El nacimiento de la peste
Texas 14 de febrero de 1810.
Desde que tengo uso de razón comencé a odiar mi sangre, mis raíces y hasta mi descendencia, todo por esta maldita sangre que corre por mis venas tan llena de impureza y prejuicio, siempre seré señalado por culpa de mi madre, no se en que estaba pensando mi padre al contaminar con su insultante amor y aunque el apellido de mi madre era cubierto por el mestizaje no cambiaba nada, ya que ellos carecían de apellidos se les asigno uno que ella portaba con orgullo y me heredaría marcando mi existencia, mi padre era un ex general, el grandioso José Navarro de la Barrera, resultaba increíble que de la capital un criollo se haya enamorado en un viaje al norte de una indígena, mi madre era una Cucapah su piel cobriza, pelo negro ojos oscuros almendrados, como su rostro cuadrado y nariz eran solo una muestra de que ella era una indígena, me sentía tan avergonzado de decir que ella era mi madre que solo podía llamarla madre dentro de nuestro hogar y en presencia de mi padre, gracias a dios mi apariencia era igual a la de mi padre ojos verdes, piel oliva y cabello oscuro, mi madre se llamaba Inocencia Tambo, hija de un Cucapah y una Seri, odiaba estar con los abuelos y sus costumbres que mi padre auncon tanto dinero y educación me obligaba a realizar solo para ver feliz a su querida Inocencia, como él la amaba era una deshonra para mi como para mis abuelos paternos, odiaba haber salido de sus entrañas, fue un alivio mudarnos a Texas un poco más alejados según mi padre de los parientes de mi madre, éramos la burla de la sociedad en la capital y aunque mi padre se esforzaba por vestir a mi madre con las mejores prendas que pudieran lucir las damas de sociedad ella parecía no entender ni lucir nada, Inocencia siempre prefirió vestir con sencilles “hay Inocencia”. Al llegar a Texas mi padre trajo consigo ganado y peones, era demasiado humillante como los anglosajones la confundían con gente que trabajaba para nosotros, pero mi padre aquel señor alto e imponente parecía ser el defensor de ella, siempre luciéndola como su mayor trofeo.
A mis 9 años Inocencia quedo en cinta para la mala suerte mía, rezaba todos los días para que ella y la criatura en su vientre murieran, pero la maldad en mi corazón fue castigada por dios con lo que más odio.
—Manuel, acércate a conocer a tu hermana— me ordeno mi padre mientras Inocencia sudorosa y gorda como una vaca sujetaba aquella criatura, al acercarme no vi mas que un pequeño monstruo arrugado, que Inocencia comenzó amamantar con sus enormes ubres, observé a mi padre con descontento mientras besaba a Inocencia en la frente.
—Es tan hermosa como tu Inocencia, nuestra preciosa Alta Gracia. —como si no fuera suficiente le dio el nombre de su madre, mi abuela se estaría retorciendo en su tumba, Inocencia no pareció estar conforme con aquel nombre, pero aun así guardo silencio para complacer a su amado.
Esa noche pensé que dios me estaba premiando, pero era el inicio de mi castigo divino ya que Inocencia decayó y una fiebre alta comenzó a extinguir su vida mi padre trajo un doctor de la capital ya que aquí el doctor local se negaba atenderla, dos noches después Inocencia me mando a llamar su cuerpo se secaba al ritmo que el calor en su cuerpo la consumía, me acerque hasta ella donde con esfuerzo tomo mi mano.
—Mi querido hijo, sé que no he sido merecedora de tu amor, pero quiero que sepas que tú eres merecedor del mío, eres el símbolo del amor de tu padre y mío, te adoro Manuel a ti y Alta Gracia, por eso te ruego cuides de ella y le des tu amor de hermano.
En ese momento me desprendí de su mano con brusquedad, no sentía mas que repudio por ese nuevo ser.
—No le prometo nada, para mi es mejor que usted se lleve consigo a la criatura, aquí no tendrá mas que dolor y sufrimiento—sus ojos se llenaron de lagrimas mientras me observaba horrorizada, un dolor fuerte en el vientre de Inocencia la hizo retorcerse de dolor, las sábanas blancas comenzaron a teñirse de un rojo oscuro, los gritos de Inocencia alertaron a mi padre que entre gritos corrió abrazar a Inocencia mientras entre sus brazos perdía la vida. El funeral estaba vacío solo presenciado por los padres de Inocencia, mientras mi padre desalineado aun con la sangre de Inocencia en su cuerpo lloraba sin control en la tumba de su amada, yo observaba todo con seriedad mientras mi cuerpo discernía del dolor y de la culpa, parecía que el general José Navarro quería ser enterrado con Inocencia, mientras la madre y el padre de Inocencia trataban de arrullar a la bebé, por un momento pensé que mi padre se sumergiría en una tristeza infinita, pero el llanto de la criatura lo hizo incorporarse, limpiar sus lagrimas con amargura y tomar en
sus brazos a Alta gracia, los padres de Inocencia le suplicaron poderse llevar al engendro, pero mi padre se negó encerrándose días con la peste en su habitación dejando entrar únicamente a las nodrizas.
Pasaron meses para que mi padre saliera atender la hacienda que estaba construyendo, dejaba al monstruo con las nanas y mientras más crecía me daba cuenta que Alta Gracia era el retrato de nuestra madre, piel morena cobriza ojos con forma de almendra y oscuros, un cabello negro como el carbón, la misma forma del rostro, era desagradable ver la mala jugada del destino, Alta gracia se convirtió en el objeto mas adorado de mi padre, la consentía con muñecas caras, pero Alta Gracia era una bestia prefería jugar con el lodo y corretear bestias, mi padre estaba fascinado con su salvajismo, esa niña destruía cualquier peinado decente, era otra vergüenza para mi que soportar, intente varias veces que se refiriera a mi como señor Manuel, pero Alta gracia no conocía modales olvidaba el formalismo y llamaba a la gente por su nombre le encantaba referirse a las personas con informalidad, incluso a mi padre y el le celebraba cada barbarie, simplemente criaba a ese engendro como salvaje, destruía sus vestidos ampones hasta quedar en camisón, al cumplir 10 años Alta Gracia era una niña demasiado delgada, esperaba muriera por desnutrición pero solo era su apariencia, tenía una fuerza descomunal, un día paseando por el pueblo que comenzaba a tener forma dos niños anglosajones se detuvieron a ver como Alta Gracia jugaba con la tierra mientras yo ocultaba mi vergüenza leyendo un libro de poemas arriba de la carreta, los niños que observaban parecían pertenecer a los hijos de los nuevos hacendados en el establecimiento una niña de la edad de Alta Gracia con cabellos dorados ojos azules típica anglosajona, pero el niño era de cabello rojo intenso y ojos cafés, comenzaron a burlarse de Alta Gracia, el niño parecía ser unos años mas grande que el engendro y no les basto con burlarse de ella, se acercaron agredirla mientras yo era indiferente, esperaba que con esta lección ella entendiera su lugar y su destino lleno de discriminación.
La niña comenzó arrojarle piedras, mientras Alta Gracia se cubría y me pedía ayuda, la ignore completamente, el niño se acerco Alta Gracia para sujetarla del pelo, pero no me esperaba que alta gracia respondiera al ataque golpeando en el ojo con una roca aquel desdichado, los gritos del niño atrajo la atención de mas pobladores y de mi padre que salió de un establecimiento a socorrer a Alta Gracia que no despegaba su mirada salvaje del niño yankee.








