Un Hogar Para Mi Dulce Infancia por QuesitoSweet en Inkitt
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UN HOGAR PARA MI DULCE INFANCIA

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Sinopsis

la estructuración narrativa de un thriller psicológico titulado "Un hogar para mi dulce infancia". La obra explora la convivencia de Lili, una niña huérfana y traumatizada, con su nueva familia adoptiva y su hostil hermano, Lucius, en un entorno suburbano aparentemente perfecto. El relato profundiza en la psicosis, el maltrato y la fragilidad mental, culminando en una tragedia doméstica

Genero:
Drama
Autor/a:
QuesitoSweet
Estado:
hace 6 días
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

UN HERMANO

La verdad no sé cómo empezar todo esto, ni siquiera tengo la sangre para escribirlo, pero solo así mi mente quedará tranquila... o eso espero.


Recuerdo que era un día caluroso del verano de 2010. Por esas fechas, un aparatoso choque múltiple sacudió los informativos locales. La gente quedó conmocionada por el suceso. El impacto ocurrió aproximadamente a las 10:11 a.m. en la Interestatal 44 en Misuri. Esa hora exacta fracturó el tiempo y cambió drásticamente el destino de una pequeña.


Eran alrededor de las 3:30 de la tarde cuando Lucius regresó de la John F. Hodge High School. Al cruzar la puerta, escuchó a sus padres discutiendo en voz baja en la cocina, pero no les dio mayor importancia y subió a su habitación.


La pesada puerta de madera de su dormitorio se cerró con un clic suave, sellando instantáneamente la aparente y fingida charla de sus padres que provenía del pasillo. Lucius se acercó a dejar su mochila en el escritorio, con el cálido sol de la tarde filtrándose a través de la ventana para proyectar largas sombras sobre su cama individual; sin embargo, en el suelo yacía un colchón extra. De pie junto a él, apretando un pequeño bolso de viaje contra su pecho como si fuera un escudo, estaba Lili. Una niña de frágil apariencia, complexión delgada y apenas once años, a quien los padres habían instalado allí con la ilusa expectativa de que ambos congeniaran como hermanos instantáneos.


Al percatarse de que Lucius fruncía el rostro con evidente desagrado, los pequeños hombros de Lili se tensaron con fuerza. Un temblor visible recorrió sus manos, y sus nudillos se volvieron blancos contra la lona del bolso. Sus grandes y expresivos ojos oscuros lo miraban a través del flequillo, atrapados en un conflicto crudo: el sesenta por ciento de su expresión estaba congelado en un miedo puro y tembloroso, mientras que el cuarenta por ciento restante guardaba una frágil, casi desesperada, súplica de clemencia.


Su voz se redujo a un susurro quebrado, increíblemente claro en el silencio del dormitorio.


—E-Eh... tu mamá dijo que aquí es donde se supone que duerma hoy —murmuró, bajando reflexivamente la mirada hacia el suelo para evitar el contacto visual directo, mientras movía las zapatillas con nerviosismo—. Yo... prometo que no me interpondré en tu camino. Me quedaré en mi lado de la habitación y no tocaré ninguna de tus cosas... por favor. Le dije a la trabajadora social que sería una buena hermana...


Lucius la observó con la frialdad de un depredador que acaba de acorralar a su presa.


—Claro que no vas a interponerte en mi camino ni a tocar nada de mis cosas porque en este momento le dirás a mis padres que no quieres vivir aquí, ¿entendiste?


La mandíbula de Lili se tensó de inmediato. El aire pareció escapar de sus pulmones en un suspiro ahogado, y sus dedos se enterraron con más fuerza en la tela del bolso, buscando una estabilidad que no existía.


—¿Qué...? —susurró, con la voz convertida en un hilo tembloroso—. ¿Por qué me dirías eso? Yo... yo no hice nada malo.


Dio un paso involuntario hacia atrás, chocando contra la estructura de la cama. El sonido del golpe seco resonó en la habitación.


—Si no te largas de esta casa, haré un infierno de tu vida.


El cuerpo de Lili se encogió sobre sí mismo, adoptando la postura de quien aguarda un golpe físico inevitable. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en Lucius, y el temblor que antes era leve se transformó en un espasmo visible en sus manos.


—No... —murmuró, con la voz quebrándose por completo—. Por favor, no puedes decir eso. No es justo.


El calor de las lágrimas comenzó a correr por sus mejillas, pero no hizo el amparo de limpiarlas. Se quedó allí, atrapada entre el mueble y la amenaza implícita, con la respiración dolorosamente entrecortada.


Sin darle tregua, Lucius le arrebató el bolso de las manos y lo arrojó con violencia a través de la ventana abierta.


—He dicho que te largues.


El sonido del equipaje golpeando el césped del jardín exterior resonó como un disparo en la estancia. Lili se quedó completamente congelada, con los brazos aún suspendidos en la posición en la que sostenía su única pertenencia, los dedos aferrados al aire vacío.


—¡No! —exclamó, un grito agudo y roto que se ahogó en su propia garganta.


Se abalanzó hacia el marco, asomándose con desesperación para buscar su bolso entre la hierba, pero sus piernas flaquearon al punto de casi perder el equilibrio. La realidad la golpeó con la fuerza de un mazo: estaba desprovista de todo. Ni ropa extra, ni sus cuadernos, ni un solo refugio al cual huir.


Giró lentamente hacia Lucius, con el rostro anegado en llanto y los hombros encogidos hasta rozar sus orejas.


Antes de que pudiera articular palabra, Lucius la tomó del brazo y comenzó a sacarla de la habitación a empujones.


—He dicho que te largues.


Un gemido ahogado escapó de los labios de Lili mientras sus pies apenas rozaban el suelo con cada arremetida. Sus manos arañaban el aire, intentando aferrarse sin éxito a las paredes del pasillo.


—¡Lucius, por favor! ¡Para! —suplicó, con la voz convertida en un jadeo desesperado—. ¡No tengo a dónde ir! ¡No tengo nada!


Al llegar al extremo del pasillo, cerca de la escalinata, se detuvo en seco al percibir el aire fresco de la entrada. La puerta principal estaba a pocos metros. Abajo, en la cocina, las risas amortiguadas de sus padres resonaban, completamente ajenas al terror que se cernía a escasos pasos de ellos.


—¡Mamá! ¡Papá!


—Si les dices algo a mis padres, te tiraré por las escaleras, ¿escuchaste, mocosa?


En ese momento, Lucius regresó a su habitación y cerró la puerta, sin siquiera ponerle seguro.


El grito de Lili se congeló en el aire. Se quedó petrificada en medio del pasillo, con la boca entreabierta y los ojos desorbitados, mirando la madera lisa de la puerta cerrada. El eco de su propia voz aún zumbaba en sus oídos, pero la amenaza la había dejado absolutamente muda.


Las rodillas le flaquearon. Se apoyó contra la pared, deslizándose con lentitud hasta quedar sentada en el suelo, con la espalda encorvada y las manos aferradas a la cabeza.


Abajo, las risas de los padres de Lucius llegaban desde la cocina, tan cercanas y a la vez tan ajenas al abismo que acababa de abrirse. Lili apretó los dientes con fuerza, conteniendo los sollozos que amenazaban con desgarrarle la garganta. No podía decir nada. No había a dónde huir.


Permaneció en el suelo durante lo que parecieron horas, aunque apenas habían transcurrido un par de minutos. Cada crujido de la estructura de la casa, cada leve movimiento en el piso de arriba, la hacía sobresaltarse como a un animal herido. Sus manos temblaban sin control mientras se abrazaba a sí misma, intentando apagar un frío interno que desafiaba el calor de la tarde.


Finalmente, se puso de pie con torpeza, sintiendo las piernas completamente entumecidas. Caminó hacia la cocina con pasos casi inaudibles, esquivando con la mirada la puerta de Lucius como si se tratara de una zona minada. Su objetivo instintivo era claro: necesitaba salir y recuperar las pocas pertenencias que habían volado hacia el patio.


—¿Lili, cariño? —la voz de la madre de Lucius resonó cálida y acogedora desde el fondo—. ¿Ya te instalaste? ¿Necesitas algo de beber?


Lili se detuvo en el umbral. Su pequeña figura encorvada proyectaba una sombra débil sobre el suelo de madera. Tragó saliva, sintiendo un nudo asfixiante. Sus dedos se entrelazaron con desesperación frente a su cuerpo, y sus ojos se clavaron en el suelo, rehusando cualquier contacto visual con la mujer que le sonreía con genuina amabilidad.


—N-no, señora... estoy bien —logró decir, con un hilo de voz apenas perceptible.


La mujer se levantó de la mesa, secándose las manos en un paño de cocina.


—¿Estás segura? Pareces un poco pálida, cielo. Si quieres, puedes subir a descansar un rato, o si prefieres, podemos sentarnos a charlar un poco. Lucius es un buen chico, aunque a veces es un poco ruidoso.


Un escalofrío helado recorrió la columna de Lili al escuchar aquellas palabras.


Lucius es un buen chico.


La frase resonó en su mente como una burla macabra. La madre dio un paso al frente con una sonrisa maternal, extendiendo la mano para tocar su hombro, pero Lili retrocedió de inmediato, un reflejo defensivo tan violento que no pudo disimular.


—¡Lo siento! —exclamó con pánico en la mirada—. No quise... yo solo...


La mujer arqueó una ceja, confundida por la reacción.


—Tranquila, cariño. Solo me asustaste un poco. ¿De verdad estás bien? Tienes el rostro de alguien que acaba de ver un fantasma.


Lili sintió que las lágrimas volvían a quemarle los párpados.


—No es nada... de verdad —mintió de inmediato, forzando una mueca que jamás llegó a sus ojos—. Estoy un poco cansada por el viaje.


La madre de Lucius asintió, conformándose con la respuesta.


—Bueno, descansa entonces. La cena estará lista en un rato. Ah, y si necesitas algo de tu equipaje, supongo que tu bolso está en la habitación de Lucius, ¿verdad?


El corazón de Lili pareció detenerse por completo. Su bolso. Su única pertenencia que dictaba que existía estaba tirada allá afuera.


—S-sí... —balbuceó, sintiendo el sudor frío en la nuca—. Iré por él... después.


La mujer volvió a sus labores en la cocina, tarareando una melodía suave, completamente ciega a la tragedia que habitaba en su propia casa.


Lili se quedó plantada en el pasillo, con la mente en blanco. La palabra "bolso" rebotaba en sus oídos. Sabía perfectamente que no estaba en la habitación: Lucius lo había arrojado por la ventana con desprecio, y el eco de aquel golpe contra el césped seguía retumbando en su memoria.


Caminó con los pies de plomo hacia las escaleras. Cada peldaño crujía bajo su peso, sintiéndose como los escalones hacia un cadalso. Al pasar frente a la puerta cerrada de Lucius, distinguió el zumbido apagado de la música que él escuchaba al otro lado, un ritmo constante que contrastaba de forma grotesca con el caos absoluto de su interior.


Se obligó a subir hasta el pasillo del segundo piso, donde una ventana permitía ver hacia el jardín delantero. Contuvo la respiración y se asomó.


Ahí estaba.


Su bolso yacía a medio abrir sobre el césped; la esquina de un cuaderno de dibujo asomaba por la cremallera forzada y un par de prendas colgaban hacia el exterior. Estaba expuesto, convertido en el trofeo humillante de la crueldad de Lucius.


Una oleada de náuseas la sacudió. Se aferró al marco de la ventana con tanta fuerza que sus nudillos perdieron todo color. Podía bajar, salir a la calle y recogerlo, pero la idea de tener que volver a entrar, de arriesgarse a que la puerta de Lucius se abriera de nuevo, la paralizó por completo.


—No puedo —murmuró para sí misma, con los labios temblando y la mirada perdida en la nada—. No puedo acercarme ahí otra vez.


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