Capítulo 1: La Ruta de siempre
Mis días no tienen nada de especial. Si tuviera que definirlos en un bloque de código, serían un bucle infinito (while true) sin ninguna condición de salida.
Lunes a viernes. Despertar cuando la ciudad aún duerme, salir al pie de mi casa y subirme al primer bus de la mañana. Como el tráfico a esa hora es liviano, me toma apenas media hora llegar a la parada del mall por donde pasa el bus interprovincial. Ahí hago el transbordo y empiezan las dos horas de carretera hasta la universidad. Asistir a clases de Desarrollo de Software, resolver algoritmos en pantallas que me queman la vista, salir al atardecer y prepararme para el verdadero castigo: el trayecto de regreso, donde el tráfico pesado transforma esa hora final en el bus local en una eternidad antes de poder tocar mi cama.
Mis días son desconectados, grises y predecibles. Un recorrido automático donde mi única compañía ha sido la música resonando en mis audífonos.
O al menos, así era hasta que empezó la quinta semana del tercer semestre.
Al principio no le presté atención. Para mí, la parada al salir de la universidad solo era un lugar ruidoso para abordar el bus interprovincial que me lleva de vuelta hasta la zona del mall, donde me bajo a tomar el transporte que va a mi casa. Pero fue ahí, entre el humo de los motores y el apuro de los estudiantes, donde empecé a notarlo.
Un chico.
No lo conocía. No pertenecía a mi semestre ni a mis clases, pero de repente estaba ahí.
La primera vez que mi mente registró su presencia, pensé que era una coincidencia cualquiera.“El mundo es pequeño”, me dije. Sin embargo, con el paso de los días, la coincidencia comenzó a perder sentido para convertirse en un patrón. Él no parecía hacer transbordos como yo; para él ese bus era su ruta directa, pero compartíamos exactamente el mismo trayecto de regreso.
Lo que realmente llamó mi atención no fue que tomara el mismo bus interprovincial, sino la distancia.
En las semanas anteriores ni me había fijado en él porque, en cuanto subía al bus y me sentaba en mi lugar habitual junto a la ventana, me ponía los audífonos y me desconectaba del mundo por completo hasta llegar al mall. Pero antes de abordar, la historia era otra.
Recordé cómo, al inicio, este chico esperaba el autobús a una distancia considerable de mí. Unos metros hacia la izquierda, tras la muchedumbre. Pero día tras día, esa brecha empezó a acortarse. Poco a poco, de una forma casi imperceptible, comenzó a esperar cada vez más cerca.
Primero a unos pasos. Luego al lado de la misma columna. Hasta que hoy, mientras el bus interprovincial frenaba frente a nosotros, me di cuenta de que estaba a solo un brazo de distancia, esperando justo a mi lado para subir.
No sé quién es ni qué carrera estudia, aunque intuyo por su cara de perdido que debe ser de primer semestre. Lo único de lo que estoy seguro es de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien ha logrado irrumpir en la burbuja de mi mundo silencioso.
Y el largo viaje de vuelta a casa está a punto de dejar de ser aburrido.




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