Pʀᴏ́ʟᴏɢᴏ
Qᴜᴇᴅᴀ ᴇꜱᴛʀɪᴄᴛᴀᴍᴇɴᴛᴇ ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏ ʀᴇᴘʀᴏᴅᴜᴄɪʀ ᴏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴛɪʀ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱɪɴ ᴍɪ ᴄᴏɴꜱᴇɴᴛɪᴍɪᴇɴᴛᴏ.
ᴇꜱᴛɪᴍᴀᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ:
ɴᴏ ᴘʟᴀɢɪᴇꜱ ɴɪ ᴀᴘᴏʏᴇꜱ ᴇʟ ᴘʟᴀɢɪᴏ
ʀᴇꜱᴘᴇᴛé ᴍɪ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ʏ ᴇʟ ᴇꜱꜰᴜᴇʀᴢᴏ Qᴜᴇ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴʟʟᴇᴠᴀ, ᴅᴇ ᴀɴᴛᴇ ᴍᴀɴᴏ ɢʀᴀᴄɪᴀꜱ ᴘᴏʀ ꜱᴜ ᴛɪᴇᴍᴘᴏ.
ᴛᴏᴅᴏꜱ ʟᴏꜱ ᴅᴇʀᴇᴄʜᴏꜱ ʀᴇꜱᴇʀᴠᴀᴅᴏꜱ ©
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Cuando Mr. Vladimir Varkolak le propuso su ayuda, le notificó que, a cambio de esta, ella debería de volverse la enfermera personal de su único hijo.
Zehra no vio nada de malo en eso y fue entonces que sin tener a quien más recurrir, le aceptó aquella proposición.
Una vez acordado el trato, Mr. Varkolak le sugirió que debía de ir al hospital a despedirse de su prometido y al mismo tiempo tenía que renunciar a su trabajo dentro de este. Ella no quería renunciar pero pensó que ser enfermera personal de un paciente en estado vegetativo requería de mucho tiempo y cuidado, por lo que aceptó aquella sugerencia, que más que sugerencia pareció haber sido una orden.
Ella sabía que Mr. Varkolak no ofrecía su ayuda sin recibir algo a cambio. Aun así el era su última esperanza.
Sin más la joven se despidió de aquel hombre imponente, y se dirigió hacia el hospital donde Yagiz, su prometido estaba hospitalizado debido a un problema en su corazón.
Mientras tanto Varkolak observó desde las sombras como la joven enfermera se alejaba de su presencia, ajena a que su destino estaba por ser sellado.
Con una sonrisa un tanto perturbadora, llamó a su secretaria por el teléfono para pedirle que se comunicará con su abogado, pues este debía de realizarle un contrato lo más pronto posible.
— ¡Si que eres ingenua niña! — conjuro para si mismo luego de que terminara con la llamada.
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Zehra llegó al hospital con el corazón encogido. Cada paso que daba hacia la habitación de Yagiz era un recordatorio de la incertidumbre que la envolvía. Al entrar, lo encontró igual que siempre: inmóvil, conectado a máquinas que mantenían su frágil vida. Se sentó a su lado, le acarició el cabello y le susurró palabras que sólo él, en algún rincón profundo de su mente, podría escuchar.
— Volveré pronto... Prometo que haré todo lo posible para ayudarte — dijo con la voz quebrada.
Horas después, tras firmar su renuncia entre miradas desconcertadas del personal médico, salió del hospital con una sensación de vacío que ni la promesa de una oportunidad nueva lograba llenar.
Al llegar a la mansión Varkolak, fue recibida por la misma secretaria que había hablado con el abogado. Una mujer alta, delgada y con una sonrisa mecánica.
— Señorita Volkova, el joven está en la habitación del ala este. La esta esperando... bueno, en la medida de lo posible — añadió con una risa nerviosa.
Zehra no respondió. Algo en aquella casa le provocaba escalofríos, pero debía ser fuerte.
Cuando abrió la puerta de la habitación, el aire se volvió más denso. En medio de una sala amplia, adornada con vitrales antiguos y tapices que parecían susurrar secretos, se hallaba el paciente.
Era un joven de complexión atlética, cabello rojizo desordenado y una expresión tan desafiante incluso en su estado inconsciente, que parecía estar luchando con el mundo incluso mientras dormía. Su mandíbula presentaba una cicatriz profunda, y su cuerpo mostraba rastros de batallas pasadas.
Zehra se acercó lentamente, examinando su ficha médica sobre la mesita al lado de la cama.
Nombre del paciente: Gokal Varkolak.
Estado: Coma inducido.
Condición: Estable, pero vigilada.
— Entonces... tú eres el hijo del señor Varkolak — murmuró.
El contraste entre él y Yagiz no podía ser mayor. Donde su novio era todo calma, calidez y dulzura, su paciente parecía peligroso incluso en silencio. Y sin embargo, había algo inquietantemente familiar en sus rasgos, algo que no sabía si era coincidencia... o advertencia.
De pronto, el teléfono de la habitación sonó. Era Mr. Varkolak.
— Espero que te acomodes pronto, Zehra. Gokal no es un paciente cualquiera. Tiene necesidades... peculiares. Y tú estás aquí para atenderlas — dijo, con voz suave pero firme.
Ella tragó saliva, sin responder.
Antes de que pudiera colgar, Mr. Varkolak añadió algo más.
— Y no te preocupes por tu prometido. Pronto, recibirá la ayuda que te prometí.
La línea se cortó.
Zehra sintió un escalofrío subirle por la espalda mientras se giraba hacia el cuerpo inmóvil de Gokal. Se inclinó apenas, para observarlo más de cerca.
Y en ese momento, uno de sus dedos se contrajo.
Luego, su rostro pareció fruncirse... como si fuera consciente de que alguien lo vigilaba.
Al día siguiente.
El amanecer apenas tocaba los ventanales de la mansión cuando Zehra fue llamada al despacho de Mr. Varkolak. Una vez dentro, la atmósfera era aún más sofocante que la noche anterior. El lugar olía a incienso y libros antiguos, y detrás de un escritorio majestuoso, Vladimir la esperaba con una copa de vino y una carpeta negra sobre la mesa.
— Toma asiento, Zehra — dijo con una sonrisa demasiado tranquila para no esconder algo más.
Ella se sentó sin decir palabra. Tenía los ojos cansados, pero la mirada decidida. Mr. Varkolak empujó la carpeta hacia ella.
— Este es el contrato que formaliza tu nuevo cargo como enfermera personal de mi hijo Gokal. Como te mencioné ayer... es un trabajo de tiempo completo. Pero no solo eso — dijo mientras se servía otra copa -. A cambio, tu prometido Yagiz recibirá toda la atención médica que necesite. El mejor equipo, los mejores doctores... y por supuesto, su trasplante de corazón.
El corazón de Zehra se estremeció. Lo había esperado. Pero no así.
Abrió la carpeta con manos temblorosas. El documento era extenso, lleno de cláusulas escritas en una jerga legal confusa. Apenas pudo comprender unas líneas, pues la presión en su pecho se hacía cada vez más intensa.
"Si no lo firmo... Yagiz morirá."
— ¿Y si no lo hago? — preguntó con voz baja.
Mr. Varkolak bebió un sorbo de vino antes de responder, sin quitarle los ojos de encima.
— Entonces me temo que su estado se deteriorará. Rápidamente.
La amenaza era sutil, pero directa. No había margen.
"¿Qué es lo peor que puede pasar?", pensó Zehra mientras tomaba la pluma con dedos fríos.
"Estoy desesperada... y él es el único que puede ayudarme."
Sin leer el documento a fondo, y confiando más en su desesperación que en su juicio, firmó.
El señor Varkolak sonrió con deleite. Dio un par de pasos hacia una vitrina cercana y sacó otra copa de cristal, que llenó con vino tinto antes de ofrecérsela.
— ¡Felicidades, señorita Volkova - dijo con tono ceremonial —. A partir de ahora, eres la esposa de mi único hijo.
Zehra lo miró, completamente atónita. La copa tembló en su mano.
— ¿¡Qué!? — exclamó, la voz quebrada por el impacto.
El señor Varkolak rió suavemente, como si disfrutara cada segundo de su confusión.
— Lo firmaste, querida. Todo está en el contrato. Matrimonio legal, en función de custodia y cuidado permanente. Es un detalle, pero... vinculante.
Ella sintió cómo el mundo se le venía abajo. Una trampa perfecta. Y ahora... ya no había marcha atrás.
Perfecto, continuemos entonces con esa escena, intensificando el sentimiento de encierro, control y desesperación que empieza a rodear a Zehra:
— ¿¡Qué!? — repitió Zehra, aún procesando las palabras del señor Varkolak.
Pero no tuvo tiempo de decir más.
La puerta del despacho se abrió de golpe y dos hombres vestidos de negro, altos, fornidos y con expresión impasible, entraron sin anunciarse. Antes de que ella pudiera moverse, uno de ellos ya estaba a su lado, sujetándola con firmeza por el brazo.
— ¿Qué están haciendo? ¡Suéltenme! — exclamó, forcejeando inútilmente.
Mr. Varkolak observaba la escena con calma, sin siquiera molestarse en disimular su satisfacción.
— No te alteres, querida. Ellos te llevarán a tu nuevo hogar. Como esposa de mi hijo, ya no necesitarás nada del pasado. Desde ahora, solo debes concentrarte en tu rol... y en Gokal.
— ¡Yo no acepté esto! ¡No sabía que!
— Firmaste - interrumpió el señor Varkolak con tono cortante —. Y con esa firma, sellaste un acuerdo. Aquí no hay lugar para arrepentimientos.
Uno de los hombres le arrebató su bolso. Zehra intentó resistirse, pero el otro ya le había tomado el celular y estaba revisando su contenido con rapidez. Sacaron su pasaporte, su identificación, incluso una pequeña foto de Yagiz que guardaba entre las páginas de su agenda.
— ¡Eso es mío! ¡No tienen derecho!
Pero la ignoraron. Todo fue colocado dentro de un sobre sellado que Mr. Varkolak tomó con una sonrisa.
— No los necesitarás donde vas. Desde este momento, Zehra Volkova está oficialmente muerta para el mundo exterior. Ahora... eres Zehra Varkolak.
El mundo giró violentamente en su mente. ¿Cómo podía estar pasando esto? ¿En qué momento dejó de tener elección?
Los hombres la empujaron suavemente hacia la puerta. Ella miró hacia atrás, una última vez, buscando en el rostro de Mr. Varkolak algún indicio de compasión.
No había nada. Solo control absoluto.
Y entonces, el despacho quedó atrás. La llevaron por pasillos oscuros, bajaron escaleras que no había notado antes, cruzaron puertas de seguridad... y finalmente, salieron de la mansión para abordar un auto negro sin placas.
El cielo estaba nublado. Y mientras el auto avanzaba por una carretera desierta hacia lo desconocido, Zehra no podía dejar de mirar por la ventana, sintiendo que acababa de ser enterrada en vida.
El viaje fue largo y silencioso. Las ventanas del auto estaban polarizadas desde el interior, impidiéndole ver hacia dónde la llevaban. Sólo sentía el traqueteo del motor y la presión constante en el pecho.
Cuando por fin el vehículo se detuvo, uno de los hombres descendió primero y abrió la puerta trasera.
— Baja — ordenó con tono neutral.
Zehra lo hizo, sin fuerzas para protestar. Lo que vio la dejó sin aliento.
Frente a ella se alzaba una mansión imponente, de estilo antiguo, rodeada por un vasto terreno rodeado por muros de piedra y árboles altos que oscurecían el cielo. No había señal de civilización alrededor, ni caminos ni casas cercanas. Era como si el lugar hubiera sido arrancado del mundo real.
— ¿Dónde estoy...? — preguntó, apenas audible.
— Tu nuevo hogar — respondió el otro hombre, mientras la guiaban hacia la entrada.
Las puertas se abrieron sin que nadie las tocara. Dentro, la casa era tan fría y lujosa como opresiva. Todo estaba perfectamente limpio, pero tenía la sensación de que llevaba años vacía.
Una mujer mayor, vestida con uniforme gris, la esperaba al pie de la escalera principal.
— Ella es la señora Esra. Encargada del lugar. Si necesitas algo, se lo dices a ella — dijo uno de los hombres sin mirarla.
La señora Esra asintió sin sonreír.
— Tu habitación está lista, señorita... — hizo una pausa breve y añadió con una media sonrisa forzada — Varkolak.
Zehra sintió cómo su propio nombre comenzaba a desvanecerse.
— ¿Y él...? ¿Gokal...? — preguntó, con un hilo de voz.
— Tu esposo llegará mañana por la tarde — informó el guardia, como si hablara de la llegada de un paquete, no de un ser humano.
Zehra apretó los puños.
— No es mi esposo — murmuró entre dientes.
Pero nadie le respondió. Los hombres ya se marchaban, cerrando la puerta con un ruido seco. Un silencio sepulcral se instaló en la casa.
La señora Esra.
le indicó que la siguiera por un pasillo largo. Mientras caminaban, Zehra no podía dejar de mirar las paredes, adornadas con retratos antiguos de personas que no conocía. Todos con la misma expresión severa y ausente. Como si vigilaran su llegada.
Finalmente, la llevaron a una habitación amplia, de decoración sobria y sin objetos personales.
— Aquí descansarás. La ropa del señor Varkolak está en el armario junto con la suya. Tu horario será entregado esta noche.
Y sin decir más, Esra se retiró, cerrando la puerta tras de sí.
Zehra se quedó de pie, mirando el enorme cuarto, sintiéndose más sola que nunca. Como una prisionera en una jaula de lujo.
Se dejó caer en la cama, y por primera vez desde que firmó aquel maldito papel... dejó que las lágrimas fluyeran.
Al llegar la noche, el cielo fuera del ventanal se había tornado completamente negro, sin una sola estrella a la vista. El viento susurraba entre los árboles altos que rodeaban la mansión, como si el mundo mismo supiera que algo no estaba bien.
Un leve y respetuoso golpe en la puerta interrumpió el silencio.
— Señora Varkolak — anunció la voz serena de Esra desde el otro lado —. La cena está servida.
Zehra permaneció sentada al borde de la cama, con los ojos perdidos en algún punto invisible de la alfombra. No respondió.
Uno, dos segundos de silencio... luego los pasos suaves de Esra se alejaron, sin insistencia. Sabía que no tenía sentido forzarla.
Zehra abrazó sus rodillas. No tenía hambre. No tenía ganas de fingir que todo aquello era normal. ¿Cómo podía comer cuando no sabía si Yagiz estaba bien? ¿Si seguía vivo?
"¿Y si esto fue una trampa desde el inicio?"
La duda le carcomía el corazón. Mr. Varkolak nunca le dijo cuándo cumpliría su parte. Nunca firmó ningún documento de su lado. Todo dependía de su palabra... y su palabra era como un hilo de seda: elegante, pero traicionero.
Se levantó con lentitud y caminó hasta el armario. Abrió sus puertas con desgano. Dentro colgaban vestidos de diseñador, prendas elegantes, ninguna de las cuales le pertenecía. Era como estar usando la piel de otra mujer. Una que no existía.
Sobre una repisa había una pequeña caja blanca. La abrió con desconfianza.
Dentro, cuidadosamente doblado, encontró un papel. Era su nuevo "horario de esposa". Cada hora de su día estaba ocupada: desde el desayuno a las siete, el aseo de la habitación de Gokal, lectura médica, preparación física, clases de protocolo, incluso horas de descanso cronometradas.
No había lugar para decisiones personales.
Zehra dejó el papel sobre la cama y se acercó a la ventana. A lo lejos, en el límite del bosque, vio una silueta: un hombre alto, con sombrero. ¿Un guardia? ¿Un espía?
Retrocedió de inmediato, cerrando las cortinas.
"Yagiz...", pensó. "¿Estás recibiendo el tratamiento? ¿El señor Varkolak está cumpliendo su palabra?"
Quería gritar. Quería correr. Pero estaba atrapada. Encerrada en una prisión elegante, invisible.
Se tumbó en la cama sin cambiarse de ropa, con los ojos abiertos y el corazón inquieto.
A la mañana siguiente.
La luz del sol apenas lograba filtrarse por las gruesas cortinas. La mansión seguía igual de silenciosa, como si el tiempo no corriera dentro de sus muros.
Zehra seguía acostada, aún con la ropa del día anterior. No había dormido más que unas pocas horas, interrumpidas por sueños confusos, casi pesadillas. Sentía la cabeza pesada, no por fiebre, sino por el peso de los pensamientos que no la dejaban en paz.
No bajó a desayunar.
Ni siquiera se acercó a la puerta cuando, pasadas las ocho, volvió a escuchar los pasos suaves de la señora Esra llamándola con una delicada advertencia:
— El desayuno está servido.
Pero Zehra no contestó. Sólo se levantó con lentitud y caminó hacia el baño. Abrió la ducha y dejó que el agua caliente cayera sobre su cuerpo como si pudiera arrancarle la ansiedad a la fuerza. Pero no lo hizo. Al contrario, el silencio del agua solo amplificaba sus pensamientos.
"¿Habrá llamado un médico? ¿Ya están preparando el trasplante?"
"¿Y si todo esto no fue más que una mentira para encerrarme aquí?"
Se sostuvo contra la pared de la ducha, sintiendo cómo el vapor le quemaba la piel. Pero prefería eso a la incertidumbre. A esa extraña sensación de que estaba siendo observada.
Al salir, se envolvió en una toalla y volvió al cuarto. Sobre la cama, alguien había dejado un nuevo vestido. Una bata de color marfil con bordados delicados, y una nota:
"Prepárate para recibir a tu esposo. Llegará esta tarde. - E."
Su estómago se encogió.
El día había llegado.
Hoy vería por segunda vez a Gokal Varkolak. Su "esposo".
Un hombre del que no sabía nada, excepto que llevaba el apellido Varkolak... y que, de alguna manera, su vida estaba ahora atada a la suya.
Mientras esperaba a que "su esposo" llegara, la duda la invadía.
¿Cómo alguien tan joven y de buen ver terminó en ese estado?
¿Qué tan peligrosa debía haber sido su vida para acabar así, atrapado entre la muerte y la conciencia?
Mr. Varkolak había mencionado muy poco sobre el accidente, y la ficha médica que le habían entregado estaba cuidadosamente editada.
Pero los rumores... esos eran otra historia.
Zehra había escuchado de algunos compañeros del hospital donde trabajaba, que okal Varkolak no era un simple joven adinerado. No. Él había sido un asesino.
Un asesino entrenado desde los quince años, experto en combate cuerpo a cuerpo, maestro en armas blancas y de fuego. Había sido la mano invisible de su padre en la organización.
"El ángel rojo de la muerte", lo llamaban algunos.
Hasta que una misión en territorio americano terminó mal.
Una emboscada, una persecución, un accidente automovilístico brutal... y desde entonces, coma.
"Lo único bueno de todo esto...", pensó Zehra, acariciando el borde del uniforme que debía vestir esa tarde, "es que al menos mi 'esposo' está inconsciente. Así no me será difícil pasar tiempo con él..."
Pero incluso al pensar eso, algo dentro de ella no se sentía del todo en calma.
Cerró los ojos por un momento. No se trataba solo de ser enfermera.
Estaba entrando a un mundo donde las reglas eran distintas.
Un par de horas más tarde, los ecos de pasos pesados resonaron por el pasillo principal. Zehra se asomó con cautela desde la puerta entreabierta de su habitación.
Los mismos hombres que la habían traído a esa mansión, altos, corpulentos, vestidos de negro, avanzaban por el mármol blanco, empujando una camilla médica de transporte. Encima, cubierto con una sábana gris y rodeado de aparatos móviles conectados a su cuerpo, estaba él.
Gokal Varkolak.
Incluso en ese estado inerte, había algo inquietante en su presencia. Su rostro era hermoso, marcado por una línea afilada de mandíbula y una cicatriz delgada que le cruzaba la ceja izquierda. Su cabello rojo desordenado caía como un caos cuidadosamente calculado, y su cuerpo, aunque delgado por la inactividad, dejaba entrever una musculatura forjada con años de entrenamiento.
Uno de los hombres alzó la vista al verla.
— ¿Dónde está la habitación del joven Varkolak?
Zehra tragó saliva. Aún le costaba creer que ese hombre, ese arma humana dormida, era, legalmente, su esposo.
— P-por aquí — respondió, girándose para caminar al frente de ellos.
Avanzó por los pasillos con pasos medidos, deseando que su corazón no latiera tan fuerte. Cuando llegaron a la puerta, la empujó con cuidado.
— Es esta — murmuró, apartándose.
Los hombres ingresaron con precisión militar. Dos acomodaron la camilla cerca de la cama, mientras el tercero conectaba los monitores a las tomas especiales de la pared. En cuestión de minutos, Gokal quedó estabilizado, rodeado de cables, suero, sensores y máquinas que silbaban con regularidad clínica.
— Vendrá un médico a revisar su nivel de actividad cerebral esta noche — dijo uno de los hombres, sin emoción en su voz —. Usted es la única autorizada a cuidarlo. No lo deje solo por mucho tiempo.
El otro hombre la miró con una media sonrisa que no supo cómo interpretar.
— Buena suerte, señora Varkolak.
Y sin más, se marcharon.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, Zehra sintió que el aire se espesaba. Se acercó lentamente a la cama y lo observó.
El monitor marcaba signos estables. Su respiración era suave, rítmica.
Parecía dormido.
Pero aún así...
Había algo en él que la ponía en alerta.
Y entonces, mientras se giraba para preparar los medicamentos, escuchó algo que la heló por completo:
Un susurro. Apenas un murmullo, salido de sus labios:
— ... ¿Quién eres?
Zehra se dio la vuelta de golpe.
Gokal seguía con los ojos cerrados.
¿Lo había imaginado?
O peor...
¿Estaba despertando?
El cuerpo tendido en la cama seguía inerte, los ojos cerrados, la respiración tranquila...
Pero ella lo había oído. Lo sabía. No era su imaginación.
Se acercó lentamente, observando su rostro en busca de algún cambio.
La línea de sus labios estaba relajada. Su ceño, sereno.
Nada en él parecía haber hablado.
Pero ese susurro había sido real.
— ¿Gokal...? — murmuró en voz baja, como si temiera despertarlo del todo.
No obtuvo respuesta.
Volvió a sentarse en la silla junto a la cama, obligándose a calmarse. El monitor cardíaco seguía con su ritmo pausado. Sin alteraciones.
Tal vez solo fue un reflejo inconsciente, un movimiento involuntario de su cerebro. Los pacientes en coma a veces lo hacían, ¿verdad?
Pero algo en su interior le decía que no. Que esa voz no había sido producto de su mente. Que él la había escuchado... y había intentado preguntar.
Esa tarde, mientras preparaba su primer informe médico, Zehra no podía dejar de mirar la cama.
El mismo pensamiento le daba vueltas una y otra vez:
¿Y si despierta? ¿Qué va a pasar cuando lo haga... y me vea a mí?
Una desconocida.
Su "esposa".
Un título falso, sellado con un contrato que había firmado por desesperación.
Pero Gokal Varkolak no era un hombre común.
Era un asesino, un soldado, una bestia entrenada.
Y si despertaba...
¿Quién iba a protegerla de él?