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Demonial

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Sinopsis

Cuando un ángel guardián inepto rompe las leyes y desciende al mundo humano, emprende una búsqueda para encontrar a su protegido. Mientras más tiempo pase a su lado, la oscuridad en su interior sale a flote. El ángel oscuro ya ha dado todo por su humano. Incluso a costa de mentiras, traiciones y actos imperdonables, permanecerá junto a él. Sin embargo, ¿qué decisión tomará cuando su humano decida ir por el peor camino?

Genero:
Thriller
Autor/a:
Elizabeth Hell
Estado:
hace 15 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

La noche en la que el ángel descendió a la Tierra, nubes negras azotadas por el viento de una cercana tormenta, ocultaron la inmensa luna que pintaba las colinas y puntas de los pinos con su luz. El ángel descendió sobre ellas, a la altura donde el aire era más frío que en tierra firme y escuchaba el silbido del bosque como quien oye la fuerza del mar; observó la firmeza de los árboles que se balanceaban en un remolino, y luego hacia atrás, señalando con sus ramas las profundidades del bosque inhabitado. Se dio la vuelta y voló en sentido contrario al poderoso viento, atravesando sin apuro las colinas, pues sabía que con su vuelo arribaría la ciudad incluso antes que la lluvia regara el césped.

Conocía bien su destino pese a nunca haber visitado el mundo humano, y aún curioso por el enorme jardín de Dios, no se desvió del camino.

Atravesó montañas, campos, granjas y carreteras angostas hasta llegar finalmente a la brillante ciudad. Descendió todavía más, al pie de los edificios, y ralentizó su observación en aquel vibrante sitio.

Los humanos caminaban por las calles y reían entre ellos. Algunos más pequeños jugaban en las plazas llenas de luz a supervisión de sus mayores, y otros, de más altura y menos radiantes, parecían conversar con un artefacto negro apoyado en la oreja.

Una vez se adentró a lo profundo de la ciudad, el ángel llegó a su destino. Descendió hasta el suelo, observó frente a él la estructura cuya superficie titilaba en un enorme cartel: “Hospital”.

El ángel entró, presenciando allí un bullicio diferente al que escuchó en el centro de la ciudad. En el hospital, se oían metales y pisadas apresuradas, llantos adultos y menores, chillidos y voces quejumbrosas. Algunos humanos dormitaban en sus asientos pese al escándalo, y otros parecían ajenos a este, inmersos en su labor frente a pantallas y mecanismos, o cubriendo sus oídos con tapones cuyo cable se escondía hasta el interior de sus bolsillos.

Finalmente, atravesando la última puerta de su travesía, el ángel se detuvo frente a una mujer en cama. La mujer, agitada y sudada, parecía haber tenido la peor noche de su vida. Alzó la mirada y por fin sus ojos se iluminaron. Estaba viendo a su bebé ser acercado a sus brazos, y allí el ángel encontró a su protegido.

El ángel observó cómo ese frágil ser, bañado en sangre el día de su nacimiento, abrió los ojos siendo tan solo después de ser sujetado por su madre. Unos enormes ojos negros, al instante aturdidos por las luces del lugar. Ella sonrió con lágrimas en la cara, abrazándolo para cubrirlo y darle calor, despojada del dolor y abrigada por la felicidad de tener en sus manos a su hijo.

Sobre el hombro de la mujer, el ángel se topó los ojos del pequeño. Como si fuese capaz de verlo, el bebé empezó a llorar dando uso total a su garganta, enrojeciendo su cabeza entera y hundiendo sus enormes ojos en las mejillas. En ese momento, la lluvia azotó las ventanas del hospital.

Aquella era la memoria que guardaba el ángel como la bienvenida de su humano. En esos tiempos, no existía tal concepto como la felicidad y el dolor en su dialecto. Mucho menos comprendía en esos tiempos, la necesidad desesperada que tendría de que la lluvia volviera a caer con esa fuerza.

El nacimiento de su humano, abrazado con amor y protección, no se asemejó en nada a la bienvenida del ángel al mundo, la noche en la que decidió perder sus alas.

Esa noche, había humedad, pero ni una sola gota se atrevió a caer.

Todo era fuego. Se arrastraba en el piso carbonizado, tragando humo que cortaba su garganta con cada jadeo, un calor abrasador que hervía la ropa a su piel, dejando un rastro sangriento. Su vista, borrosa, discernía la yema de sus dedos temblar y derretirse en grasa negra que se vaporizaba en la madera.

Convertido en carne al rojo vivo, el ángel sintió por primera vez. Sintió la rabia del Cielo.

La carne humana que había poseído como suya, no solo se había quemado. Cuando las llamas fueron apagadas horas después del incendio, todavía respirando, su espalda recibió un penetrante disparo de agua helada que barrió su cuerpo enteramente, perdiendo la consciencia al instante.

Después de eso no hubo recuerdos. Porque al abrir los ojos, el falso humano ya no se encontraba en la casa de la colina. Por un instante, fragmentos de lo que había sucedido pincharon como agujas el interior de su cráneo, sin llegar a hilar alguno de ellos. Estaba perdido y desconcertado, donde, al subir la vista, reconoció como otro hospital. Sin embargo, mientras más observaba su alrededor, entendió que aquel lugar no se asemejaba al hospital en el que nació el bebé. Primeramente, porque estaba atado de pies y manos. Solo había una “ventana”, y yacía en el centro de la única puerta y salida de la sombría habitación; no había una “madre”, sino ojos ajenos que lo observaban tras de ella, cuyas voces no alcanzaban sus oídos pese a ver con claridad el movimiento de sus bocas. Creyó que haber sobrevivido le daría la oportunidad por la que había velado. Pero, con los días, aprendió que cada persona que entraba a la habitación no lo abrigaría con su calor. Siempre traían consigo un carrito cargado de utensilios quirúrgicos, a veces diminutos y afilados, a veces medianos y anchos, y cuyo uso fue abrir su carne, rebanarla, penetrarla o cavar agujeros en ella, rellenarla de líquidos desconocidos, sangre ajena e inseminar semillas o huevos de insecto. Probaron también la capacidad de sus huesos a través de los dislocamientos hasta la rotura; martillaron sus dientes; mutilaron extremidades, cegaron su vista, destruyeron sus tímpanos y le inyectaron enfermedades varias. Fascinados con su capacidad de, lo que llamaron, regeneración, los humanos eran libres de límites. Entendió el significado de la piedad, porque al ver que su capacidad de regeneración era muchísimo más lenta cuando no había descanso, le permitieron dormir por las noches.

Antes de aprender a caminar, el ángel humano aprendió a gritar, retorcerse, temblar y desmayarse. Conoció su cuerpo a través del dolor, de lo que sucedía con cada instrumento que utilizaban en su piel, ojos, boca, orejas y nariz. Y no solo aprendió sobre su cuerpo, sino también sobre los humanos, quienes lo sorprendían de tiempo en tiempo con nuevos experimentos, y de ser imposibles para su cuerpo, los hacían posibles, tardase lo que tardase, incluso si el resultado desgraciadamente no cambiara.

Cuando le abrían la puerta, siempre custodiado por un hombre o mujer de gris, veía por fin la luz del sol a través de las ventanas reales. Parecía encontrarse en un lugar lejano a la civilización, no veía más allá de árboles y tierra amarilla, rejas y la alargada estructura donde se hallaba. Al principio era difícil acostumbrarse a un centro de gravedad, la complejidad que llevaba dentro y el movimiento que debía hacer de forma constante con las piernas. Le llevó un mes y medio caminar por sí mismo, todavía custodiado y acompañado hasta el patio interior. Allí era donde los de gris se detenían en los pasillos o se quedaban en las esquinas vigilando a los pacientes.

El falso humano no pudo congeniar con ninguno de los que habitaban el lugar. Eran distintos a los humanos que había visto en la vibrante ciudad que ahora extrañaba. Jugaban solos o se aislaban bajo las mesas. Dibujaban, comían o permanecían sentados en el piso mirando las paredes. Unos parloteaban sin cesar, e incluso llegaron a tomarlo por las mangas para abrumar sus oídos de palabras que era incapaz de descifrar. Otros, ni bien lo veían, sufrían un ataque de pánico y corrían o se escondían hasta que llegaban los de gris a llevárselos.

A los tres meses, tuvo su primera conversación. Corta, pero demasiado para él, que había desgarrado y regenerado incontables veces sus cuerdas vocales.

Se tomó su tiempo para imitar a los humanos reales cada vez que apagaban las luces y sabía que nadie vendría a su cuarto hasta el amanecer.

Había observado con anterioridad a la mujer, parte de quienes miraban las paredes como si vivieran un sueño. Así mismo estaba ella, sentada con los brazos rodeando las rodillas, atrapada en la luz de una ventana. De los brazos de la mujer sobresalían venas moradas, marcas de agujas y rasguños todavía rojos, mal cocidos.

Intentó acomodarse a su lado, a cierta distancia. Se aclaró la garganta y preguntó:

—¿Qué ves?

La expresión de ella no se había inmutado. Permaneció mirando con sus encantados ojos verdes hacia arriba.

—Dios —dijo—. No puedo verlo con claridad, pero allí está.

Él miró hacia la ventana también, más no imitó el entusiasmo de la mujer.

—Yo solo veo afuera.

—¡Pídele a Dios! —Se volteó hacia él de repente—. ¡Nos está escuchando!... Nos hará libres, yo sé que sí. ¡Nos sacará de aquí! —Y lo tomó de la mano, pero él se volvió de inmediato mirándola con desdén.

—Fue él quien me puso aquí. —La alejó antes de levantarse apresurado.

—¡Oh, no temas! —gritaba la mujer todavía en el suelo—, ¡no tengas miedo! ¡Dios nos salvará!

Caminando rápidamente mientras se rascaba el dorso de la mano con frenetismo, musitó lo último que habría dicho en aquel lugar.

—No. Él es aterrador.

Pasó allí los siguientes trescientos sesenta y tres días, su primer año como ser humano. Y en cada día que pasaba, cada hora que contaba mientras sometían su cuerpo a tortuosos experimentos, una sola imagen lo mantuvo consciente: los ojos negros y brillantes que lo pudieron mirar antes de que él siquiera tuviese cuerpo.

Se preguntaba cómo estaría ese pequeño humano. Cuánto habría crecido, cuánto habría cambiado, y la ansiedad envenenaba su pecho ante la simple premonición de que pudiese estar herido, atrapado como lo estaba él, o si bajo alguna circunstancia hubiese perecido. Porque lo poco que sabía de los humanos era que, una vez muertos, no había forma de regresarlos.

Y como si aquel pensamiento hubiese sonado distinto a comparación de los días anteriores, el ángel inepto tuvo una nueva sensación. Una inquietud, nacida de la sospecha de sus propias acciones, de las decisiones que lo habían llevado a donde estaba, o bien dicho, de las que lo mantuvieron allí por tanto tiempo. En realidad, pudo haber escapado mucho antes, cuando dominó el caminar y su cuerpo robado se recuperó de ser un cadáver viviente. Cualquiera de esas noches solitarias, se habría quitado las cadenas, habría roto la puerta, y bien habría salido por las ventanas de los pasillos bajo la enorme luz de luna. Pudo haber alcanzado a su protegido hace tiempo, sin embargo, no lo hizo. Estaba seguro de que Dios mismo lo había puesto allí a causa de romper las leyes del Cielo. Y mientras observaba ahora la puerta desde su camilla reforzada, se dio cuenta de que fue un error. Él nunca fue un ángel guardián. Ahora, tampoco era un ángel. Había abandonado todo aquello que antes entendía como suyo, y no comprendía cuál era su objetivo, misión o deber, pero tenía una muy clara necesidad: ver de nuevo a su humano.

Por ello, una vez libre, no escatimó en retrasos y dedicó el resto de sus días a encontrarlo.

No tenía idea de la clase de humano en la que se había convertido ese pequeño.

Cuando lo dejó atrás, fue poco antes de su décimo cuarto cumpleaños, y antes de haber poseído un cuerpo, no se fijó en la fecha exacta; el ser un ángel el tiempo avanzaba como un suspiro. Durante el crecimiento del humano, su cabello se fue tornando de rubio aceitoso, y su piel facial se amoldó sobre su calavera cual fino velo, cubriendo selectas facciones y tallándolo con una elegancia que habría imaginado imposible en la cara regordeta que lo caracterizó de bebé. Desde sus once a trece años hizo uso de su apariencia, modelando para revistas de ropa y accesorios para niños, por lo que también, desde sus once a trece años había ganado un ego propio de avispado rostro.

Se le hizo eterno contar días y noches donde apenas diferenciaba la luz de luna con la del sol en su oscuro cuarto. Luego de haberse escapado, se escabulló en los bosques y se le hizo hasta gentil la supervivencia allí de lo que fue en el tortuoso “hospital”. Resistió el hambre y la sed, pues su único objetivo era huir lo más rápido posible, lo más lejos y localizar al humano. Así, sobrevivió dos noches más, escondiéndose en los arbustos espinosos, durmiendo entre arañas, gusanos y troncos, No hubo más peligro; los animales se espantaban con su mera presencia. Despertó al amanecer. Tras unos pasos en busca de un río para hidratarse, se encontró en la cumbre donde acababa el bosque y se mecía otro al pie del acantilado.

Más allá de los árboles, en las colinas lejanas donde salía el sol, logró ver el paisaje de la ciudad que buscaba.

Sin embargo, un disparo acalló el bosque. Al darse la vuelta vio una manada de personas en su caza, gritando y señalando con sus armas. Bajó la vista, su camisa se humedecía en rojo. Sus dedos se pintaron de sangre, y el mareo lo empujó a una caída libre. Su cuerpo golpeó algunas rocas de la montaña, y siguió cayendo hasta empalarse en las ramas de un roble, que empujaron la bala aún más a su interior. Vomitó sangre en lo que su cuerpo colgaba. El dolor punzante lo paralizó, pero no podía permitirse desmayarse. Todavía escuchaba las voces de aquellos quienes lo buscaban. Temblando, elevó su brazo a la altura de la rama. El simple movimiento fue suficiente para estremecerlo. Vomitó un poco más. Apretando los dientes y lagrimeando, repitió lo mismo con el otro brazo, hasta tener los dos sobre la rama. Juntó el valor y el dolor de todo lo que había sufrido, diciéndose para sí que aquello no era más que un rasguño. De un rápido empuje, cayó de espaldas a la tierra firme.

Sus músculos no reaccionaron. Su estómago seguía hundiéndose contra la tierra seca, como si no hubiese terminado de caer, y sus pulmones, encogidos, no recibieron oxígeno. Escuchó otro disparo en el bosque, más no supo a dónde fue dirigido.

De golpe, el aire llenó sus pulmones, reviviéndolo al momento con una fuerte tos. Salpicando lágrimas y saliva, olvidó la bala en su interior por un instante. Sintió el impulso de vomitar, se balanceó a un lado, y con la boca ácida, empezó a arrastrarse. Era incapaz de regenerarse en aquel estado.

La sangre, la suciedad, oscurecieron la ropa celeste, dejando un rastro camuflado por la vegetación. Debía hallar un arbusto o lugar donde esconderse antes de que los humanos lo vieran. Sin embargo, nada era lo suficientemente grande para él, sería visto. Agonizado y aturdido por un disparo más, sus oídos reconocieron un murmullo de agua cercana. Se arrastró de a poco, escalando la subida de tierra. Allí vio una zanja cuyo solo hedor espantaba incluso a los animales deshidratados. Se esforzó en subir todo su cuerpo y dejarlo rodar hasta el agua podrida. Entró de lleno en la zanja, con la cabeza parcialmente fuera. El hedor era tan fuerte que estuvo a punto de vomitar, y se temía que hubiera algún cadáver zambullido cerca. Escuchó las voces de los cazadores y no tuvo más opción que tragarse su propio vómito. Inhaló la peste, llenando sus pulmones de aire contaminado, y sumergió su cuerpo entero. El agua no tardaría en pintarse de rojo, por lo que solo pudo esperar a que los humanos se fueran rápido de allí.

Las voces se volvieron vibraciones bajo el agua. Sentía hormigueos en el vientre, cosquillas en los oídos que iban introduciéndose más en los conductos, y el hedor a muerto, impregnado en su boca, infiltrado en las fosas nasales por el error de un mal respiro cuando cayó en la zanja. Oyó el tercer disparo, y una serie de pisadas alejándose. Incapaz de resistir otro minuto, sacó la cabeza del agua de inmediato, arrastrándose de regreso a la orilla, enterrando las uñas en la tierra. El olor a muerto lo empujó a vomitar antes de que alzara el resto de su cuerpo a la orilla, y allí estuvo, vaciando su estómago sin descanso.

Había llegado a su límite. Sin poder arrastrarse más, se acostó boca arriba, totalmente mojado y desangrado. Su cuerpo estaba pegajoso, cubierto de mucosidad.

Observó las ramas de los árboles encerrar el cielo en un espiral, que se desenfocaban gradualmente con su lenta respiración. Los sonidos se iban apagando, asimismo el dolor. Adormecido, dejó que sus párpados lo arroparan, descansando por primera vez.

El cuerpo humano era de tal complejidad, que ni siquiera su poder era capaz de reconstruirlo en su totalidad.

Abrió los ojos en un cielo gris, pero con cierta claridad. Incluso si lo evitaba, las memorias regresaban en los momentos más inoportunos. Bajó la vista al presente. El suelo asfaltado, los edificios medianos y basura desparramada en los callejones; la verdadera la ciudad vibrante por la que tanto había luchado en alcanzar. Se rio para sus adentros.

Vio a un hombre pasar cerca de su lado, y enseguida lo detuvo:

—Oiga. ¿Qué hora es?

Incómodo, el sujeto retrocedió. Revisó su reloj y le regresó una mirada reñida.

—… Las cinco, joven.

Un graznido lo sobresaltó, continuando su camino aprisa, volteándose cada metro por el temor de que el joven maleante o vagabundo lo acechara. Sin embargo, el chico se quedó de brazos cruzados en el muro, graznando para sí mismo.

—¿Y ahora adónde se ha metido este imbécil? —murmuró por último antes de despegar sus brazos y llevarlos a los bolsillos.

La poca gente que tuvo la mala fortuna de ver pasar al encapuchado, o bien se sobresaltaban como el anterior sujeto, o se alejaban, mirándolo desdeñosos tal como verían a un joven descarrilado.

Se adentró en los callejones húmedos y malolientes, entorno que lo devolvía al pasado. Cruzó un par de calles, y los alrededores empezaron a verse más limpios y bellos. Se estaba acercando a la escuela privada de los Alces, de donde debió salir su humano hace treinta minutos. Sin embargo, todavía a un kilómetro de allí, se dio cuenta que no se hallaba dentro. Bufó, era evidente lo que ocurría por mucho que quería evitarlo cada vez. Dio la vuelta y trotó por el camino que su humano tomaba al salir de la escuela. Todavía habian algunos estudiantes paseando cerca, chicas conversando y chicos riendo entre ellos. Esto lo irritó todavía más, oscureciendo su semblante con cada paso. Finalmente llegando al centro de la ciudad, buscó con sus ojos cualquier pista que lo llevara a donde estaba su humano. El sol comenzaba a salir de las nubes grises, provocándole un dolor de cabeza. Se situó bajo el techo exterior de una cafetería y disimuladamente se sentó, observando la gente pasar.

Tras unos segundos, una mujer de cabello marrón se acercó y apoyó en su mesa la carta.

—¿Puedo servirle? —preguntó suavemente.

Él, sin haber quitado las manos de los bolsillos, se echó hacia atrás en la silla y apenas la miró a los ojos.

—Todavía estoy decidiendo.

—¡Está bien!, por favor, levante la mano cuando esté listo. Vendré enseguida —y se alejó todavía sonriendo.

Él rodó los ojos, tiritando la pierna con impaciencia y disgusto.

—Puedo oler su estúpida colonia como si aún estuviera sentado. —Murmuró.

Clase de biología. Deja la escuela. Si no se sienta afuera de la cafetería Almond, pide un latte para llevar, no sin antes darle un cumplido a Susan. Para las seis camina por la calle paralela al callejón donde estuvo esperándolo, pero esta vez no fue así.

Se levantó de la silla y siguió la ruta que debería haber seguido su humano. Estaba en la ciudad, sin duda, más era incapaz de encontrarlo con precisión. Llevaba tiempo en ese cuerpo débil.

Detuvo su paso en medio del camino. Su pecho se encogió. Todo en su alrededor se oscureció. Conocía bien esa maldita sensación.

La movilidad regresó a él como un impulso. Le fue dificil controlarse hasta perder el foco de la gente; se escabulló nuevamente entre los edificios del centro, yendo directo donde su instinto señalaba.

Y lo encontró.

Se pegó a la pared justo antes de ser visto. Oía su propia respiración, y su vista se ponía borrosa. Se asomó para ver de nuevo.

Ahí estaba él: rubio, joven, todavía en su uniforme. Estaba dando la espalda, mirando… No. Hablando con alguien. El sol impedía ver su figura con claridad.

Se empujó a sí mismo contra la pared de regreso, hundiéndose en los ladrillos. Su pecho se inflaba eufórico; enterró las garras en el asfalto. ¿Qué hacía con un demonio? El sudor estaba alcanzándole los ojos, causándole ardor y comezón. De un soplido relajó los hombros, contrayendo las garras y apoyando la cabeza en la pared. Dejó salir el aire con fuerza, pero despacio. No podía actuar todavía.

Con una respiración más estable, se asomó lo suficiente para oírlos.

—Lo siento. —Era la voz de su humano.

—¿Sabes? —habló el demonio de repente, sin dejarlo continuar—, tengo que agradecerte.

La espalda del rubio permaneció quieta, más pudo ver un titubeo en sus dedos.

—En serio, gracias. De no ser por ti… —el otro chico dio unos pasos adelante—… seguiría estancado.

—… Lo siento. Es mi culpa.

—¿Qué estás diciendo?, estoy dándote las gracias. Siento que… por fin he enfrentado mis miedos, aunque no haya hecho nada para detenerlos, ja, ja.

—Por favor, Allen.

—También gracias por decir que te gustaba mi poema. Nunca te agradecí… en realidad no creía que fuera cierto. Ahora…

No podía discernir por completo los murmullos del demonio. Intentó acercar un poco más la cabeza fuera de la pared, pero enterró su palma en una piedra afilada, resbalándose y golpeándose la cabeza. De inmediato regresó a la oscuridad, sujetando su mano herida. Sin embargo, la conversación no continuó. Lo habían oído, y no tardaron en oírse pasos hacia su dirección. Solo uno de ellos se acercaba.

¿Desde cuándo se había vuelto tan estúpido? Mierda, mierda, ¿de verdad estaba sucediendo? Mierda...

Los pasos se detuvieron a pocos centímetros de él. La cabellera rubia del muchacho se asomó desde el borde de la pared.

—¿Todo bien? —gritó el otro chico a lo lejos.

—Sí… es solo un indigente. —dijo el rubio—. Creo que está ebrio. —Y regresó con él.

¿Indigente? Abrió los ojos. Infeliz, vino a protegerlo, ¿y era insultado?

Se acomodó nuevamente y revisó su herida. Un agujero no muy profundo en el centro de su palma la enrojeció y manchó el piso. Apretó el puño, tembloroso, y devolvió las manos a los bolsillos antes de asomar la cabeza nuevamente.

—Bueno —habló Allen, incómodo—, es todo lo que… Ah, cierto, tengo una última pregunta.

—¿Sí?

—¿Realmente te gustó mi poema?

—Sí —respondió.

El sol terminó de ocultarse tras el edificio del fondo, dejando ver la figura del demonio. Un chico escuálido, más bajo que su humano, y con un llamativo lunar entre el labio y la mejilla. El demonio no era el que hablaba, pero predominaba casi por completo el resto de su cuerpo. Se volteó, encogiendo los hombros huesudos mientras se acomodaba la mochila, y caminó de nuevo a la calle, sin despedirse. El rubio quedó mirando al vacío.

Regresó el cuerpo a la pared. Se preguntaba qué expresión tenía su humano ahora mismo. Quién era ese chico, o qué cosa era un “poema”. Sobre todo, se preguntaba si debía salir de la sombra, darle una palmada en la espalda, insultarlo, o presentarse de una vez. Reproducía esos escenarios en su cabeza, sabiendo perfectamente que no movería un músculo hasta que el humano se fuera.

Escuchó los zapatos arrastrándose en el asfalto, despacio, pero no se alejaron. Se posicionó de inmediato como antes, recostado en la pared y el piso, cubriéndose la mitad del rostro con la capucha. Le pareció que emitir un ronquido sería lo óptimo, pero prefería mil veces ser descubierto.

Los zapatos se detuvieron frente a él, esta vez más cerca. Supo que estaba allí por el horroroso olor a colonia que se impregnó en su nariz. Oyó el sonido de su ropa, seguidamente de la mochila. Buscaba algo. Luego de oír el cierre, algo ligero cayó en sus pantalones. ¿Papel? Un segundo después fue retirado y puesto manualmente en su bolsillo. Era la primera vez que sentía el tacto de su humano.

Lo escuchó levantarse, sacudirse y colgarse la mochila a la espalda. Finalmente, el olor a colonia y el sonido de sus pasos desaparecieron a lo lejos.

Se quitó de inmediato la capucha y metió la mano en el bolsillo. Se puso de pie y alcanzó la luz para verlo. Veinte dólares.

Arrugó el billete, ahora manchado de rojo.

Léelo. Escúchalo. Siéntelo.

Vive esta historia de una forma completamente nueva. Disponible en la aplicación Inkitt.

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