EL ÚLTIMO MENSAJE
Capítulo 1 — EL ÚLTIMO MENSAJE
01:53
El teléfono vibró una sola vez.
Laura abrió los ojos.
Durante unos segundos no supo dónde estaba. Después vio el nombre en la pantalla.
Marina.
Había un mensaje.
Si mañana no estoy, buscá detrás del cuadro.
Laura frunció el ceño. Miró la hora.
01:53.
Escribió:
¿Qué significa esto?
Las dos tildes aparecieron inmediatamente. Pero Marina no respondió.
Laura volvió a mirar la pantalla. Algo en aquel mensaje le produjo una incomodidad que no supo explicar. No era lo que decía. Era la hora.
Y, aunque todavía no podía saberlo, para cuando alguien volviera a hablarle de Marina, ella llevaría casi dos horas muerta.
Se sentó en la cama. La habitación estaba a oscuras, y la luz del teléfono le lastimó los ojos un momento.
Volvió a leer el mensaje. Ocho palabras. Marina no escribía así. Marina mandaba audios larguísimos, mensajes con signos de exclamación de más, memes que Laura nunca entendía del todo. No frases cortas con puntos.
Marcó su número.
Sonó una vez. Dos. Tres.
Buzón de voz.
Colgó y volvió a intentarlo. El mismo resultado, la misma voz grabada de Marina —“hola, dejá tu mensaje después del tono”— que sonaba tan normal que por un segundo la tranquilizó.
Escribió otro mensaje.
Marina, contestame.
Nada. Ni siquiera la doble tilde esta vez. El teléfono de Marina parecía haberse apagado, o haber perdido señal, o algo.
Laura se quedó mirando el techo. Pensó que tal vez era una broma. Marina tenía ese humor a veces, ese gusto por lo dramático que la hacía mandar mensajes crípticos solo para después reírse de la cara que ponía Laura al día siguiente. “Sos tan fácil de asustar”, le decía.
Pero algo no cuadraba.
Marina nunca escribía a esa hora. Marina se dormía temprano, se quejaba de que a las once ya no podía mantener los ojos abiertos, que la vida adulta le había robado la noche.
Laura volvió a mirar el mensaje.
Si mañana no estoy, buscá detrás del cuadro.
¿Qué cuadro?
En la casa de Marina había docenas. El living tenía uno grande, un paisaje que había comprado en una feria de artesanos hacía años y del que se había arrepentido casi de inmediato pero que nunca sacó de la pared. Había otro más pequeño en el pasillo, una foto de sus padres. Y en el dormitorio, uno que Marina llamaba *“el feo”*, un cuadro abstracto que le había regalado un exnovio y que ella tampoco quería tirar, más por pereza que por cariño.
¿Cuál?
Laura escribió de nuevo.
¿Qué cuadro? Me estás asustando.
El teléfono no mostró ni siquiera el ícono de entrega. Como si el mensaje se hubiera perdido en el camino.
Se levantó de la cama. Fue hasta la cocina, se sirvió un vaso de agua sin tener sed, solo para tener algo que hacer con las manos. Miró el reloj del horno: 02:04.
Pensó en llamar a Tomás, el marido de Marina, pero descartó la idea casi de inmediato. Si esto era una broma de Marina, llamar a su marido a las dos de la mañana solo iba a hacerla quedar como una loca.
Volvió a la habitación. Se metió en la cama sin apagar la luz del velador.
Miró el teléfono una vez más.
Nada.
Se dijo a sí misma que iba a esperar hasta la mañana. Que si para las ocho Marina no había contestado, ahí sí se iba a preocupar en serio.
Pero no pudo dormir.
Cada quince, veinte minutos, volvía a mirar la pantalla. La casa estaba en silencio, ese silencio particular de las tres de la mañana que parece tener textura propia. En algún momento escuchó un auto pasar por la calle, más tarde un perro ladrando a lo lejos.
A las 03:40 se quedó dormida sin darse cuenta, todavía con el teléfono en la mano.
La despertó la alarma a las 07:00.
Lo primero que hizo, antes incluso de abrir del todo los ojos, fue buscar el teléfono entre las sábanas.
Ningún mensaje nuevo de Marina.
Sintió algo parecido al alivio y algo parecido al miedo, mezclados de una forma que no lograba distinguir del todo. Se sentó en la cama y llamó de nuevo.
Buzón de voz.
Escribió un mensaje de audio esta vez, con la voz todavía ronca de recién despierta.
“Marina, en serio, contestame. Me asustaste anoche. Avisame que estás bien.”
Lo envió. Una sola tilde. El mensaje no había llegado.
Se levantó, se preparó un café que no llegó a terminar, y a las 07:45 decidió que iba a pasar por la casa de Marina antes de ir a dar su primera clase. No era tan lejos. Podía llegar, tocar el timbre, asegurarse de que todo estuviera bien, y después seguir camino a la facultad.
Se vistió rápido. Antes de salir, volvió a mirar el mensaje una última vez, como si releerlo pudiera cambiar algo.
Si mañana no estoy, buscá detrás del cuadro.
Ya era “mañana”.
Cerró la puerta de su departamento y bajó las escaleras con una sensación en el pecho que no lograba nombrar, pero que reconocería, mucho después, como el momento exacto en que su vida empezó a partirse en un antes y un después.
Marina llevaba, para entonces, casi seis horas muerta.
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