Capítulo 1
La casa que no estaba en mis planes
Nunca había heredado una casa.
De hecho, hasta aquel momento tampoco había heredado nada que no cupiera en una caja de zapatos.
Así que cuando recibí una llamada de un abogado diciéndome que una tal Elena Valdés me había dejado una propiedad, pensé que se había equivocado de Paula.
—¿Está seguro de que es a mí a quien busca? —pregunté.
—Completamente.
—¿Y está seguro de que la señora sabía quién era yo?
Hubo un pequeño silencio al otro lado.
—La señora Elena sabía perfectamente quién era usted.
Aquella frase me dejó bastante más incómoda que la noticia de la casa.
Porque yo no conocía a ninguna Elena Valdés.
Y, hasta donde sabía, tampoco tenía familiares con ese nombre.
Tres semanas después estaba frente a una casa enorme, antigua y preciosa, preguntándome por qué demonios una desconocida me había dejado semejante regalo.
O semejante problema.
Todavía no había decidido cuál de las dos cosas era.
La casa estaba al final de un camino estrecho, rodeada de árboles y con una verja de hierro que necesitaba urgentemente una conversación seria con un herrero.
Al fondo se veía el mar.
No mucho. Apenas una franja azul entre los árboles.
Pero suficiente para que por un instante olvidara que había ido allí con una intención muy clara:
ver la casa, solucionar los papeles y venderla.
Seis meses.
Eso era lo que decía el testamento.
Seis meses viviendo allí antes de poder venderla.
La primera vez que lo leí pensé que era una broma.
La segunda, que Elena debía de haber estado un poco loca.
La tercera, que probablemente los abogados también estaban locos por aceptar semejante condición.
Y ahora, mirando aquella casa, empezaba a sospechar que quizá la única cuerda de todo aquel asunto era yo.
—Bonito sitio para esconderse.
La voz a mi espalda me hizo dar un pequeño salto.
Me giré.
Un hombre estaba apoyado contra la verja.
Alto. Camisa remangada. Vaqueros. Botas llenas de polvo y esa expresión tranquila de quien parece saber perfectamente dónde está y, lo que era peor, quién eres tú.
No parecía un ladrón.
Aunque tampoco tenía pinta de ser alguien que viniera a darme la bienvenida.
—¿Perdón?
—La casa —señaló con la barbilla—. Es un buen sitio para esconderse.
—No he venido a esconderme.
—Entonces has elegido mal.
Lo miré unos segundos.
—¿Siempre recibe así a los desconocidos?
—No.
—Ah.
—Solo a los que vienen a quedarse con la casa de Elena.
Aquello consiguió que dejara de parecerme ligeramente antipático para pasar directamente a resultarme sospechoso.
—¿Conocía a Elena?
—Sí.
—¿Mucho?
Me sostuvo la mirada.
—Lo suficiente.
Perfecto.
El hombre misterioso del camino.
Justo lo que me faltaba.
Saqué las llaves del bolso.
—Pues siento decepcionarte, pero no voy a quedarme.
Una ceja se levantó ligeramente.
—Tienes seis meses.
—¿Cómo sabe eso?
Y ahí apareció por primera vez algo distinto en su expresión.
Una especie de incomodidad.
Duró apenas un segundo.
Después volvió a ser el hombre tranquilo que parecía tener respuestas para todo.
—En el pueblo se sabe.
—Qué maravilla. Privacidad cero.
Pasé junto a él.
—Paula.
Me detuve.
No me había presentado.
Me giré lentamente.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Él tardó un segundo en responder.
—Elena hablaba de ti.
No supe qué decir.
Quizá porque aquella fue la primera vez que alguien pronunció el nombre de Elena con una naturalidad que yo no tenía.
Como si para él fuera una persona real.
Para mí, hasta ese momento, solo había sido un nombre escrito en unos documentos.
Abrí la verja.
—¿Y usted es...?
—Roberto.
Solo eso.
Ni apellido ni explicación.
Por supuesto.
Porque aparentemente aquel día había decidido coleccionar misterios.
Entré en la casa.
Y lo primero que pensé fue que venderla iba a ser mucho más difícil de lo que había imaginado.
No porque fuera fea.
Todo lo contrario.
Era preciosa.
El recibidor tenía el suelo de madera original, una escalera ancha que subía hasta el piso superior y unas ventanas enormes por las que entraba una luz dorada que hacía parecer que allí siempre era una tarde tranquila.
Había muebles antiguos cubiertos con sábanas blancas.
Fotografías.
Libros.
Una vieja máquina de escribir.
Y sobre una consola, un jarrón con flores secas.
Me acerqué.
Las flores estaban completamente marchitas, pero alguien las había colocado con cuidado.
Como si hubiera estado allí esperando.
Detrás de mí escuché la puerta.
Roberto había entrado.
Me volví.
—¿Ahora también forma parte de la casa?
—No.
—Qué alivio.
—Pero conozco este lugar mejor que tú.
—Eso no me tranquiliza.
Una sonrisa apareció en su boca.
Fue pequeña.
Casi invisible.
Y, por alguna razón, me molestó que le quedara tan bien.
—Deberías revisar el ala este antes de instalarte.
—¿Por qué?
—Hay una habitación cerrada.
—¿Y?
—Elena nunca quiso que nadie entrara.
Miré hacia el pasillo.
—¿Y usted sabe por qué?
Roberto negó con la cabeza.
Pero lo hizo demasiado deprisa.
—No.
Mentía.
No sabía por qué, pero estaba segura.
Y él debió de darse cuenta de que lo había notado, porque añadió:
—Si quieres un consejo, Paula...
—No suelo aceptar consejos de desconocidos.
—Entonces tendrás que aprender rápido.
Se dirigió hacia la puerta.
—¿Adónde va?
Se volvió.
—A dejarte descubrir la casa.
Y salió.
Me quedé mirándolo desde el interior.
Después cerré la puerta.
Apoyé la espalda contra ella y respiré profundamente.
Habían pasado menos de veinte minutos desde que había llegado.
Ya sabía tres cosas.
La primera: la casa era mucho más bonita de lo que esperaba.
La segunda: alguien llamado Roberto sabía demasiado sobre ella.
Y la tercera...
No tenía ni la más remota idea de quién era Elena Valdés.
Me acerqué otra vez a la consola.
Tomé una de las fotografías.
Era una imagen antigua.
Dos mujeres jóvenes estaban sentadas en el jardín.
Una de ellas sonreía a la cámara.
La otra miraba hacia la primera.
Le di la vuelta.
En la parte posterior había una fecha escrita a mano.
1987.
Y debajo, solo cuatro palabras:
“Algún día volveremos a casa.”
Fruncí el ceño.
No sabía quiénes eran aquellas mujeres, pero había algo entrañable en aquella fotografía. Las dos parecían felices, como si aquel instante hubiera sido importante para ellas. .
Y entonces comprendí algo.
Quizá aquella casa no era el regalo que yo había pensado.





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