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Hasta que tú mueras

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Sinopsis

Evelin es una huérfana de siete años que, al volver de la escuela en un día cualquiera, se ve arrastrada a los peligros de un mundo que no conocía. Porque hay seres más allá de lo que los ojos ven. Y uno de ellos la vio. Y le ofreció un trato.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Darklife
Estado:
hace 2 días
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Peligro

El sol de la mañana se filtraba suavemente por las cortinas blancas del pequeño cuarto en el segundo piso del orfanato "Esperanza". Era una construcción antigua de dos pisos, con paredes de ladrillo rojo desgastado por el tiempo y un jardín frontal donde crecían rosales que la señora Camila cuidaba con dedicación.

Evelin se despertó con el canto de los pájaros y con los gritos de tres niños pequeños que ya corrían por el pasillo del segundo piso. Sus risas y llantos se mezclaban con el sonido de juguetes de plástico golpeando el suelo de madera. El orfanato nunca estaba en silencio, ni siquiera a esa hora.

Su habitación era modesta y vieja. Una cama individual con sábanas azules deslavadas por las lavadas ocupaba una esquina, con el colchón ligeramente hundido en el centro. Junto a la ventana había un escritorio de madera astillada, con una pata más corta que las otras que la señora Camila había nivelado con un trozo de cartón doblado. Sobre él solo había un lápiz sin punta, un cuaderno a medio usar y una taza de cerámica desconchada que usaba para guardar colores. En la pared, frente a la cama, colgaba un espejo pequeño con el marco de madera agrietado, donde Evelin se miraba cada mañana para peinarse. El armario, en la esquina opuesta, era tan antiguo que la puerta no cerraba del todo y las bisagras chirriaban cada vez que la abría.

Dentro del armario tenía pocas cosas, todas prestadas o donadas. Su uniforme escolar, una blusa blanca y una falda azul marino, era lo más cuidado que tenía. La falda se la había dejado Valentina, la mayor de las chicas del orfanato, que ahora vivía en los apartamentos de su escuela de tercer nivel pero seguía volviendo los fines de semana para ayudar a la señora Camila. Ni ella ni Daniel, el otro mayor, habían sido adoptados nunca, así que el orfanato seguía siendo su casa aunque ya no durmieran allí. La falda le quedaba un poco corta a Evelin y tenía pequeñas marcas de desgaste en las rodillas, pero la usaba con orgullo porque olía a la misma lavanda que la señora Camila usaba para todo. La blusa tenía los bordes del cuello ligeramente amarillentos de tantas lavadas. Su ropa normal también era prestada: un vestido de flores descoloridas que le quedaba grande en los hombros, un suéter gris con un pequeño agujero en el codo que la señora Camila había remendado, una camisa de cuadros de chico que le llegaba casi a las rodillas y que usaba como camisón para dormir, un mono de tela gruesa con una mancha de pintura en la manga que alguien había donado hacía meses, y un par de zapatos negros que ya habían perdido su brillo original. Todo lo que tenía llevaba las marcas de otros, de manos que lo habían usado antes y que ya no estaban.

En la pared, tenía pegados dibujos que ella misma había hecho: flores, un sol brillante y una casa con una familia sonriente.

Con cuidado, se preparó para ir a la escuela. Se puso su uniforme: la blusa blanca que olía a jabón barato y la falda azul marino que ya le quedaba corta. Se peinó su cabello castaño hasta dejarlo lacio frente al espejo agrietado y se colocó la cinta roja que la señora Camila le había regalado en su último cumpleaños, el único adorno nuevo que tenía. Guardó sus libros en el bolso desgastado pero limpio, y salió del cuarto.

Al bajar las escaleras de madera que crujían con cada paso, el aroma a café y pan recién horneado llenaba el aire. La sala común del orfanato era amplia, con muebles antiguos pero cómodos, y en las paredes colgaban fotografías de todos los niños que habían pasado por allí. Los tres niños pequeños, Tomás, Lucía y Mateo, estaban sentados en el suelo junto a la mesa, peleándose por un juguete de madera mientras la señora Camila intentaba calmarlos. En la cocina, Daniel, un joven de unos dieciocho años con el cabello revuelto, preparaba leche caliente para los pequeños mientras tarareaba una canción.

—¡Tomás, suelta eso! —decía la señora Camila, separando al más pequeño de su hermana—. Lucía, no le pegues a tu hermano. Mateo, deja de llorar, ya va a llegar tu leche.

—Ya casi está lista la leche, señora Camila —dijo Daniel sin levantar la vista de la estufa—. Solo déjeme revolver esto.

Allí estaba la señora Camila, una mujer de unos cuarenta años. Su cabello castaño estaba recogido en un moño y, aunque su rostro aún era joven, mostraba las ligeras marcas del cansancio de cuidar a tantos niños. Sus ojos amables siempre reflejaban una profunda preocupación por ellos. Vestía un delantal floral sobre su vestido sencillo.

—Buenos días, Evelin. Te ves tan tierna como siempre —le dijo la señora Camila mientras acomodaba un jarrón con flores frescas sobre la mesa, sin dejar de vigilar a los pequeños con el rabillo del ojo.

—¿Usted cree? Hoy me arreglé un poco para salir —le respondió Evelin con una sonrisa tímida, girando sobre sus talones para que la viera completa.

—Ya es hora de que salgas. Recuerda volver rápido al orfanato, han ocurrido unas desapariciones en la zona —le advirtió la mujer, acercándose para acomodarle el cuello de la blusa. Su voz sonaba seria, y sus ojos reflejaban una preocupación genuina—. No te alejes del camino principal.

—Está bien, señorita Camila. Volveré rápido de la escuela —prometió Evelin, tomando su bolso.

—Está bien, que tengas un buen día, pequeña.

Evelin salió del orfanato y cerró la puerta de madera detrás de sí. Afuera, el pueblo comenzaba a despertar. Escuchó el chirrido de las persianas metálicas de la tienda de la esquina subiéndose, el sonido rítmico de una escoba barriendo la acera, y conversaciones lejanas de vecinos que ya iban al trabajo. La campanilla de la panadería tintineó cuando el dueño colgó el cartel de "Abierto". Un vendedor ambulante empujaba su carrito más allá, y el golpeteo de sus ruedas sobre las piedras empedradas se mezclaba con sus pregones matutinos.

El camino hacia la escuela era familiar: una calle empedrada que serpenteaba a través del pueblo, flanqueada por casas de colores pastel con techos de tejas rojas. Los vecinos saludaban desde sus jardines.

A lo lejos, se podían ver las montañas que rodeaban el valle, cubiertas de bosques densos y verdes. El cielo estaba despejado, de un azul intenso sin nubes, y el sol brillaba con fuerza pero sin quemar. Era un día perfecto.

Evelin caminó felizmente, tarareando una canción que había aprendido en la escuela. Al llegar, el edificio escolar se alzaba imponente: una construcción de un solo piso con paredes blancas y un patio amplio donde los niños jugaban durante el recreo. Las aulas tenían ventanas grandes por donde entraba la luz natural, y en los pasillos colgaban los trabajos artísticos de los estudiantes.

Durante el día, Evelin se enfocó en sus estudios. La maestra Rosa, una mujer joven y paciente, explicaba matemáticas en la pizarra. Evelin levantaba la mano para participar, tomaba apuntes en su cuaderno y se apresuraba a terminar todas sus actividades. Quería salir temprano; vivía un poco lejos y no quería preocupar a la señora Camila con sus advertencias sobre las desapariciones.

Poco a poco fue pasando el día. El timbre final sonó, liberando a los estudiantes. Evelin guardó sus cosas rápidamente y se preparó para el regreso.

En el camino de vuelta, el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados. Las sombras se alargaban sobre el camino empedrado, y la brisa fresca de la tarde movía las hojas de los árboles. Sin embargo, Evelin empezó a sentirse incómoda.

Por el rabillo del ojo, notó que unos hombres la estaban siguiendo desde hacía un rato. Eran tres figuras oscuras que mantenían su distancia, pero que invariablemente giraban en las mismas calles que ella. El corazón le comenzó a latir con fuerza.

Presa del pánico, desvió su camino y entró a un bosque cercano. Era un lugar que conocía de vista pero donde nunca se había adentrado: árboles altos y frondosos formaban un dosel que apenas dejaba pasar la luz del atardecer. Las raíces sobresalían del suelo como serpientes retorcidas, y el musgo cubría las piedras y los troncos caídos. El aire olía a tierra húmeda y hojas en descomposición.

"La señora Camila siempre me dijo que no me acercara a este bosque", pensó Evelin mientras se abría paso entre los arbustos. "Pero si sigo por el camino, me van a atrapar. Tengo que perderlos aquí y luego buscar la salida."

Se agachó detrás de un tronco caído, tapándose la boca con las manos para no hacer ruido. Esperó uno, dos, tres minutos en silencio. No escuchaba nada. "Ya se fueron", se dijo a sí misma, sintiendo un pequeño alivio. "Seguro se cansaron de buscarme."

Pero entonces escuchó el crujido de una rama justo detrás de ella.

Evelin salió corriendo sin mirar atrás. "¿Cómo? ¿Cómo me encontraron tan rápido? Estoy segura de que me escondí bien", pensó con la respiración agitada. Corrió en zigzag entre los árboles, cambiando de dirección cada pocos pasos, tal como había visto en una película una vez. Se metió entre unos arbustos espinosos que le arañaron los brazos, se arrastró por debajo de unas ramas bajas y siguió corriendo hasta que sus piernas le ardieron.

Se detuvo un momento, jadeando, con la espalda pegada a un árbol grueso. "Ya está. No hay forma de que sepan dónde estoy. Este bosque es enorme. Ni yo sé dónde estoy."

Un escalofrío le recorrió la espalda al darse cuenta de sus propias palabras. Ni ella misma sabía dónde estaba. Miró a su alrededor y todo le pareció igual: los mismos árboles, las mismas sombras, el mismo musgo. El camino de entrada había desaparecido por completo.

"Me perdí", pensó, y el miedo le apretó el pecho como una mano fría. "Me perdí y ellos siguen ahí fuera."

Y como si el bosque la hubiera traicionado, escuchó voces. Cercanas. Demasiado cercanas.

"No puede ser. No es posible. Cambié de dirección muchas veces, me escondí, corrí lo más rápido que pude... ¿Cómo me siguen encontrando?" La confusión la paralizaba tanto como el miedo. "¿Me están rodeando? ¿Conocen este bosque mejor que yo? ¿O hay algo más que no estoy viendo?"

La persecución se prolongó hasta que cayó la noche. El bosque se transformó: lo que de día parecía inofensivo, ahora se volvía amenazante. Las sombras se fundían en una oscuridad casi total, solo rota por los rayos de luna que se filtraban entre las copas de los árboles. Los sonidos nocturnos del bosque —grillos, búhos, el crujir de ramas— se volvieron ensordecedores.

Evelin estaba agotada, con las piernas doloridas por correr, el uniforme sucio de tierra y hojas, y el estómago vacío. Tenía frío y miedo. Cada ruido la hacía saltar. Cada sombra le parecía un hombre acechando. Ya no sabía si corría para alejarse de ellos o si simplemente estaba dando vueltas en círculos, perdiéndose cada vez más en la oscuridad.

"Quiero volver al orfanato", pensó con los ojos llenos de lágrimas. "Quiero mi cama, quiero a la señora Camila, quiero que esto sea una pesadilla y despertar mañana."

Mientras buscaba a ciegas el camino de salida, tropezando con raíces y ramas, se topó de frente con uno de los hombres. Era alto, de complexión robusta, con una barba descuidada y ojos cansados pero calculadores que la evaluaron de arriba abajo bajo la luz de la luna. Llevaba una chaqueta gastada y botas sucias de barro.

El hombre se detuvo en seco al verla. Por un momento, ambos se quedaron inmóviles, mirándose. Luego, una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en su rostro. Se llevó las manos a las caderas, respirando hondo, y giró la cabeza hacia la oscuridad del bosque.

—¡Ey! ¡Aquí! —gritó con voz ronca, pero triunfante—. ¡Chicos, vengan! ¡La encontré!

"¿A cuántos más hay?", pensó Evelin, sintiendo que las piernas le fallaban.

El hombre dio un paso hacia ella, pero no se apresuró. En su lugar, se pasó una mano por la cara, frotándose los ojos con frustración.

—Maldita sea, niña... —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Llevamos horas buscándote. Pensé que íbamos a tener que volver con las manos vacías.

"¿Horas? ¿Cuánto tiempo ha pasado?", pensó Evelin, sintiendo un frío que le subía por la espalda.

—¡Apúrense! —volvió a gritar el hombre hacia el bosque—. ¡Está aquí, pero no voy a dejar que se escape otra vez!

Evelin salió corriendo, intentando perderlo entre los árboles. Sus pies resbalaban sobre las hojas húmedas, las ramas le golpeaban el rostro y el pulso le retumbaba en los oídos. Pero no lo logró. En cuestión de segundos, escuchó pasos acercándose desde diferentes direcciones.

Los otros dos hombres aparecieron entre los árboles. Uno era más joven, de rostro delgado y nervioso; el otro era mayor, con cicatrices en las manos y una mirada vacía. Ambos parecían igual de agotados: respiraban pesadamente, tenían la ropa sucia de barro y hojas, y sus rostros mostraban la frustración de una búsqueda prolongada.

—Por fin —dijo el más joven, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aliento—. Ya me estaba hartando de este maldito bosque.

El hombre alto se cruzó de brazos y la miró con atención, como si estuviera confirmando algo.

—Sí, es ella —dijo, más para sus compañeros que para Evelin—. La de la falda azul y la cinta roja en el pelo. Justo como nos dijeron.

—¿Estás seguro? —preguntó el más joven, enderezándose y acercándose para mirarla mejor—. No se ve muy diferente a las otras.

—Es la del orfanato "Esperanza", al norte del pueblo —respondió el hombre alto, sin apartar la vista de Evelin—. La hemos estado siguiendo toda la semana. Siempre sale sola de la escuela y se regresa caminando. Nadie la va a buscar.

—Yo pregunté en la panadería hace tres días —añadió el más joven, cruzándose de brazos—. Dijeron que siempre compra pan ahí los martes y jueves, que es muy educada. Hasta le dieron un dulce gratis la última vez.

—Y el viejo de la esquina nos dijo que vive en ese orfanato desde hace años, que no tiene familia —continuó el hombre alto—. Que la señora Camila la cuida bien, pero que es la única que siempre se regresa sola.

El mayor, el de las cicatrices, se acercó un paso más, entrecerrando los ojos como si la estuviera inspeccionando.

—Está flaca, pero mucho mejor que la otra —comentó con voz práctica, como si hablara de ganado—. La de la semana pasada estaba peor, tardamos días en que se recuperara antes de entregarla.

—Esa fue fácil —dijo el más joven, encogiéndose de hombros—. Solo esperamos a que se descuidara en el mercado. Ni siquiera gritó.

—Pero esta niña nos hizo correr mucho —murmuró el hombre alto, frotándose la nuca—. Casi la perdemos dos veces.

—Bueno, ya está aquí —dijo el mayor, sacando una cuerda del bolsillo de su chaqueta—. Está limpia, eso es bueno. No tiene marcas visibles. Eso sube el precio.

—Cinco a ocho años, como dijeron —continuó el hombre alto, como si estuviera leyendo una lista—. Sana, sin familia que la busque. Perfecta.

—Yo diría que tiene como siete u ocho —añadió el más joven, inclinándose un poco para mirarla mejor—. Se ve más grande que las otras que hemos agarrado. Pero eso no importa, mientras no tenga familia que pregunte.

"¿Mercancía? ¿Cliente? ¿La de la semana pasada? ¿Siete u ocho años?", pensó Evelin, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. "¿De qué están hablando? ¿A quién más se llevaron?"

—Bueno, ya dejamos de perder el tiempo —dijo el mayor, acercándose a ella con pasos lentos—. Agárrenla bien. Esta vez no se nos escapa.

Evelin, temblando de miedo, se agachó en el suelo y se agarró la cabeza con las manos. Las lágrimas corrían por sus mejillas sucias. Cerró los ojos con fuerza, pero la oscuridad detrás de sus párpados no la protegía de nada.

—Ayuda... por favor... ayuda...

Las palabras salieron claras, enteras. Todavía había fuerza en su voz. Todavía creía que alguien podía escucharla.

Podía oír los pasos acercándose. Botas aplastando hojas secas, ramas crujiendo bajo el peso de los hombres. Venían de todas direcciones.

"No pueden encontrarme, no pueden encontrarme, no pueden encontrarme", se repetía mentalmente, pero su voz interior sonaba cada vez más débil, como si se estuviera ahogando en su propio miedo.

—Ayuda... alguien... por favor...

Más bajo esta vez. La voz le tembló en la última sílaba, como una vela a punto de apagarse. Sus dedos se clavaban en su cabello, tirando de él sin darse cuenta. El mundo se reducía a ese pequeño espacio entre sus rodillas y el suelo, a ese círculo de oscuridad donde se había quedado.

"Quiero ir a casa. Quiero a la señora Camila. Quiero despertar. Esto no es real, esto no es real, esto no es real."

—Ayuda... por favor... ayu... da...

Se le quebró en el medio. La palabra se partió como un hilo que ya no aguanta más. Tragó saliva, pero tenía la garganta seca, rasposa, como si hubiera tragado tierra. Los pasos estaban más cerca. Ya no crujían hojas lejanas. Crujían sus hojas. Las de alrededor.

—Ayu... da... por... fa...

Casi no era una palabra. Era un sonido. Un gemido roto que le salía del pecho sin que ella lo decidiera. Los labios le temblaban tanto que las sílabas se le desarmaban en la boca. Ya no pensaba. Ya no había preguntas, ni planes, ni zigzags, ni escondites. Solo el sonido. Solo el rezo.

"Por favor, por favor, por favor..."

Y entonces, con lo último que le quedaba de voz, con un hilo tan delgado que apenas se distinguía del viento entre las hojas:

—...por... favor...

Un susurro. Casi nada. Una exhalación que se perdió antes de terminar.

Y los pasos ya estaban encima.

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