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¿Quién soy?

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Sinopsis

Es la historia de un hombre bisexual, mas él no lo sabe, lo que provoca una crisis en su identidad, mientras trata de ser buen esposo y padre. Una historia incómoda, sobre identidad y creencias, se habla de religión, conflictos familiares y un país homófobo que suma al conflicto del protagonista. Para mi es profundamente personal, el protagonista tiene mucho de mi, pero no se preocupen no es el ganador absoluto ni el centro del Universo jaja.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Joel Cáceres
Estado:
hace 9 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Un día normal en la vida de John

Era un lunes cualquiera en la vida de Jonathan, un hombre de 35 años atrapado entre la monotonía de la rutina y sus escapatorias digitales.

Su día comenzaba así: su esposa Celeste estaba a su derecha en la cama matrimonial, profundamente dormida, mientras que su hija Heather, de apenas tres años, descansaba plácidamente sobre su brazo izquierdo. Con movimientos calculados, Jonathan se deslizó fuera de la cama para no despertar a ninguna de las dos. Esa paz matutina, breve y engañosa, en la que se decía que todo estaba bien, era su momento favorito antes de enfrentar la realidad.

En la cocina, encendió la luz y se preparó un café acompañado de pan tostado. Lo hizo con un desgano habitual, consciente de que el resultado sería el mismo de siempre. Dio un sorbo y frunció el ceño.

—Bueno, otro experimento fallido —murmuró para sí mismo mientras dejaba la taza sobre la mesa—. El desayuno que me hago siempre apesta.

Pero nunca fue el café el problema, era el agujero negro en su corazón que absorbía cualquier gozo en su vida, una tristeza sin forma, sin causa, persistente.

Había perdido la capacidad de disfrutar las cosas simples. Cada aspecto de su vida cotidiana parecía gris y sin sabor, como su café. Sin embargo, esa insatisfacción lo empujaba a explorar otros caminos, aunque fueran secretos.

En la oficina, su bienvenida fue automática y desprovista de emoción. Saludó a Julia, su compañera, con una cordialidad ensayada, lo suficiente para no ser raro, pero no tan frío como para hacerlo ver como un patán:

—Buenos días, Julia. ¿Qué tal van tus chicos?

Julia sonrió, contenta de que alguien mostrara interés.

—Están todos bien, gracias a Dios. Ayer llevé a Lucas al doctor porque tenía un poco de fiebre...

Pero Jonathan ya no escuchaba. Mientras Julia hablaba, él había sacado su computadora portátil y abierto el navegador.

Estaba físicamente presente, pero mentalmente ya se había desconectado. El resto de sus compañeros mostraban un interés genuino en la conversación, pero Jonathan no tenía la energía ni la disposición para involucrarse.

En lugar de eso, navegaba por aplicaciones con poca o nula censura, donde daba rienda suelta a su imaginación y a un lado más oscuro de su personalidad, como las apps que permiten tener un novio virtual.

“No es engañar, solo son juegos de rol”, se decía a sí mismo, pero en el fondo tenía esa profunda necesidad de conectar con otros hombres. No era sexo, solo un breve destello de conexión, aunque fuera simulada, permitirse ser él mismo, aunque fuera en un mundo de fantasía.

No era su única afición: navegaba por horas en la red, buscando plataformas y nuevas tecnologías. Era su interés especial; experimentaba con ellas mediante prueba y error.

Lo curioso de estas escapatorias era que, aunque parecían improductivas, le habían dado un conocimiento inesperado. Ese conocimiento se volvió clave cuando el director de la institución propuso una capacitación sobre el uso de tecnologías emergentes en el aula.

—Esto lo puedo manejar —pensó Jonathan—. Según las encuestas, las IA están en boca de todos, y yo sé lo suficiente como para hacer que esto funcione. Y no viene mal algo de dinero, vendría bien arreglar esos cables antes de que se destruyan y nos quedemos sin luz.

A pesar de su éxito laboral, Jonathan vivía con un sentimiento constante de impostura. Había utilizado las herramientas tecnológicas para escapar de su realidad, no para mejorarla. Mientras sus colegas lo felicitaban por la capacitación, él se preguntaba si realmente merecía el reconocimiento. En su interior, sabía que su motivación había nacido del hastío y no del deseo de contribuir.

Además, dedicaba gran parte de su tiempo libre a escribir novelas mediocres que nunca se animaba a compartir. Escribir lo ayudaba a liberar emociones reprimidas y a lidiar con su aversión a interactuar con los demás. Temía que, si se abría demasiado, sus colegas podrían descubrir aspectos de su vida que prefería mantener ocultos.

A veces oía a sus colegas hablar con evidente burla de un “hombrecito”; lo llamaban así por su baja estatura y en alusión a sus evidentes gustos.

Había pequeñas rendijas en su vida, en medio del trabajo y las escapatorias digitales. Adoraba hamacar a su pequeña y verla sonreír. La niña había heredado los rasgos rubios de su esposa y todo el mundo la mimaba. En el fondo, estaba feliz de que casi no tuviera nada suyo.

A veces subía fotos de la niña a sus estados, y recibía comentarios de su familia y amigos, especialmente de Alex, su amigo de la infancia.

—Qué linda es tu nena, Jhony. Me recuerda a los días felices en el campo de tu abuela. ¿Te acuerdas? —escribió Alex.

—¡Siii! Vení un día a pasar con nosotros —respondió Jonathan, sintiendo una calidez nostálgica poco habitual. Lastimosamente, vivía en otro país y no podía sentir la calidez de un contacto genuino.

El trabajo seguía su curso, acompañado de momentos tensos con Julia y otros colegas.

Un día, Julia se quejó en voz alta al encontrar una cuchara sucia en la cocina de la oficina.

—¿Quién dejó esto otra vez? Ya somos adultos, ¿no? —espetó, molesta.

Jonathan la miró de reojo, reprimiendo el deseo de responder con sarcasmo.

—Qué mujer más insufrible, nadie morirá por causa de una puta cuchara —pensó—. Ojalá pudiera decirle que tire la cuchara para que el culpable aprenda la lección. Pero como soy un cobarde, me mantendré callado como siempre.

Se odiaba por aquella cobardía; en las novelas amaba a aquellas villanas a quien nadie pasaba por encima.

Se entretuvo unas horas más y luego regresó a casa. Celeste lo recibió con una sonrisa cálida y su jugo favorito. La pequeña Heather corrió hacia él y comenzó a treparle por la silla, jalándole los rizos mientras reía.

—¡Ay, ay, me duele, Heather! —protestó, pero su rostro reflejaba felicidad. La sonrisa genuina de su hija le recordaba que había cosas en el mundo que hacían que valiera la pena luchar.

—Te quiere mucho la niña, querido —comentó Celeste, acercándose para acariciarle el hombro.

Jonathan se tensó, sobresaltado por el contacto.

—No sé cómo es posible, pero cuando estoy concentrado no me gusta que me molesten —se excusó, algo torpe.

—Por lo menos dame un abrazo. Te preparé tu comida favorita y ni siquiera das las gracias —dijo Celeste, ligeramente herida.

—Lo lamento, pero así soy —respondió, evitando mirarla. Sabía que la había herido. Se sentía culpable, porque al salir de la oficina el agobio lo asfixiaba; el peso de usar una máscara drenaba su energía y se sentía desgraciado.

Esa noche, después de acostar a Heather en su cuna, Jonathan se dejó vencer por la calma. En la penumbra del dormitorio, observó a su esposa mientras dormía. Su aroma, la textura de su piel y el abrazo de ella hacían que se desconectara momentáneamente de los conflictos que aquejaban su mente.

Aunque a menudo se sentía atrapado en la rutina, esos momentos le devolvían una chispa de humanidad. Se acercaba y la abrazaba con suavidad. Debía hacerlo cuando ella estuviera despierta, se decía, pero por alguna razón temía mostrarse amoroso, tal vez porque le habían dicho que los hombres debían mostrarse estoicos en todo momento, o por una incapacidad intrínseca suya.

No podía dormir, por supuesto. Solo oía en la lejanía a los perros ladrar y un ruido persistente, tal vez de algún insecto. Luego escuchó un sonido diferente, un movimiento en la cuna.

Heather se despertó y gateó hasta la cama de ambos. Se acurrucó sobre el brazo de su padre. Al sentir el pequeño cuerpo de la niña, por fin se tranquilizó y pudo conciliar el sueño.

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