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Déjà vu

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Sinopsis

Un cementerio de botellas vacías, croquetas de gato en el escritorio y un foco barato intentando engañar a la penumbra. Así arranca el despertar de Mauro, un joven padre atrapado entre las responsabilidades de la vida adulta y la llamada salvaje de una noche de excesos con sus amigos de la adolescencia.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Me levanté y vi la realidad en la que me había sumergido el fin de semana.

Mi cuarto era un cementerio de plástico y ceniza: botellas de ron tiradas por doquier, secas, sin una sola gota dentro de ellas; una jarra a un cuarto de su capacidad con un resto de trago ya fermentado y sin sabor; croquetas de gato esparcidas por el escritorio; colillas de cigarro y cenizas cubriendo el suelo junto con la botella de yogur que compré a última hora, antes de que todo acabara así.

La cocina, por su parte, contaba el resto de la historia: diecisiete papas sancochadas y una olla de choclos a medio cocer sobre la hornilla apagada. El servicio sucio acumulado en el lavadero y el desorden general eran la esencia de mi despertar el día de hoy.

Toda la casa reflejaba la banalidad que deja un fin de semana lleno de risas, amigos, mujeres y todo aquello que acarrean las noches oscuras. Noches que se fingen brillantes, pero que al final solo quedan iluminadas por luces de colores gastados, como el pequeño foco barato que yo mismo había puesto en mi cuarto para engañar a la penumbra.

Tenía los pies en el suelo de mi trabajo, pero la mente ya puesta en la fiesta, las botellas, los cigarros, los vasos con hielo, la pulsera del evento apretando mi muñeca. Debería juzgarme a mí mismo por escribir esto cuando ya tengo un hijo. «Mauro, tus prioridades deben ser otras», pensé. Será solo por estas dos semanas, mientras mi viejo amigo permanecía aún en la ciudad; recordaremos a los dos pequeños cachorros formándose en la oscuridad de la noche, enfrentados a todas aquellas tentaciones que la vida, la noche o el alcohol te ponen enfrente. Muchas veces sin costo alguno, pero cuando cobra, pareciera que lo hiciera de todas las que le debes.

Todo empezó como muchas de aquellas noches de mi adolescencia, que terminan en gramos de un domingo cualquiera.

Recogí a Pepito Yáñez de su casa. Esta vez ya no salía un adolescente con pelo de concha de su casa, sino un tipo maduro, con una estética diferente y una proyección total distinta, pero dentro, el mismo depravado sexual que yo conozco hace once años.

—¡Vamos a mi casa! Me cambio y nos vamos a la previa —le dije a Pepito.

—¿Vamos en combi o en taxi? —respondió él.

—Tenemos tiempo, recién son las 6 p. m. y debemos encontrarnos con mi compañera a las 8 p. m.

—Sí, pero igual no no me gusta ir en combi —respondió él.

A las ocho de la noche, nos encontramos en la Católica. Ahí se unieron Rosario, su hermana —una chica blanca, simpática, de las que destacan sin esforzarse— y una amiga de chaleco corto y piercing en la nariz, con una estética gótica que parecía sacada de un rincón oscuro. Sentí que la noche empezaba a tomar un tinte extraño, una especie de sombra que nos perseguiría en la oscuridad y que apenas empezábamos a descubrir.

Para cuando nos encontramos con Pepito Ñañez y José, el plan ya estaba en marcha. Bajamos a un restobar, pedimos unas cervezas para romper el hielo, pero el lugar se nos quedaba corto. Fuimos a una tienda, compramos una promoción de ron con Coca-Cola y enfilaron hacia un parque para hacer la previa.

Yo recordaba bien ese parque. Cuando transitaba por ahí en mis épocas universitarias, el lugar era una boca de lobo, un territorio completamente oscuro y descuidado. Ahora la municipalidad lo había llenado de postes y luces blancas artificiales que pretendían espantar las malas costumbres. Para no ser retirados por el serenazgo o por cualquier vecino molesto que vigilara desde su ventana, tuvimos que arrastrarnos hasta el único rincón que conservaba algo de sombra: una pequeña pileta seca, un laguito artificial hecho con piedras.

Mientras nos acomodábamos en los bordes ásperos de piedra, divisé un bulto en el suelo. Era una almohada deshecha, apelmazada por la humedad y con manchas negras de tierra y abandono.

—Guarda con mi cama —bromeé en voz baja.

Pepito y los demás se rieron a medias mientras abríamos las botellas. El parque estaba helado, pero el ron en los vasos de plástico quemaba bien. Lo servíamos puro, casi sin anestesia, como si ya estuviéramos dentro del boliche. La conversación subió de volumen, las risas se volvieron ruidosas y el ambiente se puso denso. Fue en ese momento cuando la noche dio el giro definitivo: Pepito Ñañez apareció con tres amigas góticas. De negro cerrado, con esa actitud de no pertenecer a ningún lado.

Subimos todos a un taxi. El encierro del auto y los vapores del ron hicieron que todo fluyera rápido. La que me había pedido el número en el carro había sido la prima, pero mi verdadero objetivo era la otra.

Cuando bajamos y entramos a la discoteca, el caos del lugar no pudo romper la línea que ya se había trazado entre los dos. Fuimos directo a la barra: la rutina de siempre, ver una carta con bebidas de precios altamente exagerados. Al final, todo es un negocio. ¿Y qué mayor negocio que el del sexo y la transacción? Un mercado crudo que se facilita a través de ese lubricante llamado alcohol, derramado sobre jóvenes sedientos que salen a la noche en una cacería ciega. Yo lo sabía, pero el cuerpo pide juego.

Pepito Ñañez pidió dos tragos para arrancar y empezamos a tomar. Me le acerqué a la gótica de lentes. En medio del ruido, empezamos a hablar a gritos pegados a la oreja. Ella estiró las manos, tomó mi teléfono y anotó su número directo en la pantalla. Ya no había intermediarias. La agarré para bailar, la pegué a mi cuerpo y la perreó bien, sintiendo la respuesta en su cadera.

—Dame un beso —le solté al oído, directo, sin rodeos.

—No —dijo ella, queriendo sostener una resistencia que ya estaba vencida.

No insistí con palabras. La tomé del mentón, le volteó la cara con suave firmeza y la besé. Ella no se quitó; al separarse, solo soltó una risa cómplice. La prima miraba la escena a un costado. Sin soltar a la gótica, volteé hacia ella y le grité para ganarle al volumen de los parlantes:

—¡Tu prima va a ser mi novia!

—¡Ahora voy a ser su novio! —se burló la de lentes, siguiéndome la corriente entre risas, aunque soltó un “no” flojo para mantener las apariencias. Las dos primas se miraron y se rieron juntas. El territorio estaba ganado.

Pasó la noche. Por momentos la música nos distanciaba. Me daba la vuelta para hablar con Pepito Ñañez o tomar un trago, dejando que el aire se enfriara un par de minutos. En uno de esos silencios de la discoteca, volteé de golpe hacia ella y disparé a quemarropa, con voz natural:

—Mi amor.

Ella volteó instintivamente, con los ojos fijos en mí, atrapada por el automatismo de la palabra. Sonreí con suficiencia, saboreando el pequeño triunfo psicológico.

—Ah, ¿ves? —le dije al oído—. Ves que no lo puedes negar.

Bajé al baño. El antro era un laberinto de azulejos húmedos y olor a amoníaco donde me crucé con un par de conocidos. Lo que debió ser una parada de dos minutos se estiró en una conversación de cuarenta y más minutos,en encuentros con otros viejos amigos, buscando una llave entre los bolsillos,.

Cuando volví a subir a la pista, el magnetismo se había roto. No quedaba ni el rastro negro de mis góticas. Otros tipos ya se las habían llevado a otra parte. A lo lejos, logré divisarla antes de que cruzara la salida; nos miramos por última vez sobre las cabezas de la masa que bailaba. Saqué el celular y le escribí un texto seco: *“Ven”*. Ella quería regresar, se le notaba en el cuerpo, pero sus primas ya estaban enganchadas con los otros tipos y no la iban a dejar volver sola. La corriente de la noche la arrastró hacia la calle. No fui detrás. Me quedé en el grupo, bailé con un par de chicas más que aparecieron de la nada, pero ninguna me importó. Tenía a la gótica de lentes clavada en la cabeza; no por amor —el amor era una palabra demasiado limpia para esa noche—, sino por la pura y física necesidad de descifrarla.

A la salida, la realidad nos golpeó con el frío de la madrugada. Pepito Ñañez, consumido por el alcohol y una urgencia desesperada, se puso a escribirle por WhatsApp a la novia que tenía en España, olvidando por completo la distancia. “¿Dónde estás? ¿Nos vemos?”, mandó con los dedos torpes. La respuesta llegó como un balde de agua fría: ¿Cómo que nos vemos? Te equivocaste de chat, papito. La chica no era tonta; sabía que Pepito estaba haciendo sus tonterías de siempre. Yo miraba su pantalla, afligido por el drama de mi amigo, mientras la madrugada recién comenzaba…

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