Chapter 1. EL ESPEJO Y LA GRIETA
A sus casi cuarenta y seis años, Luis era el prototipo exacto de un hombre invisible. Si alguien lo miraba caminar por la calle, veía únicamente lo que él permitía mostrar: un tipo ordinario, divorciado hacía tiempo y con el registro de otros tres fracasos sentimentales que terminaron por sepultar cualquier intento de intimidad. Mantenía un empleo monótono en un centro comercial, un puesto que había conservado durante cinco años no por ambición, sino porque la rutina y el aburrimiento eran los únicos diques que contenían sus ataques de ansiedad. Para Luis, el vaivén incesante de las multitudes en los pasillos no era solo molesto; era una amenaza física, un hormiguero humano que le aceleraba el pulso y le robaba el aire. Sin amigos, sin vicios y envuelto en una timidez casi patológica, Luis compensaba su vacío social con un orgullo silencioso: su impecable rectitud como miembro activo de los Testigos de Jehová.
Su vida se regía por una simetría gris. Despertar, bañarse con agua templada, desayunar en silencio y caminar los veinte minutos que separaban su casa del trabajo. En el trayecto, si la suerte lo acompañaba, se limitaba a asentir con la cabeza ante algún vecino que cruzara su camino, evitando siempre sostener la mirada. El resto del día transcurría entre el crujido de las cajas de cartón, llenando estantes y verificando etiquetas de precios bajo la luz fluorescente del almacén, un purgatorio necesario para ganarse el derecho de regresar a su casa por la tarde-noche.
Una vez dentro de sus cuatro paredes, el ruido del mundo se apagaba. Cenaba solo, viendo cómo la luz de la calle se filtraba por la ventana, y se iba a la cama temprano. La única excepción a esa inercia eran los domingos. Ese día, el empleado sumiso se transformaba. Vestido con su mejor traje, la biblia gris bajo el brazo y una sonrisa ensayada pero convincente, Luis recorría las calles predicando de puerta en puerta. En la congregación todos admiraban su devoción y su fe inquebrantable, viéndolo como un hermano ejemplar, un pilar de rectitud que, simplemente, prefería la santa discreción de la soledad.
El regreso a la rutina posterior era un peso avasallador. Con el paso de los meses, un vacío sordo había comenzado a instalarse en el pecho de Luis, sembrando una duda incómoda: ¿realmente tenía sentido lo que hacía? Solo los domingos, cuando se sumergía en el servicio de su religión y compartía sus creencias con los extraños, experimentaba una ráfaga de auténtica satisfacción. El resto de la semana era mero camuflaje.
Aquella noche de martes, Luis llegó a casa con los nervios destrozados. Había sido el "día de plaza" en el centro comercial, una jornada infernal de ofertas en el departamento de frutas y verduras que atrajo a una masa compacta, ruidosa y asfixiante de clientes. Soportar el roce de los cuerpos, los gritos de los clientes y el caos de los carritos de súper lo había dejado al borde del colapso. Buscando refugiarse en lo único que devolvía el orden a su mundo, encendió su computadora de escritorio; tenía quince días para preparar un discurso asignado en la congregación y quería que fuera perfecto.
A un lado del teclado colocó su inseparable Traducción del Nuevo Mundo de las Sagradas Escrituras, con su inconfundible pasta suave de color gris. Abrió el procesador de textos y comenzó a repasar los versículos, buscando la inspiración divina que estructurara su bosquejo. Sin embargo, al tropezar con la redacción de un párrafo, dudó sobre el sinónimo exacto de una palabra y abrió el navegador de internet para consultarlo.
Fue ahí, en el margen de la página web, donde un anuncio lateral capturó su mirada: ¿Sabes cuál es tu grado de psicopatía? Realiza este sencillo test y descúbrelo.
Luis hizo una mueca que pretendía ser de superioridad. Le pareció ridículo y divertido; se consideraba un hombre demasiado inteligente como para dejarse etiquetar por un puñado de preguntas genéricas diseñadas para entretener a adolescentes aburridos. Con una curiosidad casi despectiva, arrastró el cursor y cruzó la línea: dio clic en EMPEZAR TEST.
Contestó las doce preguntas con una honestidad brutal, convencido de que sus respuestas solo confirmarían su naturaleza pacífica. Pero la pantalla no mostró un puntaje gracioso, sino un párrafo que pareció congelar el aire de la habitación.
"Usted es una persona solitaria que utiliza el aislamiento social y la timidez como un escudo. No se aleja de la gente por miedo a ser lastimado, sino por un profundo desprecio implícito: se sabe superior a ellos y aborrece la idea de mezclarse con el rebaño. Su aparente pasividad es una olla de presión; la incompetencia y vulgaridad de quienes le rodean le provocan un deseo reprimido de castigo. Su vida es un espejo distorsionado: la fachada de rectitud que proyecta no es su personalidad, es la cortina de humo que oculta al verdadero individuo que se niega a dejar salir."
Un frío repentino le recorrió la espalda. No era indignación; era el pánico de haber sido descubierto. Con el corazón desbocado, Luis apagó la computadora de golpe, dejando la habitación a oscuras. Se arrodilló al borde de la cama, juntó las manos y recitó una oración mecánica, suplicando a Jehová que apartara esos pensamientos de su mente.
Se metió bajo las cobijas e intentó dormir, pero el silencio de la noche ya no era un refugio. En la penumbra del cuarto, las palabras de la pantalla seguían flotando como letras de fuego, y por primera vez en sus cuarenta y seis años, Luis sintió que no estaba solo en su propia mente.


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