1 Verdad
1 Verdad
Siete años me parece una edad demasiado temprana para cargar con este peso. “Dolida” es la palabra que se repite en mi cabeza, un eco de cómo me sentía aquel día del carnaval. Por primera vez, mis dedos habían acariciado las cuerdas en el gran escenario del Coliseo, y esa sensación llenaba mi corazón de una felicidad tan vibrante que lograba adormecer mi dolor de siempre: el de mi hermanito perdido.
Recuerdo las luces de aquel día con más claridad que cualquier otra cosa de mi infancia. El Coliseo entero vibraba con los aplausos, y por un instante, solo un instante, sentí que pertenecía a algo más grande que el orfanato, más grande que la palabra “abandonada” que había cargado desde siempre sin entenderla del todo. Después llegó la sangre. Después llegó el caos. Y después llegó el silencio de mi cuarto, donde intenté entender por qué la felicidad más pura que había sentido en mi vida terminó enredada con gritos y con el nombre de una desconocida repitiéndose en cada esquina de la ciudad: Adelin.
En el orfanato me contaron poco. Solo que fui abandonada. No guardaba rencor, solo un anhelo silencioso de verlo, de darle un abrazo y reconocer en su rostro mi propia sangre. Lo extrañaba con la intensidad de quien intenta recordar un sueño que se desvanece, esa sensación de estirar la mano hacia algo que se deshace apenas se toca.
Pasé días hundida en la cama, con los ojos hinchados de tanto llorar. Me sentía usada, lastimada por el engaño de aquella chica. Ella me llevó a los reflectores, me hizo tocar con toda mi alma... y todo para terminar en esa carnicería sin sentido. Un acto de belleza convertido en horror. Por eso, durante semanas, les supliqué a mis padres adoptivos que me dejaran verla. Solo necesitaba entender.
Al final, al verme marchitar en el silencio, accedieron.
El día que fuimos, el trayecto se me hizo eterno. Romina me sostuvo la mano todo el camino, tan fuerte que después me quedó la marca de sus dedos, aunque nunca se lo dije. Recuerdo pensar que quizás no debía ir, que quizás bastaba con odiar sin entender. Pero una parte de mí, la misma que después aprendería a no callar nunca, necesitaba mirar a esa mujer a los ojos.
La cárcel de mujeres era un lugar frío, de paredes que parecían absorber los gritos. Allí estaba Adelin, atada, reducida a una sombra de lo que fue. Sentí una punzada de enojo, pero también una pena extraña al ver su estado: el cabello sin brillo, las muñecas marcadas, los ojos de alguien que ya no esperaba nada bueno de nadie. Intenté hablar, preguntarle por qué me había usado como un peón cuando yo solo quería sentirme bien aquel día.
La psicóloga decía que esta visita me ayudaría a cerrar un ciclo. Qué poco sabía ella. No tenía idea del peso que caería sobre mis hombros.
Adelin estaba rota. Me pidió disculpas entre sollozos y me abrazó con un calor tan fraternal que dolió por lo sincero que se sentía. Nadie me había abrazado así antes, ni siquiera Romina, con esa mezcla de desesperación y ternura de alguien que lleva demasiado tiempo sin tocar a nadie que ame. En medio de ese torbellino de lágrimas, la verdad salió a la luz: mi hermano mayor se llama Anton. Él era el asesino que estaba con ella en el escenario.
Me explicó que él siempre me quiso, pero que la memoria se le había escapado entre los dedos. Dijo que me dejó en el orfanato para protegerme de nuestra propia familia, o mejor dicho, de las sombras que los perseguían. Me repitió una y otra vez que ella solo quería que nos encontrásemos en el carnaval.
Luego me contó la historia de los Fundadores. Fue un relato tan trágico y atroz que las palabras, aunque complejas para mis siete años, cobraban un sentido instintivo en mi mente, como si mi sangre ya supiera lo que ella narraba antes de que yo terminara de escucharlo. Decidí creerle. No por una confianza ciega, sino porque reconocí ese mismo dolor en sus ojos. Era el mismo que yo cargaba mientras apretaba mi collar, esa foto borrosa de mi hermano y yo que era mi único anhelo.
—Te odio, Celia Domanti —susurré, y por primera vez en mi vida, mis sentimientos fueron claros y afilados.
Siento odio por tu forma de proceder. Odio por encerrar a mi familia. Por separar a mi hermano de su pareja, una chica que el dolor terminó de forjar. No quiero ni imaginar lo que Adelin tuvo que pasar para estallar así, pero recuerda mis palabras, Celia: mi dolor no solo explotará. Cubrirá la ciudad entera. Entenderás que tus métodos no son dignos de Carnivallium. Tu obsesión enferma con mi hermanito no llegará a nada.
Sé que él saldrá de ese hospital y yo prepararé mi vida para confrontarte. Siento un vacío en mi pecho, pero ahora tiene un propósito. Hermanito, espero que estas palabras te alcancen: te quiero y te perdono. Celia pagará por cada una de tus heridas.
Aquella visita se quedó con ella mucho después de que las rejas de la prisión desaparecieran de su vista. La pequeña Liora desarrolló una resiliencia extraña que desconcertó a los señores Vermet. Sus padres adoptivos la habían criado con una abundancia de amor y cuidados, pero ella siempre conservaba esa expresión melancólica al mirar su collar, como si buscara en la foto borrosa algo que las palabras de Adelin todavía no terminaban de completar.
Romina Vermet no ocultaba su molestia mientras fregaba los platos con una furia contenida.
—Fue una idea terrible, Neit. Exponer a una niña a ese ambiente y, peor aún, ante esa... cosa. Ni siquiera sé si llamarla jovencita. Es una criminal.
Neit Vermet, sentado a la mesa con una calma que contrastaba con el ruido de la cocina, suspiró.
—Escucha, Romina, fue lo correcto. Se nota que no quiso lastimar a nuestra Liorita; hablaron y eso fue todo. Además, la pequeña dice que ya no la odia.
Romina se detuvo, con la esponja en la mano y la postura rígida.
—¿Y si la estaba adoctrinando? Los criminales son expertos en manipular, especialmente a los niños.
Neit se acercó y la rodeó con un abrazo protector.
—Relájate, mujer. Liorita es muy lista, no se dejará influenciar. Ahora concentrémonos en sus presentaciones en la academia; verás que todo saldrá bien.
Ninguno de los dos se dio cuenta de que, al otro lado de la casa, su hija ya no era del todo la misma niña que había salido esa mañana. Habían acertado en una cosa: Liora no se dejaría influenciar, no como ellos temían. Pero se equivocaban en algo que tardarían años en descubrir, si es que llegaban a hacerlo: la niña no había vuelto vacía de esa prisión. Había vuelto con un propósito, y los propósitos, cuando anidan lo suficientemente hondo en un corazón infantil, no se desarraigan con amor ni con cuidados, por abundantes que estos sean.
Mientras tanto, en su amplia habitación, Liora no escuchaba a sus padres. La discusión era apenas un murmullo distante detrás de la puerta cerrada. Observaba con detalle la foto borrosa de su collar y lloraba, pero no con la tristeza de antes. Esta vez era furia, callada y precisa, la que le humedecía los ojos.
Empezó a escribir.
Anotaba cada detalle de lo que Celia debía sufrir, entrelazando sus amenazas con las notas de su violín, como si el instrumento y la venganza hubieran nacido para compartir el mismo pentagrama. El violín era su catalizador, su único refugio verdadero. En la academia, los maestros siempre resaltaban su talento vivaz, casi impropio para su edad, a pesar de que Celia siempre despreciaba su arte.
“Hermoso, pero falto de alma”, le decía. “Mosca sin alas”.
Liora apretó el arco del violín, con la mirada fija en las sombras de su cuarto. Afuera, la ciudad seguía su curso ajena a todo, sin saber que en ese cuarto pequeño, iluminado apenas por una lámpara de noche, acababa de terminar de nacer algo que tardaría años en tener nombre, pero que ya nunca dejaría de crecer.
—Veremos quién es la mosca, Celia Domanti... Sentirás el vacío de mi corazón. Sentirás el dolor de mi hermano. Pagarás por todo.