La Piedra Del Claro Relato Corto por SmithInk en Inkitt
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La piedra del claro - Relato Corto

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Sinopsis

Un drama psicológico ambientado en un valle rural, donde dos desconocidos unidos por la soledad y el trauma enfrentan juntos la pérdida de un mundo y de una vida.

Genero:
Drama
Autor/a:
SmithInk
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La piedra del claro

El valle de Edguar olía a tierra removida y a raíces recién cortadas. Mateo caminaba por la senda, no buscaba llegar a algún sitio, sino para alejarse de todo, de sus deudas, de su diploma inútil, del peso de la palabra “fracasado”. Aquí, entre pinos viejos y cicatrices de incendios pasados, solo era un cuerpo más que se movía en las sombras.

Encontró una cabaña por el humo. Al acercarse, vio el orden obsesivo del lugar, pilas de leña cortadas con gran precisión, un huerto cercado con alambre oxidado.

El hombre que salió parecía una extensión más del paisaje, seco y nudoso.

— No busco conflictos — dijo Mateo.

El anciano, de nombre Elías, se quedó mirándolo sin curiosidad

— Aquí los problemas ya llegaron hace tiempo — respondió, con una mirada perdida.

Mateo asintió. No supo por qué, quizás porque en la sequedad de esa voz reconoció el mismo tono con el que él se hablaba.

— Me quedo — dijo, no como una petición, sino un hecho.

Elías no respondió. Giró sobre sus talones y volvió a entrar en la cabaña, dejando la puerta entreabierta.

Esa noche, Mateo durmió apoyado en la pared exterior, envuelto en su propia chaqueta. A través de la ventana sucia, vio a Elías sentado frente al fuego, inmóvil, tallando lentamente un trozo de madera. No intercambiaron otra palabra, no hacía falta.

La mañana llegó con una luz pálida que apenas traspasaba la neblina encajonada en el valle. Mateo despertó helado, con el sabor a tierra y humedad pegado al paladar.

Desde su sitio, observó a Elías, quien inició una ruta milimétrica, primero se acercaba a tres pinos y pasaba su mano. Luego, caminaba hasta el norte, se detenía mirando fijamente una roca, y después volvía. No recogía o arreglaba nada. Solo verificaba.

Sin mediar palabra, Mateo se puso en movimiento. Encontró un hacha y comenzó a partir leña. No esperaba elogios. Era un acto de ocupación, si iba a estar allí, al menos que su presencia sirviera de algo.

Al mediodía, Elías regresó de su ronda. Pasó junto a Mateo, miró la nueva pila de leña ordenada, y gruñó un sonido que pudo ser de conformidad o de reconocimiento. Puso una olla con agua y unas hierbas al fuego y sirvió dos tazas. Le alcanzó una a Mateo, no hubo brindis. Bebieron en silencio, mirando las mismas montañas y nubes. La compañía, si podía llamarse así, era apenas la coincidencia de dos cuerpos conviviendo.

Al anochecer, mientras las sombras se tragaban los bordes del valle, un acorde atravesó el aire, el gemido de un motor, seguido del crujido de ramas al quebrarse. Era un sonido que venía de lejos, pero su efecto en Elías fue instantáneo. Se puso rígido en su banco.

Mateo lo miró. El ruido paró, dejando un vacío aún más pesado.

— ¿Están talando? — preguntó Mateo

Elías no apartó la mirada del fuego. Tardó tanto en responder que se preocupó.

— No todavía — dijo al fin — Pero miden. Siempre empiezan así.

El silencio se llenó solo con el crujir del fuego.

— La última vez no midieron — añadió Elías, y esta vez su voz se quebró — Y por eso se llevaron la ladera sur… — Hizo una pausa que se sintió eterna — Y lo que había en ella.

No dijo más. No hubo falta. Mateo siguió la dirección de su mirada, perdida en la oscuridad y entendió. No eran árboles lo que ese hombre veía caer en su memoria. Era algo más definitivo, enterrado bajo esa tierra. Mateo agachó la vista, y por primera vez no vio a un fracasado. Vio a otro testigo, que llegó tarde a la tragedia, pero a tiempo, quizás, para la vigilia.

Pasaron dos días en los que el silencio del valle se cargó de tensión, como el aire antes de la tormenta. Elías no volvió a mencionar la medición, pero su ruta se hizo más larga, y sus paradas frente a la roca se extendían hasta que el frío de la tarde lo obligaba a volver.

Al tercer día, Mateo bajó al pueblo porque necesitaba sal. El lugar era una hilera de casas con una sola tienda. En la puerta, dos hombres con ropa de trabajo bebían cerveza.

— ...firmado está — decía uno con gorra — La semana que viene entran las máquinas.

— ¿Y el loco? — preguntó el otro.

— Lo sacarán si hace falta. Es un loco, no un título de propiedad — respondió el de la gorra, encogiéndose de hombros — Además, ¿qué va a hacer? ¿Gritarle a las máquinas?

Se rieron con un sonido seco. Mateo pasó junto a ellos sin mirarlos, pero las palabras le resonaron dentro. Compró la sal, un paquete de galletas, y salió. El camino de vuelta al valle le pareció más empinado, más largo.

Elías no estaba en la cabaña. Mateo lo encontró en el claro norte, de pie frente a la roca gris. No se movió al oírlo acercarse.

— Empiezan la semana que viene — dijo Mateo — En la ladera norte. Aquí.

— Lo sé — respondió, y su voz no tenía sorpresa — Siempre vuelven al mismo sitio.

— ¿Por qué? — preguntó Mateo, y su voz sonó a desesperación.

Por primera vez, Elías giró la cabeza. Sus ojos brillaron con algo que no eran lágrimas, sino el reflejo de una memoria a punto de romper la superficie.

— Porque es donde duele — dijo, devastadoramente claro — La primera vez se llevaron el sur. Ahora quieren el norte. Es la misma herida, solo que más honda. Y ya no tengo nada más que darles, excepto este pedazo de tierra donde… — Se interrumpió y tragó saliva — Donde me quedé.

No hizo falta nombrarlos. La tierra ya lo había hecho. Mateo miró la roca, luego el valle y entendió su actuar. Cada árbol que Elías tocaba, los minutos frente a esa roca, no era un acto de protección. Era un monumento a lo ausente.

Elías bajó la cabeza, como si el peso de la explicación lo hubiera doblado. Dio media vuelta y empezó a caminar de regreso a la cabaña, pero su paso ya no era el de un vigía. Era el de un hombre que vuelve de un entierro. Mateo lo siguió, y esta vez no hubo distancia entre ellos, solo la compañía muda de quienes saben que están por recorrer, juntos, al mismo final.

Al día siguiente, el amanecer no llegó. Una bruma espesa y fría se aferró al valle. El primer sonido no fue de pájaros, sino el gemido de un motor que rompió el silencio. Luego otro, y muchos más. Una sinfonía mecánica que fue trepando por la ladera.

Dentro de la cabaña, Elías estaba sentado en su banco, puliendo el filo de su cuchillo con una piedra. El sonido era hipnótico, un ritmo fúnebre. Mateo lo observaba desde la puerta. El viejo no parecía alterado. Había en su rostro una resignación tan completa que daba miedo.

— Es hoy — dijo Mateo.

Elías asintió una vez. Dejó la piedra y el cuchillo sobre la mesa. Y salió.

Afuera, la niebla convertía las máquinas en fantasmas amarillos y ruidosos. Avanzaban en línea, devorando la distancia. La líder se dirigía, hacia el claro norte. Cerca de la roca.

Elías caminó hasta colocarse entre ambos. No adoptó una postura heroica. Se quedó inmutable, con los brazos caídos. Mateo se ubicó a su lado, no frente a él. No para protegerlo. Para estar allí.

—¡Lárguense! —les gritó el conductor. Elías no se movió. En cambio, se inclinó lentamente, recogió un puñado de tierra del claro y se la llevó a la nariz. La olió.

Fue ese gesto, no su presencia, lo que hizo reaccionar al conductor. Asustado por la escena, accionó la palanca de giro bruscamente. Y una roca de gran tamaño salió despedida.

El tiempo se espesó como la miel. Mateo vio la piedra venir. Vio a Elías enderezarse, volverse hacia él. Sus ojos se encontraron. En los del viejo no existía miedo. Había una pregunta.

Mateo se lanzó. No fue un empujón, fue una barrera viva que buscó interponerse entre la piedra y el viejo. La piedra pasó rozando a ambos.

Pero el choque los desequilibró. El talón de Elías pisó el borde del claro, erosionado y suelto. La tierra cedió con un crujido sordo. Mateo, aún agarrado a él, no pudo contra el peso y la inercia. Cayeron juntos.

Fue una caída breve y brutal. Mateo golpeó el suelo con el hombro, un dolor cegador. Elías rodó dos, tres veces, hasta detenerse de espaldas. Su cabeza encontró la roca gris con un golpe sordo, y allí se quedó, como si al fin hubiera hallado la almohada que buscaba.

Con la visión borrosa, Mateo se arrastró hacia él. El costado le ardía. Elías estaba quieto, pero con sus ojos abiertos, mirando el cielo. Respiraba con dificultad.

— No… no fue solo — logró decir Elías, y le nació una sonrisa arrugada. Le tendió una mano temblorosa. Mateo la sostuvo. Era liviana, fría.

— Gracias — susurró Elías, apretando su agarre — Por caer conmigo esta vez.

Su mano se aflojó. El silbido en su pecho se detuvo. Los ojos se nublaron y miraron más allá del valle y de todo. Ya no había dolor en ellos. Sino un alivio infinito.

Arriba, el ruido de los motores se ha apagado. Se oían voces y pasos. Mateo no las oyó. Solo sentía el peso de la mano en la suya y el silencio abismal que había dejado atrás Elías.

Lo que siguió fue una rutina ante la muerte. Los hombres bajaron, voces entrecortadas por el asombro y el miedo a la culpa. Hubo manos que ayudaron a cargar el cuerpo de Elías. Mateo los siguió, cubierto de tierra seca y un dolor sordo que no era del hombro.

El trámite en el pueblo fue rápido y evasivo. El médico forense firmó “accidente fortuito” sin levantar la vista del formulario. No hubo preguntas profundas. Elías no tenía familia que reclamara por él. Era, oficialmente, un problema menos.

La tala en la ladera norte se suspendió. No por respeto, ni por ecología, sino por papeleo. El valle ganó una tregua burocrática, el tipo de aplazamiento gris y administrativo que parece una burla al gesto desesperado que lo había comprado.

Mateo no asistió al entierro en el cementerio municipal, donde pusieron a Elías en una fosa común junto a otros olvidados. En cambio, al amanecer del día siguiente, volvió al claro. El aire olía diferente, a gasolina y a tierra ultrajada, pero también a la quietud recién recuperada.

La roca gris estaba allí, como testigo mudo. Mateo no hizo un discurso. No lloró. Cavó un hoyo poco profundo al lado de la roca, justo donde la cabeza de Elías había reposado por última vez. Dentro, enterró el cuchillo de tallar. No como una ofrenda, sino una clausura.

Luego, recogió una piedra. No la grande y gris, en cambio, una más pequeña, del tamaño de su puño. Se la guardó en el bolsillo del pantalón. No era un talismán. Era un peso. Un recordatorio concreto de la ley de la gravedad y de las caídas que sí importan. El valle no guardaría su historia, pero él se llevaría su geografía.

El autobús de las tres de la tarde olía a desinfectante y a gente cansada. Mateo se sentó junto a la ventana. Cuando el vehículo arrancó y el valle de Edguar empezó a desaparecer, no sintió pena por los árboles. Ni rabia por las máquinas. Sino el vacío perfecto que deja una deuda saldada.

Miró por la ventana, pero ya no observaba el paisaje. Veía la imagen nítida de una mano vieja y temblorosa apretando la suya en un claro polvoriento. “Por caer conmigo esta vez.”

No salvó un valle. Había fallado en evitar una muerte. Pero en el instante preciso, estuvo allí. Y a veces, ese es el único acto de resistencia que queda, no apartar la mirada. Y no soltar la mano.

El autobús tomó la carretera central. Mateo cerró los ojos, no para dormir, sino para notar con más fuerza el peso de la piedra en su bolsillo. No era el tributo de un fracaso. Era el peso de una verdad aprendida, que algunos no caen para ser salvados, sino para ser acompañados. Y que heredar esa simple, terrible lección, era quizás la única victoria posible.

La piedra no lo consolaba. Lo anclaba. Y por primera vez en mucho tiempo, esa ancla le pareció un buen lugar desde donde empezar a reconstruir algo, aunque no supiera aún el qué.

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