Prólogo
La cúpula de Mantra sufrió una metamorfosis violenta.
El cielo se retorció, convirtiéndose en un vórtice que vomitaba manchas oscuras sobre la ciudad. Las estrellas titilaron en agonía antes de extinguirse. Aquella negrura se filtraba a través de las nubes, las tierras y las aguas.
Una marea de gritos atravesó hogares, templos y barrios. Quienes ignoraban el evento, salían de sus moradas para acudir a los llamados. El impacto los dejaba sin aliento al ver que un abismo se tragaba toda arquitectura conocida.
La anciana Cetra abandonó el refugio de sus estanterías, dejando atrás el aroma a pergamino. Al cruzar el umbral del balcón, las rodillas le fallaron sobre el mármol. Sus ojos capturaron el horror que se extendía por doquier.
—¡¿Qué es... todo esto? —articuló, antes de que su voz se quebrara.
Dos guardias del área exterior de la biblioteca saltaron hacia el balcón.
—Archivera, debemos evacuar.
Imploró uno; su mano enguantada en malla blanca.
—Tenemos información de que los baluartes subterráneos aún se sostienen —añadió el segundo.
—Sirval... debemos ir con Sirval. Vayamos hacia el norte —respondió Cetra.
La mujer se incorporó, forzando a sus pulmones a respirar un aire pútrido. Se montó sobre el lomo de uno de los guardias; ambos se habían transformado en grandes zorros grises y, bajo la voluntad de ella, un puente de hielo sólido los lanzó a través del espacio, sorteando las torres que comenzaban a desmoronarse como castillos de arena.
Esquivaban las esquirlas que caían pero una de ellas los alcanzó.
No hubo quejido. Simplemente dejaron un eco donde un instante antes latían vidas centenarias. Abajo, en los barrios, la escena era un tapete de miseria. De las grietas que se abrían en el suelo, emergían sombras indefinidas; su proximidad devoraba la vitalidad de todo ser orgánico. La población entonaba hechizos contra estas criaturas. Domos de protección se expandían para frenar la marcha y las salpicaduras de materia que descendían.
Dos calles más arriba, hacia una de las plazas, el esfuerzo por salvar la nación apenas iniciaba. Decenas de estos guerreros vociferaban al unísono. Torrentes luminosos rasgaban las alturas, chocando contra las entidades que devoraban a niños y ancianos.
Una gran zorra tomó forma humana.
—¡Hacia las cumbres subterráneas! ¡Ahora! —ordenó.
Sumidos en el horror, nadie tuvo fuerza para obedecer esa orden y huir de ahí. De pronto, doce figuras se elevaron por encima de los domos. Uno de ellos giró hacia el resto.
—Hermanos, la fusión es el único camino. Desechen el temor. Fuimos forjados para cualquier peligro.
Alzaron las manos hacia el cielo roto; sus capas se agitaron. Una luz irradió de sus cuerpos, precipitando llamaradas que impactaron contra las legiones de sombras, pulverizando miles de ellas en un segundo. Una estela de ardor quedó iluminando el firmamento, pero la respuesta del abismo fue inmediata. Ráfagas de materia colisionaron contra los doce, sus energías se desintegraban en la nada.
Dentro de los domos, los supervivientes caían, débiles, sollozando ante lo sucedido. El cielo se oscureció de vuelta. Los paisajes comenzaban a ceder.
Las cordilleras que rodeaban Mantra colapsaban, los árboles en los corredores se marchitaban y las fuentes públicas se evaporaban. Junto a una, un guerrero solitario con un rostro afligido lanzó un conjuro hacia el vacío. Un haz de energía descendió, chocando contra unas masas viscosas que acechaban a un grupo de zorritos refugiándose bajo un arco de mármol.
El hombre alzó su voz hacia las personas que tenía alrededor.
—¡Dejen de llorar! Levántense y acudan al llamado de nuestro pueblo. Háganlo... por favor. Honren la memoria de los que ya no están.
Comenzaron a responder.
Se escuchaban frases en algún idioma antiguo. Escudos flotantes y luminosos surgieron por todos los corredores a proteger a los indefensos. Entre ellos se hallaba un hombre de rasgos jóvenes abrazando a un niño de cabello plateado y ahí, frente al par, un anciano lanzando rayos de energía contra algunas de esas entidades que se acercaban.
El joven estaba perdido en un recuerdo. Por un instante, el balcón de su casa volvió a llenarse de luz cálida. El niño dormía entre sus brazos y los dedos acariciaban su cabello.
¿Por qué no has regresado, mi querido Sirval?
Un grito desgarró aquel trance ilusorio.
El lazo fulgente creado por el anciano lo arrastró a él y al niño con violencia, desplazándolos varios metros sobre un pavimento que crujía bajo una presión invisible. Una salpicadura viscosa impactó un instante después justo donde ellos permanecían sentados; el empedrado se fundió en una reacción química que emitía un vaho púrpura.
El joven parpadeó, aturdido. La calidez del sol desapareció, sustituida por un frío que erizaba su piel. Vestía un traje de seda desgarrado. Sus pies descalzos sangraban por el contacto con las estructuras rotas sobre el suelo.
—¡Padre, ¿qué está sucediendo?! ¡¿Por qué nuestro pueblo está muriendo?!
—No lo sé, Aphelos... Debemos movernos hacia el templo lunar.
Aphelos intentó transformarse en zorro, pero el brillo de la transformación se apagaba. Tuvieron que iniciar un desplazamiento errático por las callejuelas.
En una intersección tropezaron con unos sobrevivientes que, a duras penas, erigían una barrera de luz, pero aquella lluvia la atravesaba.
—¡Es inútil! —bramó un guerrero con una armadura de escamas.
Aphelos vio cómo uno a uno caía de rodillas. Sus cuencas oculares vaciándose en un líquido parduzco antes de que sus cuerpos se plegaran sobre sí mismos hasta desaparecer.
Padre e hijo siguieron corriendo. Alcanzaron una plaza donde varios humanos corrían de un lado a otro, desesperados por el desastre. Tenían sus orejas y colas de zorro expuestas sin completar el cambio. Aphelos y el niño se recostaron contra una columna destruida; los pies ya no les daban. El abuelo los cubrió con las telas que habían rescatado antes de salir de su casa.
—Uhg...pa-ahhh. —balbuceó el niño, mirando a su padre.
—Ahhh... Aggh... Tenemos sed, papá. Necesito buscar agua para el niño.
—No. Hay que resistir. No se muevan. Intentaré ocultarnos.
El anciano comenzó a hacer unos movimientos controlados con sus manos.
Un orbe brillante emergía entre ambos. Pero el conjuro se detuvo a mitad de plegaria. Una sección de la edificación contigua se desplomaba. A través de la negrura, vieron unas masas umbrías precipitándose hacia ellos como parásitos hambrientos de una presa moribunda.
Cuando la más próxima estiró sus garras para atrapar al niño, un portal surgió frente a ellos. Misiles de viento impactaron contra aquellas formas, desintegrándolas en el acto. Del mismo portal emergió un hombre alto y fornido, con vellos blancos en los brazos y una gran cola de lobo. Empuñaba un sable níveo.
—¡Aphelos, amor! ¡Niem! ¡¿Dónde están?! —clamó con esa voz cavernosa.
—¡Aquí detrás! Fff...Hhhu... Sirval.
Sirval abrazó y llenó de besos a su esposo e hijo. Un par de lágrimas brotaron al ver el estado de Aphelos.
—Lo siento, mi amor. No debí irme. Debí quedarme con ustedes. Hice todo lo que pude. Lo intenté... Oof... Lo intenté. No quería que... tu pueblo muriera. Pero esos malditos no me escucharon.
Aphelos lo rodeó con su brazo libre.
—Estás aquí... Es lo importante.
—Siempre tu escudo.
—Siempre tuyo.
Sirval le dio un beso en la frente y giró hacia su suegro.
—Mercurio. Debemos ir al templo lunar. Es nuestra última salida.
—Para allá íbamos. Pero correr sobre todo esto... Mira a mi hijo, Sirval. Él no puede más.
Sirval regresó su mirada hacia Aphelos.
—Mi amor, ¿puedes transformarte en zorro y galopar?
—No... Tengo poca... energía para eso.
—Entonces los llevaré sobre mí.
Sirval fue detenido por las manos temblorosas de Mercurio.
—Debes decirme lo que está pasando. ¿Hay alguna posibilidad de que mis poderes puedan detener esta masacre?
—Viejo. Esto no es solo en Mantra. Toda la región de los zorros fue separada del resto del continente. Una gran grieta se produjo sobre la capital. No queda nada allá. Todo está borrado. Pedí ayuda a mi gente, pero los lobos no me escucharon. Dejaron a los zorros a su merced.
—¿De qué hablas?
—Este poder, esta... magia. No vino sola. Una oscuridad que no logro definir apareció en el centro de la capital, y lanzó una maldición contra estas tierras.
—¿Qué vamos a hacer, mi amor?
Sirval volteó a ver a Aphelos.
—Tengo que liberar el portal en el templo. Así podremos escapar hacia mi ciudad.
—¿No puedes hacerlo aquí?
—No. Amor. He gastado mucha energía. Pero los glifos de los templos me permitirán hacer la conexión.
Mercurio se había quedado pensativo.
—¿Tenemos información de dónde vino esta oscuridad?
—Era densa, palpitante, como si tuviera consciencia. Mercurio... estábamos combatiendo contra algo que no le hacíamos ni cosquillas. Y no tardará en llegar a Mantra. Debemos llegar al templo antes de que se derrumbe.
—Vaya, Sirval, esto no te favorece —interrumpió una voz detrás de ellos.
La familia giró.
Delante de ellos estaban dos humanos con colas y orejas de lobo. La mujer tenía tatuajes rojos en su cabeza calva y una armadura iluminada por chispas escarlatas; el hombre era esbelto, con una cicatriz que deformaba sus labios. Sirval desenvainó su arma.
—¿Desde cuándo usas túnicas tan patéticas, Vladimir?
—¡Es un traidor! —bramó la calva. Su timbre era áspero.
—¿Traidor? ¿De qué demonios hablas? El único traidor es mi pueblo. Juramos defender a los zorros desde pequeños. ¿Cómo pueden abandonarlos bajo esta catástrofe? ¡Respondan!
Vladimir se hizo el mudo. No había rastro de culpa en esos ojos apagados.
—Eliminemos a esos zorros ahora. Déjame a Sirval para después —profirió la mujer, conjurando un tridente de fuego de la nada.
Sirval avanzó unos pasos y empuñó su sable. Su postura era firme. Estaba preparado para lo que viniera.
—Te lo dejo a ti, Emma —dijo el flaco.
—Atrévete a tocar a mi familia. ¡Perra!
Sirval abrió uno de sus portales. El sudor perló su frente; la respiración se le agitó. Adentro de la dimensión se vislumbraba un santuario rodeado de árboles que aún se mantenían intactos.
Sin apartar la mirada de sus enemigos, habló hacia su familia.
—Estarán a salvo —aseguró—. Iré por ustedes.
Aphelos tendió el niño a su abuelo y caminó hacia Sirval, enganchándolo del antebrazo.
—No me iré sin ti. Sirval. Déjame ayudarte.
—¡No, amor! Confía en mí. Yo iré por ustedes. Aquí están en peligro.
—Hijo, por favor. Crucemos. No tienes la energía para enfrentar a nadie —advirtió Mercurio desde atrás.
Aphelos entendió y avanzó hacia el portal. Pero antes de cruzar, Emma lanzó el tridente hacia él; Sirval se desplazó en un parpadeo y logró interceptarlo sin dificultad, partiéndolo en dos. Solo que no esperaba un detalle que lo hizo sudar frío: el arma de Emma comenzó a recomponerse, pieza por pieza. El portal se cerró.
—¿Qué...?
—¡Ja! —rio la toba—. ¿De verdad creíste que me desarmaste? Ingenuo.
Emma manipuló el arma para impactar de vuelta hacia Aphelos. Antes de que sucediera, Mercurio invocó una burbuja de energía. Cuando el tridente se estrelló contra ella, la esfera salió rebotando con fuerza a un par de kilómetros de distancia.
—¡Nooo! —clamó el padre.
Sirval se transformó en un gran lobo blanco y galopó a toda velocidad hacia el lugar lleno de ruinas donde aterrizó el hechizo de su suegro. Al llegar, los vio ilesos. Su familia no había recibido daño alguno. Pero no tuvo tiempo de respirar. Aquellos traidores habían aterrizado frente a él.
Sirval regresó a su forma humana.
—¡¿Por qué hacen esto?!
—Apártate, Emma —ordenó Vladimir—. No te lo tomes personal, alfa. Cuando no puedes ganar una guerra, eliges el bando que sobrevive.
—¿Los lobos hicieron esto? ¿Está mi pueblo involucrado? ¡Hablen, canallas!
—Cierra la boca, maldito alfa —escupió Emma.
Los tres quedaron en silencio, calculando el momento. El guerrero alzó su sable a la altura de su rostro; la punta del arma señalaba el cuello de sus adversarios. La mirada de Sirval se oscurecía al escrutar cada centímetro de sus cuerpos. Cualquier gesto o movimiento por mínimo que fuera. Esa tensión era interrumpida por los alaridos roncos que atronaban a lo lejos. Destellos mágicos surcaban el vacío, iluminando el agonizante panorama. Los combatientes que se negaban a morir contraatacaban con todo lo que tenían.
Fue la chispa que los alertó. Emma y Vladimir se arrojaron a la vez contra el alfa.
El tipo conjuró un torbellino de cristales que rodeó al padre. ¿Cuándo aprendió esa habilidad? Pensó Sirval mientras bloqueaba cada filo que lo buscaba. Emma se había desviado hacia Aphelos y el niño, aprovechando la distracción. Mercurio levantó una nueva barrera de luz para protegerlos. Vladimir impedía que Sirval la enfrentara, impulsándose con una rapidez que el paladín no esperaba. ¿Y desde cuándo podía moverse así?
El sujeto arremetió con una daga hacia su costado, aunque sin técnica. El alfa lo esquivó y lo lanzó al suelo con una patada que lo dejó inconsciente. En ese instante, un destello carmesí apareció detrás de la cabeza de Vladimir. ¿Un mechón rojo? ¿Eso fue una ilusión?
Detrás de él, Emma seguía chocando su arma contra un escudo que se desvanecía. Mercurio cayó de rodillas, agonizante por la energía que le consumía la vida. Aphelos sentó a su hijo sobre el terreno y corrió en ayuda de su padre. Conjuró un arco dorado, acercó sus labios a la flecha y susurró un rezo. Unos glifos aparecieron inscritos en el filamento; al instante, las mismas runas cercaron a Emma. La gravedad se distorsionó entre ambos, anclando el destino de la mujer al trayecto inevitable de la saeta. Aphelos la disparó. Cargada de una luz cegadora, la flecha atravesó la malla de su padre e impactó de lleno en la armadura de Emma, desintegrándola en el acto.
—¡Maldito omega! ¡¿Qué le hiciste a mi armadura?!
Aphelos se desplomó sobre la tierra húmeda, vomitando charcos de sangre.
—¡Aphelos! —gritó Sirval.
Emma retomó el asalto contra la barrera. Sirval contuvo la respiración y se lanzó tras ella. Acero y rencor entrelazados en una coreografía mortal.
Ella era hábil, cada embate buscaba matar.
—Es inútil —se burló—. No tienes el impulso para matarme. Siempre fuiste un alfa sentimental. Con los zorros extintos, los lobos tomaremos el control del continente, como siempre debió ser —argumentó la adversaria, esquivando las estocadas del padre.
—Cállate —escupió Sirval—. Mi impulso es proteger. El tuyo es el de una perra desesperada, dispuesta a arrastrarse ante un dios muerto.
Ella soltó una carcajada y puso el tridente a girar como una hélice, presionando los flancos de él, tanteando debilidades. Pero Sirval neutralizó cada intento.
—La única fuerza es la que erradica lo que estorba —sentenció ella—. Tú y los omegas que te esperan deben desaparecer.
Desaparecer. El término lo atravesó cual estaca. Aphelos... Niem... No les daré el gusto de verlos morir.
—Preferiría ver este mundo reducido a cenizas antes de que toques a mi familia.
Sirval deslizó la hoja bajo su descuido. El tajo abrió la carne de su costado.
—¡Maldito! —escupió ella.
—Es momento de terminar con esto.
El guerrero liberó el sable en el aire, quedando suspendido entre ambos. De su interior brotó una bruma espesa que se condensó adoptando forma.
—Adelante... Masamune.
—¿Qué demonios es esto? —gruñó Emma.
La figura era gris, fácil de confundir con las sombras que devoraban la región. No estaba fragmentada ni tenía extremidades grotescas. Parecía el vestigio de quien fue alguien en vida. La silueta era estilizada, vistiendo un kimono de guerra. Portaba una máscara de un material fino, posiblemente porcelana, sin una sola grieta.
—Este es mi legado.
—¿El qué? —masculló Emma, girándose hacia un Vladimir que recuperaba los sentidos—. Penagos, ¿tenías conocimiento de esto?
¿Penagos?Ese nombre no me suena.
—Entonces queda claro. No eres Vladimir. No me hagas perder el tiempo y abandona el disfraz —ordenó Sirval.
El sujeto se echó a reír y se resquebrajó en una lluvia de fragmentos que luego se reorganizaron hasta formar una nueva entidad: el tal Penagos. De ojos rojos y mucho más flaco. Tenía orejas puntiagudas, piel grisácea y mechones rojos.
—¡¿Un maldito elfo?! ¿Quién eres? ¡¿Cómo me conoces?! ¡Habla, maldito!
Masamune se arrojó contra Emma, permitiéndole a Sirval el espacio que necesitaba. Su atención se cerró sobre el hombre de la mueca ladeada.
El sujeto creó un trono hecho de cristales a partir del terreno circundante, y se acomodó sobre él.
—Debo admitirlo, Sirval. Tu determinación supera mis proyecciones. Lo sé. Te inquieta saber quién soy. Es irrelevante. Nada entre nosotros importa. Crees que tienes peso, pero no lo tienes. La realidad existe fuera de tu alcance. Solo que bueno... no esperaba gastarme los recursos en esta época.
—¡Deja de hablar tanta mierda!
Sirval se lanzó contra él. Conjuró una daga y la presionó contra su garganta.
—Dime lo que necesito saber y quizá te conceda existir un minuto más.
—Acabar conmigo no cambiará el desenlace, Sirval. Pero tú, y todos los que aún respiran, están sentenciados. ¡Cómo me encanta ver el esfuerzo de los zorritos y zorritas por sobrevivir!
—¡Habla! —rugió Sirval. La saliva se le volvía espesa—. Quiero salvar a mi familia... por favor.
—No hay salida. Siempre puedes elegir someterte.
El tipo le mandó una sonrisa burlona. Eso fue el detonante.
Sirval le infligió una herida mortal al pelirrojo. Y se quedó allí, sin apartar la vista, para obligarlo a enfrentar su final. Pero no hubo un solo jadeo.
—Eliminarme no iba a resolver nada. Solo soy una réplica. Y ya cumplí mi función. Disfruta tus últimos segundos.
Penagos se fracturó otra vez. No como antes. Las estructuras quedaron suspendidas en el aire y luego se convirtieron en polvo. A unos metros, Masamune continuaba embistiendo a Emma, quien se veía poseída por una rabia salvaje.
La combatiente descargó el puño contra el suelo y una oleada de roca fundida mutó a un torrente incandescente, arrasando todo a su paso. Sirval tomó impulso contra el suelo y saltó antes de que la corriente ígnea lo volviera cenizas. Arrojó su daga contra ella. Emma reaccionó blandiendo su arma y desviando el proyectil hacia el cielo. La tridentina empezó a buscar a Masamune y a Sirval; habían desaparecido de su radar. Nunca anticipó que el guerrero venía descendiendo desde lo alto, empuñando el sable y con el aire cortando la piel.
Soltó el aliento y atacó.
El corte fue preciso y despiadado. El cuerpo de Emma se dividió en dos mitades perfectas. La sangre salía a chorros.
Sirval dejó escapar un solo suspiro. Masamune reapareció delante de él y se mantuvo erguido unos instantes más, aguardando una orden que ya no existía. Luego su forma comenzó a diluirse con calma, regresando a ese estado intermedio que solo Sirval comprendía. Antes de desaparecer, inclinó la cabeza. Un gesto antiguo, de respeto hacia su señor.
Cuando se incorporaba, Sirval creyó que todo había terminado.
Escuchó los gritos desgarradores de Aphelos a la distancia. Una horda de criaturas había rodeado a su familia. El alfa se desplazó rápido para aniquilarlas con su espada, pero el número aumentaba.
El abuelo, viendo que la nueva barrera flaqueaba, decidió desatar su propia esencia en un fulgor para ganar tiempo.
—Nova —entonó.
El cuerpo del viejo comenzó a emitir un fogonazo naranja con escarlata.
—¡Padre, no!
Aphelos pegó un grito de desesperación, presintiendo la tragedia.
—Sirval, ¡ayúdalo!
Pero fue inútil. La barrera se había roto.
Una masa dotada de seis brazos espinosos surgió de una hendidura en la tierra y aferró a Mercurio por los tobillos. Antes de que Sirval pudiera intervenir, la criatura ejerció tanta fuerza que desmembró al anciano en una secuencia de movimientos mecánicos. Primero fue el rostro. La cara de Mercurio se desintegró hasta quedar hecha polvo, luego las partes de su cuerpo desaparecían una a una.
Aphelos desató un aullido tan primal que congeló el flujo temporal. Cayó hacia atrás, medio inconsciente, con la respiración agitada. La sangre comenzó a brotar de su boca y el canto de los ojos. El poder que desató había deshecho todas sus fuerzas. Niem estaba detrás de su padre omega sosteniendo la cabeza en sus piernitas. Era imposible que entendiera lo que sucedía. Solo miraba el rostro de su papi mientras aplastaba sus manitas en las mejillas, untándose de aquellos surcos de sangre.
—¡Aphelos! ¡Mi amor! NO... NO. Nooo. por favor... por favor... resiste. ¡AHHHH!
Sirval fue tras él pero vio que la parálisis del mundo se disolvía poco a poco. Había al menos un centenar de abominaciones acorralando a su esposo e hijo y otro rodeándolo a él, sujetándolo por las piernas. Él sabía que no podría con todos ellos. Después de combatir a Emma y de gastar energía invocando a Masamune, lo que le quedaba le desgarraría su cuerpo si intentaba abrir otro portal. Pero estaba decidido, aun si aquello diera fin a su vida.
Antes de que el tiempo se liberara de su letargo, abrió otro portal detrás de ellos. Uno débil, del tamaño de Niem. Pero era suficiente para deslizar a ambos a través de él. El guerrero comenzó a gatear hacia ellos, alzó una mano y unos proyectiles de aire salieron disparados de su palma hacia su familia. Eran inofensivos. Habían empujado a su hijo a través de la brecha, y los que seguían fueron empujando a Aphelos poco a poco.
El tic-tac del universo regresaba.
Las criaturas volvieron a reptar hacia Aphelos. El último pulso de aire alcanzó para que su esposo cruzara. Lo mandó con toda su fuerza.
El tiempo se liberó.
—¡Nooo! Aggh... ¡Ahhh! ¡Aphelos! ¡APHELOS!
Lo último que vio antes de que sus ojos se nublaran por la oscuridad, fue una larga extremidad empalando el pecho de Aphelos. Un par de lágrimas se secaron antes de deslizarse por sus pómulos.
Siempre tu escudo... Mi amor.
El apéndice se partió cuando la dimensión se cerró detrás de ellos.
Aphelos y Niem cayeron sobre la arena de una playa, bajo un cielo de resplandor cenizo y una luna azul. Las olas de la orilla lamían los pies ensangrentados del joven. Su pecho se elevó en un espasmo violento, un intento desesperado por atrapar aire que se quebró a mitad de camino.
Con un esfuerzo titánico, Aphelos levantó su brazo tembloroso. Las costillas se le marcaban bajo la seda con cada bocanada trunca. Su mano, fría y pesada, acarició por última vez las mejillas regordetas del niño.
Antes de que la luz de sus ojos se apagara, sus labios se entreabrieron. El aire escapó de su garganta en un estertor que apenas logró hilar las palabras:
—Hh... s-sie..pr... tu..yo...








