Capítulo 1
este es el capítulo 2, no encontré la primera parte.
Desperté de golpe.
Eran como las 3 de la mañana y mi cuerpo ardía, abrí los ojos y ya estaba sudando, las sábanas pegadas a mi piel, mi respiración agitada, mi corazón latía super fuerte.
Me moví en la cama y sentí algo húmedo entre mis piernas, bajé la mano y toqué. Estaba mojado, demasiado mojado, mis dedos se resbalaron con facilidad y el simple contacto hizo que todo mi cuerpo temblara, era como si mi piel estuviera más sensible de lo normal.
Y entonces lo entendí.
Mi celo se había adelantado.
No tenía que ser hoy, según mis cálculos, faltaban como dos semanas. Pero el cuerpo de los omegas es impredecible y en ese momento, mi cuerpo había decidido que ya era hora.
El dolor llegó después un calambre fuerte en el vientre que me hizo doblarme, agarré la almohada y la apreté contra mi estómago, tratando de aliviar la presión. Pero no funcionaba, el dolor venía esporadico, cada vez más intenso.
Me mordí el labio para no gritar, la sangre llenó mi boca con un sabor metálico. Pero el dolor físico era nada comparado con lo que sentía adentro, sabía lo que venía mi cuerpo pedía algo que yo no podía darle. Pedía un alfa, pedía a Max.
El nombre apareció en mi mente sin que yo quisiera Max. Su voz grave, sus manos grandes, su olor fuerte, todo él. Todo lo que no podía tener y era todo lo que mi cuerpo necesitaba desesperadamente.
Cerré los ojos y dejé que mis dedos hicieran lo que mi cuerpo necesitaba, me toqué despacio al principio, sintiendo la humedad que ya cubría todo. Era fácil mi cuerpo estaba listo.
Mis dedos se movieron más rápido, el calor se hacía más intenso, mi respiración se entrecortaba. Podía sentir cómo mi vientre se tensaba, el dolor se mezclaba con el placer de una manera exquisita, era una montaña rusa que no podía detener.
En mi mente, no estaba solo. Max estaba ahí, lo veía inclinándose sobre mí, su cuerpo cubriendo el mío, sus manos recorriendo mis caderas, mis curvas que tanto escondo, su boca en mi cuello.
“Max”, susurré sin darme cuenta. “Por favor, Max.”
Mis dedos se movían más rápido ahora, sobre mi coño. Más desesperados el calor crecía dentro de mí sentía que explotaba, que mi cuerpo entero se tensaba mi espalda se arqueó y mis dedos se enredaban en la sabana.
Y cuando finalmente llegué, todo en mi tembló, manche toda mi sabana.
Pero no fue suficiente.
El vacío llegó después mi cuerpo seguía temblando, pero ya no era por el placer. Era por la necesidad que no se había ido, el vació de n tener la polla de Max dentro de mí.
Perdí el conocimiento sin darme cuenta mi cuerpo cayó rendido sobre la cama, empapado en sudor y en mis propios flujos. La ropa estaba pegada a mi piel.
...
Max llegó a la oficina sintiéndose extraño.
No era un malestar fuerte, pero sí molesto, un calor incómodo en el pecho, un poco de mareo, los sentidos más alerta de lo normal. Sabía lo que era, su celo no tardaría en llegar. Tal vez en unos días, tal vez en una semana, siempre pasaba igual y siempre terminaba igual: despertando en algún lugar que no reconocía, con alguna omega lastimada a su lado.
La gente pensaba que los alfas en celo solo buscaban satisfacción que era un instinto primitivo, que se entregaban al placer sin pensar. Pero no era así con Max, en su celo, su alfa interior se volvía más salvaje, más exigente y cuando despertaba, las omegas que habían estado con él estaban siempre lastimadas, inconscientes, como si su alfa las hubiera rechazado con violencia. Como si nada de lo que ofrecieran fuera suficiente.
Max odiaba esa parte de sí mismo odia despertar y ver el daño que había causado, odia tener que pagar grandes sumas de dinero para cubrir gastos médicos y callar a esas omegas que solo se le acercaban por interés. Por eso siempre intentaba controlarlo, encerrarse en su casa cuando sentía que el celo se acercaba.
Pero hoy no podía. Hoy era el aniversario de la empresa, había invitados importantes, tenía que estar presente, tenia importantes negocios que cerrar. No podía fallar.
Llegó a la oficina y todo parecía normal, los empleados trabajando, el ruido de siempre. Pero algo faltaba. (tu omega ¿será? )
Sergio.
Max miró su reloj, ya eran las 9 de la mañana. El gerente siempre llegaba temprano cuando llegaba estaba en su escritorio. Siempre.
Pero hoy no.
Max sintió que la irritación le subía por el pecho ¿Cómo se atrevía? Justo hoy, de todos los días, justo hoy que necesitaba que todo saliera perfecto, el gerente no podía faltar. Había invitados importantes, presentaciones, reuniones y sin Sergio, todo se iba a desordenar.
Tomó su teléfono y marcó el número de Sergio, una vez, dos veces, tres y nada (nadaremos,nadaremos����). El teléfono sonó hasta que el buzón de voz lo interrumpió.
Max apretó el teléfono su mandíbula se tensó y es que hoy estaba más irritable que nunca. Su celo acercándose no ayudaba, necesitaba tener control de todo, y que Sergio no contestara le hizo perder la poca calma.
No lo iba a permitir. Iba a ir a buscarlo personalmente y lo iba a traer a la oficina aunque tuviera que arrastrarlo, no importaba si estaba borracho, si estaba enfermo, si estaba haciendo lo que sea. Ese maldito alfa iba a trabajar hoy.
Agarró su chaqueta y sus llaves, decidido a salir. Pero antes de llegar a la puerta, se topó con Carlos.
Carlos era su mejor amigo, el único que sabía realmente cómo era Max cuando no estaba en modo jefe. Habían crecido juntos, pasando por todo juntos. Carlos sabía lo del celo de Max. Sabía lo que pasaba cuando perdía el control y aun así seguía ahí, apoyándolo.
Max lo miró con impaciencia. No tenía tiempo para charlas.
—Carlos, tengo muchas cosas que hacer —dijo rápido— necesito que vayas a buscar a Sergio. No contesta el teléfono y lo necesito aquí hoy.
—¿Y por qué tengo que ir yo? —preguntó Carlos con una ceja levantada.
—Porque soy tu jefe y te lo estoy pidiendo, además, eres el único que tiene tiempo. Los demás están ocupados preparando todo.
Carlos suspiró, sabía que no tenía opción Max era terco cuando se le metía algo en la cabeza.
—Está bien, está bien, dame la dirección.
Max le entregó el curriculum de Sergio, donde estaba su dirección Carlos lo tomó, lo miró rápido y guardó el papel en su bolsillo.
—Voy ahora mismo.
—No tardes —dijo Max con voz firme— tráelo aunque tengas que cargarlo.
Carlos negó con la cabeza y salió de la oficina.
...
Carlos manejó hasta el apartamento de Sergio.
No era una zona lujosa, pero tampoco era mala, un edificio decente, con seguridad, con plantas en la entrada. Suficientemente bueno para un alfa soltero como Sergio.
Estacionó el carro, subió las escaleras hasta el tercer piso y tocó la puerta, esperó y nada. Tocó otra vez, puro silencio.
Estaba a punto de tocar por tercera vez cuando la puerta se abrió lentamente.
Y Carlos se quedó paralizado.
El Sergio que tenía enfrente no era el mismo que veía todos los días en la oficina, este era más delgado, más pequeño. Llevaba una pijama de seda que apenas cubría su cuerpo, y se notaban sus curvas, su cintura estrecha, sus caderas.. Su cara estaba sonrojada, sus ojos brillaban con un brillo extraño y su aroma... su aroma era completamente diferente.
Carlos respiró hondo y lo reconoció al instante.
Jazmines, era dulce, intenso y e embriagador. No era el aroma de un alfa, era el aroma de un omega y sobre todo en celo.
El omega lo miró con una mezcla de confusión y desagrado, su nariz se arrugó.
—Tú no eres mi alfa —dijo con una voz que no era la de Sergio esta era más suave, más infantil.
Carlos parpadeó, sin saber qué decir.
—¿Sergio? ¿Estás bien?
El omega hizo un mohín de desagrado y trató de cerrar la puerta. Pero Carlos fue más rápido. Metió el pie y evitó que se cerrara.
—Espera, espera, déjame ver si estás bien.
El omega retrocedió, protegiéndose con los brazos, sus ojos se movían nerviosos, buscando una salida. Pero Carlos entró con cuidado.
Se acercó lentamente y levantó la mano para tocarle la frente, el omega se alejó rápido, como si el contacto lo quemara. Pero Carlos ya había sentido lo suficiente.
Estaba ardiendo. Tenía fiebre. O peor, estaba en pleno celo.
Carlos entró por completo al apartamento y cerró la puerta detrás de él, fue al baño, mojó un trapo con agua fría y volvió a la sala.
El omega se había sentado en el sofá, encogido, tratando de cubrirse con las manos, no quería que nadie lo viera, solo quería a su alfa.
Carlos se acercó despacio, con el paño en la mano.
—No te voy a hacer nada —dijo en voz baja— mira.
Se bajo el cuello de la camisa y le mostró la marca en su cuello, una marca de omega. La prueba de que ya estaba enlazado con alguien.
—Yo estoy enlazado —dijo Carlos con suavidad—con un omega hermoso, no te voy a lastimar ¿entiendes?. (¿apoco creían que seria Cherlos?
El omega lo miró con desconfianza, pero poco a poco fue relajándose, aceptó que Carlos se sentara a su lado, aunque se mantuvo alerta.
—¿Dónde está mi alfa? —preguntó con voz temblorosa— quiero a mi alfa.
Carlos fue al botiquín sin dudarlo, revisó rápido entre los medicamentos y encontró lo que buscaba: unos supresores de celo para omegas. Los tomó y volvió a la sala.
El omega seguía en el sofá, encogido, abrazándose a sí mismo, sus ojos estaban nublados, su respiración entrecortada, cada pocos segundos temblaba, como si el frío y el calor lucharan dentro de él.
—Toma esto —dijo Carlos, ofreciéndole las pastillas con un vaso de agua— te va a ayudar.
El omega los miro e hizo una cara de desagrado que Carlos noto al instante.
—No —dijo, con voz débil— no quiero eso.
—Te hará sentir mejor —insistió Carlos.
—No —repitió el omega, más fuerte esta vez— si tomo eso no voy a poder tener cachorros, mi alfa no me va a querer si no puedo darle cachorros. No quiero. No quiero.
Los ojos se le llenaron de lágrimas y su cuerpo empezó a temblar. Se estaba volviendo loco de necesidad, de deseo.
Carlos entendió que no iba a poder razonar con él. El omega no era Sergio este era su lobo alguien que solo pensaba en su alfa, en su deseo de ser mamá, en la necesidad de tener una familia.
Guardó las pastillas en su bolsillo y se sentó frente a él, con cuidado.
—Está bien —dijo en voz baja— no las tomes. Pero necesito saber algo ¿Quién es tu alfa?
El omega levantó la cabeza y sus ojos brillaron de una manera diferente, una sonrisa soñadora aparecio en su rostro.
—Max —dijo, como si fuera el nombre más hermoso del mundo—mi Max. Quiero a Max.
Carlos siento como se le bajaba el azúcar (se le va la boca de lado) ¿Max? ¿Su mejor amigo Max estaba con Sergio? ¿Y nunca le había contado nada?
—¿Max es tu alfa? —preguntó Carlos, necesitando confirmarlo.
El omega asintió con energía, su sonrisa creciendo.
—Sí, mi alfa. Mi Max, lo quiero mucho, lo necesito. ¿Dónde está? ¿Por qué no viene? (Me imagino a chequito haciendo puchero y me dan ganas de darle todo mi dinero)
Su voz se volvió ansiosa, casi desesperada y empezó a moverse en el sofá, inquieto, como si quisiera levantarse y salir a buscarlo.
Carlos puso una mano en su hombro, tratando de calmarlo.
—Tranquilo, tranquilo, voy a llamarlo y le voy a decir que venga. ¿Quieres eso? ¿Quieres ver a Max?
El omega asintió con desesperación y sus ojos se iluminaron con esperanza.(Saber que se puede, querer que se pueda ����)
—Sí. Sí, quiero verlo, por favor, llámalo. Quiero a mi alfa.
Carlos sacó su teléfono y marcó el número de Max quien contestó al segundo.
—¿Ya lo encontraste? ¿Por qué tardas tanto? —la voz de Max sonaba irritada.
Carlos apretó el teléfono con fuerza, estaba enojado. Su mejor amigo le había ocultado esto. Había estado con Sergio y nunca le dijo nada y ahora Sergio estaba así, en celo, llamándolo desesperadamente.
—Ven a arreglar tu problema —dijo Carlos con voz fría— yo no puedo hacer nada aquí.
Max se quedó en silencio un segundo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que vengas. Que vengas a ver lo que dejaste, te mando la dirección.
Max resopló.
—Eres un incompetente, Carlos, solo te pedí que trajeras a un alfa a la oficina y no puedes ni con eso.
Carlos sonrió con sarcasmo. Su mejor amigo no tenía idea de lo que estaba pasando.
—Eres un idiota, Max ¿No recuerdas la dirección?
Max se quedó en blanco.
—¿Qué?, porque la recordaría, ¿acaso soy computadora para acordarme de la dirección de mis trabajadores?
—Solo ven, te mando la dirección —dijo Carlos— ven rápido.
Colgó sin esperar respuesta, miró al omega, que lo observaba con ansiedad, con los ojos brillantes de esperanza.
—Tu alfa viene en camino —dijo Carlos con suavidad— solo tienes que esperar un poco. Va a llegar.
El omega sonrió era una sonrisa amplia y sincera, abrazó una almohada y se acurrucó en el sofá, como si fuera el propio Max. Sus ojos se cerraron lentamente, pero su sonrisa no desapareció.
Max venía, su alfa venía. Pronto todo estaría bien.
Carlos suspiró y se fue no quiera intervenir, pero sabia que Max le debía una explicación y cuando lo viera se la pediría, de eso estaba seguro.
..
Llegué a la dirección que Carlos me mandó enojado que a la primera persona que viera le iba a dar un putazo (o un vergazo ¿uno que sabe?
Iba a sacar a patadas a ese alfa. Cómo se atrevía a faltar justo hoy, el día más importante del año para la empresa, iba a llegar, lo iba a agarrar del cuello, lo iba a arrastrar hasta el carro y lo iba a llevar a la oficina aunque tuviera que amarrarlo. (¿Amarrarlo en que sentido Max?
Y después de eso, lo iba a despedir. Por incompetente e irresponsable y también por hacerme perder el tiempo.
Y a Carlos también. Mi mejor amigo no podía ni con una tarea simple, iba a despedirlo también. No importaba que fuera mi amigo. Hoy estaba de mal humor, mi celo estaba cerca y no tenía paciencia para nadie.
Subí las escaleras del edificio rápido, casi corriendo y llegué al tercer piso, vi la puerta y toqué fuerte, tan fuerte que el golpe resonó en el pasillo.
Pero antes de que pudiera siquiera bajar la mano, la puerta se abrió de golpe.
Y alguien saltó sobre mí.
No tuve tiempo de reaccionar, un cuerpo cálido se estrelló contra el mío, brazos delgados se enrollaron alrededor de mi cuello y piernas se enredaron en mi cintura. Instintivamente, mis manos subieron para sostenerlo, para evitar que se cayera.
Y entonces lo sentí.
El olor.
Jazmines, dulce, intenso y embriagador. Un aroma que entraba por mi nariz y viajaba directo a mi cerebro, (o a tu cosita ¿uno que sabe) nublando mis pensamientos. Era el olor más hermoso que había olido en mi vida y era familiar, demasiado familiar.
Pero no podía ser. Sergio era alfa. Siempre había olido a pino y a cuero, nunca a esto. Nunca a jazmines.
El cuerpo contra el mío era ligero, más ligero de lo que recordaba. Y su piel era suave, tan suave que mis dedos se hundían en ella como si fuera seda, sus curvas se ajustaban perfectamente a mi cuerpo, como si hubieran sido hechas para mí.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, el omega comenzó a besarme.
Primero mi cuello. Besos húmedos, calientes, que dejaban un rastro de fuego en mi piel, subió por mi mejilla, acariciándome con sus labios y luego su boca encontró la mía y me besó con una urgencia que me dejó sin aire.
—Alfa —susurró entre besos—. Llegaste, mi alfa llegó.
Su voz era diferente. Más suave y dulce no era la voz de Sergio. Era la voz de otra persona, alguien mas delicado.
Y lo peor de todo era que mi cuerpo respondía. Mi alfa interior, el que siempre mantenía bajo control, estaba despertando y mis manos se movieron solas, recorriendo su espalda, sintiendo cada curva, cada hueso y mi nariz se enterró en su cuello, inhalando su aroma como si fuera el aire que necesitaba para vivir.
—Sergio —dije, pero mi voz sonó ronca, extraña—. ¿Qué... qué estás haciendo?
El omega se apartó apenas para mirarme. Sus ojos estaban brillantes, sus mejillas sonrojadas, sus labios húmedos por el beso. Sonrió, una sonrisa que nunca había visto en Sergio.
—No soy Sergio —dijo— yo soy tu omega, tuyo mi Maxie y de nadie más
Me tomó la cara con sus manos y me besó otra vez esta vez más profundo, su lengua rogó entrada y yo, sin poder controlarlo, se la di.
—Te he esperado tanto —susurró contra mis labios— tanto tiempo. ¿Por qué tardaste tanto?
—Yo... no sabía —logré decir—. No sabía que eras... que existías.
—Existo —dijo, presionando su frente contra la mía— existo solo para ti. Solo para ti, mi alfa.
Sus manos bajaron por mi pecho, jugando con los botones de mi camisa, sus caderas se movieron contra las mías, y sentí el calor que desprendía, todo su cuerpo era fuego.
—Omega —dije, y la palabra salió natural, como si siempre la hubiera dicho— ¿Qué te pasa? ¿Estás en celo?
—Sí —respondió, gimiendo bajito— y solo tú puedes ayudarme. Solo tú, mi alfa.
Max sintió que perdía el control y su alfa interior rugía, quería tomar el contror y marcar, hacer suyo a ese omega que se ofrecía tan fácilmente.
Pero una parte de él, la parte consciente, sabía que algo no estaba bien.
Sergio no era así. Sergio era alfa, el era fuerte, independiente, distante. Este omega era completamente diferente.
—Espera —dijo, apartándolo apenas— espera. Tengo que entender qué está pasando.
Pero el omega no quería esperar y volvió a besarlo.
narrador
Max gruñó contra los labios del omega, su control rompiéndose como mi casa (la de la autora, no la de Max obvio). El aroma a jazmines lo envolvía todo, espeso y adictivo, haciendo que su polla se endureciera dolorosamente dentro de los pantalones, ese cuerpo suave, caliente y tembloroso se frotaba contra él como una puta en celo, y aunque su mente todavía gritaba que esto era Sergio, su alfa interior ya había decidido: era suyo.
—mierda… —masculló, levantándolo en brazos sin esfuerzo. Las piernas del omega se apretaron más fuerte alrededor de su cintura mientras Max lo llevaba hasta la cama y lo tiraba sobre el colchón con fuerza.
El omega —su omega— cayó de espaldas con un gemido ansioso, abriendo las piernas sin vergüenza, el short de seda que llevaba se bajo por el movimiento revelando unas bragas empapadas que se pegaban a su coño hinchado. Max se quitó la camisa a la de volón pin pon, los botones saltando por todos lados, y se bajó los pantalones junto con el bóxer. Su polla gruesa saltó libre, pesada, venosa y goteando precemen por la punta.
—Mírate… tan mojado para mí —gruñó Max, arrodillándose entre sus piernas. Le arrancó las bragas de un tirón brutal junto con el short, dejando al descubierto ese coño virgen, rosado, brillante de lubricante y palpitando de necesidad.
—Por favor, alfa… —suplicó el omega, arqueando la espalda y abriendo más las piernas—. Métemela, quiero sentirte dentro. Marca mi coño virgen. (Antes de decir esto en la vida real me mato)
Max no esperó más. Agarró su polla gruesa por la base y frotó la cabeza hinchada contra esa entrada resbaladiza, empapándose de lubricante. Empujó con fuerza.
—Ahhh… ¡mierda! —gruñó Max al sentir cómo el coño virgen se resistía al principio, apretado como un puño caliente y mojado, pero luego cedió con un pop húmedo y lo tragó varios centímetros.
El omega gritó de placer y dolor mezclado, sus uñas clavándose en la espalda de Max.
—¡Sí! ¡Más! ¡Rómpeme, Maxie!
Max perdió el control por completo, empujó sus caderas con brutalidad, metiendo toda su polla gruesa hasta el fondo en un solo golpe violento. El coño virgen-no tan virgen se estiró obscenamente alrededor de su grosor, apretándolo como si nunca quisiera soltarlo, empezó a follarlo con fuerza, duro y sucio, sus testiculos golpeando contra el culo del omega con cada embestida salvaje.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? —gruñó contra su cuello, mordiendo la piel mientras lo taladraba sin piedad— tu coño virgen siendo destrozado por la polla de tu alfa.
El omega lloriqueaba y gemía como una zorra, sus caderas moviéndose para encontrarse con cada embestida.
Le arrancó la ropa que quedaba con tirones brutales, dejando expuesto el cuerpo suave y delicado de Sergio. Sus tetas, ahora llenas y sensibles por el celo, se veían hinchadas, con los pezones rosados y erectos, rogando atención.
Sin perder tiempo, Max bajó la cabeza y atrapó uno de esos pezones jugosos entre sus labios, lo chupó con fuerza, succionando como si quisiera sacarle leche, mientras su lengua lo lamía y mordisqueaba con hambre. Sergio arqueó la espalda y soltó un gemido largo y desesperado.
—¡Ahhh! ¡Max… mis tetas…!
El alfa gruñó contra la piel suave, pasando al otro pezón y lo chupó más fuerte, succionando ruidosamente, mordiéndolo y tirando de él con los dientes mientras su mano grande amasaba la otra teta con rudeza, apretándola y pellizcando el pezón entre sus dedos, las tetas de Sergio eran suaves, calientes y perfectas, y Max no se saciaba de devorarlas, dejando marcas rojas de chupetones alrededor de los pezones hinchados.
Mientras seguía chupando y babeando sobre sus tetas ricas,
Max no esperó. Soltó el pezón con un sonido húmedo y empezó a follarlo con embestidas salvajes y profundas, metiendo toda su longitud gruesa una y otra vez, el coño apretado se estiraba obscenamente alrededor de su polla, tragándosela con sonidos mojados y sucios cada vez que entraba hasta los testiculos.
—Joder… qué coño tan apretado y caliente tienes —gruñó Max sin dejar de follarlo como un animal— te estoy rompiendo tu virginidad, omega.
Aumentó el ritmo, follándolo más duro, más rápido, la cama crujía violentamente mientras sus caderas chocaban contra el culo suave de Sergio con golpes secos y brutales, le levantó las piernas y las puso sobre sus hombros para penetrarlo aún más profundo, su polla gruesa golpeando contra el fondo del coño con cada embestida.
Sergio lloraba y gemía sin control, sus tetas rebotando con cada embestida Max volvió a bajar la boca y siguió chupándole las tetas con avidez mientras lo taladraba sin piedad, alternando entre morder un pezón y chupar el otro, dejando las tetas brillantes de saliva y llenas de marcas.
Después de varios minutos de follarlo sin descanso, Max rugió y se corrió por primera vez. Su polla palpitó violentamente dentro del coño virgen hinchando su nudo y soltando chorros espesos y calientes de semen, llenando el interior de Sergio hasta que empezó a rebosar.