𝟏. 𝑴𝒂𝒍𝒅𝒊𝒕𝒐 𝒅𝒆𝒔𝒕𝒊𝒏𝒐.
Lila Montessori.
—Estás muerta para mí.
Aquellas palabras están impregnadas en mi mente y corazón; duele, sí, claro que lo hacen, pero no puedo evitarlo. Me fueron enterradas en el alma, cuáles dagas en mi piel me hicieron sufrir. Aquel primer amor fue el que lo provocó; su recuerdo sigue en mí sin importar cómo vaya. Esas palabras llegan a mí sin quererlo, como si algo me llamara a recordarlo, y lo peor de todo es que aquel chico que me las dijo aún lo quiero tanto a pesar de la cruel manera de romper lazos conmigo. ¿Lo entiendo? Sí, no o tal vez..., solo sé que éramos dos adolescentes sin idea de la vida, los cuales se separaron por algo que hasta ahora no puedo entenderlo; solo espero que aquellos recuerdos agridulces se borren de mi mente para siempre.
La mañana no era como cualquier otra. Después de mis merecidas vacaciones como gerente de “BlouPlou”, debía regresar a mi cargo. No mentiré, estaba emocionada; amaba mi trabajo; por algo me había esforzado en subir de puesto. Ser gerente me era reconfortante; sentía que alcancé algo por mi cuenta. Después de pelearme con la almohada y sábanas, me preguntaba si era tan necesario que fuera, pues después de varios días de pereza ya me estaba acostumbrando a la comodidad de mi habitación y casa. Finalmente, al abrir los ojos, los cerré de inmediato al no acostumbrarme a la luz de la mañana.
—¡Porque debo ser un adulto funcional! —Me quejé, claro que lo hice; no fue hasta que escuché los gritos de mi madre a mi hermana menor que me hizo levantar enseguida.
—¡Liza, ya levántate! —gritaba una y otra vez; juraba que si no fuera por el nombre de mi hermana, pensaría que me gritaba a mí. Ignoraba la guerra campal de mi madre y aquel monstruo adolescente que decía ser mi hermana Elizabeth o “Liza”, como la apodamos.
Mi rutina, lo normal, una ducha fría para levantarme o eso me decía para ignorar mi vida tercermundista sin calentador. Después de una pequeña ducha, solo seguí con aquella rutina de siempre, arreglar aquel cabello azul que se me ocurrió pintarle las puntas de verde. Después de tomarme mi tiempo arreglándome, que me tomaría la mitad del tiempo, pero sinceramente lo alargué para no pensar en el trabajo, bajé aquellas escaleras para encontrarme con la escena de siempre: mi madre apresurando a mi hermana menor, ya que obviamente se le hacía tarde para la secundaria; mi hermano mayor, Liam, leyendo cualquier cosa en su teléfono, cual hombre aburrido de casi 30 años; y mi padre, bueno, él era él, no sabía con qué situación random vendría a contar sobre su trabajo. Al verme, mi hermano no dudó en gritarme.
—¿Y esa cara? —Así se te acabaron las vacaciones —se contestó solo, comenzando a molestarme como era su costumbre.
—No todos seguimos el horario de escuelita —me burlé sentándome en mi lugar, mientras mi madre me daba mi desayuno. Aquella mujer seguía cuidándonos como niños, a pesar de ya ser adultos con trabajos estables.
—Ustedes ya dejen de pelear, que a su edad les dará azúcar —regañó de esa manera extraña que siempre nos hacía reír.
—Sí, ya deja de joder, Liam. —A mis palabras, un manotazo de mi madre por decirlas. —¡Ora! ¡Perece! Sí me dolió —me quejé mientras mis hermanos reían de mí.
—¡No digan majaderías! ¿Qué cosas les enseñan a la pobre Liza?
Liam y yo nos vimos de reojo y, sin dudarlo, comenzamos a reír, pues no era un secreto que, al ser nuestra hermana, conocíamos perfectamente su vocabulario de adolescente o, mejor dicho, camionero.
—Sí, pobre Liza —respondió con sarcasmo Liam, el cual obviamente mi madre no captó. El desayuno siguió tranquilo, sin nada de por medio que diera una familia rara o eso siempre me decía, pero, como era de esperarse, mi padre habló; él odiaba el silencio.
Fui a una casa a instalar unos cristales y vi al bebé más feo del mundo; tenía 2 y 40 años al mismo tiempo.
Al escucharlo, no dudé en escupir mi café; reía a carcajadas, las cuales sonaron junto con las de mis hermanos. Ese hombre que llamaba mi padre no tenía sentimiento de discreción o de vergüenza; mi madre obviamente negó con la cabeza en un acto de desaprobación.
—No digas esas cosas de un bebé, cariño, por favor, podría salirte un nieto así por tus majaderías. —A su comentario, era obvio que Liam y yo haríamos expresión de desagrado, aunque me sorprendería un poco de mi hermano si este tenía novia estable desde hace años. Ignoré al ver mi alarma, la cual tenía para saber a qué hora debía apurarme.
—Los dejo con su discusión del bebé feo, debo correr a la parada —informé despidiéndome de mis padres para correr a mi habitación y tomar mi mochila lo más rápido que pueda.
El camino a la parada, lo común, encontraba a los vecinos comenzando su día al igual que yo, saludando como siempre. Seguí mi camino; era normal saludarlos. Al crecer toda mi vida en aquella casa, ya conocía a la mitad del barrio. Al llegar a la parada, miré mi teléfono —7:28—. Me dije a mí misma contenta: “Solo un par de minutos y llegaría el camión”. Como si mi pensamiento fuera una orden, llegó. Subí como de costumbre, pagando mi pasaje para posteriormente tomar un asiento libre. Agradecía demasiado que al vivir casi en la base de camiones, siempre venía con pocos pasajeros. Al tomar asiento, me coloqué los audífonos, eligiendo alguna canción que me haga pensar que estoy en un video musical de baja categoría. Empezó el recorrido, un largo y monótono camino a mi sucursal.
El olor a limpiador típico de la tienda llegó a mi nariz; el aire frío del aire acondicionado erizó mi piel. Al estar varios días sin sentirlo, me trajo de nuevo esa sensación. Entré a la tienda; los empleados me saludaron como de costumbre, comenzando a preparar la tienda para su apertura. Mi camino no era tan largo; solo pasé aquella sala de empleados y el área de lockers para llegar a mi oficina en el segundo piso. Como era costumbre, entré dejando mis cosas en su lugar; un grito me hizo voltear rápidamente.
—¡Lila! ¡Llegaste! —gritó Alyssa, mi segunda al mando y mi amiga desde que entré a la sucursal. Llevé la mano al corazón; aquel susto me hizo cuestionar mi salud.
—Alyssa, no hagas eso, se me salió el alma —dije calmándome.
A veces se me olvidaba lo alegre que era; no por nada tenía la marca de un sol en la mejilla derecha, por ser la viva expresión de ser una buena y alegre persona. Alyssa sacudió sus manos pidiendo disculpas.
—Lo siento, Lila, te extrañé.
—Fueron 6 días, no 6 meses. —Reía caminando a mi escritorio; Alyssa siguió mi acto acercándose a uno de los muebles. —Ahora sí dime qué pasó en estos días —dije empezando con mi martirio.
Antes de irme, teníamos la responsabilidad de buscar un nuevo empleado para el área de caballeros, ya que el último se fue de la ciudad. Comenzando de nuevo estos días de entrevistas y procesos de contratación, Alyssa dejó algunos papeles en mi escritorio señalando algunos.
—Contraté a un chico para el puesto de caballeros, le expliqué que estaba a prueba hasta que dieras el visto bueno —explicó. Juraba que quería darle el día libre por quitarme ese peso de encima.
—Ah, gracias, aligeraste el proceso —dije, comenzando a ver el trabajo de esta. —¿Fue difícil? —pregunté al saber perfectamente que esta era su primera contratación, ya que siempre lo hacía yo, pero obvio no lo iba a hacer en mis vacaciones. Alyssa negó con la cabeza sin quitar esa sonrisa alegre de siempre.
—El chico es alguien muy serio; la verdad, fue muy fácil, hice lo que decía el protocolo y expliqué la situación. —Suspiré agradecida.
Alyssa no solo era mi amiga, sino que se esforzaba al igual que yo en hacer bien su trabajo; por eso la elegí como mi subgerente.
—Le dije que hoy llegarías y vendrá más tarde para que termine la contratación.
—Entiendo, gracias por encargarte; me haré cargo a partir de ahora. ¿Algo más que deba saber? —pregunté al ver los papeles que esta me había dejado en el escritorio; ella negó.
—Todo está en mi reporte, nada fuera de lo común, solo la contracción —asentí, comenzando a leer.
—Gracias, Aly, seguiré sola desde aquí, ya no te molesto y llama al chico para terminar su proceso. —Ella asintió y, sin pensarlo, salió de mi oficina.
A la salida de Alyssa, tomé aquel reporte sobre el nuevo empleado. Un sabor amargo llegó a mi boca al leer el nombre. —Jeff —leí negando con la cabeza.
No, no podría ser, ¿o sí?... Hay demasiados Jeff’s en esta ciudad, ¿no?
Pensé, intentando convencerme de que no estaba comenzando a caer en la locura. Tomé aire leyendo el reporte de Alyssa sobre el empeño de este en el área; nada fuera de lo común, solo un aviso de su actitud: “Jeff se desarrolla bien como empleado, su actitud puede ser un poco brusca a la manera de hablar, pero nada que se tome a mal; es muy serio y reservado; fuera de ahí, nada obstruye su desempeño”. Al leerlo, supe que no se trataba del Jeff que conocía, o bueno, del recuerdo que tenía de este, por lo que me relajé al pensar que era otra persona. No supe en qué momento me distraje tanto en ello que no me di cuenta de que tocaron la puerta hasta que la voz al otro lado de la puerta habló.
—¿Puedo pasar?
La voz de hombre sonó en mi cabeza; al escucharlo, supe que era el chico que mandé a llamar. —¡Pasé! —grité sin pensarlo tanto, busqué entre los papeles la solicitud de empleo de mi nuevo empleado hasta que una sensación extraña llegó a mi ser.
Mi cuerpo se tensó al punto que sentía que no podía moverme. La presencia de esta persona era fuerte. Alcé mi vista al encontrar lo que buscaba; mis ojos se encontraron con los verdes de este.
De todas las personas de este jodido mundo, tenías que ser tú...
Mi estómago se contrajo al punto que creía que vomitaría de ansiedad, mis ojos querían lagrimear y mi garganta se secó de la impresión. Tragué saliva intentando no pensar en que el chico frente a mí no era mi exnovio, el chico que permanecía en mis recuerdos amargos y dulces de mi adolescencia, él que amé tanto que aún siento esa sensación de mariposas en el estómago, o tal vez era la ansiedad de no saber cómo actuar frente a él lo que me hacía pensar en ello. Desvié la mirada a la solicitud, regañándome una y otra vez por no mirarlo antes; tal vez, solo tal vez, así me hubiera preparado para verle la cara.
Tomé aire intentando no tartamudear; le hablé. —Toma asiento, por favor.
Dije en mi tono más tranquilo y profesional que pude actuar.
Alcé a verlo para chocar de nuevo con esos ojos verdes esmeralda que siempre amé, pero a diferencia de ahora no tenía ninguna pizca de brillo. Su cuerpo cambió; era obvio hace 8 años que dejamos de saber del otro. Era más alto, con una complexión demasiado buena; en sus brazos cruzados se notaba la forma en que se cuidaba, o eso pareciera si no tuviera su brazo lleno de cicatrices, las cuales obviamente no estaban ahí antes. Su rostro parecía apático, nada del adolescente sonriente y desmadroso que recordaba; sin dudas no era él. En su rostro, una cicatriz en la mejilla derecha y en donde debería ir su marca, una curita que lo cubría; este último era común en él, desde que lo conocía, la ocultaba.
¿Cómo se hizo eso? ¿Por qué se ve así? Idiota, di algo, no te quedes callada, es solo un empleado.
Regañó mi razón concentrándose en el reporte.
—Alyssa me dijo que ya te explicó la situación, solo te daré el visto bueno y serás un empleado oficial.
No supe cómo, pero Dios santo, pude formular oraciones sin caer en el nerviosismo. Jeff me miraba con esa expresión seria que jamás tuve de él; quería que el mundo explotara en este momento por la tensión palpable de mi oficina.
—¿Alguna duda o pregunta de tu trabajo?
Este negó con la cabeza; era obvio, no me dirigiría la palabra, no después de sus palabras tan hirientes, o eso pensaba, hasta que habló. Su voz firme y sin tacto llegó a mí, haciéndome sentir tan inferior a él a pesar de la situación.
—¿Leíste mi nombre y aun así seguiremos con esto? Solo espero que no mezcles pasado con profesionalismo. —Fruncí el ceño. Obviamente, me molesté. Que no supiera de mí en 8 años no significaba que era una persona culera.
—Respeta mi trabajo, que ahora también es el tuyo; no mezclo trabajo y mi vida personal. Además, no sé de qué habla si a usted no lo conozco, ¿o acaso me conoce?
Sus palabras me dolieron y siguen haciéndolo, pero si él quería poner en duda mi trabajo, no se lo permitiría. Contesté manteniendo su estúpida promesa de que estoy muerta para él. Este mantuvo su mirada en mí, suspiró negando con la cabeza.
—Tiene razón, no la conozco, así que no tengo problema o duda alguna.
Su actitud me sorprendió, era extraño, pero no quise indagar más porque si lo hacía caería de nuevo en su ser; asentí siguiendo aquel juego de no saber del otro.
—Bien, siguiendo el protocolo, no veo nada fuera de lo común. Sobre tu marca... —Mencioné al saber que este lo ocultaba desde siempre. —No hay regla que te haga mostrarla, así que puedes seguir usando los curitas de siempre.
No sé qué fue lo que pasó, pero al ver sus ojos pude notar cómo los abrió un poco sorprendido por dejar que oculte su marca. Seguí hablando en lo que mi estómago me lo permitía.
—No me gusta que mis empleados se sientan sin expresión. Acepto tatuajes, piercings, ya que no es algo que afecte el trabajo y tu curita aplica en eso.
Explique: Este solo asintió, ya sin decirme nada. Regresé a ver los papeles que debíamos firmar —ya que no hay dudas, solo debemos firmar el contrato.
Ya con mi corazón tranquilo tomé la pluma; aquel temblor que no supe desde cuándo estaba ahí se fue, dejándome poder firmar tranquilamente. No sabía si aún me veía y, sinceramente, no quería alzar a verlo, pero esa presencia tan fuerte era difícil de no sentir. Suspiré esperando que no lo escuche, solo para tomar valor y verlo.
—Aquí tienes —dije deslizando el contrato por mi escritorio. Para nada iba a tocarlo, ni por accidente o consciente. Sin pensarlo mucho, Jeff tomó la pluma encima de este; en un acto de enojo o de brusquedad, firmó, tan preciso y sin duda.
Verlo firmar el contrato me hizo sentir algo en el pecho. No era solo un acto común como tuve con los últimos empleados contratados, no, era algo tan diferente... Ese solo acto de ambos, firmarlo, era como darnos una sentencia, una que significaba que por un largo tiempo volveríamos a saber del otro. Sería sin duda la condena más agridulce que pudiera tener.





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