Capítulo 1
Una caída mundial
Martes por la tarde.
El cielo nublado.
Reflejando lo que estaba por venir.
Nuestro último abrazo, antes de que comenzara la cuarentena tras el anuncio de un nuevo virus que estaba azotando al mundo.
—Odette, ¿estás bien? —me preguntó mi mejor amiga, con voz suave pero llena de preocupación.
—Sí... ¿por qué no lo estaría? —le respondí intentando sonar despreocupada, aunque sabía que mis palabras no convencían a nadie.
Quería que fuera temporal, era lo que más anhelaba mi corazón. Quería que todo esto fuera un mal sueño del que despertaría para descubrir que solo era una pesadilla. Pero no, esto era real. Y por más que quisiera contarle todo, no podía. Sería poner en riesgo su vida.
—Nos vemos en cuarenta días, amiga —me dijo con una sonrisa que esperaba conservar en mi memoria por mucho, mucho tiempo.
Me puse los audífonos, la música llenaba mi cabeza, mis pies parecían moverse solos, llevándome automáticamente hacia casa. No me di cuenta de cuánto tiempo había pasado hasta que estuve frente a la puerta de mi hogar.
—Hola, mamá, ya llegué —anuncié al entrar.
—Hola, corazón, ¿cómo te fue con...? —comenzó a preguntar, pero al ver mi expresión decidió cambiar de tema—. Odette, ¿quieres ir a la plaza y ver una película?
—Sí, solo me cambio de ropa.
—Te esperamos, pero no tardes.
Podía ver la ilusión en los ojos de mis hermanas. Sabían que pasaríamos cuarenta días encerradas, sin salir, así que cualquier pequeña salida las emocionaba. Al entrar en mi cuarto, el vacío me golpeó de repente. Ver las cajas con mis cosas apiladas, las paredes desnudas, y el colchón viejo en la cama me recordaban que todo iba a cambiar.
—Mamá, ya estoy lista. Espero que no hayan esperado mucho.
—Claro que no, cariño. Vámonos antes de que empiece la función.
—¿Qué película vamos a ver?
Mis hermanas voltearon emocionadas y, casi a coro, gritaron:
—¡Las Guardianas del Reino Brillante!
—Claro, ¿qué otra película veríamos? —respondí sonriendo.
Las Guardianas del Reino Brillante era la película más esperada por las niñas. Se trataba de un par de hermanas princesas que, en su tiempo libre, eran las protectoras del reino. Nadie conocía su doble vida, pero para mis hermanas, esas princesas eran valientes e independientes, lo que las hacía sus heroínas favoritas.
Una vez en la plaza, nos adentramos al cine. Había mucha gente, pero en ese momento sentí como si el tiempo se detuviera. Vi a mis hermanas abrazando a mis papás, y por un instante, todo se ralentizó. Mi madre me sacó de mi estado de trance diciendo mi nombre.
—Odette, ¿de qué sabor quieres tus palomitas? Sé que te encantan las de caramelo, pero pensé que hoy podrías querer algo diferente.
—Tal vez unas picosas y unas de queso. Quién sabe, quizás se vuelvan mis nuevas favoritas —respondí intentando sonar despreocupada.
—Claro, corazón, en un momento te las doy.
Compramos las palomitas y entramos a la sala. Mis hermanas estaban felices, pero mi mente estaba en blanco. No disfrutaba de la película; mi cabeza se llenaba de preguntas. ¿Qué va a pasar después de esto? ¿Podremos encontrar una solución? ¿Por qué a mí? Solo tengo 18 años, no soy una niña, pero tampoco soy completamente adulta. ¿Era necesario pasar por todo esto?
De repente, una frase de la película me hizo reaccionar:
—“Las verdaderas heroínas no esperan en castillos. Ellas salen a conquistar sus propios cuentos.”
Quizás era una frase esperada, pero para mí fue el detonante. Supe que mi vida iba a cambiar. Podía hundirme y ver cómo mi mundo se derrumbaba, o podía salir adelante y tomar las riendas de mi historia.
Cuando la película terminó, fuimos a la plaza. Nos probamos ropa, reímos y jugamos como si la tienda fuera nuestra. Por un momento, olvidé todo y simplemente disfruté el tiempo con mi familia. Pero la realidad volvió rápidamente. Escogí ropa cómoda: un par de sudaderas básicas, pantalones cargo, y unos tenis de plataforma, mis favoritos, perfectos para lo que pudiera venir.
Ya pasaban las 10 de la noche cuando regresamos a casa. Mis hermanas se quedaron dormidas en el auto, y yo también caí en el sueño. Desperté con una sensación extraña, como si algo estuviera mal. Mis padres aprovecharon el momento en que mis hermanas dormían para hablar conmigo.
—Tenemos que hablar, Odette Es importante —dijo mi padre.
Sabía que algo venía, lo habían insinuado durante días.
—¿Recuerdas a los Almorales?
La pregunta me tomó por sorpresa. No por no saber quiénes eran, sino por cómo lo mencionó.
—Sí, ¿por qué lo preguntas?
—Tienen una casa cerca del bosque. Tú y tus hermanas se quedarán allí un tiempo. Tus tíos viajarán a Estados Unidos, y nos pidieron que cuidáramos la casa. Pero tu madre y yo también tenemos que irnos.
Me quedé mirándolo, sorprendida y angustiada.
—La corporación que está buscando una cura nos ofreció trabajar con ellos, pero había condiciones... Nos hicieron muchas preguntas bastante preocupantes. Así que mentimos, dijimos que ustedes estaban de viaje con sus abuelos en Cuba. Si alguien pregunta, ustedes dirán lo mismo.
Claramente, era demasiada información para procesar. Pero no era momento de llorar ni de cuestionar. Sabía que mis padres hacían lo mejor para nosotras.
Pasaron diez días desde que empezó la cuarentena. A la mañana siguiente partiríamos hacia la casa de mis tíos.
Nos reunimos para una última cena en familia. Sabíamos que podía pasar mucho tiempo antes de estar juntos de nuevo.
—Estamos muy orgullosos de ustedes —dijo mi padre con lágrimas en los ojos—. Se han convertido en mujeres fuertes e independientes.
—Nunca olviden que las amamos y que siempre haremos lo mejor para ustedes, sin importar el costo —añadió mi madre, tomándonos de las manos.
Más tarde esa noche, mientras mis hermanas y mi madre dormían, mi padre y yo quedamos despiertos. Nos miramos en silencio. Sabíamos que esto era un punto sin retorno.
Cerca de las 3 de la mañana, mi madre me despertó de golpe. Toda mi familia estaba despierta, algo inusual ya que debíamos partir a las 7.
—Thais, tenemos que irnos ahora mismo. Están buscando a los hijos de los que mintieron sobre su ubicación —me explicó mi madre, visiblemente alterada.
Sin hacer preguntas, obedecí. Rápidamente tomamos nuestras cosas y las subimos a la camioneta. Mis padres nos dieron un beso de despedida.
—Nosotros volveremos a la cama y fingiremos que nada ocurrió. No podemos llevarlas esta vez —dijo mi padre con voz quebrada.
Sabía que era hora de marcharnos. Mis hermanas lloraban en silencio, entendiendo que algo estaba mal. Mientras avanzábamos por la carretera, pasaron a nuestro lado camionetas con un logo singular: UVR. Sabía que buscaban reclutas para el laboratorio.
A las 8:23 de la mañana llegamos a la casa de los Almorales.
Al entrar en la casa, sentimos un vacío inexplicable y una tristeza enorme. Nuestros padres ya no estaban y, probablemente, no los veríamos dentro de mucho tiempo. Pero no había momento para lloriquear; debíamos prepararnos, porque este era solo el comienzo de lo que estaba por venir.








