Suerte
En las calles de Sendai, ya de noche...
Esta noche es la noche...
Un espectro vagaba por la carretera.
Tenía el control del volante entre las manos; giraba calle tras calle, sin llamar la atención, mezclándose con los demás.
Y ocurrirá de nuevo, y de nuevo, porque tiene que ocurrir... la noche ayuda, ¿no?
Dio una última vuelta. Esta vez no cambiaría de rumbo. Esta vez sabía lo que tenía que hacer.
Sendai tiene su encanto... aquí sirven el arroz con fideos, lo que más me gusta, pero esta noche busca otra cosa.
Finalmente, el auto se detuvo en una esquina, cerca de un parque. Sus ojos fueron al espejo retrovisor. Entre las sombras, sin apurarse, sin hacer ruido, como se mueve un gato de noche, caminaba una mujer de cabello negro, un cuerpo que recordaba al de un vampiro, una sonrisa que apenas se notaba y una mirada que no parecía tener fondo.
Ahí está —estudiante de preparatoria, calificaciones que pasan, sin amigos.
Sus ojos fueron al asiento del copiloto, donde descansaba una carpeta.
Su crimen: el asesinato de dos mujeres dentro de la misma institución.
Abrió la guantera. Dentro, dos guantes de látex, una jeringa con una dosis de M99 y un metro de alambre.
La razón: la obsesión con un chico que sale a caminar de noche.
...
En el parque, bajo luces que apenas alumbraban con un tono amarillo, su andar cambió: pasó del paso de un ciervo que vaga por el bosque al de un lobo que acecha a su presa, al notar que, unos pasos frente a ella, estaba la razón de su obsesión.
Sus pasos se aceleraron sin romper el sigilo. Sacó del bolsillo una soga que ya había usado antes —no medía mucho, pero bastaba para rodear un cuello. Su cuello.
Enredó ambas manos en los extremos.
En sus pensamientos no había nada más que él. Solo él.
Cuando la figura frente a ella estaba a punto de doblar hacia el otro lado del parque, empezó a tomar fuerza en las piernas para someterlo.
Pero entre sus ilusiones había olvidado que incluso los depredadores pueden convertirse en presa.
Un alambre le rodeó el cuello y detuvo su respiración por un instante. A su lado, oyó un susurro.
—Me perteneces. Ahora haz lo que te digo.
El nudo se apretó más. Al principio forcejeó con fuerza, pero su respiración fue apagándose poco a poco.
Pasaron varios minutos antes de que la figura notara que, al mirar el cuerpo caído frente a él, el primer paso del ritual acababa de empezar.
...
El día del juicio, ella salió como la víctima. Cuando la corte reconoció que nadie había atendido su estado mental, intentaron darle seguimiento psiquiátrico, pero nunca se separó de su obsesión.
En el camino, bajo una luna que apenas alumbraba, los árboles junto al sendero volverían a ser testigos de lo que ocurriría de nuevo.
El auto se estacionó frente a una cabaña, con un muelle al frente y un bote amarrado. Bajó sin prisa. Mientras se ponía los guantes, tocó el bolsillo para comprobar que todo seguía ahí.
—Durante todo el camino no paró de golpear el maletero —se dijo a sí mismo, acercándose a la parte trasera del auto. Con un clic, encendió la linterna.
Abrió el maletero despacio. Ahí estaba ella: atada de manos y pies, con cinta en la boca, la marca del alambre en el cuello, los ojos que apenas podía abrir.
La tomó del cabello con una mano y la dejó caer al suelo. El golpe sonó y se perdió entre los ecos del bosque.
Ella trató de zafarse de las cuerdas, de alejarse de él, pero el esfuerzo fue en vano. De pronto vio su mano ir al bolsillo y sacar, sin apuro, una jeringa. Le quitó el capuchón, la tomó del cuello y le inyectó el contenido.
Al principio forcejeó, se retorció, pero con los minutos su cuerpo fue cediendo, hasta quedarse quieto. Con el mismo alambre que había usado apenas unas horas antes, le rodeó el cuello de nuevo y la arrastró hacia la cabaña.
Dentro del cuarto no había nada más que plástico —cubriendo el suelo, las paredes. En esas mismas paredes, las fotos de las víctimas destacaban. En el centro, una mesa cubierta igual, y sobre una silla descansaba una maleta negra.
Llegaron juntos a la sala, bajo la luz de una bombilla que recordaba a la de un hospital. Soltó el nudo, cargó a la chica sin esfuerzo aparente y la azotó contra la mesa.
La envolvió en plástico, de la cabeza a los pies.
Se detuvo un instante. Suspiró. El efecto del tranquilizante estaba a punto de acabarse.
La vio abrir los ojos, poco a poco.
—¿Puedes ver las fotos? —la observó, sin alterarse.
—No, por favor, no —cerró los ojos e intentó mirar hacia otro lado.
—Abre los ojos —dijo, sin ceder.
—Nada de esto es real. Es solo un sueño —sintió el tirón de su cabello, y un grito cerca del oído.
—¡Abre los malditos ojos y observa lo que hiciste! —le señaló las fotos, pero ella mantuvo la postura. Él se acercó a su oído—. Abre los malditos ojos, o te rebano los párpados.
Ella empezó a llorar. Las lágrimas cayeron sobre la mesa. En su desesperación solo susurraba: “Lo siento, de verdad lo siento” —interrumpida por una cachetada.
—Eso es lo que les decías a ellas, antes de matarlas —hizo una pausa, volteó a ver las fotos—. Lo que les hiciste no tiene perdón... todo por alguien que no lo valía.
Su llanto se convirtió en furia.
—No te atrevas a hablar así de él. Él no es como cualquiera. Él es distinto —lo fulminó con la mirada.
—¿Qué tiene de distinto? —se calmó por un instante. Se sentó en una esquina de la mesa.
—Él me salvó cuando más lo necesitaba. Me defendió de todos. Él no me miraba como si yo fuera rara. Sentí que, por primera vez en mi vida, podría vivir en paz.
Se limpió la nariz, fijó la mirada en el suelo. Por un instante pareció detenerse, hasta que una pregunta surgió.
—¿Y si él no te daba esa paz? ¿Ese amor? —la volteó a ver.
—No. Tenía que dármela. Él me protegió de todos —ella mantuvo la mirada.
—¿Qué tal si él no te correspondía?
—No, no, no, no, no. Él no haría eso. Me amaría siempre, sin importar qué.
—¿Y si amaba a una de ellas? —señaló una de las fotos.
—No. Esas malditas perras me lo quitarían. Ninguna se merece estar con él.
—Y por eso las mataste. Las obligaste a caer desde la azotea de aquel edificio.
Se levantó de golpe de la mesa, se dirigió a la silla, abrió la maleta y sacó varias cosas: un delantal tipo babero, un protector facial, mangas protectoras, cubrezapatos, guantes desechables, botas impermeables. Se fue vistiendo aquel equipo de caza mientras sonreía.
—Es todo lo que necesitaba saber.
Abrió uno de los bolsillos de la maleta y sacó un bisturí, una pipeta y un portaobjetos de microscopio de vidrio. Se acercó a ella y le hizo un corte pequeño en la mejilla, dejando una línea de sangre —suficiente para recogerla con la pipeta y guardarla en la placa de vidrio. La mitad del ritual estaba hecha.
—Aún sigues pensando en él, ¿no? —dijo, guardando el portaobjetos en una caja de madera.
—Nunca lo sacaría de mi mente. Antes muerta —seguía fulminándolo con la mirada.
Sonrió un instante. Volvió a la maleta y sacó un martillo.
—¿Lista para tu trepanación? —preguntó, apuntando la parte filosa hacia ella.
—¿Qué me vas a hacer? —el miedo regresó a su voz.
—Voy a curarte de tu obsesión —se colocó la careta protectora, lista para usarse.
Afuera de la cabaña, el golpe sonó y se perdió entre los ecos del bosque.
...
El día apenas amanecía sobre el muelle. En el bote, alguien dormía en el suelo. Se levantó, tomó el timón, encendió el motor y navegó lejos de ahí.
Encendió la radio. Sonaba la canción que más escuchaba...
Cuando a Varadero llegué
Mi nombre es Yuji Nanami. Si alguien me preguntara por qué era así, no sabría que responder y tampoco me interesaba averiguarlo.
Conocí la felicidad
Las personas suelen formarse por emociones, actitudes, caracteres. Por suerte, se pueden fingir todas.
Cuando a Varadero llegué
Como fue verdad
Recuerdas bien que encontré
Aún no puedo creer que esas palabras no se hayan ido de mi cabeza.
Tu gran amor sin maldad
Aquella mañana, Yuji no estaba en su apartamento.
El cerrojo apenas hizo ruido al abrirse. Era él, entrando con pasos que imitaban a un lagarto. Dejó las llaves sobre la mesa del escritorio. El sudor todavía le cubría el cuerpo —la noche le había exigido más de lo que esperaba. Fue a la cocina, a solo unos pasos, para relajarse; puso a hacer café. Necesitaba recuperar energía.
Siete y media de la mañana. El reloj nunca miente.
El aire acondicionado zumbaba sin parar, un sonido que la mayoría aprendería a ignorar. Pero él no. Lo catalogaba, lo registraba, lo archivaba en algún lugar de la cabeza, junto con todo lo demás que nunca podía dejar de notar. El calor no daba tregua —llevaba toda la semana así—.
La rutina llama.
Lo que vino después fue lo de siempre: ducha, rasuradora, cepillo de dientes, hilo dental. Un paso tras otro, como si alguien le hubiera escrito el manual y él solo lo siguiera al pie de la letra. Quizás alguien lo hizo... Quizás fue su padre.
«Era un recuerdo de hace mucho tiempo. Un hombre vestido de caqui, con el cabello rubio y lentes verdes. Sin saco, con una camisa azul y las mangas subidas. Descansó a su lado y le preguntó:
—Te voy a preguntar algo muy serio, Yuji, y quiero que me respondas con toda la honestidad del mundo —asintió—. Yuji, ¿qué le hiciste al perro de Nobara?
—Le abrí la puerta y se escapo.
—Yuji, esta mañana, en el patio... —lo interrumpió.
—Ese maldito perro no paraba de ladrar. No dejaba dormir a mamá.
—Yuji, ¿sientes esa necesidad de matar?
—Yo...»
Volvió a su cuarto y se vistió: camisa de manga corta azul, pantalón con cinturón café, zapatos a juego. Se miró al espejo más tiempo del que hacía falta, buscando algo que no encajara. La incertidumbre de que algo estuviera fuera de lugar era uno de esos ruidos que nunca lograba silenciar.
Todo en su sitio. Por ahora.
...
En la cocina —apenas el espacio que necesitaba— tomó un par de huevos de la vitrina y la sartén que había quedado de ayer. Encendió la estufa. Mientras se cocinaban, puso agua a calentar y se sirvió un café. No por hábito. Por necesidad.
Comió despacio, cada bocado con la atención que merecía. Saboreaba cada uno.
Sabe a normalidad. Qué manera tan cómoda de llamarlo.
Al terminar, fue a su escritorio. Abrió el cajón con el mismo cuidado que se le dedica a algo que vale la pena proteger. Ahí, entre papeles sin importancia y una pluma que ya no usaba, descansaba un portaobjetos de microscopio de vidrio con un punto rojo en el centro. Lo tomó entre los dedos y lo sostuvo frente a la luz.
Lo observó y le dio vueltas, mirándolo desde cada ángulo.
Sin rastros. Sin riesgos. Su mejor trabajo hasta ahora.
De un compartimento escondido en el mismo cajón sacó una caja. Dentro, ordenados con el mismo cuidado con el que hacía todo lo demás, descansaban otros portaobjetos. La caja estaba casi llena. La miró un momento más antes de guardar la nueva pieza en su lugar, cerró la caja y volvió a esconderla donde nadie, nunca, tendría razones para buscar.
...
El teléfono resonó.
Interrumpir ese silencio tiene un costo. Muy poca gente lo sabe. Miró la pantalla.
Nobara. Por supuesto.
—Hey, imbécil —arrancó sin preámbulo, como siempre—. El detective Makoto te está hablando. Hay una nueva escena del crimen.
—Recuerda que no soy adivino, hermanita.
—Es en el hotel Tsukikagei. Cerca del río.
—En cinco minutos estoy allá.
Colgó. Se puso de pie, tomó su equipo forense y salió.
...
La brisa del río, el cielo despejado, el mundo funcionando como si nada hubiera pasado. Me hace sentir... libre.
Lo pensó mientras bajaba del carro y sacaba el maletín. Era una de esas verdades que uno solo se admite a sí mismo, en voz baja, cuando nadie está mirando.
En el camino al hotel vio una cara conocida. Iori Utahime. La teniente. Su jefa. Siempre con esa postura que parece ensayada.
Esos gestos me hacen sentir... incómodo.
Lo miró de esa manera particular suya, con esa mezcla de autoridad y algo más.
Sonríele, Yuji. Es lo mejor que sabes hacer.
Subió las escaleras. Habitación 456. Dio un par de golpes en la puerta antes de entrar —un gesto de cortesía que le costó poco aprender— y se encontró cara a cara con quien lo esperaba.
—Ese traje te queda bien, Nobara —dijo, mientras veía a su hermana vestida... de forma provocativa.
—No digas eso, maldito pervertido —respondió, aunque la comisura de su boca no lograba quedarse quieta—. Con o sin este vestuario, sigo siendo hermosa.
—Sí, sí, lo que digas, Nobara. De todas formas, quería pasar a saludar. No puedo ignorar a mi hermanita.
—Ay, idiota, no digas eso —dijo, y esta vez sí se sonrojó—. Recuerda que hoy me entregan los resultados.
—¿Resultados de qué? ¿De que ya me vas a dar sobrinos? —rio por un instante.
—Ja, ja, ja, sí serás imbécil —soltó, aunque con menos fuerza de la habitual—. Me refiero al examen para el ascenso a detective.
Por supuesto. Lo sabe desde hace tres días. Solo quería verle la cara.
—Bueno, si quieres subir unos puntos extra, mejor ve con el capitán Haibara vestida así.
—Vete a la mierda.
...
Salió del departamento y bajó hacia la piscina seca del hotel, donde Makoto había montado el perímetro. Algo estaba mal desde antes de llegar. Lo sintió en el aire —ese silencio que tienen los lugares donde algo no encaja. Se puso los guantes de látex y se encaminó con su amigo.
—¿Qué haces aquí, Yuji? —lo recibió Toge, confundido.
—¿Cómo que qué hago? Es la escena del crimen, ¿no?
—Sí, pero... —vaciló, lo cual en Toge es siempre una mala señal—. Es lo más raro que hemos visto. No hay sangre, ni piel, ni encima, ni a los lados, ni siquiera dentro del cuerpo.
—¿Qué?
En respuesta, Toge desenvolvió la manta con cuidado. Lo que había debajo era precisión, aplicada con la misma calma de quien sabe exactamente lo que hace. La mayoría de las partes estaban acomodadas con lo que a simple vista parecía orden, aunque algo lo desconcertó: faltaba una. Después de un segundo, comenzó a leerlo de otra manera.
Maldita sea. ¿Cómo no se le ocurrió antes?
Se agachó para ver mejor el cadáver.
—¿Pasa algo, Yuji? —le preguntó Makoto, acercándose.
—¿Y saben por qué no tiene sangre? —preguntó. Lo miraron; negaron con la cabeza—. Para drenar tanta sangre hay que perforar la carótida mientras la víctima está boca abajo —se acercó a inspeccionar el cuello del cadáver y señaló la perforación exacta.
—Oye, no me robes el trabajo, señor de la sangre —se quejó Toge al escuchar la teoría.
—Y para lo de la piel, ¿por qué se la quitó? Mejor aún: ¿dónde está el pie izquierdo?
Se detuvo sin voltear.
—Lo siento, detective, ese ya es trabajo de Toge —se levantó para dirigirse a la salida.
—Hey, Yuji, ¿a dónde vas? —le preguntó, desconcertado.
—Lo siento, detective “panda”, no hay sangre, no hay trabajo. Avísenle a Nobara que estará en la oficina.
—Desde que fue ese evento estudiantil no paran de decirme panda —se quejó.
—Oh, pero, detective, con esa figura, nadie lo dudaría —respondió, sonriendo.
...
Su oficina. Pequeña, ordenada, con esa silla que gira demasiado bien. Se sentó y dejó que girara.
Alguien lo hizo con paciencia. Con conocimiento. Con práctica. No es su primer trabajo. Es raro sentirlo, pero el cadáver me resulta extraño. Siento haberlo visto antes.
El ruido de los pasos en el pasillo se hacía más presente. Reconoció el andar antes de ver la silueta. La sargenta Maki Tanaka tiene una forma de caminar que basta para reconocerla: firme, directa. Su postura cambió sola, de cómoda a erguida, antes de que él lo decidiera.
—Dime, Nanami —dijo sin saludar—, ¿cuándo me entregas el reporte que pedí ayer sobre el caso de Karasu-ane?
—En un momento, sargenta Tanaka —respondió, dirigiéndose al archivero.
Buscó entre las carpetas con la calma que a ella le faltaba. Hasta que se acercó, cara a cara.
—Me das escalofríos, Yuji.
—Lo sé —dijo, sin levantar la vista—. Aquí está.
Se lo extendió, sonriendo, y ella, en respuesta, lo arrebató.
—Sigue entregando tarde los reportes, Yuji Nanami.
Se retiró. En la puerta, justo antes de doblar la esquina, giró la cabeza un instante, solo un instante, y continuó.
En un edificio lleno de policías, ¿por qué ella es la única que me mira así?
...
En el camino a la sala de conferencias, vio en la entrada del departamento a una mujer de cabello canoso, hablando con un oficial, tratando de contener el llanto.
«Mi hija no ha llegado a casa desde anoche. No responde las llamadas. No sé dónde está» —se escuchó de fondo, mientras su tristeza parecía no tener control.
—¿Te sientes satisfecho, maldito psicópata? —reclamó Maki, al ver dónde tenía fija la atención.
—No, yo solo iba... —fue interrumpido por el llamado de alguien.
—¡Su atención! ¡Su atención, todos! —la voz de Utahime cortó los murmullos del pasillo—. Tendremos una reunión ahora mismo.
—Yuji —lo llamó—, avísale a tu hermana y a los forenses del Tsukikagei. Es importante.
—No se preocupe, señorita Iori. No tardaré.
La sala se fue llenando de a poco. Los murmullos cedieron cuando el Capitán Yu Haibara tomó la palabra.
Haibara tiene ese don de imponer silencio sin necesidad de pedirlo.
—Silencio, caballeros. Comencemos. El calor ha subido un par de grados esta semana —anunció—. Quizás por eso la ola de crímenes empiece a abrumarnos. Espero que cada uno de ustedes dé lo mejor de sí.
Hizo una pausa, se limpió uno de sus ojos con un pañuelo.
—Continuando con los avisos: están todos invitados a dejar un presente en memoria del oficial Kento Nanami, quien falleció hace quince años en servicio activo, desmantelando a la familia criminal conocida como los Kamo —o la Serpiente—, controladores del mercado negro del Distrito 9 y acusados de tráfico de drogas y armas.
El nombre cayó sobre la sala como siempre caen esas cosas: sin el peso que merecen.
«Quedó paralizado por la pregunta.
—Yo... creo que sí, papá —unos segundos pasaron, parecieron eternos.
—No estás solo en esto, Yuji —lo tomó del hombro—. Ambos trataremos de suprimirla lo más que podamos, ¿de acuerdo?»
Nobara interrumpió su recuerdo. Llegó tarde a la reunión, como siempre, y se sentó a su lado sin pedir permiso.
—Están hablando de papá, ¿verdad? —susurró.
—Sí, Nobara.
—Por eso voy a continuar con lo que dejó. Es lo que él hubiera querido, ¿no? —dijo, y por un momento sonó distinta.
No respondió.
...
—Y como último aviso —continuó Haibara—, uno de nuestros compañeros será ascendido hoy de oficial a detective.
Miró a Nobara.
—Nobara Nanami. Ciento dos aciertos de ciento veinte en el examen —hizo una pausa—. El día de hoy te entrego esta placa, que demuestra que ya eres capaz de resolver un crimen por tu propia cuenta.
Ella se levantó. Caminó entre aplausos hacia el frente de la sala con esa mezcla de arrogancia y emoción que solo Nobara sabe combinar. Tomó la placa de las manos de Haibara.
—Sé que Kento estaría orgulloso —dijo el capitán.
Utahime quedó perpleja al escuchar el resultado; en su mirada había algo cercano a la incomodidad.
—Te haremos saber tu primer caso cuando acabe la reunión.
...
Al salir de la sala, en ese corredor donde las conversaciones se mezclan y nadie presta atención, Yuji alcanzó a escuchar a Makoto y a Toge.
—Oye, Toge —decía Makoto en voz baja—, ¿quién crees que se animaría a salir con la sargenta Maki? Nunca la he visto con nadie.
—He escuchado rumores —respondió Toge—. Dicen que quizás esté saliendo con Yuji.
—¿Con él? Pero si ella lo trata mal cada que puede.
—Quizás precisamente por eso. Los que se pelean se aman.
—¿Quién te dijo eso, tu mamá?
No tuvieron tiempo de seguir porque una mano cayó sobre ambos hombros desde atrás.
—¿Qué están hablando? —preguntó Nobara, con su placa nueva brillando en el pecho.
—De nada, Nobara —tartamudeó Makoto—, mejor dicho, detective Nanami.
—Seguro —apretó ella sus hombros—. Porque hace rato los estuve escuchando. Voy a dejar algo claro: mi hermano no saldría con Maki. Ella es demasiado para él.
—¿Demasiado para tu hermano? —se escuchó otra voz.
Maki Tanaka. Que por supuesto estaba ahí.
—Escucha bien, Nobara —dijo Maki, con esa calma que resulta más amenazante que el volumen—. Tu hermano, por más cara de bobo que ponga, es solo un debilucho. Yo nunca me enamoraría de él. No está en mis estándares.
Nobara la miró un segundo.
—Lo que tú digas, Maki. Cambiando el tema: ¿qué hacen esta noche? Quiero celebrar el ascenso.
—Lo siento, Nobara —respondió Maki, y algo distinto se coló en su tono—. Tengo que visitar a mi madre. Te lo compenso pronto.
—Oh. Está bien, lo entiendo —dijo Nobara, y por un segundo la sonrisa que se asomó en su cara se borró—. No te preocupes.
—No te angusties —intervino Makoto—. Toge y yo te acompañamos a donde sea.
—Gracias —dijo ella, y los abrazó a los dos—. Los quiero.
Entre todo eso, Yuji los observó desde la puerta de su oficina.
Apenas es mediodía, y hay: un cuerpo sin sangre, una hermana con placa nueva y una caja que está casi llena.
Qué inicio de semana.
Estaba sentado en su oficina, frente a la computadora, buscando a alguien en particular. Su semblante no cambió hasta que los nudillos de Makoto golpearon el marco de la puerta.
—Hey, amigo. Tenemos trabajo.
Cerró la pestaña al instante. Giró la silla y lo miró.
—¿Quieres que te lleve?
—Por supuesto.
...
Mientras tanto, Nobara se encaminaba a la oficina de su superior. Iori Utahime, aquella mujer a la que los años de servicio le habían pesado, la recibió detrás de su escritorio.
—Detective Nanami —dijo Utahime, sin levantar la vista de los documentos—. Siéntate.
Nobara obedeció, aunque la placa nueva en su pecho todavía le pesaba como algo ajeno, algo que no terminaba de sentir suyo.
—Tu primer caso será el del hotel Tsukikagei —continuó la teniente—. Vas a trabajar con tu hermano, con el detective Makoto, con la sargenta Tanaka y con el forense Toge.
—Entendido.
Utahime hizo una pausa. Levantó la vista por primera vez desde que Nobara había entrado.
—Quiero que sepas que no fue fácil ponerte en un caso de esta magnitud tan pronto.
—¿Por falta de confianza? —la pregunta salió más filosa de lo que Nobara había planeado.
—Por lo contrario. Precisamente porque confío en que puedes hacerlo, voy a estar más pendiente de lo normal.
El silencio que siguió no era el habitual entre una teniente y su subordinada. Era otro tipo de silencio —el que se forma cuando ambas saben algo que ninguna está dispuesta a decir en voz alta.
—Mi padre confiaba en usted —dijo Nobara, finalmente, sin planearlo—. Toda su vida.
Utahime no apartó la mirada.
—Lo sé.
—¿Y usted confiaba en él?
—Con mi vida.
—Entonces no entiendo por qué, quince años después, sigue actuando como si tuviera algo que compensar conmigo.
La teniente cerró la carpeta frente a ella. Por un instante, algo cruzó su rostro que no era autoridad ni compostura —apenas un parpadeo, pero Nobara lo notó.
—Ten cuidado en el caso, Nanami. Eso es todo lo que voy a decir hoy.
Nobara se levantó, con más preguntas que respuestas, y salió sin decir nada más. Detrás de ella, Utahime se quedó mirando la puerta cerrada un buen rato antes de volver a sus documentos.
...
En Sendai, en una calle igual a las demás, en una casa igual a todas las que la rodeaban, Yuji vio algo que no encajaba.
Lo notó antes de bajar del carro: la cinta policial demasiado tensa, los vecinos demasiado quietos, ese silencio que tienen los lugares donde algo malo acaba de ocurrir y todavía no se ha enfriado del todo.
Bajó. Tomó su equipo forense.
Detrás de esa puerta hay una historia. Solo hace falta aprender a leerla.
—A las doce del mediodía recibimos una llamada de emergencia —explicó Makoto mientras cruzaban el umbral—. Una joven gritando a esas horas. Los vecinos pensaron que fue un accidente.
Dentro, el cuarto ya estaba ocupado: algunos uniformes, Toge con la cámara en mano, y en el centro de todo, boca abajo sobre el suelo, una mujer joven. El cabello le cubría el rostro. Manos pálidas y alargadas. La sangre le manchaba la piel. La postura, en vida, debió ser distinta a esa.
Alguien la conocía. Nadie muere así frente a un extraño.
—Según los vecinos —dijo Toge, sin soltar la cámara—, escucharon algo romperse antes del grito. Como una ventana, o un jarrón.
—Pero no hay una ventana o un jarrón roto —dijo Yuji.
Silencio.
—¿Por qué lo dices así? —preguntó Panda.
Se acercó al cuerpo con calma. Señaló la posición, las salpicaduras, el ángulo.
—Miren cómo cayó. Miren dónde está la sangre —se detuvo por un instante—. Si a mí me apuñalaran, estaría intentando no desangrarme, ¿no es así?
Recreó la escena, imitando los pasos que, según su lectura, ella debió haber dado. Un paso hacia atrás. Otro hacia la derecha. Una mano buscando apoyo que no estaba.
—Una danza antes de morir —murmuró—. O el último intento de preservar la vida.
Algo de esto le resulta familiar. No sabe todavía qué.
—Realmente eres alguien muy raro, Nanami —interrumpió una voz. Una mujer de lentes y cabello verde, de pie en la entrada: la sargenta Maki Tanaka.
—Entonces, ¿fue un intento de asesinato? —preguntó Makoto.
—¿No es lo más obvio? —respondió Toge, casi sin inflexión.
—No importa cómo murió —cortó Maki desde la entrada, imponiendo esa autoridad suya que no pide permiso—. Lo que importa es quién fue. ¿Tiene alguna teoría, detective Makoto?
—Aún estamos trabajando en eso, pero...
—Esperen.
Yuji se había detenido frente a una foto enmarcada en la pared. Era la misma mujer. Sonriendo. Y a su lado, un niño.
—Ella tiene un hijo.
—¿Qué insinúas, Nanami? —lo miró Maki.
—Que quizás él sabe lo que ocurrió.
Un segundo de silencio pasó. Luego Maki tomó el mando.
—Detective Panda, necesito que se quede aquí a entrevistar a los vecinos. Toge, recoge todas las muestras necesarias para avanzar la investigación.
—No tienes que decirme cómo hacer mi trabajo —suspiró Toge.
—Y tú, Nanami —lo señaló—, necesito pruebas de sangre de toda la escena. No sabemos si el asesino también fue herido.
—Lo mismo que Toge, sargenta —bufó, aunque ya estaba agachándose para empezar—. De todas formas, ¿usted qué hará, sargenta?
No respondió. Eso también es una respuesta.
Trabajó con método. Cada vial etiquetado, cada muestra guardada con la precisión que la situación exigía. Al mover levemente el cuerpo para ampliar el análisis, encontró lo que buscaba: el cuchillo, aún clavado en su costado. Toge lo fotografió tres veces desde ángulos distintos.
Luego le volteó el rostro.
Tenía una mirada triste.
—estoy seguro que quien la apuñalo, era alguien cercano a ella —mencionó Makoto, al ver los párpados abiertos.
—lastimosamente los muertos caen callados .
¿Por qué dije eso?
—Vaya —dijo Maki, detrás de él—. Nunca dejas de darme escalofríos, Nanami. Creí que un bicho raro como tú sentía nada frente a un cadáver.
—Solo hago mi trabajo, sargenta.
—Tu trabajo es recoger sangre y hacer el reporte. No hablar sobre los muertos.
No respondió. Solo guardó sus cosas. Las muestras que había recogido eran más que suficientes.
—Sargenta —llamó Toge desde el fondo de la habitación, sosteniendo una cartera—. Debe ser de la víctima.
—Yuji, quiero ese reporte en mi escritorio cuando vuelva.
—Por supuesto, sargenta.
Maki abrió la cartera. Poco dinero. Una identificación.
—Nagi Yoshino —leyó en voz alta. Luego levantó la vista—. ¿Y del hijo? ¿Encontraste algo?
—Viendo la escena del crimen... —comenzó Toge.
—No me hagas perder el tiempo. Busca en la base de datos.
—¿Usted qué hará, sargenta?
Esta vez ella sí respondió.
—Tengo que encontrarlo. Aún no sabemos si fue él quien le quitó la vida. Y si no fue así, de todas formas, necesita saberlo.
...
De vuelta en la estación, nuevamente en su oficina. Recibió el trabajo sin preguntas: análisis de sangre, procesamiento de muestras, fotografías organizadas en orden cronológico. Trabajo metódico, sin prisa.
El trabajo, al igual que la sangre, es lo único que no miente.
Cuando terminó con las muestras, pasó de inmediato a las fotos. La posición del cuchillo lo decía todo: entrada a la altura de la cadera, ángulo descendente, fuerza moderada. El resultado: alguien de estatura media. Alguien que no necesitó mucho para hacer lo que hizo.
No cabe duda. Fue él quien lo vio primero.
Unos nudillos golpearon la puerta.
—Hey, Yuji. Perdón por molestarte —era Nobara, con su placa nueva y esa sonrisa que usa cuando quiere algo—. Quería invitarte a celebrar el ascenso. Mi primer caso. ¿Vienes esta noche?
—Lo siento, Nobara. Esta noche estaré ocupado. Voy a salir con alguien.
Hubo silencio y luego:
—¿Qué?
—Que saldré con alguien.
—¡Mi hermanito, la cara de papá, va a salir con una chica y apenas me lo dices! ¡Qué mal hermano eres! —golpeó su hombro.
—¿Acaso te debo contar cada detalle de mi vida personal?
—¡Sí! ¡Soy tu hermana! Papá dijo que cuando él no estuviera, nos tendríamos el uno al otro. ¿Lo recuerdas o no?
Una pausa larga. La más larga que se permitió en todo el día.
—Sí, Nobara.
—¿Ves? No era tan difícil —dijo, cruzando los brazos—. De todas formas, ¿quién es la desafortunada?
—¡Nobara!
—Me la debías, maldito bastardo.
—Está bien. Te cuento mañana.
—Sin falta, o si no te despido —dijo esto último en tono de broma.
Salió satisfecha.
Así es Nobara: entra como una tormenta y sale como si nada hubiera pasado.
...
El ascensor se abrió al fondo del pasillo.
La sargenta Maki Tanaka. Y a su lado, un muchacho de no más de quince años, cabeza baja, pasos cortos. Maki lo miraba con esa frialdad que reserva para quienes le generan asco o lástima, y a veces ambas cosas a la vez. Él mantenía los ojos fijos en el suelo.
Yuji lo observó desde la ventana que da a la entrada. Solo un instante.
Y el muchacho le devolvió la mirada.
Eso no debería importarle. Pero le importa.
Su expresión cambió. No era miedo, ni el reconocimiento que se le da a un extraño —era algo más puntual. Como si hubiera reconocido en Yuji algo que los demás no ven. Como si supiera, sin palabras, que había algo entre los dos.
Interesante.
...
Yuji observó desde detrás del cristal cómo Maki se sentaba frente a él, con la carpeta sobre la mesa y esa postura que dice, sin decirlo, que ya sabe la respuesta y solo necesita escucharla en voz alta.
—Esta mañana recibimos una llamada desde tu calle —comenzó, sin preámbulos—. Llegamos lo más rápido que pudimos. Solo encontramos a alguien esperándonos. Tu madre, Jumpei, estaba desangrándose boca abajo en el suelo —hizo una pausa—. Y si te lo preguntas: no. Todavía no sabemos quién fue.
El muchacho no dijo nada.
—¿Dónde estuviste esta mañana?
—En la escuela. Estudiando.
—¿A qué hora saliste de casa?
—A las once.
—¿Recuerdas lo que te dijo tu madre antes de irte?
—No. Ella siempre duerme cuando llega de sus dos trabajos.
Maki asintió apenas, como quien anota algo sin lápiz.
—Dijiste que saliste a las once. Pero recibimos una llamada de un vecino a las diez —pausa—. ¿Qué estabas haciendo entre las diez y las once?
—Yo... nada.
—Ibas a la escuela, dijiste. Pero eso no responde mi pregunta.
Silencio.
Yuji seguía observando, sin apartar la mirada.
Ya sabe lo que hizo, Jumpei. La pregunta es si él lo sabe también.
Pausó la grabación. Se levantó y se dirigió a la sala.
Maki se dio la vuelta y su expresión dijo lo que no iba a decir en voz alta: era Yuji, la última persona que quería ver entrar.
—Sargenta, necesito un momento con él —dijo, sin alterar el tono.
—Maldita sea, Nanami, ¿no podías esperar a que acabara?
—No, realmente no. La teniente Utahime necesita verte. Y de paso, así aprovecho para complementar el análisis.
—Tch. Más te vale que valga la pena. Y quiero ese reporte en mi escritorio.
Lo miró con el ceño fruncido y él le respondió con una sonrisa. Salió.
...
Se puso los guantes. Sacó sus herramientas. Le señaló que necesitaba su mano para tomar algunas medidas. El muchacho la extendió sin resistencia.
Entonces habló él primero.
—Vi algo en ti.
—¿Ah sí? —dijo, sin levantar la vista.
—Tus ojos no encajan con tu cara.
Levantó la vista.
—¿Qué viste en mis ojos?
—Que hay algo mal en ti.
Este niño es más listo de lo que aparenta. O más dañado. A veces es lo mismo.
Terminó la recolección de muestras. Se quitó un guante.
—Vi el cadáver. La herida está en el costado. El ángulo es tuyo.
No respondió. Pero tampoco negó.
—No aguantaba más —dijo al fin, y su voz se rompió por primera vez—. No quería hacerlo, pero sentí esa necesidad. No podía soportar el impulso. Sentía como... si el diablo me obligara a hacerlo.
Lo miró por un momento. No con lástima. Con algo más parecido al reconocimiento.
—Todavía eres menor de edad —le dijo—. Díselo a la sargenta. Quizás eso reduzca la condena. No creo que te vaya tan mal.
Aunque los dos saben que “tan mal” es relativo.
...
En la oficina de Utahime, una figura nueva había tomado asiento. Traje oscuro, un pin de girasol, la postura de quien está acostumbrado a que lo escuchen. Utahime lo presentó.
—Sargenta Tanaka, te presento a Hiromi Higuruma. Abogado tutor de Jumpei —añadió—. Llegó tarde por un problema en su auto.
—Señor Higuruma —saludó Maki con una reverencia—. ¿Puedo saber por qué está aquí?
—Solo llámame Hiromi, sargenta Tanaka —respondió él, devolviendo el gesto—. Vine al saber del caso del joven Jumpei Yoshino.
—Maki, por favor, escóltalo hasta el interrogatorio —indicó Utahime.
Caminaron por el pasillo. Al pasar frente al monitor de grabaciones, Maki notó que estaba apagado. Se detuvo. Lo encendió. En la pantalla se veía a Yuji “consolando” a Jumpei, en ese silencio que terminaría en un sollozo del chico.
—¿Quién es ese? —preguntó Hiromi.
—Nuestro analista de salpicaduras. Yuji Nanami.
—¿Tiene hijos?
Maki lo miró un instante.
—No. Es solo un nerd de laboratorio.
El abogado asintió y siguió caminando. Llegaron a la puerta. Maki tocó dos veces, y Yuji salió con algo de prisa, encontrándose frente a frente con el dúo.
—Usted es Yuji Nanami, ¿verdad? —dijo él.
—Sí. ¿Cómo lo sabe?
—Yo le dije quién eras —intervino Maki—. Él es el abogado y tutor, Hiromi Higuruma. Se encargará del caso de Jumpei.
—Un gusto, señor Higuruma —hizo una pequeña reverencia.
—Solo Hiromi, por favor —respondió con lo mismo.
—Si me disculpan, tengo que terminar algo —se volteó—. Hasta luego, Hiromi.
—Un momento, Yuji —intervino Maki nuevamente, tomándolo del brazo—. Necesito hablar contigo sobre algo. Mientras tanto, señor Higuruma, adelántese a hablar con el chico.
El abogado asintió y pasó en medio de los dos.
—¿Por qué pausaste la grabación? —preguntó Maki sin rodeos.
—Pues —fingió estar nervioso— no creí que fuera necesario grabar lo que estaba haciendo.
—Yuji, si repites algo así —se acercó más a él—, juro que te dejaré en la calle.
Ante esa advertencia, Yuji fue hacia su oficina mientras Maki no paraba de mirarlo.
...
Abrió la puerta de su oficina y encontró a dos personas que no había invitado.
Nobara, sentada en su escritorio con esa comodidad que tiene para apropiarse de los espacios ajenos. Toge, a su lado, con una carpeta sobre las rodillas.
—Nobara. Toge. ¿Qué hacen aquí?
—Mejor pregunta: tú qué haces aquí, hermanito —dijo Nobara.
—Es mi oficina.
—Estamos trabajando en el caso de esta mañana —explicó Toge.
—¿Y qué encontraron? —dijo, acomodando sus cosas.
—Sangre, seguro no —respondió Toge.
—Qué gracioso eres, toge—dijo con el sarcasmo justo.
—Ese no es el punto —intervino Nobara—. Dime, Yuji, ¿qué opinas de la escena? Estuviste ahí.
Se detuvo. Miró las fotos sobre el escritorio.
—Toge, piensa por un momento: cuando tocaste el cuerpo, lo sentiste frio o caliente.
—estaba demasiado frio.
—Eso es mucho más rápido de lo que el ambiente explica, quiero decir, estamos en verano y ese cuerpo estaba tan frio como una paleta de hielo.
Silencio de dos segundos.
—Oh, mierda —dijo Nobara—. El asesino debe tener algo. Un refrigerador, o algo así.
—Uno demasiado grande —dijo Toge.
—¿Les interesaría salir de mi oficina? Tengo que acabar algunas cosas antes de que la sargenta Maki me saque las entrañas.
—Qué exagerado eres, Yuji. ¿Tan mal te trata Maki?
—En fin —Nobara tomó sus carpetas—. Hay que reportarle esto a la teniente —miró a Toge—. Suerte que Maki no te saque las tripas, hermanito.
Salieron. La oficina recuperó su silencio.
Un refrigerador, quizá de carnicero. Algo me quiere decir.
Abrió el buscador. Buscó a Nagi Yoshino. Una noticia de hace unos años apareció: «El padre que se suicidó frente a su hijo». El perfil fue tomando forma: un padre muerto, la exposición a esa muerte a tan corta edad, derivaciones psicológicas que nadie siguió de cerca.
Él tiene una maldición. Igual que yo.
Siguió leyendo.
Padre muerto. Problemas que lo llevaron al límite. Con tantas deudas, tanta presión... o quizás solo esa necesidad que no tiene nombre pero que uno reconoce desde adentro.
Levantó la vista hacia la ventana. En el pasillo, el abogado, Maki y Jumpei salían juntos del interrogatorio. En determinado momento, el grupo se partió en dos: Hiromi y el muchacho continuaron, y Maki se desvió hacia su oficina.
Lo siento, Jumpei. Pero estas son tus consecuencias, no las mias.
...
El sol estaba por ocultarse, el lugar se tiño de un anaranjado, Maki tocó la puerta y Yuji salió con la carpeta en mano, con una sonrisa en el rostro para parecer torpe.
—Aquí están los resultados, sargenta —se los extendió.
Los arrebató, como siempre lo hace.
—Si me disculpa, ya me tengo que ir.
—Espera un momento, Yuji.
Se quedó quieto.
—¿Crees que no lo he notado? —se puso frente a él—. Las sonrisas. La eficiencia. Las donas. La conversación perdida. Algo escondes.
Muchas cosas, Maki. Más de las imagina.
—Está bien, me descubrió —dijo—. Soy alguien con lágrimas de cocodrilo y corazón de pollo. Y, si me disculpa, tengo que ir con una chica que también tiene corazón de pollo.
Eso cree.
—¿Ah, sí? —no convencida con la respuesta—. Y esa chica imaginaria que comparte tu “corazón de pollo”, ¿existe? No seas estúpido, Yuji. Eres una maldita rata de laboratorio. ¿Qué chica se fijaría en ti?
Un poco molesto por su respuesta, dijo:
—Sargenta. Ya se acabó mi horario.
Finalmente lo dejó pasar. Salió de la estación, guardó sus cosas en el carro, encendió el motor y condujo, dejándola sola en la entrada.
...
Un vecindario tranquilo. Una casa entre todas las demás. Se estacionó frente a una de ellas, bajó y tocó la puerta.
Abrió Mai.
Ella era idéntica a su hermana en los huesos, distinta en todo lo demás.
Cabello negro de largo medio, con reflejos verde oscuro, hasta el cuello. Flequillo hacia la derecha. Ojos verdes. Cejas finas. Una expresión que Maki nunca usa: alivio genuino al verme. En este mundo que los hace tan vulnerables, ella es igual a él. Incomprendidos. Solitarios. Y, aun así, ahí están.
—Hola, Yuji.
—Hey, Mai.
—Creí que no vendrías —dijo, y algo nervioso se escondía detrás de la emoción.
—Jamás te dejaría sola, lo prometí —soltó una sonrisa “genuina”.
—Entonces entra, o se enfriará lo que te preparé —le comentó, aliviada.
—¿Me preparaste algo?
—No te dejaría pasar hambre en mi casa.
—Espero que sea mi favorito.
—Créeme que sí.
Se sentaron en la mesa de la cocina. Ella trajo los platos: un cuenco de arroz con fideos para él y una hamburguesa sencilla para ella. Los palillos. La luz de la cocina. Mai no dejaba de mirarlo con esa sonrisa que tiene cuando algo la pone feliz y lo disfruta al mismo tiempo.
Ella sufrió. Bastante. Hay veces que todavía teme tocarle la mano, porque tocar le recuerda lo que no quiere recordar. Por eso esta relación avanza despacio. Muy despacio. Y eso, para mi, es exactamente lo que necesita.
—¿Te gusta? —preguntó—. Lo aprendí hace unos días. ¿Cuenco de arroz con fideos? Qué gusto tan particular tienes.
—Sí, la textura del arroz, los fideos, justo como los hacía mamá... antes de que falleciera.
—Es bueno que lo recuerdes —tomó su mano—. Así perdura el recuerdo de quienes amamos.
En respuesta, enrolló unos cuantos fideos con los palillos y se los extendió, con la mano debajo para que no cayera nada. Ella lo miró y se puso seria.
—Yuji, sabes que no me gustan las verduras.
—Oh. Lo siento —iba retirando los palillos, pero lo detuvo con un bocado.
—Vaya, sí que me lucí —le sonrió—, fue un bonito gesto.
—Mai Tanaka, la mejor cocinera de todo Japón, cocinando tan bien el arroz.
—Basta, Yuji —tratando de ocultar su sonrojo.
Comieron hasta el final. Luego recogió los platos y los llevó al fregadero. Ella lo acompañó, manteniendo su cercanía habitual, mientras iba secando todo lo que él lavaba.
Al final, se sentaron en el sofá a mirar la televisión, cambiando de canal sin parar.
—Fue una noche bonita, Mai.
—Lo sé. Aunque haya durado poco, la disfruté mucho.
Extendió la mano hacia la suya. Ella la sostuvo.
—Yuji... —dijo en voz baja—. Lo siento.
—No, Mai. Yo lo siento.
Silencio. Luego ella sacó las manos del bolsillo.
—Tienes que irte, Yuji —expresó Mai.
—Lo siento, Mai, te prometí que no me iría hasta que... —fue interrumpido por Mai, quien lo tomó del brazo y lo escoltó hacia la puerta.
—Yuji, hiciste mucho por esta noche, ve a tu casa —le plantó un pequeño beso y le cerró la puerta en la cara.
Se apartó de la casa, caminó hacia su carro.
Felicidades Yuji, lo tenias que arruinar
Abrió la puerta y notó que, en el asiento del copiloto, estaba la pieza que faltaba...
Envuelto en una delgada cinta roja que formaba un moño, el pie faltante de ese cadaver, le recordó algo.
Las pata izquierda de los conejos suelen simbolizarse la buena suerte, pero un pie humano...que forma tan bizarra de darme suerte.








