse...








