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Cronicas de Wuhan

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Sinopsis

Zhang Wei es un joven que gano la posibilidad de ingresar a una nueva academia en Wuhan. La escuela de talentos de Wuhan. Sin embargo esta escuela esta lejos de solo ser un lugar para la Elite tradicional. La llegada de unos gemelos peculiares levantara el telon de situaciones absurdas y una nueva realidad que esta por cambiar todo lo que Wei creía que sabía respecto al mundo.

Estado:
hace una hora
Capítulos:
1
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Clasificación por edades:
13+

EL FILTRO

El autobús 591 dejó a Zhang Wei, aparentemente, en la parada equivocada.

No porque el conductor se hubiera confundido —la parada estaba donde decía el mapa—, sino porque el mapa era de hacía dos años, y en dos años alguien había construido una academia entera sobre lo que antes era un descampado.

Wei se quedó de pie en la acera, con la mochila colgada de un hombro, y no dijo ni pensó nada durante cuatro segundos.

Cuatro segundos era mucho para él.

Al otro lado de la reja, el terreno subía en terrazas. Edificios de cristal y acero se intercalaban con bosques de bambú. En algún lugar, más arriba, una pasarela elevada cruzaba de un edificio a otro sin ninguna razón práctica visible. Había fuentes. Había un césped que parecía recién cortado por alguien con demasiado tiempo libre.

Y sobre todo eso, colgada entre dos postes, una pancarta azul:

ACADEMIA DE TALENTOS DE WUHAN — BIENVENIDOS, GENERACIÓN 2027

Wei no se giró. Ya sabía quién era.

—Y es azul —dijo—. Podría haber sido peor.

—Podría haber sido rosa.

—Con tu suerte, el año que viene lo cambian a rosa.

Xie Luna se puso a su lado y, sin pedir permiso, le sacó el teléfono de la mano. Lo levantó, encuadró el portón, la pancarta y el bambú, y se tomó una foto con la cara de alguien que acaba de llegar al sitio donde va a pasar algo importante.

Llevaba un conjunto sobrio para ella —una chaqueta de mezclilla negra sobre una camiseta ajustada, una falda plisada oscura que le dejaba cuatro dedos de pierna al descubierto, y sus inseparables botas de cuero de conejo con una leve plataforma—. El pelo negro con las puntas rojas le caía sobre los hombros, acompañado de un elegante choker negro con un pequeño dije en forma de cruz, y se había delineado los ojos más de lo estrictamente reglamentario para una academia de élite

—Si el año que viene la ponen rosa, vuelvo solo para la foto —dijo, y subió la imagen.

Wei se asomó por encima de su hombro para ver cómo había quedado. Más que nada, para poder criticar el encuadre.

Y el encuadre, en efecto, era malo: el portón descentrado, la pancarta cortada por arriba. Pero eso no fue lo que se quedó mirando.

Al fondo, junto a la reja, había dos figuras desenfocadas.

Una era alta y estaba con los brazos a los lados, mirando hacia el campus. La otra era más baja y tenía la cabeza levantada, hacia arriba, como si buscara algo en el cielo.

—Está torcida —dijo Wei.

—Está artística.

—Está torcida.

Luna le dio un empujón y siguió caminando. Wei le devolvió el teléfono y no volvió a pensar en las dos figuras.

No tenían nada de particular. No las reconoció.

—¿Ya está?

—Ya está.

—Acabas de llegar al sitio donde vas a vivir tres años.

—Por eso mismo —dijo ella, devolviéndole el teléfono—. Hay que documentar las cosas cuando todavía son nuevas. Después se vuelven normales y ya no las ves.

Wei pensó que era la frase más inteligente que le había oído en semanas. No se lo dijo, porque no se lo decía nunca.

—Vamos —dijo en cambio.

Hacía doce años de eso. Lo recordaba perfectamente.

Ese era el número exacto, y Wei lo sabía porque llevaba la cuenta desde los cuatro.

Se habían hecho amigos en un patio de guardería, por el método más simple del mundo: a ella le habían quitado un lápiz y él lo había recuperado. No hubo pelea ni drama. Wei se limitó a encontrar el lápiz —estaba debajo de la casita de plástico, y a él le pareció obvio que iba a estar ahí— y se lo devolvió sin decir nada.

Ella lo miró como si le hubiera traído la luna.

Y desde entonces, así.

Sus padres eran amigos de secundaria, él se mudó seis veces de sector. Luna estuvo en las seis, como compañeros de escuela y cuando no, de alguna manera se juntaban. Cuando su madre no tenía trabajo, Luna aparecía con la excusa de que se aburría y salían al parque a respirar. Cuando Wei se pasaba tres días sin salir de la habitación porque estaba programando algo, Luna aparecía con comida y se sentaba en el suelo a mirarlo sin preguntar nada.

No era que se quisieran. Era algo más raro que quererse: era que se tenían.

Wei había decidido, en algún punto de los últimos dos años, que eso era suficiente y que preguntarse lo demás era una mala idea.

Seguía decidiéndolo todos los días.

Cruzaron el portón.

El campus era, objetivamente, un problema, y Wei tardó dos minutos en encontrar por qué.

Las cámaras apuntaban hacia dentro.

Había diecinueve —las contó— y las diecinueve estaban orientadas hacia los accesos internos: pasillos, puertas, escaleras. Ninguna cubría la valla perimetral, que era, en cualquier otro edificio del mundo, exactamente lo que una cámara cubre.

No era seguridad. Era control de tránsito.

—¿Ves algo raro? —preguntó Luna, que lo conocía.

—Nada importante.

—Wei.

—De verdad. Nada importante.

Y en ese momento no lo era. Pero se lo guardó, porque guardarse cosas era lo que hacía.

En las escaleras de un edificio, un grupo de chicos se hacía fotos; una chica de pelo corto leía sentada en el borde de un macetero, ajena a todo. Wei le echó un vistazo y siguió andando.

Y cada veinte metros, una caja gris del tamaño de un libro, pensó Wei.

No dijo nada.

Una campana sonó a lo lejos, llamándolos al auditorio. Desde las puertas, un hombre de traje impecable, con una tablet en la mano y ojos cansados, los esperaba.

—Buenos días —dijo el hombre, sin sonreír—. Mi nombre es el Profesor Lin. Soy el coordinador de admisiones de la Academia de Talentos de Wuhan.

El auditorio quedó en silencio absoluto.

—Primero, felicidades. Cada uno de ustedes recibió una invitación porque demostró capacidades excepcionales en sus respectivos campos. Pero una invitación no es una beca.

Hizo una pausa. Sus ojos grises barrieron la sala como un escáner.

—Para obtener la beca completa —alojamiento, alimentación, acceso a laboratorios y servidores de última generación— deben aprobar la evaluación de nivelación académica con un mínimo de 60%.

Un murmullo nervioso recorrió las gradas. Wei sintió que su paranoia se activaba. Pensó en el uso de los servidores y equipos de la academia, en su asistente de inteligencia artificial, esa consciencia que llevaba meses programando a escondidas en su teléfono. Y susurro en su mente, Sesenta por ciento. Eso no es un filtro. Es una ejecución.

—La evaluación consta de cincuenta preguntas —continuó el Profesor Lin—. Tienen treinta y cinco minutos. No hay tiempo extra. No hay segundas oportunidades. Las preguntas cubrirán lógica avanzada, resolución de problemas abstractos, ciencias aplicadas y pensamiento crítico.

Wei frunció el ceño. Cincuenta preguntas en treinta y cinco minutos. Eso son cuarenta y dos segundos por pregunta. Imposible sin preparación específica.

—Después del examen, los que aprueben serán asignados a sus dormitorios y cursos. Los que no... —el Profesor Lin hizo otra pausa—, sus accesos biométricos serán revocados inmediatamente. No hay apelaciones.

El silencio se volvió denso. Wei miró a Luna. Ella tenía los labios apretados, pero sus ojos brillaban con determinación.

—¿Preguntas? —dijo el Profesor Lin.

Nadie levantó la mano.

—Bien. Los exámenes están en sus asientos. Comiencen. Si lo completan antes del tiempo pueden salir del salón.

Wei miró hacia abajo. Sobre su asiento había un sobre sellado con su nombre. Lo abrió con cuidado. Dentro, una hoja con cincuenta preguntas y un lápiz óptico.

Activó el cronómetro de su teléfono. Treinta y cinco minutos. Empezaba ahora.

Las primeras diez preguntas eran de lógica pura. Patrones, secuencias, deducciones. Wei las resolvió en cuatro minutos. Las siguientes quince eran de ciencias aplicadas: física cuántica básica, biología molecular, química orgánica. Wei sudó. Estas no eran preguntas de secundaria. Eran de nivel universitario avanzado.

Las últimas veinticinco preguntas eran las más raras. Problemas abstractos sin contexto claro. Situaciones hipotéticas con múltiples variables. Preguntas que parecían medir no conocimiento, sino forma de pensar. Wei las abordó con su instinto de hacker: buscar patrones, eliminar lo imposible, elegir lo más probable.

A los veinticinco minutos, los primeros alumnos empezaron a salir. Unos con rostros resignados, otros muy seguros, la primera de ellos, una chica de cabello corto, lentes y un sweater verde.

Cuando sonó la alarma de su teléfono, Wei había respondido cuarenta y ocho preguntas. Dos las dejó en blanco. No adivinó. Odiaba adivinar.

Entregó la hoja al Profesor Lin, quien la escaneó con un dispositivo portátil. Wei no vio el resultado. Nadie lo vio.

—Almuerzo en los comedores del edificio C —dijo el Profesor Lin—. Los resultados llegarán por notificación en cuarenta minutos.

Wei y Luna salieron del auditorio junto con los estudiantes restantes. El aire exterior se sintió más fresco, como si el auditorio hubiera estado conteniendo la respiración.

—¿Qué tal te fue? —preguntó Luna mientras caminaban hacia los comedores.

—Respondí cuarenta y ocho de cincuenta —respondió Wei—. Pero las últimas veinticinco preguntas eran... raras.

—¿Raras cómo?

—Como si no midieran conocimiento. Medían algo más. Forma de pensar. Patrones mentales.

Luna asintió. —A mí también me pareció extraño. Algunas preguntas ni siquiera tenían una respuesta correcta obvia. Eran más... filosóficas.

—¿Filosóficas?

—Sí. Como “si pudieras cambiar una ley de la física, ¿cuál sería y por qué?“. Eso no es un examen académico. Es un test de personalidad.

Wei tamborileó los dedos sobre la mesa. Un test de personalidad disfrazado de examen académico. Interesante.

En el comedor del edificio C, el ambiente era tenso. Estudiantes de élite conversaban en grupos pequeños, todos con la misma expresión de incertidumbre. Wei y Luna se sentaron en una mesa más despejada.

—Oye, ¿Qué tal el examen? —dijo una voz a su lado.

Wei giró la cabeza. Un chico de cabello castaño revuelto ocupaba el asiento contiguo con una comodidad insultante. Llevaba su chaqueta oliva que estaba abierta. En sus manos sostenía un baozi de cerdo al vapor.

—¿Te comiste un baozi en medio del examen? —preguntó Luna, con una mezcla de incredulidad y diversión.

—El estrés abre el apetito —respondió el chico, masticando con tranquilidad—. Soy Chen. Por cierto, ¿quieren? Traje tres.

Luna negó con la cabeza, sonriendo con educación. Wei lo miró con curiosidad. Había algo en la forma en que Chen respiraba, en cómo se movía, que era... demasiado normal. Demasiado despreocupado para un lugar donde todos parecían estar midiendo su coeficiente intelectual con la mirada.

—Zhang Wei —dijo él, aceptando el baozi más por educación que por hambre—. Y ella es Luna.

—Un gusto —dijo Chen, con la boca llena—. ¿Qué tal el examen?

—Raro —respondió Luna—. Las últimas preguntas eran muy abstractas.

—A mí me parecieron fáciles —dijo Chen, encogiéndose de hombros—. Solo adiviné la mitad.

Wei arqueó una ceja. —¿Adivinaste?

—Sí. No tenía tiempo de pensar tanto. Además, algunas preguntas no tenían sentido. Como “¿cuánto pesa un pensamiento?“. Eso es imposible de calcular.

Luna soltó una risita. —¿Y qué respondiste?

—“Depende de la gravedad emocional”.

Wei no respondió. Estaba analizando a Chen. ¿Adivinó la mitad y aún así está tranquilo? O es un idiota, o es un genio, o está mintiendo.

A dos mesas de distancia, una chica de cabello castaño corto y gafas de marco ligero leía un libro en silencio. Era la chica que salió diez minutos antes. No había mirado a nadie. Simplemente estaba allí, con su libro, como si el resto del mundo no existiera.

—¿Es la chica que salió antes que todos? —preguntó Luna, siguiendo la mirada de Wei.

—Si —respondió Wei—. Pero no parece nerviosa.

—Nadie parece nervioso excepto tú.

Wei rodó los ojos, pero no dejó de observar a la chica. Demasiado calmada. O es muy segura, o sabe ocultar su resignación muy bien.

Cuarenta minutos después, los teléfonos de todos vibraron al mismo tiempo. Wei miró su pantalla. Estimado alumno, favor de asistir al aula magna en 10 minutos. --

El auditorio era redondo, con el techo de cristal, y dentro había doscientas treinta y cuatro personas.

Wei las contó desde la fila.

—¿Por qué haces eso? —preguntó Luna.

—Porque en el ingreso de la academia éramos 400.

—¿Y?

—Y ahora hay doscientas treinta y cuatro personas. Alguien decidió que este año entra menos gente. O alguien decidió que este año la gente se apunta menos.

—Con este filtro a penas tocamos la academia, creo que las dos cosas pueden ser verdad.

—Sí —admitió Wei—. Ahí está el problema.

Se sentaron en la cuarta fila, junto al pasillo. Luna odiaba sentirse encerrada; Wei odiaba no tener salida.

Delante de ellos, Chen comía un baozi.

Wei se quedó mirándolo.

—¿Qué? —dijo Luna.

—Que estamos en una ceremonia de ingreso, en un auditorio, y ese tipo se ha traído el desayuno.

—A lo mejor tiene hambre.

—Acabamos de almorzar. Nadie más está comiendo.

Luna se asomó por encima del hombro de Wei, evaluó la escena y volvió a sentarse.

—A mí me cae bien —dijo.

—¿Y eso?

—Porque hace lo que quiere y no pide permiso. —Mirando de reojo a Wei—. Me recuerda a alguien.

Wei decidió no preguntar a quién.

A las diez en punto subió al escenario la Directora Li Wei Mei-Xing, y el auditorio entero se calló antes de que dijera nada.

No hubo micrófono. No hubo presentación. La mujer caminó hasta el centro del escenario con ochenta y cinco años encima y la espalda más recta del edificio, se sujetó el pelo con una horquilla de madera, y cuando habló, se oyó en la última fila.

—Buenos días.

Wei sintió un cosquilleo en la nuca.

Anotó: sin micrófono. Cuatrocientas butacas. Sin eco. No es acústica.

—Antes de empezar, algo claro —dijo la Directora—. Ustedes no están aquí porque sean especiales. Están aquí porque trabajaron. Lo especial no se elige; el trabajo sí. Ustedes son la primera generación de la academia; no hay cursos superiores. Son los primeros en cursar un nuevo modelo de enseñanza, que busca formar lo mejor de lo mejor.

Recorrió el auditorio con la mirada, despacio, y a Wei le dio la incómoda sensación de que aquella mujer estaba observándolos con intensidad escaneándolos, leyéndolos.

—Esta academia tiene dos reglas. La primera: aquí las notas son un idioma, no un premio. La segunda: todos los alumnos, sin excepción, cursan Artes Marciales y Meditación.

Un murmullo recorrió las gradas.

—Sé lo que están pensando —dijo la Directora—. Yo nunca he peleado en mi vida. Bien. Es exactamente por eso.

Y siguió, sin dar más explicaciones, que fue la parte que a Wei le puso los dientes de punta.

Dos asignaturas obligatorias, sin relación con el talento por el que nos eligieron, y no las explica.

Eso no es un plan de estudios. Eso es un campamento militar disfrazado de plan de estudios.

—Los resultados —dijo la Directora.

Las pantallas del fondo se encendieron. Siete listas, ordenadas de mayor a menor, con los porcentajes al lado.

Wei empezó a leerlas de abajo hacia arriba, que era como leía él las cosas.

—Cuatrocientos alumnos hicieron la prueba de nivelación —dijo la Directora—. Doscientos treinta y cuatro están hoy en esta sala.

Wei se quedó muy quieto.

Cuatrocientos a doscientos treinta y cuatro. Y no hay lista de los que no entraron.

—La prueba no fue difícil —continuó—. Fue larga. La mayoría no supo administrar el tiempo. Es la primera lección y no está en ningún programa: la capacidad sin gestión no sirve de nada.

—Los diez primeros de cada promoción reciben mención. No es un premio: es un registro.

Y entonces la pantalla cambió.

—Primero de la promoción —dijo la Directora—. Cien por ciento. Xiao Mei.

El auditorio entero se giró.

Wei también.

En la quinta fila, una chica con gafas de marco ligero el pelo corto un sweater verde sobre una blusa negra pasó una página de su libro.

No levantó la vista. No hizo absolutamente nada distinto de lo que estaba haciendo treinta segundos antes, cuando nadie la conocía.

Wei se quedó mirándola un rato largo.

Es la chica que salió primero, y un cien por ciento… así de exacto no existe —pensó—. Un cien por ciento exacto significa que el examen estaba diseñado para que alguien pudiera sacarlo.

Y significa que ella sabía cómo.

—Wei —dijo Luna—. Estás haciendo la cara.

—No estoy haciendo ninguna cara.

—Estás haciendo la cara de ya encontré algo.

—Todavía no he encontrado nada.

—Pero vas a encontrar algo.

Wei no respondió, porque no podía responder sin mentir.

La Directora siguió con los rangos. Los nombres caían uno detrás de otro y el auditorio se fue destensando —lo peor ya había pasado para los primeros diez—, Wei ya había escuchado su nombre en séptimo lugar y estaba empezando a respirar cuando la Directora se detuvo.

Dejó de leer.

Miró la pantalla. Luego al auditorio.

Y sonrió con la mitad de la boca, que era la primera vez que sonreía en toda la jornada.

—Y hay un caso —dijo— que me gustaría comentar.

A Wei se le puso la piel de gallina, sin ninguna razón.

—Sesenta y seis por ciento.

Alguien se rió. Un sesenta y seis no era nada, apenas había aprobado.

—Chen —dijo la Directora.

En la fila de delante, el chico del baozi levantó una mano sin dejar de masticar.

—¿Sí?

—Sesenta y seis por ciento exacto.

—¿Está bien? —preguntó Chen, con la boca llena.

—Es un número notable.

—¿Notable cómo?

—Notable.

Chen se encogió de hombros y volvió a lo suyo. Alrededor, la gente perdió el interés.

Wei no. Wei se quedó completamente quieto, con los ojos clavados en la pantalla, mientras dentro de su cabeza algo empezaba a contar.

Cincuenta preguntas.

Ponderación por curva. Cuatro bloques. Parciales de tres cuartos de punto.

Setenta y cuatro puntos posibles de parcial.

Sesenta y seis exacto.

Sesenta y seis coma cero cero.

—Eh —dijo.

—¿Mm? —dijo Luna.

—Ese número.

—¿El del baozi?

—Sí.

—¿Qué tiene?

Wei abrió la boca. La cerró.

Porque lo que tenía era esto: que un sesenta y seis coma cero cero, con dos decimales, en un examen de cincuenta preguntas con ponderación por curva, no era un resultado.

Era una decisión.

Nadie saca un número así.

Se saca un sesenta y seis a propósito.

—Todavía no lo sé —dijo.

Y esa frase —todavía no lo sé— era, aunque ninguno de los dos lo sabía aún, el principio de todo.

Salieron al patio, y el sol caía entero sobre el bosque de bambú.

Wei caminaba despacio, con las manos en los bolsillos.

—Oye —dijo Luna—. ¿Sabes qué es lo raro?

—Todo.

—No. Lo raro es que no estás nervioso.

Wei la miró.

—Es la primera vez en mi vida que no me van a echar —dijo—. Ni por notas, ni por dinero, ni porque nos mudamos.

Hizo una pausa. Recordó.

Su madre había leído la carta tres veces en voz alta, en la cocina, como si las palabras pudieran cambiar si las repetía. La carta decía que la Academia cubría alojamiento, alimentación, materiales y acceso a instalaciones de cómputo de nivel profesional. Después había llorado un poco, disimulando, y Wei había fingido no verla.

Y esa noche Wei había buscado cuánto costaba un servidor como el que prometía la carta.

Había tenido que sentarse.

—Tengo habitación —dijo—. Tengo comida. Y me acaban de dar acceso a una máquina que vale más que el coche de mi madre.

—Wei.

—Estoy en el paraíso, Luna. Y en el paraíso uno no se pone nervioso. Uno se instala.

Luna se rió. Y después, sin que viniera a cuento, le pasó el brazo por los hombros y se lo apretó un segundo.

—Me alegro de que estés aquí —dijo.

Wei se quedó callado.

—Yo también —dijo.

Siguieron caminando.

Detrás de ellos, en la puerta del auditorio, la chica del libro cruzó sin mirar a nadie y se perdió por el sendero de bambú. Y en la fila de la salida, un chico con una bolsa de baozi preguntaba a un bedel dónde quedaba el dormitorio de chicos.

Wei no lo sabía todavía, pero acababa de conocer a las dos personas que iban a cambiarle la vida.

Y una de ellas le acababa de plantear un problema que no iba a poder resolver en lo que resta del dia.

Porque Wei, que llevaba doce años sin poder apagar la parte de su cabeza que no se apagaba nunca, hizo lo único que sabía hacer con un problema que no entendía.

Se lo guardó.

Al fin y al cabo, tenía tres años por delante y una habitación propia. Ya habría tiempo de averiguar por qué un chico que se había traído el desayuno a la ceremonia de ingreso había sacado exactamente el número que quería.

Mucho tiempo.

O eso creía.

FIN DEL CAPÍTULO 1

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