El hermano Felipe
Ana se persignó.
—No, hermano Felipe. Ya le he dicho que no.
El hermano Felipe, que era alto y corpulento, la agarró por la cintura y la atrajo hacia él.
Era de noche y el resto de la congregación se había marchado ya. El hermano Felipe se había ofrecido a acompañar a Ana.
—Usted es hombre casado, y además es hombre de Dios. ¿Es que no le teme a nuestro Señor?
—El Señor me perdonará; estoy seguro. Pero no podré perdonarme nunca a mí mismo si dejo pasar la oportunidad que la vida me presenta.
Ana forcejeó, pero él, con la expresión tranquila del cazador que tiene el cuello de su presa entre las fauces, sacudió la cabeza.
—Déjeme hacer, hermana, y no la molestaré más. Se lo juro.
—¡No!
—Hermana…
—Me estoy guardando para un hombre que sea digno de mi persona. ¡Usted, falso creyente, solo me provoca asco!
Le escupió en la cara. Él no se lo tomó bien y le soltó una bofetada que la tumbó al suelo. Se echó sobre ella, le levantó las faldas del vestido y la violó.
Ella no se recuperó sino hasta un par de meses después. No quería ir a la iglesia sola, así que su hermana Luisa se ofreció a acompañarla. Atea como era, Luisa solo fue porque amaba a Ana.
Cuando terminó el culto, Ana fue directo hacia el pastor Ernesto, que justo estaba hablando con la mujer de Felipe.
—¡Hermana! —saludó el pastor—. ¡Cuánto tiempo sin verla! ¡Ya me estaba empezando a preocupar! Usted es fiel creyente y mujer admirable. Sería una pena perderla de la congregación. ¿Qué le pasó?
—De eso, precisamente, venía a hablarle.
El pastor frunció el ceño.
—Hermana Isabel —dijo el pastor a la mujer—, parece que esto es tema serio. ¿Podría dejarme un momento a solas con la hermana Ana?
—No —dijo Ana—. Quiero que también ella escuche lo que tengo que decir.
El pastor asintió.
—Aun así, vamos a un lugar más privado.
—Yo creo que lo mejor —dijo el pastor, cuando estuvieron en los bastidores— será no decir nada de esto, hermana. No se preocupe, yo me encargaré de hablar con él.
—¡Cómo que no me preocupe! —gritó Ana—. ¡Tiene usted a un violador en su iglesia! ¡En el templo del Señor!
La hermana Isabel lloraba en una esquina, abrazada a sus piernas.
—¡Me hace el favor y me respeta! —replicó el pastor—. ¡Estamos en la casa del Señor! ¿No ve el problema en el que me está metiendo, para que aparte se ponga a gritar y lo sepa todo el mundo?
Ana apretó los dientes con impotencia.
—¿Eso es lo que le preocupa, pastor, que la gente se entere? ¿No le preocupa tener a un infame violador entre sus fieles? ¿No le preocupa que su hija tenga que compartir espacio con alguien así?
—Pero claro que me preocupa, hermana, pero estas no son las maneras. El hermano Felipe lleva años con nosotros. Me ayudó a construir esta iglesia. No apruebo lo que hizo, pero hay mejores formas de manejar esta situación. ¿Le preocupa no poder casarse? No se preocupe, yo le conseguiré un marido respetable que la acepte así como está.
—¿Así como estoy…?
Ana se llevó una mano a la entrepierna y empezó a hiperventilar.
—¡Usted lo que es un bastardo, igual que él! —le dio al pastor una cachetada y salió de los bastidores, azotando la puerta.
Al día siguiente, para su sorpresa, el pastor se puso de pie en la tarima, se aflojó la corbata y dijo:
—Hermanos, el día de hoy tengo algo que contarles, algo importante. Hermano Felipe, póngase de pie.
Felipe así lo hizo, aunque se le veía muy incómodo. Cuando cruzaron miradas, ella pudo ver una ligera sonrisa en el rostro de Felipe. Su hermana le apretó la mano para ayudarla a calmar. La sangre le hervía en las venas.
El pastor explicó lo que Felipe había hecho. Él se disculpó con la congregación toda e incluso con su víctima. Además, prometió irse de la iglesia y no regresar jamás.
Poco después, Ana se enteró de que la hermana Isabel había sido encontrada muerta en su bañera, con heridas de navaja en los brazos.
Aun sin Felipe, aquella iglesia la llenaba de recuerdos amargos, de modo que decidió irse para siempre.
La nueva iglesia era más alegre, y había muchas más hermanas con las que podía hablar después del culto. El pastor era un hombrecillo regordete muy simpático, que quería a todos como si fueran sus hijos.
Por la boca de un tercero, Ana se enteró de que la iglesia del pastor Wilfredo había cerrado, debido a una investigación de la policía. Pero eso a ella ya no le concernía. Estaba bien en la nueva iglesia. Todos eran amables con ella. Una vez más, se había reconciliado con Dios.
Pero un día cualquiera, el pastor llamó a un tal hermano Obregón para que leyera los versículos del día. Todos en la estancia se volvieron hacia él para escuchar su lectura.
Era él, Felipe, con su odiosa sonrisa en el rostro.
Intercambiaron miradas y Ana sintió como si le apuñalaran el vientre.








