Capítulo 1 — La víctima y el monstruo
Dicen que hay dos versiones de cada historia. Lo que nadie te dice es que ambas pueden mentir.
Me llamo Jacqueline, pero todos me dicen Jackie… al menos, eso es lo que siempre creí. Y esta es la historia de cómo me enseñaron a ver al revés todo lo que creía saber.
Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Era una tarde cualquiera, el sol caía suave sobre los tejados de la ciudad, y yo regresaba a casa con la bolsa del libro contra el pecho.
Entonces lo vi.
Estaba parado en la esquina, inmóvil, con la mirada fija en mí.
Gabriel. Alto, de rostro serio, casi duro. Todos en el barrio le tenían miedo. Decían que era peligroso.
Que nadie se acercara a él. Que había hecho cosas… terribles.
Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, sentí un escalofrío. Seguí caminando, intentando no mostrarme asustada. Pero él dio un paso hacia mí. Otro más. Y otro.
—Jackie —me llamó. Su voz era grave, sin embargo… no sonaba furioso. Sonaba desesperado, como quien busca alcanzar algo que se le escapa entre los dedos—. Espera, por favor.
Aceleré el paso. Él comenzó a caminar más rápido. Casi a correr. Yo empecé a temblar. “Va a hacerme daño”, pensé. “Todos tenían razón. Es un monstruo.”
Me alcanzó antes de que pudiera llegar a la puerta de mi casa. Me tomó del brazo. No con fuerza brusca, pero con una firmeza que no me dejó escapar.
Su mano estaba caliente. Sus ojos, de un color castaño oscuro, me miraban con una intensidad que me confundía.
—Escúchame —me dijo, y su respiración estaba agitada—. No vayas a la reunión de esta noche. No confíes en ellos. En ninguno.
—¿De qué hablas? —le respondí, retirándome con brusquedad—. ¡Suéltame! ¡No sé quién crees que eres para decirme qué hacer!
—Sé quién eres, Jackie —dijo él, bajando la voz—. Y sé lo que están haciendo contigo. Están borrando poco a poco quién eres de verdad. Y yo… yo no puedo permitir que te pierdas.
—¡Eres un loco! —le grité—. ¡Todos saben lo que eres! ¡Dicen que eres peligroso!
Al decir eso, vi algo cruzar por su rostro. Dolor. Profundo y real. Como si le hubiera clavado una aguja directamente en el pecho.
—¿Lo que soy? —repitió él, y por un instante su voz se quebró—. ¿Y qué es lo que te han dicho que soy? ¿El villano? ¿El monstruo? ¿Alguien que debe ser eliminado para que todos vivan tranquilos?
—Eso dicen —respondí, aunque por dentro empezaba a tambalearme—.
Y si todos lo dicen… debe ser verdad.
Gabriel guardó silencio un instante. Me miró como si quisiera grabar mi rostro en su memoria, como si temiera no volver a verme.
Luego, soltó mi brazo lentamente, como si cada movimiento le costara mucho.
—Tienes razón en temerme —dijo, y había una tristeza inmensa en sus palabras—.
Pero no por lo que crees. Si supieras la verdad… me odiarías menos y a ellos… les tendrías pánico.
Se alejó entonces. No corrió. Caminó despacio, encorvado, como quien lleva una carga demasiado pesada para sus hombros. Yo me quedé allí, en la entrada, mirándolo ir, con el corazón golpeándome las costillas.
“Es un mentiroso”, me dije. “Solo quiere confundirme”.
Esa noche, fui a la reunión tal como tenía planeado. Ignoré su advertencia. Seguí las instrucciones de quienes siempre me habían llamado cariñosamente Jackie, de quienes decían protegerme de personas como él.
Y desde ese día, todo cambió.
Empecé a verlo en todas partes. Aparecía al otro lado de la calle. Me observaba desde las sombras cuando salía. Una vez, dejó un sobre en mi ventana. No lo abrí. Lo quemé.
Porque me habían enseñado: todo lo que viene de él es mentira. Todo lo que él dice es para lastimarte.
Pasaron las semanas y su presencia se volvió más insistente. Me hablaba cuando nadie nos veía.
Me decía cosas que no entendía. “No te dejes llevar por lo que te dicen que sientes”. “Jacqueline no es tu nombre de verdad… o al menos, no es el único.” “Jackie… hay algo que debes recordar.”
—¡Déjame en paz! —le grité una vez, perdiendo el control—. ¡No te creo nada! ¡Eres un acosador! ¡Un monstruo!
Él se quedó quieto. No se defendió. Solo me miró, y en sus ojos había lágrimas que no se atrevía a derramar.
—Prefiero que me odies y estés a salvo —me dijo—, a que me creas y te encuentres en peligro.
Algún día… entenderás. Y cuando lo hagas, cuando recuerdes quiénes somos en realidad… por favor… no me juzgues demasiado.
Entonces se marchó. Y por primera vez, me quedé pensando. ¿Por qué un monstruo llora cuando lo insultan? ¿Por qué un villano advierte en lugar de atacar? ¿Por qué cada vez que me dice “Jackie” suena con tanto cariño, como si me llamara así desde hace años?
Pero aparté esos pensamientos de mi mente.
Eran absurdos. Todos sabían quién era él. Las autoridades, mis amigos, mi propia familia… todos coincidían en la misma historia. Gabriel era el mal. Yo era la inocente amenazada.
Sin embargo… había algo que no encajaba.
Nunca me hizo daño. Nunca me tocó con violencia. Nunca me amenazó con lastimarme.
Al contrario: siempre me apartaba del peligro. Siempre me impedía avanzar hacia ciertos lugares. Siempre me decía que cuidara de mí misma.
Y mientras él parecía cuidarme desde las sombras, quienes me rodeaban, quienes me llamaban Jackie con tanta dulzura… empezaron a cambiar.
Me miraban de forma extraña. Me hacían preguntas que no entendía. Repetían las mismas frases, como si las hubieran aprendido de memoria.
“Estás segura con nosotros, Jackie.” “No te preocupes por lo que dice él.” “Tu vida es perfecta así.”
Una noche, desperté sin ruido. Escuché voces fuera de mi habitación. Eran mis padres. Hablaban en voz baja, pero yo escuché cada palabra.
—Ya casi está lista —dijo mi madre. —Solo falta que desaparezca él —respondió mi padre—. Gabriel es el único obstáculo. El único que recuerda lo que ella no debe saber.
Me quedé helada, aferrada a las sábanas.
—¿Y cuando él ya no esté… ella olvidará por completo? —preguntó ella. —No recordará nada. Ni quién es él. Ni quién es ella. Será exactamente como la necesitamos: Jacqueline, nuestra Jackie. Sin pasado, sin preguntas. La historia será simple: él era un acosador peligroso. Ella, una joven amenazada que fue salvada. Nadie cuestionará nada. Nadie buscará la verdad.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Las paredes parecieron cerrarse sobre mí.
De pronto, cada palabra de Gabriel cobró sentido. Cada advertencia. Cada mirada llena de dolor. Cada vez que me dijo mi nombre como si fuera lo único que le quedaba.
Yo no era la víctima. Él no era el villano.
Él era quien intentaba abrirme los ojos. Y yo… yo había sido entrenada para verlo como el monstruo. Para odiarlo. Para ignorar la verdad. Para responder al nombre de Jackie sin saber que me lo habían puesto ellos.
Me acerqué a la ventana y miré hacia la calle. En la penumbra, bajo la luz pálida de una farola, estaba él. Gabriel. De pie, esperando. Vigilando. Arriesgándose por alguien que solo sabía insultarlo y temerle.
Levanté la mano, apenas un gesto en la oscuridad. Él alzó la vista. Nuestras miradas se encontraron una vez más. Y esta vez… no vi amenaza en sus ojos. Vi sacrificio. Vi amor. Vi que había estado soportando mi odio en silencio, soportando que lo señalaran, que lo persiguieran, que lo llamaran monstruo… todo para protegerme. Todo para que yo fuera Jackie.
En ese instante comprendí: la historia que nos cuentan no es la historia real.
El villano es quien escribe las leyendas. Y yo… yo había sido la protagonista de mi propia vida… o al menos eso querían hacerme creer. Pero ahora que empecé a ver las cosas al revés… no sabía si Jackie era yo… o si yo era alguien más a quien llamaban Jackie.
Lo único que sabía era esto: si él es el antagonista… ¿quién soy yo en realidad? ¿Y quién me dio este nombre para ocultarme la verdad?

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