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Stay Alive

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Sinopsis

En un mundo que, poco a poco se vuelve más hostil, Kai Kurous, un adolescente marcado por el rechazo, el abuso familiar y el aislamiento, encuentra algo que jamás pensó posible; libertad. Cuando un brote, generado por la ambición de los humanos al intentar crear una forma de alargar la vida humana, comienza a transformar a las personas en criaturas violentas, la ciudad se convierte en un infierno donde sobrevivir no depende solo de escapar, sino de decidir en quién confiar. A su alrededor, otros también luchan por no quebrarse: un amigo que carga con culpas que ya no puede ignorar, un chico frágil que aún intenta aferrarse a la bondad, y una estudiante de medicina que entiende que sobrevivir también significa tomar decisiones que pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Entre el caos, aparecerá alguien capaz de enfrentarse a ese mundo de frente... una chica criada bajo disciplina estricta, fuerte, directa y peligrosa, que no teme golpear primero si eso significa seguir con vida. Pero incluso ella tiene grietas que no puede ocultar. Mientras tanto, en medio de la desesperación, un encuentro inesperado obligará a uno de ellos a proteger algo más que su propia vida, incluso si eso significa arriesgarlo todo. Pero no todos los peligros vienen de los infectados. Algunos llevan una sonrisa amigable, otros recuerdos. Algunos llevan una sonrisa. Y a pesar de eso, se vuelven un peligro. Porque cuando la muerte está cerca, es cuando las personas revelan quiénes son

Genero:
Scifi,Action
Autor/a:
Maru
Estado:
hace un mes
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: casa


La puerta se abrió con un leve rechinido. No fue un sonido fuerte, pero en esa casa… nunca hacía falta que lo fuera.


Kai Kurous entró sin apurarse. Su mochila colgaba de un solo hombro, mal acomodada, como si su peso y su presencia apenas le importaran.

Cerró la puerta detrás de él; un suave Click que apenas se escuchó quedó suspendido en el aire unos segundos.


—¿Ya llegaste? —se escuchó desde la sala. Era su madre.


Kai no respondió de inmediato. Se quedó quieto, mirando fijamente al suelo, como si sopesara si valía la pena pronunciar una sola palabra o simplemente seguir de largo en silencio.


—Te estoy hablando —añadió ella, ahora con un tono más seco y cortante.


Desde el fondo del sillón, otra voz se unió a la conversación:


—Déjalo. Ese inútil nunca contesta —dijo el padrastro, sin molestarse en disimular el desprecio que le brotaba de cada sílaba.


Kai levantó la mirada apenas un poco. Ahí estaban: su madre, sentada con los brazos cruzados en una postura rígida y fría; y el padrastro, recostado como si todo el lugar le perteneciera, solo porque así lo sentía él. Ambos lo observaban, pero nunca con la mirada cálida que se le da a un hijo.


—Llegas tarde —dijo su madre. No había preocupación en sus palabras; nunca la había.

El silencio de Kai fue su única respuesta.


Podía sentir sus miradas clavadas en él, esperando una excusa, una explicación, cualquier cosa. Pero no tenía nada que ofrecerles.


—¿Y bien? —insistió ella con impaciencia—. ¿Te comió la lengua el gato?


Pasaron unos segundos eternos hasta que Kai movió apenas los labios:

—…No.


Su voz fue baja, apagada, cargada de desgano. El padrastro soltó una risita burlona y hueca.


—Qué respuesta tan útil.


Se instaló un silencio incómodo, de esos que pesan en los hombros y hacen que cualquier movimiento parezca fuera de lugar.


Kai desvió la vista hacia el pasillo.


—Voy a mi cuarto —dijo sin darles tiempo a replicar, y siguió caminando sin detenerse.


—Ni siquiera tiene educación para saludar —murmuró su madre entre dientes.


—¿Y qué esperabas? —replicó el padrastro—. Nunca debiste…


Se interrumpió a medias, pero no hacía falta terminar la frase. Kai ya conocía cada una de sus palabras de memoria, como una vieja herida que nunca llegaba a cerrar.


Subió las escaleras paso a paso, lento y pesado, como si cada peldaño llevara encima el peso de todos los días anteriores.

Las voces que venían de abajo no desaparecían; flotaban detrás de él, constantes y agobiantes:


“Es que no hace nada bien…”

“Siempre lleva esa expresión amargada…”

“Ni siquiera parece parte de esta casa…”


Kai apretó levemente la mandíbula para contener cualquier impulso, y siguió avanzando hasta llegar al final.


Entró en su habitación y cerró la puerta tras de sí.


Ahí todo cambiaba: el aire se sentía más suave, más íntimo y, sobre todo, más seguro.


El cuarto estaba desordenado, pero en ese desorden había una calma que en el resto de la vivienda no existía: sin miradas críticas, sin comentarios cortantes, sin juicios que perforaran el pecho.


Kai dejó caer la mochila contra el suelo con soltura, sin rabia, solo con la indiferencia de quien ya no tiene fuerzas para cuidar nada. Se dejó caer sobre la cama y clavó la vista en el techo.


Su pierna comenzó a moverse sola, con un ritmo rápido y constante: un tic que lo acompañaba siempre en los momentos en que intentaba ordenar sus pensamientos.


Por fuera parecía vacío, pero en su mente todo giraba: las miradas, los reproches, las horas interminables que se repetían iguales cada día. Las voces de abajo llegaban más amortiguadas, pero seguían ahí, como un zumbido que nunca se apagaba.


Llevó lentamente una mano hasta su boca y presionó suavemente la piel entre los dientes: sin hacerse daño, solo con esa presión leve y familiar que le ayudaba a calmar la tensión acumulada.


Giró la cabeza hacia la pared y fijó la vista en un punto cualquiera, perdido en su propio refugio.


—Qué fastidio… —murmuró con un hilo de voz, casi como si no quisiera que ni él mismo lo escuchara.


Cerró los ojos un instante y respiró hondo. Por primera vez en todo el día, nadie lo observaba, nadie le exigía nada, nadie medía cada uno de sus actos.

Por unos minutos, solo existía el silencio tranquilo de su propio espacio.


—…Quisiera... que esto se acabara.. —susurró casi en un suspiro.


Lo dijo con una voz cansada, sin saber si realmente lo quería, sin saber si estaba molestos, o si simplemente estaba cansado de sí mismo.


Pero... esa monotonía, esa sensación de estar atrapado en un bucle sin salida… estaba a punto de romperse para siempre, como si el destino mismo tomara esas palabras y las plasmara en la realidad, y, honestamente, eso se volvió irónico.

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