Prólogo
Lincoln se incorporó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas. Su respiración era errática y pesada, como si hubiera estado corriendo un maratón en sueños. Se pasó una mano por la frente empapada en sudor y soltó un largo suspiro; ya iban varios días en los que el descanso simplemente se negaba a llegar.
Arrastrando los pies, llegó al baño y dejó que el agua fría le golpeara el rostro. Al levantarse y verse en el espejo, notó que no estaba solo... o al menos, no del todo. Se giró hacia nosotros con una media sonrisa, intentando ocultar el cansancio.
—Hola, chicos. Sí, otra vez la misma pesadilla —susurró, señalando sus ojeras—. Oh, veo que hay algunos nuevos por aquí. ¿Quieren saber de qué trata? Bueno, eso tendrá que ser en otro momento. Solo diré que me afectó bastante... y todo por culpa de un yoyo. Je, je... creo que esa pista es más que suficiente por ahora.
Se secó la cara y emprendió el regreso a su cuarto, pero a mitad de la escalera, la sed le ganó. Bajó a la cocina en silencio por un vaso de agua y se quedó allí sentado, con la mirada perdida en las sombras del techo. El silencio se rompió cuando unos golpes suaves en la mesa lo hicieron saltar. Era su madre, Rita.
—Perdón por despertarte otra vez, mamá —murmuró Lincoln mientras ella se sentaba a su lado y le acariciaba el cabello con ternura.
—¿Otra vez la pesadilla? —preguntó ella. Lincoln asintió con la mirada baja—. ¿Has hablado con tus hermanas como te sugerí?
—No lo sé, mamá... no me parece correcto —suspiró él—. Se sintió tan real. Cómo nos dividíamos, cómo nos separábamos... y todo por mi culpa. Sé que no debería darle importancia, pero mi mente no me deja en paz.
Rita rodeó a su hijo con un abrazo protector.
—Cariño, eso solo significa que amas mucho a tu familia. Pero no cargues con un peso que no te corresponde. Sé que te gusta tener planes para todo y encargarte de las cosas, pero no intentes solucionar un problema que no existe.
Tras un beso en la frente que logró relajar la expresión del chico, Rita lo mandó de vuelta a la cama. Mañana había escuela.
Lincoln apenas pudo pegar el ojo. Se levantó temprano y se dio un baño de agua fría para espabilarse. Al salir del baño, el pasillo ya era el caos habitual. Sus hermanas pasaban de un lado a otro y Lori, con el teléfono pegado a la oreja, lo apartó del camino.
—¡Cuidado! Y más te vale que literalmente no te hayas acabado el agua caliente —le advirtió sin dejar de escribir un mensaje.
Lincoln sonrió para sus adentros. "Típico de ella", pensó. Saludó a cada una de sus hermanas y recibió de vuelta la dosis diaria de ruido, bromas y empujones que tanto las caracterizaba. Tras vestirse y esperar el grito de guerra de Lori para salir hacia la vanzilla, Lincoln miró de nuevo a la pared.
—Bien... empecemos este día, ¿les parece? —dijo, intentando que su sonrisa fuera lo suficientemente real como para engañar a su propia pesadilla.
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