Capítulo único
Hola, mi nombre es María. Tengo 20 años y vivo en la parte norte de Bucaramanga con mi hermano menor. He estudiado medicina durante cinco años y… bueno, me encantan los dulces, demasiado quizás.
Mañana comenzaré a trabajar en uno de los hospitales más cercanos, y esta noche decidí salir a cenar con Emiliano, mi hermano. Fuimos a un restaurante pequeño, acogedor, que queda a pocas cuadras de casa. Mientras comíamos pasta y pizza con jugo de fresa, le advertí con cariño:
—Emiliano, mañana empiezo a trabajar. Si llego por la noche o incluso de madrugada, no te asustes, ¿ok?
—Tranquila, María —respondió Emiliano con una sonrisa—. ¿Llevas las llaves? Saqué las llaves del bolso y las agité frente a él, en broma. —Siempre las llevo —respondí, guiñándole un ojo.
A la tarde siguiente, llegué al lugar donde empezaría mi trabajo. El hospital estaba ubicado cerca de la carretera, un poco apartado del resto de la ciudad. A pesar del sol, el edificio proyectaba una sombra fría. Me acerqué al guardia de seguridad en la entrada.
—Hola, disculpe... me dijeron que trabajaría aquí —le dije, extendiendo los papeles de contratación. El guardia los revisó con lentitud, levantó la mirada y asintió con una expresión que no supe leer. —Bienvenida, señorita María. Adelante.
Entré al edificio. El aire dentro era más denso que afuera, y el olor a desinfectante apenas ocultaba otro aroma... más viejo. Me dirigí a la recepción.
—Vine para comenzar mi turno. Me dijeron que debía reportarme aquí. La recepcionista, sin apartar los ojos de la pantalla, dijo en voz baja: —Suba al segundo piso, gire a la derecha... y siga la cinta amarilla.
Me pareció extraño, pero no le di demasiada importancia. Supuse que la cinta amarilla era por cuestiones de seguridad o logística interna. Seguí las indicaciones que me habían dado.
Subí al segundo piso. El pasillo estaba silencioso, apenas iluminado por luces fluorescentes parpadeantes. Seguí la cinta amarilla hasta llegar al final del corredor, donde había dos puertas: una pintada de un rojo opaco, y la otra, de color café oscuro. Entre ambas, una placa metálica oxidada colgaba de la pared. En letras grabadas decía:
“Dr. Enrique — Toque antes de entrar”
Dudé un segundo. No sabía cuál puerta elegir, pero la cinta amarilla llegaba justo hasta la roja. Apreté los nudillos y di tres golpes secos.
Segundos después, una voz grave y rasposa se escuchó desde dentro:
—Adelante.
Entré al consultorio y lo primero que vi fue a un hombre joven, de cabello desordenado y con unos lentes metálicos de marco negro. Llevaba puesta una bata blanca algo arrugada y unos guantes quirúrgicos que no se había quitado.
—¿Qué se le ofrece, señorita? —preguntó con una voz seca pero educada.
—Vengo porque me aceptaron para trabajar aquí —le respondí con algo de nervios.
—Ah, claro. Doctor Enrique —dijo extendiéndome la mano—. Un gusto que trabaje con nosotros.
Le estreché la mano sin problemas. Su apretón fue firme, pero algo frío.
Charlamos unos minutos mientras me explicaba la dinámica del hospital, aunque siempre hablaba en un tono neutro, como si ocultara algo detrás de su rostro tranquilo. Luego me indicó cuál sería mi puesto de trabajo: la morgue.
Me llevó hasta allí por un pasillo estrecho que descendía, con luces que titilaban. Al llegar, me mostró el lugar, las herramientas y las funciones que tendría: clasificar cuerpos, registrar el estado en que llegaban y tomar notas para los informes.
Después de que se fue, comencé mi trabajo. Me enfoqué en las tareas asignadas, revisando los cadáveres uno por uno.
Un hombre con una herida de bala en la cabeza. Una mujer mayor con una enfermedad terminal. Y un joven… claramente víctima de una sobredosis.
Todo parecía rutinario. Pero algo me incomodaba. Sentía que alguien me observaba desde los refrigeradores cerrados.
Pasé toda la noche allí, entre los cuerpos. No podía evitar sentirme incómoda. El silencio, más que los cadáveres, era lo que realmente me inquietaba. Era un silencio pesado, que te obligaba a reflexionar sobre la muerte, el tiempo... y la soledad.
Después de esa noche, llegué a casa agotada. Apenas toqué la cama, caí rendida, como si me hubieran noqueado.
Los días siguientes continué trabajando en la morgue, revisando cuerpos con heridas de todo tipo: uno tenía marcas de apuñaladas, otro estaba cubierto de rasguños, y algunos llegaban tan sucios que era difícil siquiera acercarse sin contener la respiración.
Una noche, me pidieron que revisara un cuerpo recién ingresado: un joven. Lo que me llamó la atención fueron las heridas: no eran cortes comunes ni heridas de bala. Tenía el pecho perforado, como si lo hubieran atravesado con un objeto largo y puntiagudo. También presentaba varios moretones, como si hubiera forcejeado antes de morir.
Intrigada, me acerqué a uno de los oficiales.
—Disculpé... ¿qué le pasó a este cuerpo? —le pregunté, intentando no sonar demasiado afectada.
—Joven de 17 años. Fue atacado por un asesino en el campo, a eso de las diez de la noche. Lo llevaron al hospital lo más rápido que pudieron, pero... murió antes de que llegaran los médicos —respondió el oficial, con una voz baja y seria.
Aquello no sonaba como un crimen común. Las heridas no eran de cuchillo ni de arma de fuego... Durante el descanso, mi mente no dejaba de pensar en eso. Así que me acerqué a otro médico, uno de los que parecía llevar más tiempo en el hospital.
—Disculpa, me gustaría saber más sobre el cuerpo que trajeron hoy. El chico joven... ¿sabes qué le pasó exactamente? —pregunté con cuidado.
Me miró extrañado, como si dudara de que no supiera ya la historia.
—¿No te lo dijeron hace unas horas? —me dijo finalmente—. Un grupo de jóvenes fue asesinado por alguien… que no era precisamente humano. Un sociópata.
—¿Quién era ese sociópata? —pregunté, con un escalofrío en la espalda.
Me mostró unos documentos. En una de las fotos, aparecía un joven de cabello castaño abrazando a una chica. Había algo inquietante en su sonrisa.
—¿Sabes quién es la mujer? —preguntó el médico.
Al verla, lo recordé de inmediato.
—Es la señorita Maira… una psicóloga.
Asintió con la cabeza.
—Tenía un hermano. Era un asesino. Mató a varios jóvenes por puro capricho. Lo abatieron, o eso creímos. Pasaron los años… y entonces ocurrió lo imposible: volvió. No sabemos cómo, ni por qué. Mató a otro grupo de jóvenes, entre ellos el que trajeron hoy. Y… secuestró a una chica. La torturó. Logramos atraparlo… y lo encerramos en un asilo. Pero algo no cuadra. Nadie debería volver de la muerte… ¿verdad?
Me pregunté quién era ese joven.
—¿Quién era ese muchacho? —pregunté al médico.
—Se llama Helías. Un loquito —respondió con desdén.
Sentí un escalofrío. Tomé los documentos del escritorio y comencé a leer. Había una ficha clínica. El expediente decía: “Helías. Diagnóstico: espectro autista. No registró amistades durante su crecimiento. Sin pareja. Mostraba confianza únicamente con su familia directa”.
—¿Le dieron terapia? ¿Algún tipo de ayuda psicológica? —pregunté, aún sorprendida.
El médico negó con la cabeza, con desprecio.
—Ese muchacho no merece ayuda. Ya está perdido. Merece estar encerrado en un manicomio —dijo, sin un atisbo de compasión.
Sus palabras me incomodaron profundamente. No dije nada. Antes de irme, saqué unos caramelos que llevaba en el bolsillo. Le tendí uno sin mirarlo a los ojos. Él lo tomó, confundido. Luego me di la vuelta y volví a trabajar en silencio.
Una noche, mientras analizaba otro cuerpo, escuché un susurro.
—Ayuda…
Levanté la cabeza, mirando a mi alrededor. No había nadie.
<>, pensé, sin darle mayor importancia. Decidí terminar el trabajo lo antes posible. Solo quería dormir un poco.
Fui a la cafetería y me preparé un café. Mientras esperaba que la máquina terminara, volví a escuchar el susurro.
—Ayuda…
Esta vez, lo vi por el rabillo del ojo: una figura deforme, algo parecido a un animal con silueta femenina. Giré rápidamente la cabeza… pero no había nada. El café ya estaba listo.
Mientras lo tomaba, junto a unos caramelos, algo volvió a despertar mi curiosidad: el caso de ese joven llamado Helías. ¿Por qué no recibió ayuda médica? ¿Y dónde estaba la señorita Maira, la psicóloga de la foto? Recordé que la última vez que vi esos documentos, los llevaron a la oficina del Dr. Enrique.
<<Debo estar cansada>>, me dije a mí misma, mientras salía de la cafetería.
Me dirigí hacia la oficina del Dr. Enrique. Al llegar, noté que la puerta roja del cuarto contiguo estaba entreabierta. Me acerqué con cautela. No podía ver mucho, pero alcancé a distinguir a un par de guardias que cubrían una camilla mientras conversaban en voz baja. La puerta principal de su sala, sin embargo, estaba cerrada por completo.
Decidí no quedarme más tiempo ahí. Me di media vuelta… y entonces lo noté: un pequeño juego de llaves tirado en el suelo.
<< ¿Cómo llegaron hasta aquí si no había nadie más?>>, pensé, sintiendo un escalofrío.
No había explicación lógica. Dudé unos segundos, pero finalmente las recogí. Probé cada llave, una por una, hasta que una encajó perfectamente en la cerradura de la oficina del doctor.
La giré con cuidado, abrí la puerta… y la cerré tras de mí en completo silencio.
Busqué en el escritorio todos los papeles, pero no encontré nada. Revisé los estantes de libros sin éxito; cada documento parecía irrelevante. Ya estaba a punto de rendirme… cuando algo me llamó la atención.
Unos papeles sobresalían del borde del cesto de basura.
Me agaché con rapidez y, con la ayuda de una lámpara, los recogí. Eran los informes médicos de Helías. << ¿Qué hacen estos documentos en la basura? Este es un caso importante>>, pensé, con una creciente inquietud.
De pronto, sentí un pinchazo agudo en el cuello. Me giré sobresaltada… solo para ver a uno de los guardias parado detrás de mí. Tenía una porra eléctrica en la mano.
—No debiste buscar tanto —dijo, antes de golpearme con fuerza en la cabeza.
El dolor fue inmediato, intenso… y luego, todo se volvió negro.
Desperté aturdida. Una luz intensa me golpeaba directamente en los ojos. Quise moverme, pero no pude. Estaba amarrada con correas gruesas a una camilla. Mi uniforme de asistente ya no estaba. En su lugar, llevaba puesta una bata blanca de hospital.
Me invadió el miedo. <<¿Qué está pasando?>> pensé, con el corazón latiendo con fuerza.
Escuché pasos acercarse. Intenté liberarme con desesperación, tirando con fuerza de las correas.
—No funcionará —dijo una voz grave, sarcástica—. Varios locos y curiosos han pasado por aquí. Ninguno ha escapado.
La reconocí al instante.
Desde las sombras emergió el Dr. Enrique, acompañado por los dos guardias. Sonreía de forma torcida, casi burlona.
—Miren quién decidió meterse en mi oficina. La nueva —dijo, con tono cínico.
—¿Qué es esto? —pregunté con miedo, la voz me temblaba.
El doctor sonrió aún más, con una expresión enferma.
—No debías entrar a mi oficina.
—¿Por qué tiraste los datos de Helías a la basura? Es un joven con una condición médica, necesita ayuda —le reproché, con rabia contenida.
El doctor frunció los labios y se encogió de hombros.
—No importa. Cada vez hay más con esa “condición”. Para mí, es una enfermedad. Y como toda enfermedad…
—¡Es un humano! —lo interrumpí, furiosa—. Merece respeto, atención, comprensión. ¡No puedes decidir quién vale y quién no!
Pero ellos… simplemente se echaron a reír.
—Ay, niña ingenua —dijo uno de los guardias mientras el doctor movía los dedos en el aire, como si contara dinero—. ¿De verdad crees que a alguien le importa eso? Aquí solo importan los que pagan.
quedaba.
El doctor hizo un chasquido con los dedos. Uno de los guardias salió de la habitación y regresó al poco tiempo con una bandeja metálica. Encima, varias jeringas con líquidos de distintos colores brillaban bajo la luz.
—¿Qué es eso...? —pregunté, con la voz quebrada por el miedo.
El doctor me miró con una expresión de placer retorcido.
—Una prueba —respondió tranquilamente—. Cada una de estas inyecciones está diseñada para algo diferente. Algunas te debilitarán. Otras… bueno, te harán apagarte poco a poco. Mientras tanto, servirás como… anatomía funcional. Vamos a estudiar cómo reaccionan tus órganos. Empezando por tu sistema reproductor.
Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza. El sudor frío me cubría la frente. El corazón me retumbaba en los oídos.
—¡Cuando mi hermano se entere que no aparezco, vendrá por mí...! —alcancé a decir.
Pero el doctor solo sonrió. Esa sonrisa me heló la sangre.
—Gracias por decírmelo —susurró—. Si alguien más llega a sospechar, lo mataremos. Empezando por tu hermano. Y si alguien pregunta por ti… diremos que fuiste despedida por comportamiento inestable.
Las palabras se clavaron como cuchillas. No solo me tenían atrapada… también pensaban borrar toda prueba de lo que habían hecho.
El Dr. Enrique se retiró lentamente, dejándome sola con los dos guardias. Mi respiración se volvió más agitada al ver cómo uno de ellos comenzaba a preparar una de las jeringas.
Asustada, empecé a forcejear contra las correas que me sujetaban. El pánico me invadió. Grité con todas mis fuerzas, pero nadie vino. Uno de los guardias se acercó y me sujetó con fuerza por el torso, mientras el otro tomó mi brazo.
—No te muevas, será rápido... —dijo con indiferencia.
Sentí la aguja penetrar mi piel. Vi cómo el líquido rojo dentro de la jeringa comenzaba a fluir hacia mi cuerpo… pero algo extraño sucedió: mientras entraba, el color del líquido cambió. Pasó de un rojo intenso a un azul profundo, casi eléctrico.
Un frío intenso me recorrió el brazo. Mi visión se volvió borrosa por unos segundos. El corazón me latía con violencia.
—Ya está —murmuró el guardia, soltándome como si fuera un objeto más.
Ambos se alejaron de la camilla.
—Me encantaría quedarme a ver cómo mueres —dijo uno de ellos con sarcasmo—, pero tengo antojo de una dona… y de comprar un regalo.
Se echaron a reír y salieron de la sala, dejándome sola en medio del silencio, la oscuridad… y algo nuevo que comenzaba a cambiar dentro de mí.
Sentí cómo mi vida se apagaba poco a poco. Luché con todas mis fuerzas, pero fue en vano. El cuerpo ya no me respondía. La oscuridad comenzaba a invadir mi vista.
Fue entonces cuando, en una esquina de la sala, vi una luz… una figura se formó en medio de ella: una silueta femenina azulada, con aspecto de un animal parecido a un perro. Sus ojos brillaban como fuego blanco. Avanzó hacia mí en silencio, mirándome fijamente.
Entonces la escuché.
No habló con palabras… su voz resonó en mi mente:
<<Ayúdalo>>.
Se acercó más. Puso una mano cálida sobre mi mejilla. Yo no podía moverme, no podía hablar… solo la observaba, sin entender del todo si era real o una ilusión.
<<Ayúdalo>>, repitió con ternura… y luego me besó en la frente.
Su otra mano tocó mi pecho. Un dolor agudo y ardiente me atravesó justo en el corazón.
Y antes de que todo se volviera completamente negro, comprendí algo: no era mi fin.
Saqué una bocanada de aire como si emergiera de lo profundo del agua. Mi cuerpo comenzó a temblar. Un dolor agudo, como si me desgarraran desde adentro, me hizo gritar con todas mis fuerzas.
Sin entender cómo, las correas de la camilla cedieron. Las rompí.
Me incorporé temblando. El dolor comenzó a disminuir, pero algo no iba bien… o tal vez, demasiado bien. Mi cuerpo se sentía diferente. Menos frágil. Más fuerte. Más… denso.
—¿Qué me pasó? —susurré con miedo, mirando mis manos, mi piel, tratando de reconocerme.
No tuve tiempo de procesarlo. La puerta se abrió de golpe. Entraron los guardias.
Al verme de pie, libres sus ojos se abrieron como platos. Uno de ellos gritó:
—¡¿Cómo demonios saliste?! ¡Entrégate ahora mismo!
Ambos sacaron sus bastones tonfa. Uno se abalanzó hacia mí.
Por puro instinto me aparté. El golpe falló por centímetros. No sé cómo lo esquivé, fue como si el tiempo se hubiese ralentizado.
Respondí con un empujón desesperado.
El guardia salió disparado por el aire, chocando contra una estantería. El estruendo fue brutal.
<< ¿Qué… fue eso?>> me pregunté, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza. Mis manos temblaban, pero no de miedo… sino de poder.
El segundo guardia sacó una pistola y me apuntó directo al pecho. Me agaché por reflejo, esquivando los primeros disparos. Pero uno me alcanzó en el abdomen.
El dolor fue punzante. Grité, cayendo al suelo mientras me aferraba los brazos al vientre. Cerré los ojos, segura de que ese sería mi final.
Pero no. Pasaron unos segundos… y el dolor desapareció. Miré mi abdomen. No había sangre. No había herida. Nada.
El guardia, temblando, se acercó con el arma aún apuntando. Su dedo en el gatillo. Me miraba como si yo fuera un monstruo.
De una patada, le quité la pistola. Me levanté como pude, forcejeando con él. Era fuerte. Me superaba. Me estaba agotando.
Tropezamos con una mesa y caímos al suelo. El guardia se me lanzó encima, sus manos rodearon mi cuello. Me asfixiaba.
Intenté apartarlo, pero mis fuerzas me abandonaban. Desesperada, tanteé el suelo y sentí algo frío. Un bisturí quirúrgico.
Lo agarré y, sin pensar, lo clavé en su cuello.
La sangre brotó con violencia, bañándome el rostro. El cuerpo cayó sobre mí, inerte.
Lo empujé con dificultad. Jadeando, me llevé las manos al cuello. Tosí. Respiré hondo.
Me puse de pie como pude y revisé un armario. Encontré un uniforme de asistente, uno grande, lo suficientemente ancho para cubrirme. Me lo puse a toda prisa.
Tomé varios bisturís, algunas jeringas, el bastón tonfa y la pistola, que guardé en la cintura.
Luego fui a la oficina. Busqué y recogí todos los documentos relacionados con Helías. Tenía que salir de allí. Tenía que llegar a casa. Antes de que fuera demasiado tarde.
Con el dinero que había robado, pedí un taxi y le rogué al conductor que me llevara a casa lo más rápido posible.
Cuando llegué, algo me hizo frenar en seco.
Las puertas estaban abiertas.
Con cautela, saqué las llaves... pero no hicieron falta. La cerradura había sido forzada.
Entré en silencio. El interior estaba oscuro. Frío. Silencioso.
Pero entonces lo escuché. Tac... tac... tac... El sonido rítmico de un lapicero golpeando la madera.
La luz de la luna se filtraba por la ventana. Y ahí lo vi. Mi hermano Emiliano. Sentado. Inmóvil.
Corrí hacia él. —¿Emiliano...? —susurré, acercándome lentamente.
Pero algo no encajaba. Algo estaba mal. El aire era espeso. Y de pronto, ese hedor. Ese olor inconfundible.
Olor a muerte.
—Bienvenida, María —dijo una voz detrás de él—. —Saluda a tu hermano, linda.
Entonces el cuerpo de Emiliano se desplomó hacia mí. Sus ojos estaban en blanco. La expresión en su rostro era de puro terror. Ya no respiraba.
Caí de rodillas. Las lágrimas brotaron sin control. Golpeé el suelo, desesperada.
—Él no tenía la culpa... ¡ÉL NO! —grité, ahogada por el dolor—. ¡¿Por qué a él?! ¡¿POR QUÉ?!
—Ay, niña... —dijo una voz grave desde la oscuridad—. —Hubieras pensado en eso antes de entrometerte.
El Dr. Enrique apareció desde las sombras, con una sonrisa siniestra dibujada en el rostro. —Y créeme, no eres la primera que se mete conmigo... y sale viva.
Sacó un arma de fuego y la apuntó directo a mi rostro.
Estaba furiosa. El dolor, el miedo, la tristeza… todo se mezcló en un grito interno que estalló dentro de mí.
Me abalancé sobre él, sin pensar. Sentí el disparo atravesar mi cuello. El ardor fue insoportable. Pero no me detuve.
Apreté sus hombros y, con lo poco que me quedaba de fuerza, lo empujé con furia contra la mesa.
Ambos caímos. Sangraba. Tosía. Pero no me importaba.
Saqué un bisturí. Y con la otra mano, una jeringa cargada con lo primero que había tomado en el hospital.
Grité como una fiera. Lo apuñalé en el pecho una, dos, tres veces, mientras forcejeaba para clavarle la jeringa.
—¡POR MI HERMANO! —grité, entre lágrimas y sangre.
Con toda mi rabia, le hundí la jeringa en el corazón.
Él chilló como un animal, pero aún tenía fuerzas. Me lanzó de una patada, haciéndome chocar contra el sofá.
Caí, jadeando.
Pero ya no temblaba. Ya no dudaba.
Saqué la pistola de mi cintura. Apunté directo a su pecho.
—Nos veremos en el infierno.
¡BANG!¡BANG! ¡BANG!
El cuerpo del Dr. Enrique cayó de espaldas, sin vida.
Caí al suelo, rendida. El dolor me arrastró al sueño.
Desperté… en el vacío.
Frente a mí, una figura canina femenina me observaba en silencio. Su cuerpo era alto, estilizado, y sus ojos parecían conocerme desde siempre. Movió una mano, invitándome a levantarme.
Con dificultad me puse de pie. No entendía qué estaba ocurriendo.
Ella parpadeó… y en un instante estuvo frente a mí. Me abrazó. Sus brazos eran cálidos, como si cargaran con todo el dolor del mundo.
De repente, una visión: un hospital psiquiátrico en Colombia. Vi un cuarto blanco. Frío. Un joven estaba acurrucado en la esquina, temblando de miedo. Su mirada perdida, como si el mundo ya lo hubiera olvidado.
—Ayúdalo —susurró la criatura.
Desperté alterada. Jadeando. No sabía cuánto tiempo había pasado.
Antes de irme, subí el cuerpo sin vida de mi hermano hasta su cama. Lo arropé con cuidado. Le di un beso en la frente.
—Descansa, Emiliano.
Salí de la casa. Las luces de la calle eran pocas, la noche parecía tragarlo todo.
Saqué los documentos médicos que había robado. Un nombre brillaba entre todos.
Helías.
—Tranquilo, chico... —susurré para mí—. Yo seré quien te examine.
Y con paso firme, me adentré en la oscuridad.
Fin.

![Kira [Completa]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_0e6399958cd358c30469b2d86d41f0e9.jpg)






