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Santuario

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Sinopsis

En la alta sociedad, las apariencias lo son todo y los secretos familiares se guardan bajo llave. Para Vania Edwards, un bar subterráneo es el único refugio donde puede dejar caer la armadura de ejecutiva implacable que construyó tras ser repudiada por su propia sangre. Para Serena, atrapada en un matrimonio frío y lleno de expectativas ajenas, ese mismo rincón nocturno se convierte en el escenario donde toda la farsa de su vida empieza a desmoronarse. Un encuentro inesperado en la penumbra saca a la luz verdades incómodas sobre la familia con la que Serena se casó. Decidida a no seguir viviendo entre mentiras, busca la verdad en el único lugar al que le prohibieron mirar, desencadenando una convivencia cautelosa bajo el mismo techo. En un mundo de fachadas perfectas y lealtades podridas, ambas descubrirán que escapar del pasado exige valentía, y que el verdadero santuario no es un refugio en las sombras... sino aprender a mirar de frente lo que intentaron ocultar.

Genero:
Drama/Lgbtq
Autor/a:
MonicaFD
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

I

Este bar se ha convertido en el refugio de la mayoría de nosotros, los que no queremos que los secretos de nuestra intimidad se conozcan afuera. Somos los que necesitamos que todo aquello por lo que hemos trabajado duro durante años no se derrumbe en un solo instante por un gusto que es solo nuestro. Aunque en teoría no debería darnos vergüenza lo que somos ni a quién elegimos amar, la sociedad se ha encargado de verlo como algo prohibido, algo mal visto o defectuoso. Y en nuestras pequeñas y cerradas sociedades, guste o no, dependemos absolutamente de la imagen, de la apariencia y del prestigio de nuestros apellidos para sobrevivir en el mundo real.

Estar aquí es aceptar una verdad amarga: que este es el único sitio donde puedo ser yo misma. Pero también implica aceptar que no podré serlo jamás fuera de estas paredes. Es un pacto de silencio.

Este refugio tiene varios tipos de visitantes. Que quede claro: nunca hay nada ilegal aquí adentro, eso está completamente fuera de discusión porque todos tenemos demasiado que perder como para arriesgarnos a un escándalo de policía. Pero sí hay variedad. Hay quienes vienen únicamente a ver la intimidad de los demás, amparados por las luces bajas y el anonimato; están los que disfrutan siendo observados mientras cruzan sus propios límites; los que buscan un trato rudo y los que disfrutan ejerciendo esa misma rudeza en rincones discretos. Y luego estamos nosotros: los que simplemente escondemos nuestras preferencias sexuales. Gay, lesbianas, bisexuales. También están los que necesitan vestir exactamente como se sienten cómodos durante un par de horas, quitándose los trajes a medida y las corbatas para ser quienes realmente son, aunque al salir por esa puerta tengan que volver a ser todo lo opuesto.

En mi caso, la ecuación es sencilla: soy una mujer que prefiere la compañía de otras mujeres. Fue algo sobre lo que intenté ser honesta con mis padres cuando apenas tenía once años. Esa ingenuidad infantil me valió que me empacaran las maletas y me enviaran lo más lejos posible, internada en colegios de monjas con la ilusión de que la disciplina estricta y la religión me cambiaran los gustos. Pero la verdad es que, si lo piensas con un poco de lógica, lo único que encuentras en un internado femenino son más chicas con exactamente los mismos gustos. Así que, queridos padres, les tengo noticias: el experimento no funcionó en absoluto.

A estas alturas de mi vida, me he convertido en una habitual de este bar. Todos me conocen y yo los conozco a todos. Casi que nos movemos en los mismos círculos de negocios de la ciudad; de hecho, la mayoría de los que estamos aquí terminamos cerrando un trato de una u otra forma antes de que termine la noche. A veces son encuentros casuales de una sola noche y a veces son acuerdos millonarios entre copas de whisky. Se podría decir que este sitio, con todo su misterio y su oscuridad, también sirve como una herramienta bastante eficiente de networking.

La única diferencia sustancial que tengo con el resto de los clientes es el motivo por el cual nos escondemos. Mientras ellos se ocultan desesperadamente de sus rivales comerciales o de la prensa para no arruinar sus carreras, yo me escondo de mi propia familia. Necesito que la reputación impecable de ellos siga sirviendo de respaldo para mi negocio. Aunque es una empresa que levanté por mi propia cuenta, con mi sudor y mis propias madrugadas, no soy ciega: sé de sobra que el apellido familiar abre puertas que de otro modo permanecerían cerradas con llave.

No hablo con mis padres desde hace tiempo. Evito sus llamadas porque sé de antemano cómo va a desarrollarse la conversación. El reclamo será constante, la frialdad estará presente en cada frase y la pregunta inevitable sobre cuándo voy a encontrar a «un buen hombre» para casarme y sentar cabeza siempre estará sobre la mesa. Sinceramente, me aburre esa preguntadera. Me agota la hipocresía de una familia que prefiere una mentira bien vestida antes que la verdad.

Sé de sobra que para ellos no soy bienvenida en su círculo íntimo. Ni siquiera tuvieron la valentía de decírmelo a la cara; me enteré el día que mi hermano mayor se casó. No fui invitada a la boda. Me enteré por comentarios de amigos de amigos, personas del mismo círculo social que empezaron a buscarme en la recepción y luego terminaron llamándome a preguntarme, con una curiosidad mal disimulada, por qué no estaba allí acompañando a la familia en un momento tan importante. Así que, en resumen, cualquier intento de relación con ellos está completamente jodida. Y a estas alturas, prefiero que se mantenga así.

Por todo esto es que estoy aquí esta noche. Esta vez no vine a buscar a nadie ni a cerrar ningún trato. Solo vine a tomarme un par de tragos después de un día pesado. Es algo que fácilmente pude haber hecho en el bar de cualquier hotel o en la barra de un restaurante elegante, pero aquí me siento cómoda. Incluso rodeada de todos estos pervertidos y de la gente que viene a desahogar sus fantasías, me siento a salvo. Es mi espacio, mi territorio neutral.

Hoy el lugar está particularmente lleno. La penumbra habitual está salpicada por los rostros de siempre; los conocidos de la barra, los empresarios que saludan con un leve gesto de la cabeza y las mujeres que ya sé qué tipo de bebida piden. Sin embargo, hay un pequeño grupo que rompe la monotonía del ambiente y que no reconozco para nada. Son rostros completamente nuevos, gente que no había visto jamás cruzando esa puerta pesada de la entrada.

Y, para ser honesta, no me gusta la gente nueva en este lugar. La novedad aquí no es emocionante; es peligrosa.

Me quedo observándolos desde mi esquina en la barra. Es un grupo compuesto por tres chicos y una chica. Se mueven con una soltura que me resulta incómoda, como si no entendieran la fragilidad del sitio donde están parados. Al verlos interactuar, siento de inmediato que mi espacio sagrado ha sido vulnerado. Mi radar de supervivencia se activa al instante y la tensión se me instala en la nuca. Un solo cabo suelto en este bar, una sola persona con un teléfono o con ganas de hablar de más afuera, y las vidas de la mitad de los presentes se van directo al carajo.

Manteniendo la calma exterior, hago un ademán discreto con la mano para llamar al barman. Él nota la rigidez en mi postura antes de llegar a mi lado. Se acerca a la barra, limpia la madera con un paño seco para disimular la conversación y se inclina ligeramente hacia mí.

—¿Puedes confirmarme quiénes son esas personas? —le pregunto con voz baja, sin desviar la vista del grupo—. Quiero estar completamente segura de que no estamos en peligro de quedar expuestos.

—Claro que sí, señorita Edwards —responde él con profesionalismo, bajando también el tono de voz para mantener la discreción del lugar.

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