Loving You || Gojo Satoru por Justtmeandme en Inkitt
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Loving You || Gojo Satoru

Sinopsis

Gojo Satoru sabía que Ahane Dai era una mujer prohibida, pero aún así se había enamorado y jamás fue correspondido. Ahora, dos años después de la última vez que la vio, el destino los reúne bajo el mismo techo obligándolos a trabajar juntos, pero Satoru no estaba listo para volver a enfrentar a la mujer que lo había dejado en ruinas. . . . . . . . . . El mundo de Jujutsu Kaisen y sus personajes (a excepción de oc) pertenecen a Gege Akutami. Créditos a Hanaro00 por la imagen utilizada en la portada. ⚠️Puede contener spoilers del Manga. ⚠️ La historia tiene contenido sensible como: descripción gráfica de violencia, maltrato infantil, abuso psicológico, conductas autodestructivas, depresión, suicidio y contenido sexual explícito, lean bajo su propia responsabilidad.

Genero:
Drama
Autor/a:
Justtmeandme
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

You are my pain, divine, divine

Come back to me by RM-

El característico dolor de su pecho se hizo presente, sordo y punzante, como si en su pecho hubiera una enorme herida que no podía sanar. El peso asfixiante en su pecho se intensificado mientras sus pensamientos viajaban a esos viejos momentos con una claridad tan intensa que llegaba a ser cruel, los oscuros ojos que tanto amaba y como se achicaban cada vez que reía alegre, la rojez de sus mejillas cuando se permitía ser débil frente a él mientras lloraba en sus brazos en busca de consuelo, el exquisito aroma de su perfume cítrico con toques dulces que inundaba cada habitación en la que ella entraba y esa maldita invitación que había acabado con cada una de sus ilusiones.

Ella había decidido casarse con el amor de su vida, y ese no era el.

No había día que no le pesara su ausencia y el enorme vacío que esta había dejado en su corazón. Hacía dos años que no veía su rostro fuera de sus recuerdos, dos años en los que no había escuchado su melodiosa y cálida voz, la extrañaba más de lo que le gustaba admitir.

Él, el hechicero más fuerte de la era moderna estaba totalmente indefenso ante los recuerdos de una mujer.

El leve movimiento de la persona que dormía a su lado lo trajo a la realidad. Akemi era el ligue más largo que había tenido en esos dos eternos años. Era una mujer realmente hermosa, el tipo de belleza que robaba miradas al pasar y que daban ganas de elogiar, y no solo eso, tenía un buen sentido del humor, era inteligente, y siempre tenía un tema interesante de conversación. Según él, ella era la compañía perfecta, una persona agradable con la que podía adormecer su mente y matar su tiempo, por eso había estado saliendo con ella los últimos tres meses. Pero eran en esos momentos de tranquilidad y silencio en los que se encontraba de frente con sus pensamientos, ni Akemi ni ninguna otra mujer en este mundo era ni sería ella.

Dirigió su vista hacia su acompañante que seguía sumida en su tranquilo sueño, ajena su maraña de pensamientos y supo que ya era suficiente. No seguiría perdiendo su tiempo y tampoco dejaría que ella siguiera perdiendo el suyo.

Se agradeció internamente el haberse duchado antes de acostarse, porque en ese momento tenía un solo pensamiento claro: debía salir de ese lugar lo antes posible.

Sabía que no tenía sentido, que no le debía fidelidad alguna a un fantasma de su pasado, pero el estar compartiendo caricias y una cama con otra mujer que no fuera su amada se sentía tremendamente incorrecto, provocándole ese ardor insoportable en la piel una vez que el placer abandonaba por completo su cuerpo. Aún así, llevaba dos años completos pasando de mujer en mujer, un desfile eterno de rostros olvidables en su patético intento de borrar la huella que ella había dejado en él, cada cuerpo, cada beso, cada caricia que utilizaba como un analgesia inútil que perdía su efecto cada vez que solo quedaban él y sus recuerdos.

Se levantó bruscamente de la cama, sin importarle si su acompañante se despertaba. Su lado egoísta pensó que eso era lo mejor: no tendría que esperar hasta el día siguiente para informarle que todo entre ellos había terminado. Se vistió con movimientos ágiles y veloces mientras Akemi algo aturdida y adormecida le hacía preguntas que no pensaba responder. Cuanto ya estuvo listo para irse le dedicó una última mirada a aquella mujer que permanecía confundida en la comodidad de su cama. En su rostro no había ni una pizca de calidez y con una voz fría le dijo:

—No me llames, no contestaré.

Vio como los ojos de Akemi pasaban de la confusión al dolor en menos de un segundo y por un momento se sintió culpable, provocándole una pequeña punzada de remordimiento en su pecho, pero aplastó ese sentimiento de inmediato, ya tenía suficiente con su propio sufrimiento como para cargar con el de alguien más.

Salió de aquel apartamento a paso rápido, casi como si estuviera huyendo mientras la voz de esa mujer le rogaba que no se fuera, que por favor hablaran, que no la dejara así. No miró atrás, ignorando cada una de las súplicas de Akemi. Mientras esperaba el ascensor sacó su celular y con tres toques a su pantalla bloqueó y eliminó su número. Sabía que probablemente había roto su corazón en mil pedazos, pero la verdad es que hacía mucho tiempo que había dejado de importarle.

Bajó a la calle donde la fresca brisa nocturna de Tokio lo recibió como una bofetada necesaria. Consiguió un taxi casi de inmediato y en la tranquilidad de ese vehículo por fin se permitió relajarse.

Apoyó su cabeza en el respaldo del asiento y miró fijamente hacia el techo. Sabía que debía odiarla, por haber jugado con su corazón de esa manera, por haberle dado falsas esperanzas con esos pequeños gestos que él atesoraba, por haberlo besado con esa intensidad y devoción aquella tarde en su oficina, por haber llamado a su puerta aquella noche para terminar desapareciendo de su vida, dejándolo con todo su amor en las manos. Pero no podía, por más que se obligara a resentirla, a odiarla, era incapaz de hacerlo, todo el amor que sentía por ella permanecía intacto, incorruptible. Prefería consolarse pensando que ella nunca tuvo malas intenciones, que quizás en algún momento sintió lo mismo que él, que esa dulce mirada que le dedicaba significaba que compartían los mismos sentimientos. Ese engaño era su miserable consuelo.

La suave música de la radio del taxi y el suave balanceo del vehículo lo acompañaban en lo que él sentía era el viaje más largo de su vida. Desvió la mirada de la ventana y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó su billetera y de esta extrajo su objeto más preciado: una foto que se habían tomado en una cabina del centro de Tokio dos meses antes de que se marchara para siempre. Agradecía a su yo del pasado por la idea de sacarse esa foto.

La observó bajo aquella luz intermitente de los postes de la calle que se colgaban por la ventana. Ahí estaba ella, congelada en aquel momento de felicidad pura. Su cabello castaño oscuro caía sobre sus hombros, su sonrisa perfecta que le derretía hasta el alma y sus ojos oscuros con esa chispa de alegría que Satoru daría todo por proteger. También se observó a él mismo, lo feliz que era cuando ella aún estaba en su vida. Comenzó a sentir una fuerte presión en el pecho, como la extrañaba.

Sintió como se formaba un nudo tremendo y sofocante en su garganta mientras las lágrimas se acumulaban tras sus párpados, quemándole los ojos, pero se obligó a parpadear con fuerza, no iba a llorar en público. Casi desesperado abrió la ventana del taxi, permitiendo que el frío viento rozara su rostro y lo distrajera momentáneamente del dolor que estaba sintiendo.

Tocó la puerta con insistencia. Sabía que su amiga estaba despierta, había tenido turnos nocturnos hace unos días y estaba seguro que su horario de sueño era un desastre en ese momento. Shoko abrió la puerta de su apartamento, dejando ver su rostro cansado, lo miró fastidiada, tenía una copa de vino en su mano derecha y su largo cabello estaba tomado en una coleta desordenada.

—¿Qué quieres? —el fastidio también era palpable en su voz.

Gojo se quitó sus lentes oscuros e hizo el intento de hablar, pero el nudo en la garganta que venía aguantando durante el viaje se lo impidió mientras sus ojos se llenaban de lágrimas que no pudo contener más.

—Es la niña Ahane ¿Verdad? —dijo con un tono de cansancio que iba más allá de lo físico.

Él asintió con la cabeza gacha, un gesto totalmente ajeno al hechicero más fuerte del mundo. Ella se hizo a un lado para dejarlo entrar. El peliblanco se quitó los zapatos con torpeza y se sentó en el sofá más cercano hundiéndose mientras dejaba salir todas aquellas lágrimas que había estado aguantando.

Shoko soltó un suspiro y cerró la puerta. Dejó su copa de vino en la mesa de centro y fue hacia la cocina. Sacó una caja de daifukus que había comprado para ese día, conocía lo suficientemente bien a su amigo para saber que llamaría a su puerta esa noche. Después de todo, era el primer aniversario de matrimonio de la menor de los Ahane. Pasó los dulces a un plato y los dejó en la mesa frente a él.

Tomó su copa y se sentó en el sofá de enfrente. Permaneció en silencio, ofreciendo su compañía como apoyo mientras Gojo seguía llorando, con el sonido de la televisión de fondo. Estuvieron así por unos minutos, hasta que la presión en el pecho de Satoru disminuyó un poco. Se quedó inmóvil regulando su respiración aún temblorosa, limpió sus lágrimas con el dorso de sus manos, luciendo extrañamente pequeño en ese sillón.

Luego, con la mirada perdida y casi como si estuviera el piloto automático, tomó uno de los dulces que su amiga le había dejado.

—Esa niña te dejó mal —dijo Ieiri directamente, observándolo por sobre de su copa antes de beber.

—Lo sé... -respondió con un hilo de voz, una confección apagada que a Shoko le dolió escuchar—. Maldita sea... Ieiri, lo sé.

Shoko tenso su mandíbula, sintiendo como el enojo y la frustración le hervía la sangre. Estaba harta de ver a Gojo Satoru reducido a nada por alguien que lo había echado de su vida.

—¿En qué mierda estabas pensando cuando te fijaste en ella, Satoru?

Satoru suspiró, cerrando los ojos con un cansancio que lo consumía por completo.

—No lo sé Ieiri, solo pasó ¿si? —se pasó su mano izquierda por el cabello un poco desesperado, desordenándolo en el proceso—, es cansador que siempre preguntes lo mismo. No lo planeé y mucho menos lo esperé, solo pasó, punto.

Ieiri río un poco para sí misma.

—¿Quién lo diría?, el gran e invencible hechicero Gojo Satoru sufriendo por nada más y nada menos que la gran Ahane Dai... aunque, ahora que lo pienso, es la gran Fujiwara Dai.

Oír su nuevo nombre fue un golpe directo a su corazón. Devolvió bruscamente al plato el daifuku que había tomado y se recostó en el sofá de golpe, apretando los puños de rabia.

—Ni siquiera sé por qué vine contigo. —dijo con la voz rota de enojo, cubriendo sus ojos con el brazo para que ella no viera la humillación en su rostro.

—¡¿ Y qué esperas que te diga, Satoru?! —perdiendo por completo la paciencia y golpeando la mesa de centro al dejar su copa—. A ver, dime ¿Qué quieres escuchar? ¿Qué todo va a estar bien?, ¿Qué mañana mismo va a dejar a su marido para correr a tus brazos? —su voz se elevó, cargada de un enojo impotente. Satoru se quitó el brazo del rostro y la miró sorprendido por su reacción—. ¡Por dios, llevas llorando por ella desde hace más de un año! ¡Satoru, por favor, reacciona de una maldita vez! —se tomó una pequeña pausa para respirar—. Querías tener noticias de ella para poder “cerrar como corresponde” ¿y qué pasó?, te llegó la invitación a su matrimonio Satoru, ¡su matrimonio! Sabías desde un principio que ella se casaría con Fujiwara. Ella está haciendo su vida, planeando su futuro, una familia y un hogar junto a su marido. Mientras que tú... tú sigues atrapado en este bucle de sufrimiento sin fin, destrozándote una y otra vez, llorándole cómo si no hubiera un mañana, ¡Entiende que esa mujer no se merece tus lágrimas, no merece nada de ti!

Shoko soltó un suspiro tembloroso, tratando de calmar el temblor de sus propias manos. Se levantó del sofá y caminó unos pocos pasos hasta sentarse junto a su amigo, suavizando su voz pero manteniendo firmeza.

—Sé que estoy siendo demasiado dura y cruel contigo, pero necesitas aterrizar de una vez por todas. Me parte el corazón verte así. Se supone que eres el grandioso Gojo Satoru, ¿por qué te destruyes de esta manera?

Satoru suspiró y desordenó nuevamente su cabello con frustración.

—Lo aprecio... De verdad lo aprecio, y te juro que estoy haciendo todo lo posible para arrancarla de mi corazón, pero... ah —su voz se quebró un poco y Ieiri comenzó a sobar su espalda con suavidad—. No puedo, de verdad que no puedo. Todo me recuerda a ella —se inclinó hacia adelante apoyando sus brazos en sus piernas—. Cada cosa que hago, a cada lugar que voy Dai siempre se me viene a la mente y es tan frustrante... porque lo recuerdo, lo recuerdo todo. Su restaurante favorito, como se le iluminaba el rostro cuando pasábamos fuera su librería favorita, la calle que le gustaba frecuentar... hasta que en otoño pisaba cada una de las hojas del suelo esperando a que crujieran. De verdad que es una tortura para mi Ieiri... te juro, de verdad te juro que sentí que por un momento ella sentía lo mismo que yo. La forma que me miraba, ah... tu no miras de esa forma a alguien que no amas.

Muy en el fondo esa era la herida que aún sangraba: saber que era un ridículo. Como un adolescente, se había enamorado perdidamente sin ser nada, sabiendo que no tenía posibilidad alguna con ella. Sabía desde antes de conocerla que iba a casarse con Fujiwara, tenía la palabra prohibida pegada en la frente, había sido espectador número uno de la historia de amor de aquella parejita adorable. Y aún así, como un masoquista había caído por ella, viendo como todo su amor y afecto iban hacia el hombre que amaba.

Ieiri se quedó en silencio, pero continuó con los suaves masajes en su espalda consolándolo, sintiendo rabia con ella misma por no poder hacer nada más para ayudar a su amigo.

—¿Qué pasa si la vuelves a ver? —preguntó Shoko después de unos minutos con un tono un poco más sombrío.

—No lo sé —respondió sincero—, no creo que vuelva a verla de todos modos.

Era honesto, la residencia del clan Ahane se encontraba en Kioto, lugar al que él no se acercaba. Tampoco asistía a las reuniones que se celebraban de vez en cuando entre los grandes clanes y no habían sido asignados en las mismas misiones desde hacía dos años, las posibilidades de encontrarse eran casi nulas.

—No lo sé y no quiero pensar en eso —limpió sus lágrimas y clavó sus ojos azules sobre su amiga—, creo que tengo un problema más grande en este momento.

Shoko celebró en su interior por el cambio de tema, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo. La verdad era que, por más que quisiera a Satoru, ya no soportaba escucharlo dar vueltas una y otra vez en el laberinto sin salida que era su corazón roto. Necesitaba que volviera a ser el mismo Satoru de siempre, con sus estupideces incluidas.

Vio como Satoru se levantó y fue hacia su cocina, para volver con un vaso lleno de jugo.

—¿Puedes creer que los altos mandos solicitaron un supervisor? —dijo totalmente indignado mientras se sentaba en el sofá en el que había estado hace unos minutos—. Como los detesto.

—Vaya, eso sí es nuevo —se levantó de su asiento para llenar su copa—. ¿Y eso por qué?

—Fue la condición para aplazar la ejecución del recipiente de Sukuna —tomó un sorbo de su jugo—. Solo quieren tener a un soplón vigilándome, malditos viejos. Le haré la vida imposible hasta que renuncie.

Shoko río y negó con su cabeza sabía que él era capaz de hacerlo, compadecía a su futuro compañero —. Solo espero que no lo hagas llorar ¿ Ya sabes quién es?

Gojo negó con su cabeza y se recostó en el sofá abriendo sus largas piernas—. Lo están manejando ellos, dijeron que cuando lo tuvieran decidido se comunicarán con Yaga para iniciar todo ese trámite de solicitud y toda esa burocracia que hay detrás.

—¿Y él ya lo sabrá?

—¿Y tú crees que va a decírmelo? —ella asintió dándole la razón.

—Es lo que te ganas por no respetar al director —comentó divertida—. Tuvo la oportunidad perfecta para fastidiarte y la tomó. No lo culpo, si tuviera la oportunidad haría lo mismo —rio divertida mientras Gojo blanqueaba sus ojos.

—Si, si, muy graciosos —susurró—. Ya es tarde, me voy a quedar aquí.

Ieiri lo miró mal.

—No, por algo tienes una casa, vete.

—Es que está muy lejooooooos —se quejó levantándose del sofá—, tómalo como una pijamada y da las gracias por esta maravillosa oportunidad.

—¿Quién en su sano juicio quiere tener una pijamada contigo? —se levantó y fue hacia su habitación.

—¿Toda la población femenina de Tokio? —preguntó obvio dejando el vaso vacío en la mesa de centro—. Deberías apreciar más el privilegio de tenerme a tu lado.

Shoko volvió con un cambio de ropa y se lo lanzó con fuerza en el rostro.

—Martirio querrás decir —añadió divertida—. Ahí tienes tu pijama. Si me interrumpes mientras veo mi serie te echo a patadas.

Satoru ya más liviano río alegre y se acercó a ella para abrazarla mientras su amiga se quejaba, apoyando su mentón en la cabeza de Shoko.

—Gracias Ieiri, por eso eres mi amiga.

—Lamento ser yo quien te diga esto pero... soy la única que te soporta, y a penas.

Él se quejó mientras se separaba de ella, le alegraba ver como le quedaban ánimos para bromear con él después de haber tratado con su corazón roto.

—El día que no esté a tu lado vas a desear que esté aquí molestándote.

Con la ropa en mano emprendió camino hacia la habitación de su amiga para poder cambiarse la ropa.

—Una desgracia que seas el más fuerte y me toque soportarte por muchos años más.

Ambos rieron.

Al día siguiente se encontraba el Harajuku con sus estudiantes. Veía entretenido como los tres adolescentes se presentaban y chocaban entre sí con sus personalidades tan distintas, ya se imaginaba lo caótico que sería el ambiente entre ellos, solo esperaba que Megumi pudiera habituarse bien a sus compañeros.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Itadori mirando a su alrededor con ese entusiasmo propio de él.

—Tenemos que esperar a tu supervisor —respondió Satoru acomodando la venda oscura sobre sus ojos—. Él director ya le avisó que nos encontraría aquí.

—Vaya, ¿usted sabe quién será? —preguntó animado.

Él solo suspiró desganado metiendo las manos en su bolsillo

—Ni idea.

Continuaron esperando entre el bullicio de la gente. Satoru trataba de ignorarlo, pero el desbordamiento de sus sentimientos la noche anterior lo había dejado agotado y que el supervisor se estuviera demorando tanto en llegar ya lo estaba fastidiando.

De un momento a otro, su mundo parecía congelarse.

El aire dejó sus pulmones de golpe, como si hubiera recibido un golpe directo en su estómago y su corazón dio un vuelco antes de detenerse por completo. No... no podía ser posible.

Sus seis ojos, habilidosa que solía alardear le estaban jugando una mala pasada. Percibían aquella energía maldita que conocía bien, esa que había quedado grabada en su mente y que por tanto tiempo había deseado volver a sentir.

Con los dedos temblando levemente levantó un poco la venda y giró su cabeza hacia la fuente de esa energía. Debía comprobarlo, debía verlo con sus propios ojos.

Megumi, que siempre estaba atento a su alrededor, notó la extraña actitud de su profesor, se puso en alerta y siguió la vista de Satoru que se encontraba fija en una multitud de personas.

Gojo sintió que su presión se iba hacía por los suelos y que el suelo flaqueaba bajo sus pies.

Ahí estaba ella.

Caminaba hacia ellos, abriéndose paso entre los transeúntes. Llevaba lo que parecía ser su nuevo uniforme, un vestido negro de cuello alto y mangas largas que le aventaban de forma impecable, cortado unos centímetros sobre la mitad de sus muslos, medias oscuras y botas del mismo color que quedaban unos centímetros bajo las rodillas. Su cabello oscuro permanecía tomado en una coleta baja, dejando unos mechones libres que rozaban sus mejillas. Se veía imponente y dolorosamente más hermosa de lo que recordaba, mucho más de lo que cualquier fotografía gastada en su billetera podría registrar jamás.

Para su suerte, ella aún no los había visto. Aprovechó esa instancia para cubrir sus ojos nuevamente y hacer como si nada hubiera pasado, después de todo, que se encontraran en aquel momento no era más que una vil coincidencia de la vida.

Pero entonces, aquel golpe de gracia llegó directo a todo su ser cuando después de dos años, dos malditos años volvió a escuchar esa melodiosa voz que amaba con locura

—Hola, ustedes deben ser de la escuela.

Hubo un pequeño silencio antes que los adolescentes saludaron con respeto, él sentía que estaba a punto de vomitar.

—Soy Ahane Dai y seré la supervisora del recipiente de Sukuna, espero que podamos llevarnos bien durante este tiempo.

Satoru sintió como desvió su mirada de los adolescentes para clavarla en el, quiso gritar, llorar y que la tierra se lo tragara en ese mismo momento, no estaba preparado para reencontrarse con la mujer que había destrozado su corazón. Su corazón latía como loco y sentía como en cualquier momento podía salir de su pecho, se dio ánimos mentalmente mientras se esforzaba en parecer relajado en ese momento, con toda la confianza del mundo dirigió su mirada hacia ella y pudo ver como una pequeña sonrisa aparecía en su rostro y quiso morir.

—Es un placer volver a verlo, Gojo-sensei.


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