DESPEGUE
Daniel tuvo un fugaz recuerdo hacia los tres astronautas al ver despegar lentamente el encapsulado metálico. Aquellos héroes nacionales mitificados por cualquier diario con presupuesto para pagar su imagen. Fueron, al menos, los más famosos del planeta durante cinco minutos. Los cinco minutos en los que se anunció su muerte. Unos cortos cinco minutos, los cuales realmente tampoco justificaron el sufrimiento pasado para llegar a ser los escogidos para la misión. Cinco míseros minutos en los que todo el mundo los olvidó, tan rápido como los llegó a conocer. Aquellos tres astronautas no estaban allí, como se había planteado. Y Daniel pensaba que, al fin y al cabo, era normal que nadie les recordara. Ya habían pasado diecisiete años. La tardanza en preparar una segunda misión espacial frente a polémicas, especulaciones y nuevas precauciones aplicadas para evitar repetir la historia es extrañamente longeva, dado que lo más probable es que tres segundos de tripulación llevaran años preparándose para posiblemente sustituirlos. La trágica historia de la muerte de su padre y los otros dos individuos que de nada conocía.
El tumulto de gente presente en el lanzamiento pensó durante todavía unos pocos segundos en aquel héroe, como se le llamaba. Nadie en su esposa que quedaba viuda. Aquella pobre mujer que había entrado en depresión, la cual se aisló de todos, decidida a educar su nueva y única vida, a sus hijos. Lloraba. Lloraba mucho y Daniel lo pudo detectar desde pequeño, siendo despertado por las llamadas nocturnas de alguien con quien su madre lo daba todo, lo entregaba todo, y con quien encajaba a diario una pieza más del rompecabezas que aún tardaría en completarse, redimiendo esa tristeza que la dejaba ausente de esperanza. Ahora, cabe decir que con ellos su madre nunca mostraba sus sentimientos de tristeza y, con la ayuda de un par de píldoras constantemente anheladas, daba a ver su mejor carcajada, por mucho que sus ojos se fueran apagando lenta y agónicamente.
Ella hablaba a Daniel una vez tras otra de su padre, dándole una fascinante visión y recuerdo de él. Un hombre valiente, por supuesto. Defensor de su país. Y, puede que tan solo, de su país. Para el chico, esa figura que nunca llegó a conocer se convirtió en un referente. Un superhéroe, tan perfecto como podía llegar a ser.
El chico fue el único de la familia con valor suficiente como para presentarse a la cita del histórico hito de la humanidad: llegar a la Luna. Sin embargo, decir que ella se lo había pedido específicamente. Para su madre era muy importante. Daniel, en ese momento nocturno en que la mujer le susurró al oído la propuesta, no pudo apreciar qué tipo de importancia podía tener ir. Presentarse ante lo que le había destrozado la vida a su madre, sin embargo, no pudo hacer otra cosa que aceptar, y fotografiar en su mente la carcajada de satisfacción de la mujer cuando asintió flojamente. Una carcajada que respondió con otra vergonzosa. Daniel no sabía mucho de palabras. Las que le faltaban a él le sobraban a su hermana, que era capaz de expresarse por ambos. La madre de Daniel decía que él era especial, en el buen sentido, obviamente. Él sabía ver cosas que los demás no veían.
Daniel palpaba en su bolsillo derecho un pañuelo de papel cortesía de su madre. Ella sabía lo mucho que le estresaban al chico las masas, y la peculiar tranquilidad que a este le producía desmenuzar el trozo de pañuelo poco a poco.
El primer destello fogoso cegó su visión, obligándole a apartar repentinamente el rostro de la vista. No era únicamente el incandescente furor lo que le impedía contemplar la escena. Despreciaba en el satélite metálico, ver cómo se le escapaba de nuevo todo. La oportunidad de por fin tener una familia normal, una familia plena de vida, de poder disfrutar de la compañía de su madre un solo segundo más. Tan solo uno. De poder abrazar a su tan maravilloso padre que nunca conoció, de poder desenmascarar ese maldito misterio que sabía que le atormentaría durante los próximos meses. Y recordando lo primero que resolvió, el cubo de Rubik. El primer regalo que le hizo su madre, para recordarle que, por difícil que el problema pueda parecer y las posibles variantes que otorgue, él era quien tenía el control para resolverlo y no dependía de nadie más.
Corre, pensó. Corrió como nunca había corrido en la vida, haciéndose paso por la acumulación de gente que deseaba poder decir en pocos años que estuvo ahí, en ese momento histórico. Una vez que pudo salir del altercado, pudo acelerar el paso, el ritmo y sus pulsaciones, hasta que, al encontrarse para salir por la única puerta de aquella valla metálica tan alta que parecía que tocaría el cielo, percibió cómo el suelo temblaba, el polvo en suspensión hasta ahora yacente tranquilo a su alrededor se escandalizaba. Una imponente onda de choque lo atrapó por la espalda, atravesando hasta el último sentimiento de su cuerpo haciéndolo caer, y cautivándolo hacia un recuerdo que nunca podría olvidar.


![[GL] NO HAY CURA PARA EL AMOR - EDITANDO](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_18f34104b838616732eb19cde1203741.jpg)





