Prólogo.
Uno, dos, tres, rebobina.
Uno, dos, tres, rebobina.
Otra vez, más despacio, porque si lo haces rápido no sirve.
Contar no es una costumbre, es una defensa, y las defensas mal hechas se rompen justo cuando más las necesitas. Así que otra vez, despacio, como si tu vida dependiera de ello, porque quizás lo hagas.
Uno, dos, tres, bien.
Ahora no mires detrás de ti.
Ya pensaste en hacerlo, ¿no es así?
Lo sé porque siempre pasa igual: alguien te dice que no mires y tu nuca se convierte en un ojo que no puedes cerrar. Da igual cuánto te esfuerces en quedarte quieto, en fingir que no importa.
El cuerpo ya decidió por ti hace un segundo, antes de que terminaras de leer la frase.
Uno, dos, tres, la sombra sigue en la esquina. No estaba ahí, antes, creo.
Creo, porque ya no confío en lo que vi hace un minuto, y eso es lo que más me aterra: no la sombra, sino la grieta que se abrió entre lo que recuerdo y lo que juraría haber visto.
Antes esas dos cosas eran lo mismo, ahora no.
Uno, para lo que veo.
Dos, para lo que escucho.
Tres, para lo que sé que es verdad.
Esa es la regla, la única que me queda, la que repito hasta que las palabras pierden sentido y quedan haciendo eco en mi cabeza por horas y horas.
Uno, la puerta está cerrada.
Dos, hay pasos detrás de ella.
Tres, estoy sola.
Otra vez.
Uno, la puerta.
Dos... algo no encaja. No importa, sigue contando.
Sigue, porque detenerte a pensar en lo que no encaja es peor que no encontrar respuesta alguna; es empezar a sospechar que el conteo mismo se está cayendo a pedazos, y si eso pasa, no queda nada.
Uno, dos, tres, no confíes en nadie.
Esa frase no es parte de la regla, creo, no recuerdo quién me la dijo.
Quizás nadie, quizás fui yo en algún momento en el que todavía podía distinguir mi propia voz de las otras que viven aquí adentro, apretadas contra las paredes de mi cabeza como inquilinos que dejaron de pagar renta hace años y no piensan marcharse.
Uno, mis manos.
Dos, agua goteando.
Tres, no hice nada malo.
¿Me creíste?
Interesante, ni siquiera sabes qué hice, y aún así, por un segundo quisiste creerme.
Guarda eso, vas a necesitarlo más adelante, cuando esto ya no sea tan fácil.
Uno, dos, tres, mira tu puerta solo un segundo. Está cerrada, probablemente.
¿Recuerdas haberla cerrado?
No importa, nunca importa porque el recuerdo de haber cerrado una puerta y el hecho de que esté realmente cerrada son dos cosas distintas, y solo una de ellas te salva.
Uno, la pared.
Dos, alguien respira.
Tres, soy yo, creo.
Haz algo por mí: cuando estés solo esta noche, quédate completamente quieto, cierra los ojos, aguanta la respiración y escucha. Si todavía oyes a alguien respirando, no abras los ojos.
Uno, dos, tres, la sombra está más cerca. No la vi moverse, y es lo que más me asusta.
Lo peor no es el peligro, sino la forma en que avanza sin ruido, centímetro a centímetro, hasta que descubres que ya no está frente a ti, sino que se encuentra detrás de ti, respirando contra tu nuca.
Las personas tampoco cambian de golpe, se deslizan.
Primero una excepción, después una razón, luego otra más.
Cuando por fin miran atrás buscando la línea que juraron no cruzar, descubren que llevan tanto tiempo del otro lado que el camino de regreso ya no conduce a ninguna parte.
Uno, una excepción.
Dos, una razón.
Tres, otra vez.
Uno, una excepción
Dos, una razón.
Tres, ya no parece tan malo.
¿Ves?
Funciona, siempre funciona. Es la fórmula más vieja del mundo y la única que nunca falla: repite algo suficientes veces y dejará de doler, dejará de pesar, dejará incluso de parecer una decisión.
Tres, golpes en mi puerta,
Dos.
Uno
Tres.
No mires, pero vas a mirar igual, siempre lo hacemos.
Quizá por eso sigues leyendo. Aunque una parte de ti, la sensata, lleva varios minutos pidiéndote que cierres el libro antes de mirar tu puerta y descubrir que ya no está como la dejaste.
Uno, dos, tres, piensa en que estás con alguien que amas. Ahora imagina que esa persona tiene hambre, hambre de verdad, pero hay comida para una sola persona.
Tú eliges, es fácil.
Ahora cambia la persona, es un niño desconocido. ¿Cambió tu decisión?
Ahora es el niño y la persona que amas, pero esta última está enferma. ¿Ahora cambió?
Después descubres que el niño fue quien robó la comida. ¿Sigue siendo la misma elección?
Una cosa, después otra, hasta que encuentras la versión donde puedes vivir con tu decisión. Siempre encontramos una, y si no podemos, cambiamos la realidad hasta que encontramos una que nos haga sentir bien.
Uno, mis manos.
Dos, la cerradura.
Tres, hice lo correcto.
No.
Hice lo necesario, no tuve opción.
Mentira, siempre hay una opción. Lo que cambia es el precio a pagar, y el precio siempre llega después, y no es posible regatear.
La puerta se abre y hay alguien del otro lado.
No puedo verle la cara, pero no importa porque ya sé qué quiere: otra elección, siempre otra, porque las elecciones nunca terminan, solo cambian el contexto y esperan a que bajes la guardia para volver a presentarse.
Uno, tengo miedo.
Dos, sé que alguien sufrirá.
Tres, todavía puedo decir que no, eso debería importar.
Doy un paso, después otro, y antes de cruzar la puerta pienso en ti.
Sí, en ti, todavía estás ahí, todavía crees que sabes qué clase de persona eres.
Guarda esa seguridad, la vas a necesitar, porque si algún día cruzas la línea, probablemente no te darás cuenta.
No habrá una alarma, no habrá una voz diciéndote que ahora eres una peor persona, solo habrá una razón, una excusa. Siempre habrá una, una muy buena, después otra, y otra, y otra.
Uno.
Dos.
Tres.
No respondas todavía, solo recuerda la respuesta que ahora te parece tan obvia.
¿Cuánto tendrían que sacarte antes de que dejaras de reconocer a la persona que todavía crees ser?




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