Pequeña rata
El dinero de la Organización White no olía a pólvora ni a sangre. Olía a perfume, a cigarro fino y al champaña que fluía sin control en el último piso del rascacielos de White Development Corp. En el corazón financiero de Chicago, la empresa constructora se alzaba como un monumento al éxito y a la modernidad. Pero Henry sabía perfectamente que debajo de todo ese cristal y concreto brillante se escondía el imperio criminal más peligroso de la ciudad.
Henry acomodó el cuello de su camisa negra y sonrió frente al espejo del baño. No llevaba un traje elegante como los empresarios que reían afuera, pero su chaqueta de cuero oscura y su postura relajada le daban un aire magnético, casi hipnótico. Sus ojos, astutos brillaban con la adrenalina del peligro. Él no era un mafioso. Era un artista de la estafa, un hacker independiente que vivía al límite, y esa noche estaba a punto de jugar su partida más arriesgada.
—Disfruten de su fiesta mientras puedan, idiotas —susurró para sí mismo, soltando una risa suave y descarada.
Salió del baño con pasos tranquilos. El pasillo estaba alfombrado y decorado con luces blancas y tenues que le daban al lugar una atmósfera sumamente sofisticada. La música electrónica vibraba suavemente a través de las paredes. Henry caminó con total naturalidad hacia la zona restringida, esquivando a los guardias de seguridad con la facilidad de quien conoce el terreno de memoria.
Había pasado semanas estudiando los planos de la constructora. Tanner, el líder de la Organización White, creía que sus servidores financieros estaban completamente seguros en el ala este del edificio. Qué equivocado estaba.
Henry se deslizó dentro de la sala de control privado. El aire allí dentro era frío, y el parpadeo de las pantallas gigantes iluminaba sus facciones afiladas con un tono azulado. Sus dedos, largos y ágiles, comenzaron a volar sobre el teclado del sistema central. Cada línea de código que ingresaba rompía una barrera de seguridad.
—Vamos, hermosa... ábrete para mí —murmuró con voz ronca, sus labios curvándose en una sonrisa llena de suficiencia.
En la pantalla, el porcentaje de descarga comenzó a subir rápidamente: 40%... 65%... 80%... Estaba robando los accesos del "Código Freeze", el secreto mejor guardado de la organización. Un programa capaz de congelar y desviar miles de millones de dólares en segundos. Era un golpe mortal al corazón financiero de Tanner.
De repente, la pantalla parpadeó en rojo. Una alarma silenciosa se activó en sus sistemas. Alguien del equipo de seguridad había detectado la intrusión antes de lo previsto.
—Mierda, son rápidos —dijo Henry, pero en lugar de entrar en pánico, su pulso se aceleró con una deliciosa oleada de emoción. El peligro siempre lo encendía.
La descarga llegó al 100%. Henry desconectó el dispositivo USB con un movimiento rápido, guardándolo en el bolsillo interior de su chaqueta, justo al lado de su pecho. Se dio la vuelta para salir, pero la puerta de la sala se abrió de golpe.
Dos guardias armados bloquearon la salida, apuntándole directamente. Detrás de ellos, la silueta de Chloe se hizo presente. Llevaba su característico cabello rubio perfectamente peinado y una gabardina oscura. Chloe era la encargada de la logística pesada y las armas de la constructora. Sus ojos eran fríos, pero al ver a Henry, una chispa de diversión cruzó su rostro.
—Vaya, vaya. Miren lo que encontramos escondido en la oscuridad —dijo Chloe, jugando con una navaja entre sus dedos—. Tanner no va a estar nada feliz con esto, chico guapo. Entréganos lo que copiaste y tal vez salgas de aquí caminando.
Henry dio un paso atrás, manteniendo las manos en alto en un gesto falsamente sumiso. Miró a Chloe de arriba abajo con una lentitud desvergonzada, usando su carisma como un escudo.
—¿Y perderme la oportunidad de conocer los métodos de hospitalidad de la Organización White? —respondió Henry, su voz arrastrada y coqueta—. Me romperías el corazón. Pero me temo que tengo una cita a la que no puedo faltar.
Antes de que los guardias pudieran reaccionar, Henry presionó un botón en su teléfono celular que llevaba oculto en la palma. Una pequeña carga de pulso electromagnético que había instalado previamente en las luces del pasillo estalló. Las pantallas de la sala explotaron en chispas y todo el piso se sumergió en una oscuridad absoluta, rota únicamente por las luces rojas de emergencia que empezaron a parpadear como en un club nocturno salvaje.
Los guardias gritaron, desorientados por el ruido y la ceguera repentina. Henry se movió en las sombras con la agilidad de un gato. Esquivó el primer golpe de uno de los hombres, usó la inercia del cuerpo del guardia para empujarlo contra el otro, y de una patada limpia apartó a Chloe de su camino. No quería pelear a muerte; su objetivo era huir.
Salió disparado de la sala de control hacia el pasillo trasero. A través de los enormes ventanales de cristal del rascacielos, las luces de la ciudad de Chicago parecían un mar de estrellas de neón. El eco de sus botas resonaba con fuerza en el suelo mientras corría hacia los ascensores de servicio.
Detrás de él, las voces de alerta de la organización llenaban el aire. Sabía que no se detendrían. Había desafiado al monstruo en su propia madriguera y ahora la cacería había comenzado oficialmente.
Henry logró llegar al hueco del ascensor de carga, forzó las puertas metálicas con una barra de metal que llevaba en su mochila de herramientas y se deslizó por los cables de acero hacia los niveles inferiores con una cuerda de descenso rápido. La fricción quemaba, el viento frío del ducto golpeaba su rostro, pero la adrenalina bloqueaba cualquier dolor.
Cayó de pie en el estacionamiento subterráneo. Estaba oscuro, lleno de camiones de cemento y maquinaria pesada que la empresa utilizaba para sus obras públicas. El olor a gasolina y concreto húmedo dominaba el ambiente. Corrió hacia una de las salidas peatonales que daba a las calles secundarias del distrito financiero. Empujó la pesada puerta de hierro y, de inmediato, el gélido aire de la noche de Chicago lo recibió.
Había empezado a llover. Las gotas heladas golpearon su piel, borrando el sudor de su frente. Henry corrió hacia los callejones más oscuros, buscando perderse entre las sombras y las vías del tren elevado que cruzaba por encima de las calles como un esqueleto de metal negro. Las luces amarillas del tren parpadeaban intermitentemente desde la altura, proyectando sombras alargadas y misteriosas en las paredes de ladrillo.
Se detuvo un segundo para recuperar el aliento en un callejón sin salida, apoyando la espalda contra la pared húmeda. Llevó una mano a su pecho, sintiendo el puerto USB bajo su ropa. Lo había logrado. Tenía el poder de destruir a la Organización White en sus manos. Soltó una carcajada ahogada, saboreando el dulce sabor de la victoria. Su mente ya estaba planeando cómo desaparecer de la ciudad con su botín.
Sin embargo, su risa se congeló en su garganta.
Un escalofrío puramente instintivo recorrió su columna vertebral. La atmósfera del callejón cambió por completo; el aire se volvió tan pesado y denso que casi costaba respirar. Del extremo oscuro del callejón, donde la lluvia golpeaba contra los contenedores de basura, emergió una figura alta y esbelta. Caminaba con una lentitud aterradora, como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
Era Rin.
El implacable jefe de seguridad y asesino principal de la Organización White no llevaba armas a la vista, pero no las necesitaba. Su sola presencia emanaba un aura de peligro letal y una sensualidad oscura y prohibida. Vestía una chaqueta de cuero negra empapada por la lluvia y unos guantes de piel que se amoldaban perfectamente a sus manos. Sus ojos oscuros, fijos en Henry, brillaban con una intensidad fría que pareció congelar el tiempo.
Henry tragó saliva, tratando de mantener su fachada arrogante, aunque por dentro su corazón golpeaba su pecho con violencia. Había oído hablar de Rin. Sabía que era el hombre al que Tanner enviaba cuando quería borrar a alguien de la faz de la tierra.
—Vaya... parece que el perro guardián principal vino a buscarme personalmente —dijo Henry, forzando una sonrisa coqueta y dando un paso sutil hacia un lado, buscando una vía de escape que no existía.
Rin no respondió de inmediato. Se detuvo a escasos metros de Henry. La lluvia empapaba su cabello oscuro, haciendo que algunos mechones cayeran sobre su frente, pero sus ojos no parpadearon ni una sola vez. Una sonrisa lenta, fría y sumamente peligrosa se dibujó en los labios de Rin. Era la sonrisa de un cazador que finalmente había arrinconado a la criatura que tanto deseaba.
—Corriste mucho, pequeña rata —la voz de Rin era baja, un susurro ronco que vibró en los oídos de Henry de una manera extrañamente íntima—. Pero este juego se terminó. Devuélveme lo que robaste de la oficina de Tanner.
Henry enderezó la espalda y cruzó los brazos, negándose a mostrar debilidad ante el hombre que tenía el poder de destruirlo. El espacio entre ambos parecía cargado de electricidad estática. La distancia se reducía con cada segundo que pasaba, y la tensión entre el estafador y el asesino se volvió casi física, un magnetismo oscuro del que ninguno de los dos podía apartar la mirada.
—Si lo quieres, vas a tener que quitármelo tú mismo —desafió Henry, bajando el tono de su voz para que sonara provocativa, desafiante y peligrosa.
Rin dio un paso más, rompiendo por completo la distancia de seguridad. El calor de su cuerpo contrastaba con la lluvia helada de Chicago.
—Con mucho gusto —susurró Rin, dando inicio oficial a una guerra donde el control, el poder y el deseo estaban a punto de colisionar en la oscuridad del callejón.
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