Chapter 1
El patio de la secundaria siempre olía a polvo, frituras y a esa libertad recortada que duraba apenas treinta minutos. Flor, Lipa y yo siempre nos sentábamos en un rincón de la secundaria, en esa vieja malla ciclónica que separaba nuestro patio del mundo exterior. Era nuestro refugio, nuestro lugar de chismes; ahí pasábamos los recreos compartiendo el almuerzo, riendo de cualquier tontería y viendo el tiempo pasar a través de los rombos de metal.
Ese día el ambiente se sintió diferente cuando ellos aparecieron. Eran tres chicos de la preparatoria, de esos que caminaban con la seguridad en alto, que con cada paso que daban parecía que lo hacían en cámara lenta. El viento y las hojas estaban a su favor, pues parecía que eso les daba más seguridad para que, con solo una mirada, cualquiera cayera ante ellos. Entre ellos estaba él. Las niñas de la escuela suspiraban en secreto por sus ojos y su porte de futbolista; era alto, delgado, de piel clara y sonrisa perfecta, el tipo de hombre que resalta en cualquier multitud sin hacer el menor esfuerzo. Yo lo conocía de vista y, ¿Quién no?, pues de él hablaban todas. Excepto yo. Jamás solté una sola palabra para él. A mis amigas jamás les dije que me quitaba el sueño ni que me parecía el más guapo de todos; con solo mirarlo de lejos me bastaba. Se acercaron a la malla, retando la distancia. Entre risas y murmullos juveniles, lo que empezó con una plática ligera escaló rápido a un juego atrevido, un reto de esos que solo tienen sentido cuando tienes quince años: tres parejas, tres besos. El corazón me dio un vuelco, mi timidez se escondía en ese árbol de cedro y cada vez se hacía más grande que la propia malla de la escuela. Por dentro rezaba para que mis amigas eligieran a los otros dos y me dejaran el camino libre con él, pero las palabras se me quedaron atoradas en la garganta. El miedo a exponerme me congeló. Fue entonces cuando Lipa, con esa soltura nefasta, se interpuso con un gesto firme, empujándome y diciendo: "Quítate, así se hace". Se apoyó en una banca improvisada, se acercó a la malla y sacó la cabeza plantándole el beso al chico que yo tanto anhelaba.
Sentí un vacío en el estómago. Decepcionada y con la cara ardiendo de pena y de impotencia, di un paso atrás para apartarme del grupo. Para disimular toda esta bola de emociones me acerqué a Teo; a él ya lo había conocido un par de días antes. Él miraba la escena divertido. Cruzamos palabras y, casi por inercia, por no quedarme fuera de ese estúpido reto y por apagar mi torbellino de emociones que traía adentro, me estiré hacia el metal y nos dimos un beso. Un beso rápido, un pacto de jóvenes en medio de un juego. Pero el juego no había terminado ahí, pues mientras me separaba yo lo buscaba de reojo a él y, ¡oh, sorpresa!, por más loco que parezca, sus ojos no estaban en Lipa: ellos me miraban a mí. A través de esos rombos de metal me lanzó una de esas miradas coquetas. Sus ojos decían todo sin pronunciar ni una sola palabra; fue como una promesa, una promesa que me devolvió el aliento. Mi pecho estaba agitado y sentía mi sangre circular por todo mi cuerpo. Ni siquiera podía comprender qué estaba pasando, pues el tiempo parecía pararse mientras nos mirábamos; parecía que solo nosotros existíamos ahí.
— Nos vemos a la salida —se alcanzó a oír entre el bullicio antes de que sonara el timbre que anunciaba el fin del recreo. Los tres se dieron la vuelta, dejándonos con el corazón acelerado y con la certeza de que, al cruzar la puerta principal de la secundaria esa tarde, todo iba a cambiar.
Al fin sonó el timbre de salida, y los pasos para cruzar el portón de la salida se sentían pesados, con hormigueo en los pies y manos, el aliento se espesaba y el corazon se aceleraba pues el aire de diciembre nos recibió con ese frío ligero que anunciaba que las vacaciones estaban a solo tres o cuatro días de distancia. Ahí estaban los tres, esperándonos entre el torbellino de alumnos que salían a toda prisa. El ambiente se llenó de risas, bromas pesadas y retos adolescentes que servían para disimular los nervios. Fue en ese momento cuando los nombres cobraron un peso real, nos conocimos y presentamos mejor, el tipo silencioso era el hermano del chico que me robaba el aliento, quien esperaba a su noviecita, eso quería decir que pronto los estaría viendo nuevamente y muy seguido por aquí, dije entre mí. Pero antes de poder entablar una conversación mas interesante el grupo empezó a dispersarse. Mi amiga Flor se despidió y se adelantó hacia su casa. Lipa, que siempre tenía una seguridad arrolladora y regalada, a quien parecía importarle muy poco el qué dirán de su integridad, no perdió el tiempo. Agarró a Louis de la mano y, con un tono que no aceptaba un no por respuesta, le dijo:— Ay, acompáñame a mi casa. Se lo llevó casi a la fuerza. Yo solo pude ver cómo se alejaban, sintiendo una punzada de impotencia en el estómago, por que a este punto Lipa ya había notado la tensión que había entre nosotros; más tarde me enteraría de que en ese trayecto se dieron algunos besos por la insistencia de ella, argumentando que yo le debía algo.
Me quedé sola con Teo. Él era el clásico "todas mías", un chico mujeriego y aventado que avanzaba sin pedir permiso, todo lo contrario a mi timidez. Me llevó hacia la acera de enfrente, donde estaba la escuela primaria, justo en el hueco que formaban dos grandes árboles de cedro pegados a la malla. Esos troncos eran nuestro único escondite del mundo. Teo me acorraló contra la corteza, me abrazó y empezó a besarme con una prisa que a mí me abrumaba. Sus manos buscaban ir más allá, tocándome con un atrevimiento que me congelaba. Yo no sabía cómo decir que no. Mi cuerpo estaba ahí, soportando su insistencia por pura timidez, pero mi mente estaba en otra parte, anhelando desesperadamente volver a ver a Louis. Entonces, entre el espacio de las hojas de cedro, lo vi regresar. Louis venía caminando de vuelta y se detuvo a cierta distancia. Teo seguía intentando besarme a la fuerza, ajeno a todo, mientras yo abría los ojos con incomodidad e intentando apartarlo de mi, solo pude mirar por encima de su hombro y clavar mi mirada en Louis. Yo solo anhelaba que Loui nos interrumpiera o algo por el estilo, todo esto lo estaba soportando solo para tener una excusa y esperar a volver a verlo.
Lo que pasó en esos minutos fue un juego silencioso y secreto. Mientras yo estaba atrapada en un abrazo que no quería, Louis me sostenía la mirada. Me sonreía de lado, me guiñaba el ojo y me lanzaba besos al aire con un descaro que me hacía perder el aliento. Era terriblemente coqueto. Bajo la sombra de los cedros y el frío de diciembre, entendí que mi historia de amor estaba empezando de la manera más enredada posible: con los labios pegados a un chico, pero con los ojos y el corazón completamente entregados a otro.
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