Bajo un cielo de invierno
Voronsk, Rusia
Enero de 2008
Voronsk amanecía cubierta por la nieve. Aquella mañana, sin embargo, había algo extraño en la ciudad: varias ventanas seguían encendidas pese a la hora temprana y, en algunas calles, la nieve estaba removida, como si alguien hubiera pasado por allí durante la noche. Sobre los techos y los automóviles se extendía una capa blanca, mientras el hielo se aferraba a los marcos de las ventanas y a las ramas desnudas de los árboles. Encima de todo, un cielo azul oscuro cubría la ciudad, profundo y quieto, como si el sol se hubiera escondido detrás de una cortina de nubes.
El aire cortaba la piel con cada respiración.
Los tranvías avanzaban despacio sobre los rieles cubiertos de escarcha. Algunas personas caminaban deprisa, con las manos en los bolsillos y el aliento convertido en vapor. Otras seguían su rutina con una calma casi mecánica. Los pasos sobre la nieve sonaban apagados, como si la ciudad entera estuviera envuelta en algodón.
Entre ellas iba Anya Volkova.
Llevaba una chaqueta negra, una bufanda gris al cuello y una mochila colgada de un hombro. Sus botas dejaban huellas limpias mientras cruzaba la avenida principal rumbo a la universidad. Tenía el rostro ligeramente enrojecido y, de vez en cuando, se cubría la boca con la bufanda para evitar que el aire helado le lastimara la garganta.
Pese a todo, la ciudad seguía despierta.
Los cafés empezaban a llenarse de estudiantes que buscaban algo caliente antes de entrar a clase. Algunos vendedores retiraban la nieve acumulada frente a sus negocios, mientras el sonido lejano de un tranvía rompía el silencio de la mañana. Desde una panadería cercana llegaba el olor del pan recién hecho, mezclado con el humo de las chimeneas.
Anya alzó la vista por un momento.
Siempre le había parecido extraño aquel cielo azul oscuro. No era el gris de las tormentas ni el azul vivo de la primavera. Era un color inmóvil, que hacía que Voronsk pareciera suspendida en el tiempo. A veces tenía la sensación de que la ciudad no despertaba del todo, sino que simplemente permanecía quieta, esperando a que algo cambiara.
Ajustó la mochila y siguió caminando.
Pasó junto a una parada de tranvía donde varias personas aguardaban en silencio, con los hombros encogidos y los rostros ocultos tras bufandas gruesas. Un niño, de la mano de su madre, pateaba distraídamente un pequeño montículo de nieve. Más adelante, un hombre barría la entrada de su tienda con movimientos lentos y resignados.
Anya conocía bien esa parte de la ciudad. Había recorrido esas calles tantas veces que podía hacerlo casi sin pensar. La universidad quedaba a unas cuantas cuadras, en un edificio amplio y antiguo, de paredes claras y ventanas altas. A esa hora, el camino estaba lleno de estudiantes que avanzaban con prisa, algunos hablando entre ellos, otros mirando el suelo para no resbalar.
Ella prefirió ir en silencio.
Las puertas de la universidad se abrieron frente a ella, dejando escapar una corriente de aire cálido. Dentro, los pasillos estaban llenos de voces, risas y pasos apresurados. Unos hablaban de exámenes; otros, de sus planes para el fin de semana. Había quien se quejaba del frío, quien se sacudía la nieve del abrigo y quien corría para no llegar tarde a clase.
Anya saludó con una leve sonrisa a un par de compañeros antes de dirigirse a su salón.
La profesora aún no había llegado.
Mientras esperaba, sacó un cuaderno de la mochila y revisó algunos apuntes. Sus dedos estaban entumecidos, así que los frotó un momento antes de pasar la página. Afuera, por la ventana, la nieve seguía cayendo despacio, borrando otra vez las huellas sobre el suelo. Desde su asiento podía ver parte del patio interior de la universidad, donde unos cuantos estudiantes cruzaban apresurados entre los edificios.
Era una mañana común.
Tan común que cualquiera habría pensado que nada extraño podía ocurrir en una ciudad como Voronsk.
Anya apoyó el codo sobre la mesa y dejó que su mirada se perdiera un instante en el vidrio empañado de la ventana. Tenía el tipo de expresión que solo mostraba cuando estaba pensando en algo que prefería no decir en voz alta. Luego bajó la vista al cuaderno y continuó repasando sus notas, como si quisiera convencerse de que aquel día sería igual a cualquier otro.
Y, sin embargo, el invierno apenas comenzaba.








