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Academia Saint Vesper

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Sinopsis

Seraphina Nox es humana, y en la Academia Saint Vesper eso basta para condenarla a muerte. Cuando recibe una invitación imposible vinculada con el asesinato de su madre, Sera adopta la identidad de una heredera vampírica. Pero entre antiguos linajes, secretos enterrados y estudiantes capaces de matar sin sufrir consecuencias, fingir pertenecer será solo el comienzo. Mientras sigue las pistas que su madre dejó atrás, Sera atraerá la atención de un vampiro tan poderoso como difícil de descifrar. No sabe en quién confiar, no sabe quién observa sus pasos. Pero está segura de que descubrirá la verdad. Saint Vesper la estaba esperando. Y quizá nunca la deje ir.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
• Zara •
Estado:
hace 14 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO UNO

SERAPHINE NOX

Mi madre decía que los libros y los cadáveres se parecían.

Ambos conservaban señales de lo que habían sido. Una mancha donde antes hubo una mano. Una fractura disimulada bajo una costura nueva. Palabras borradas con tanta violencia que terminaban dejando una cicatriz más visible que la verdad.

La noche en que asesinaron a mi madre, alguien se tomó la molestia de lavarle las manos. No limpiaron la sangre del suelo. No le cerraron los ojos ni cubrieron la herida que le atravesaba el pecho. Tampoco recogieron los fragmentos de vidrio esparcidos alrededor de su cuerpo ni borraron las huellas oscuras que llegaban hasta la puerta trasera.

Pero le lavaron las manos.

Las encontré pálidas, húmedas y perfectamente limpias sobre su regazo. No quedaba tinta bajo sus uñas. Ni restos de polvo entre los pliegues de sus dedos. Ni una sola de las manchas que siempre llevaba consigo después de pasar días restaurando documentos antiguos.

Quien la mató no quería ocultar el crimen.

Quería ocultar aquello en lo que había estado trabajando.

Cinco años después, todavía seguía buscando lo que habían intentado borrar.

—Vas a quedarte ciega, niña.

La voz del señor Orven me devolvió al taller.

Al crujir de la madera percudida, al polvo de los viejos libros acumulado en la repisa del fondo y al olor a cola de animal mezclada con resina de pino.

Trabajaba bajo la luz temblorosa de una lámpara de aceite. No porque fuera suficiente, sino porque las autoridades prohibían a los humanos utilizar cristales lumínicos después del anochecer. Según la Corte, la restricción ayudaba a conservar recursos. Según cualquiera que tuviera ojos, servía para recordarnos quiénes podían permitirse ver en la oscuridad.

Levanté la mirada del manuscrito extendido sobre la mesa. Mi reflejo apareció débilmente sobre el vidrio de la ventana. Mi piel pálida y mis ojos gris verdoso, rodeados por el cansancio, hacían juego con el cabello rubio, casi blanco y desordenado que heredé de mi madre.

Había intentado recogerlo esa mañana.

A juzgar por los mechones que escapaban en todas direcciones, había fracasado.

—No se preocupe. Aún puedo distinguir su cara —respondí.

El señor Orven soltó un gruñido mientras se ajustaba el abrigo.

—Eso no demuestra nada. Mi cara es difícil de ignorar.

—Sobre todo la nariz.

Se detuvo con una mano sobre el picaporte y me lanzó una mirada ofendida que no logró ocultar del todo su sonrisa, mientras apoyaba el peso de su cuerpo en su pierna buena.

Era un hombre pequeño, de hombros encorvados y dedos deformados por décadas reparando libros que jamás podría permitirse comprar. El cabello gris le rodeaba la cabeza como una nube malhumorada. Arrastraba el pie izquierdo desde que un guardia vampiro le rompió la rodilla por no pagar una supuesta deuda años atrás.

Durante los últimos cuatro años me había permitido trabajar en su taller, dormir en la habitación del segundo piso y hacer preguntas que cualquier persona sensata habría evitado.

Nunca hablamos de la noche en que me encontró frente al cadáver de mi madre. Esa era la única regla no escrita entre ambos.

Yo no le pregunté por qué decidió ayudarme.

Él no me preguntó por qué no había llorado.

Así funcionaban las mejores formas de afecto en el distrito humano: nadie pronunciaba aquello que podía poner al otro en peligro.

Las campanas de la muralla comenzaron a sonar.

Seis golpes lentos capaces de resonar hasta en los callejones más profundos y oscuros.

Faltaba una hora para el toque de queda.

—Cierra en cuanto termines esa página —dijo—. Los guardias de la Casa Corvan patrullan esta noche.

—Los guardias de Corvan patrullan todas las noches.

El señor Orven suspiró.

—Esta vez buscan a un marginado que perdió el control cerca del mercado.

—Eso dicen siempre que aparece un cadáver humano.

—Sera —advirtió.

Regresé la atención al manuscrito sobre mi escritorio.

—Cerraré pronto.

Hubo un breve silencio cargado de la cansada respiración de Orven. Los años y la miseria le pesaban sobre los hombros.

—No me preocupa el taller. Me preocupas tú.

Mi espátula se detuvo sobre la costura. No levanté la cabeza. Ni me giré.

La compasión me resultaba más difícil de soportar que las amenazas. Con una amenaza sabía qué hacer: analizarla, encontrar algún punto débil y prepararme para sobrevivir. La compasión, en cambio, esperaba algo de mí. Una confesión. Un gesto de vulnerabilidad. Una promesa que quizá no pudiera cumplir.

—Estaré bien —dije.

—Eso también lo decía tu madre.

La herramienta se deslizó entre mis dedos y arañó el pergamino. No lo suficiente para dañarlo, pero sí para obligarme a contener el aliento.

Escuché el crujir de la madera nuevamente, un movimiento brusco tras mi espalda. El señor Orven pareció arrepentirse de inmediato.

—No quise…

—La lámpara de la entrada está fallando —lo interrumpí—. Debería irse antes de que oscurezca más.

No hubo más palabras al respecto. Solo permaneció quieto por unos segundos.

Después abrió la puerta y el aire helado entró en el taller, agitando los papeles y levantando algunos mechones de mi cabello.

—Cierra pronto —repitió, resignado.

Esta vez no respondí.

Esperé hasta escuchar la puerta cerrarse y sus pasos alejarse por la calle. Solo entonces dejé la espátula sobre la mesa y observé la línea delgada que cruzaba el borde inferior de la página. Había cometido un error. Apenas perceptible para cualquier otro, pero un error.

Mi madre habría fruncido el ceño. Habría defendido el libro como a un ser vivo e inocente de mis emociones.

Me levanté para asegurar la entrada y cerrar la puerta con llave. Después corrí las cortinas, avivé el fuego de la estufa y encendí una segunda lámpara.

No tenía intención de ir a dormir.

El volumen que descansaba sobre mi mesa había llegado esa misma mañana procedente de los archivos de la Corte. Según la hoja de encargo, se trataba de un registro de acuerdos territoriales redactados después de la guerra entre humanos y vampiros.

Según la cantidad de páginas arrancadas, alguien había decidido que ciertas partes de aquellos acuerdos ya no merecían ser recordadas.

La cubierta estaba hecha de cuero negro endurecido por los años. Ningún título adornaba el lomo. Durante el día había reparado la cubierta y reforzado el lomo, tal como exigía el encargo. El trabajo legítimo había terminado.

Ahora podía comenzar con el mío.

Pasar la yema de los dedos sobre el cuero agrietado era lo más cerca que estaría jamás de tocar la mano de mi madre. Este trabajo era lo que me hacía sentir a su lado.

Me enseñó que el papel era la única materia que los humanos teníamos para competir con la eternidad; una trampa de tinta para que el tiempo no se lo llevara todo. Esa era la verdadera inmortalidad que me apasionaba: la memoria atrapada en pergamino que se negaba a convertirse en polvo.

Retiré con cuidado la hoja pegada al interior de la contratapa, preparando todo para saber lo que aquella vieja tinta casi oxidada tenía para contarme.

Pero el fuego de la lámpara parpadeó.

Levanté la mirada.

No había viento. Las ventanas estaban cerradas y el fuego continuaba encendido, pero la llama se inclinó hacia la puerta como si algo al otro lado hubiese inhalado.

Permanecí inmóvil.

Mis sentidos parecieron despertar y fui completamente consciente de todo a mi alrededor. Esperé algún sonido. Algún movimiento que me advirtiera que no estaba sola.

El distrito había quedado en silencio después del último toque de campana. No se oían carruajes ni voces. Solo el murmullo distante de la nieve contra los cristales.

Entonces, tres golpes retumbaron.

Fueron tres golpes, suaves y espaciados.

Casi a propósito.

Como si buscaran atraerme.

Pero no provenían de la entrada.

Alcé instintivamente la mirada hacia el techo, como si fuera capaz de ver a través de las vigas y la madera. Los tres golpes habían llegado del piso superior.

Tomé el abrecartas de la mesa. No era un arma especialmente útil, pero su hoja estaba fabricada con una aleación de plata y ridium. El señor Orven la utilizaba para abrir documentos protegidos por sellos mágicos.

Lograría lastimar a un vampiro.

Si es que conseguía acercarme lo suficiente.

Me levanté sin hacer ruido. El cabello se deslizó por mis hombros y tuve que apartarlo de mi rostro antes de dirigirme a la escalera. Pero el primer peldaño crujió y me detuve de golpe.

Esperé.

Pero nada volvió a cambiar el pesado ambiente. Algo definitivamente estaba pasando. Incluso respirar parecía una tarea complicada por el repentino aire denso.

Terminé de subir a la segunda planta. La habitación que utilizaba como dormitorio ocupaba la mitad del piso. Contenía una cama estrecha, un armario, una palangana y más libros de los que la estructura parecía capaz de soportar.

De pie frente a la puerta, comprobé que no había nadie allí. La ventana continuaba cerrada desde el interior. Revisé debajo de la cama, dentro del armario y detrás de las cortinas.

El comentario del señor Orven pudo haberme sugestionado lo suficiente, porque no había nadie.

Bajé el abrecartas.

—Estoy empezando a perder la razón —murmuré.

Mi propia voz sonó extraña dentro de la habitación. Tan ajena al silencio que existía, que ni yo misma la reconocía.

Regresé al taller esperando que todo acabara.

La puerta principal seguía cerrada. La llave permanecía en la cerradura y el hilo que había colocado entre la madera y el marco no estaba roto.

Nada parecía haber cambiado.

Nadie había entrado.

Sin embargo, un sobre negro descansaba sobre el manuscrito en mi escritorio. Podía escuchar el palpitar de mi corazón en mis oídos mientras lo miraba. Me encontraba casi paralizada. No podía encontrar una explicación lógica para lo que estaba pasando.

El papel parecía absorber la luz de las lámparas. No tenía estampilla ni dirección. Únicamente en el centro, escrito con tinta plateada, aparecía mi nombre completo.

Seraphina Elowen Nox.

Dejé de respirar en ese mismo instante.

Nadie utilizaba mi segundo nombre. Ni siquiera el señor Orven lo conocía.

Mi madre lo había elegido, pero dejó de usarlo hace muchos años. Quizá seguía siendo una niña la última vez que fui llamada así por ella.

Rodeé la mesa sin apartar la vista del sobre.

No lo toqué de inmediato.

Revisé el suelo y la parte inferior de la mesa. Comprobé otra vez la puerta, las ventanas y la chimenea. Busqué rastros de magia, ceniza, huellas o cualquier señal de que alguien hubiese cruzado el taller.

Pero no había nada.

El sobre no podía estar ahí.

Y, sin embargo, me esperaba sobre el libro con la paciencia de una criatura que sabía que tarde o temprano tendría que acercarme.

Utilicé unas pinzas para levantarlo. No porque tuviera miedo, sino porque quería preservar cualquier pista en el sobre. Me sorprendí al darme cuenta de que estaba helado. No a causa del invierno. El frío surgía del interior del papel y avanzaba por el metal hasta entumecerme los dedos.

Lo giré para dejar a la vista el sello. Era de color borgoña y mostraba una torre erguida sobre una montaña y, detrás, una luna atravesada por tres líneas verticales.

Saint Vesper.

La academia de los linajes vampíricos.

Había visto aquel símbolo por primera vez entre los cientos de documentos de mi madre. Aparecía dibujado en márgenes, escondido bajo capas de tinta o acompañado de frases en lenguas que tardé años en descifrar.

Mi madre había dedicado sus últimos años de vida a investigar Saint Vesper. La academia aparecía una y otra vez en sus cuadernos, pero nunca escribió qué esperaba encontrar allí. Nunca encontré una explicación. No sabía si buscaba un documento, una persona o la prueba de algún crimen cometido siglos atrás. Mi madre trabajaba en el taller con el señor Orven, pero la había visto perderse a sí misma en la búsqueda de ese algo.

La única certeza que tenía era que alguien la había matado antes de que pudiera encontrar las respuestas. O quizá había encontrado lo que tanto buscaba y esa fue su condena.

Debajo del emblema había una inscripción.

Sanguis meminit.

Acercar el sello a mi rostro fue suficiente para percibir un aroma tenue a mirra y menta invernal. No sabía por qué, pero aquella combinación me produjo una sensación desagradable.

Volví a dejar el sobre sobre la mesa, justo al lado del abrecartas. Lo miré unos segundos. Aquello era una trampa. No había forma alguna de que aquella carta estuviera dirigida a mí.

Una humana.

Podía quemar el sobre sin abrirlo. Arrojarlo a la estufa y observar cómo se convertía en cenizas. La decisión sensata era destruirlo.

Lamentablemente, nunca me había interesado demasiado ser sensata.

Deslicé la hoja del abrecartas bajo la cera. El sello se partió con un crujido. En el interior había una sola carta, doblada en tres partes. El papel era grueso y tan pálido que parecía hecho de piel. Un contraste evidente con el sobre negro.

Las palabras surgieron lentamente cuando acerqué el papel a la luz.



A la distinguida señorita Seraphina Elowen Nox, heredera de la Casa Nox:

El Consejo Académico se complace en comunicarle que su solicitud de ingreso ha sido aceptada.

Deberá presentarse en la Academia Saint Vesper antes de la primera nevada para iniciar sus estudios como alumna de primer año.

Su sangre, su historia y los derechos de su linaje han sido reconocidos.

El incumplimiento de las normas de admisión será castigado de acuerdo con las leyes de las Casas Fundadoras.



Leí la carta tres veces.

Después, una cuarta.

No había solicitado el ingreso. No había enviado documentos a la academia ni entregado ninguna prueba de sangre. Ni en mis momentos más impulsivos la sola idea de hacerlo había cruzado por mi cabeza.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Porque no había enviado ninguna solicitud a Saint Vesper, pero la Casa Nox sí existía.

Tres años atrás había creado la Casa Nox para acceder al sistema de correspondencia de la academia, cuando entendí lo importante que esa institución había sido para mi madre. Gran parte de su investigación había sido robada el día en que la asesinaron, así que pensé que podía recopilar información importante de aquella forma.

Era mi mejor falsificación. Un linaje menor de vampiros. Una casa fundada después de la guerra, asentada en las regiones orientales y reducida a una única heredera. Había construido la genealogía con suficiente cuidado para superar una revisión superficial, pero no para engañar a Saint Vesper. La academia conservaba registros mucho más antiguos que cualquier archivo humano. Si alguien comparaba fechas o solicitaba una prueba de sangre, la Casa Nox se derrumbaría en cuestión de minutos.

La genealogía que fabriqué existía únicamente dentro del registro de la Corte Suprema y en una copia escondida bajo el suelo de mi cuarto.

Era imposible.

Mi apellido no era común, pero tampoco era exclusivo. Podía tratarse de una coincidencia que terminó en mis manos. Un error del escriba. Y del fantasmagórico mensajero.

Cualquier explicación resultaba más probable.

Aunque hubiese logrado falsificar todos los documentos, una sola revisión médica habría revelado la verdad.

Mi corazón latía.

Necesitaba dormir.

Necesitaba comer.

Era humana.

Y Saint Vesper era una institución donde ser humano no significaba la expulsión.

Significaba la muerte.

Ningún decreto necesitaba especificarlo porque resultaba tan evidente como prohibir que una oveja estudiara entre lobos. El simple hecho de cruzar sus puertas equivaldría a entrar voluntariamente en una tumba.

Volví a mirar el manuscrito y revisé el papel a contraluz. No encontré marcas de agua ni escrituras ocultas. Examiné los bordes, el sello y cada pliegue.

Entonces encontré lo que tanto estaba buscando.

En la esquina inferior derecha había tres perforaciones diminutas. Dos muy juntas. Una ligeramente apartada. El aire quedó atrapado en mis pulmones mientras el papel se volvía pesado entre mis dedos.

Mi madre marcaba así los documentos que restauraba.

No utilizaba una firma. Tampoco escribía sus iniciales. Perforaba el papel con una aguja fina en tres puntos que, vistos desde el ángulo correcto y con la luz necesaria, formaban una puerta entreabierta.

Toqué las perforaciones con la yema del dedo para luego dejar el papel sobre la mesa. El impulso de creer podía ser más peligroso que cualquier mentira.

Preparé una solución de sales reveladoras y apliqué una pequeña cantidad sobre la esquina. No ocurrió nada. Probé con calor, luz lateral y vapor.

Pero el mensaje permaneció oculto. Si es que había alguno.

Una amarga sensación se apoderó de mi pecho. La desilusión me golpeó lentamente. Ni siquiera estaba segura de lo que deseaba ver.

Observé la frase escrita en tinta bajo el sello.

Sanguis meminit.

No me gustaba la idea. Tampoco me gustaba que fuera la única que no había intentado.

Tomé una aguja de encuadernación y pinché la yema de mi dedo. Una gota oscura apareció sobre la piel y la dejé caer sobre las tres perforaciones.

El papel la absorbió de inmediato. La sangre no se extendió al azar. Avanzó por las fibras formando líneas finas, demasiado rectas para ser naturales. El texto de admisión empezó a desvanecerse mientras otras palabras surgían debajo.

La sangre recuerda.

Contuve el aliento.

Solo apareció una frase.

Cuando la luna pierda el rostro, la montaña abrirá la boca.

Retrocedí tan rápido que golpeé la silla.

La carta permaneció sobre la mesa.

La frase comenzó a borrarse en cuanto la sangre se secó. Letra por letra, las palabras empezaron a desvanecerse. Pronto, el texto original regresó.

No quedaba ningún rastro del mensaje. Solo mi sangre sobre el papel.

El corazón me latía con fuerza, pero no sentía miedo. No de la forma en que debería. El miedo había dejado de funcionar correctamente la noche en que encontré a mi madre.

Sabía reconocer el peligro, incluso anticiparlo.

Pero la parte de mí que debía gritar o suplicar había quedado arrodillada junto a su cuerpo aquella noche.

Lo que sentía ahora era algo más frío.

Era rabia.

Recogí la carta y subí hasta mi habitación. Aparté la cama, levanté una tabla del suelo y retiré la caja de madera escondida. Dentro guardaba todo lo que logré rescatar después del asesinato.

Rebusqué entre los libros y pergaminos, aparté los objetos de mi madre hasta llegar al fondo y tomé un viejo estuche de cuero. Lo abrí con ansiedad y miré la hilera de pequeños frascos de vidrio.

El líquido era transparente, salvo por un reflejo oscuro que aparecía cuando lo agitaba. Había tardado meses en descubrir lo que era a partir de las anotaciones dispersas de mi madre.

Veneno de necroestasis.

En cantidades controladas reduciría mi temperatura y ralentizaría mi respiración y mi pulso hasta casi igualarlos a los de un vampiro. No me convertiría en uno, pero, con suerte, conseguiría que sus sentidos me confundieran con uno de ellos si sabía mezclarme y moverme con cuidado.

Pero tenía sus efectos secundarios.

Náuseas. Mareos. Debilidad. Letargia.

Estaría al borde de la muerte.

El último frasco no contenía ningún líquido. Contenía cuatro pastillas blancas. Era el antídoto de emergencia. No evitaba los efectos del veneno; solo podía obligar a un corazón demasiado lento a recuperar el ritmo antes de detenerse.

Cuatro oportunidades de tentar la muerte.

Como si lo que estaba a punto de hacer no fuera ya un coqueteo suficiente con la muerte.

Saint Vesper no figuraba en los mapas. No en cualquier mapa, al menos. La academia había sido borrada de casi todos los documentos humanos. Pero mi madre marcaba su ubicación constantemente. Sabía dónde se encontraba: en una de las cordilleras más altas del norte. Eran casi diecisiete días de viaje si conseguía un lugar en una caravana autorizada. Menos si utilizaba los caminos reservados para los linajes puros.

La fecha de presentación me dejaba veintidós días. Era tiempo suficiente para preparar una identidad, conseguir el uniforme y aprender a sobrevivir al veneno.

Saint Vesper esperaba recibir a la última heredera de un antiguo linaje vampírico. Tendría que aprender a parecer muerta antes de llegar.

Cerré los dedos alrededor del frasco.

Durante cinco años había perseguido sombras, restaurado documentos mutilados y seguido pistas que terminaban en páginas arrancadas.

Ahora una puerta acababa de abrirse.

Tal vez me llevaría hasta las respuestas.

Tal vez directamente hasta quien asesinó a mi madre.

En cualquiera de los dos casos, pensaba cruzarla.

En veintidós días, Saint Vesper recibiría a la hija de la mujer que no había logrado silenciar.

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