Capitulo 1: la razón
La historia de la humanidad no comenzó en la luz, sino en el silencio absoluto de un Edén donde Dios había dado forma a Adán, el primer hombre, y a Lilith, la primera mujer. Sin embargo, el Edén exigía un equilibrio más complejo, y de la misma tierra primordial brotó Eva, la segunda mujer.
En aquellos primeros días, cada alma era un reflejo puro de su propia esencia. Adán era un hombre de una nobleza inquebrantable, un pilar de confianza y afecto sincero; Eva poseía una dulzura infinita que envolvía cada rincón del jardín. Pero Lilith era distinta. En su mirada habitaba una oscuridad indescifrable: una mezcla voraz de pasión, hambre de poder y un misterio tan profundo que nadie lograba comprender.
La armonía duró lo que pareció una eternidad, hasta que el hilo del mundo se rompió.
Un día, Lilith se acercó a Adán con una revelación venenosa: había encontrado a una serpiente entre los matorrales. El reptil le ofrecía un fruto prohibido, una manzana que prometía algo más valioso que la felicidad superficial: la creatividad, el impulso absoluto de crear y destruir a voluntad. Adán, sintiendo una conexión profunda con Eva, decidió quedarse con la manzana para compartirla únicamente con ella, ignorando por completo que la verdadera arquitecta de esa trampa había sido Lilith, quien observaba desde la distancia sin mancharse las manos.
Pero en el instante en que probaron el fruto, la inocencia se desvaneció de golpe. El peso insoportable de la culpa, el dolor y la condena cayeron sobre ellos.
Dios, furioso por la transgresión, los desterró del paraíso para siempre. Adán y Eva cayeron hacia un destino helado y cruel, mientras que Lilith se quedó atrás en el Edén, sonriendo en las sombras antes de descender por voluntad propia a las profundidades de la tierra, donde la luz jamás volvería a entrar. Poco después, la serpiente se manifestó ante ella en el abismo, revelando su verdadera identidad: era Lucifer. Para Adán, Lilith simplemente había "desaparecido" o huido antes del castigo, creyendo erróneamente que ella también había sido una víctima inocente del fruto.
Fuera de los muros dorados, el suelo del Edén ya no era hierba blanda, sino un lodazal estéril azotado por un viento helado.
Adán cayó de rodillas, con las manos temblando de forma incontrolable. El eco del juicio divino zumbaba en sus oídos, pero lo que lo carcomía por dentro no era el castigo de Dios, sino el vacío. A pocos metros, acurrucada contra la tierra gélida, temblaba Eva, con los labios manchados de un rastro amargo y los ojos anegados de terror.
—Fue ella... —murmuró Adán, con la voz rota, un hilo de veneno que brotaba desde lo más hondo de su garganta, pensando en la ausencia de Lilith—. Fue ella la que abrió la puerta... ella nos trajo esto.
—Adán... por favor —suplicaba Eva, ahogándose en su propio llanto—. Lilith nos dijo que era un regalo...
—¡Mienten! ¡Todo es mentira!
Cegado por la desesperación, en su mente distorsionada creyó que si destruía el error, el Edén regresaría. Se arrojó sobre ella con la fuerza ciega de una bestia acorralada. No hubo misericordia; sus manos se convirtieron en el instrumento de una carnicería fría y visceral. Los gritos de Eva se apagaron rápidamente contra la tierra mojada.
Cuando todo terminó, el silencio volvió a reinar. Adán quedó inmóvil, bañado en el calor espeso de la sangre que manchaba sus dedos por primera vez en la historia.
Años más tarde, la tragedia se repitió como un eco burlón en la Tierra desolada. De su propia carne y de la culpa que lo devoraba nacieron Caín y Abel. Adán crio a sus hijos con un pavor silencioso, viendo en ellos la prueba de una sangre maldita. Pero el ciclo de la violencia no perdonaba: consumido por los celos, Caín asesinó a su hermano Abel en los campos áridos. Cuando Adán llegó y vio el cuerpo inerte de su hijo, su mente se quebró por completo. Había matado a su mujer, y ahora su propio hijo había matado a su hermano.
Poco después de esa pesadilla, los cielos se abrieron. Los ángeles bajaron para llevarse a Adán. El Alto Mando decidió que el primer hombre no podía pudrirse en un mundo maldito, pero para limpiar la imagen del Paraíso, la historia real fue borrada y reescrita. Para los nuevos ángeles humanos, Adán era un héroe trágico; nadie sabía que sus manos cargaban con el parricidio de Eva.
La fachada dorada del Cielo
Adán ascendió como el único humano en entrar con alma y cuerpo vivos. Sin embargo, el Paraíso no tardó en convertirse en una jaula de cristal para su psique destrozada.
En los salones marmóreos del Cielo, rodeado de querubines y una perfección que le quemaba los ojos, Adán descubrió lo peor: el espíritu de Abel había alcanzado la luz. Cada reencuentro entre padre e hijo se convirtió en una tortura psicológica insoportable. Abel lo miraba con una mezcla de piedad y un silencio que pesaba más que cualquier reproche, recordándole constantemente el ciclo de sangre del que Adán nunca pudo escapar.
Para sobrevivir alas mil caras de la culpa, Adán construyó una armadura de arrogancia insoportable. Se convirtió en el fiestero incorregible, el bromista ruidoso y el autoproclamado "Dickmaster", tocando su guitarra eléctrica en altas horas de la noche, riendo a carcajadas y liderando banquetes interminables. Nadie en el Cielo sospechaba que detrás de esa mueca de chulo fanfarrón había un hombre al borde del colapso, ahogando en alcohol y ruido los gritos de Eva y la sangre seca de sus propias manos. En su ignorancia, Adán seguía culpando a los demonios y al Infierno en general de la ruina de la humanidad, sin saber jamás que la verdadera arquitecta de su desgracia seguía moviendo los hilos desde las sombras.
Siglos más tarde, el tablero cambió de nuevo.
Lilith, mediante un trato oculto con la Alta Serafín Sera, logró ascender al Cielo. Sabiendo exactamente cómo manipular el miedo del Alto Mando ante una posible rebelión de los pecadores, Lilith le sembró a Sera la idea definitiva: el Exterminio. Y como pieza central de su plan, sugirió (o permitió) que Adán fuera puesto al frente como el líder indiscutible de los Exorcistas. Para Sera, era una medida de seguridad; para Lilith, era el ajuste de cuentas definitivo, ver a su antigua pareja convertido en el perro de presa del Cielo.
Para Adán, aquello no fue una imposición, sino la válvula de escape perfecta que llevaba milenios esperando. El dolor sordo de haber matado a Eva, el trauma de su relación con Abel y el odio visceral hacia un Infierno al que culpaba de todos sus males se fundieron en una sola cosa: una sed implacable de masacre.
A su lado, moldeada bajo su misma bilis y su desprecio absoluto por los demonios, encontró a su sombra perfecta: Lute, su mano derecha, una guerrera tan despiadada y leal que se convirtió en el único reflejo tolerable de su propia destrucción.
Adán reinaba en el Cielo con una sonrisa arrogante y las manos teñidas de un oro brillante, ignorando por completo que su adorada posición, su máscara de payaso arrogante y sus masacres anuales seguían siendo, paso a paso, la obra maestra de la mujer que lo había condenado desde el primer día.
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