Chapter Capítulo I ILa Granja
Un coro de gallos distantes rompió el silencio de la madrugada, acompañado por el eco apagado de los perros que ya guiaban al ganado hacia los pastos frescos. El rocío de las cinco de la mañana aún humedecía la tierra afuera, pero dentro de la casa, el día ya había comenzado.Jack Silverman apartó las sábanas con desgano. La vida en la granja imponía una rutina pesada, de esas que se clavan en los huesos y se vuelven difíciles de dejar. Se calzó las botas y comenzó a bajar los escalones de madera, que crujieron bajo su peso.A mitad de la escalera, un golpe de aire cálido lo detuvo. El aroma dulce y tostado de los panqueques sobre la plancha, mezclado con la acidez silvestre de la mermelada de arándanos casera, inundó sus sentidos. Jack cerró los ojos y suspiró; casi podía saborear la textura esponjosa en su boca.—¡Mía, muévete! ¡Vas a llegar tarde el primer día de clases y no voy a ir a llevarte en el tractor! —el grito de su madre desde la cocina rompió el encanto, seguido del sonido de una almohada impactando contra la pared del piso de arriba.Jack entró a la cocina con una sonrisa, viendo a su madre batallar entre la sartén y la escalera.—Déjala, mamá, las sábanas de la granja tienen imanes a esta hora —bromeó Jack, estirando la mano para robar un panqueque caliente.—Manos quietas, Jack. Ve a buscar a tu padre, ya debe llevar una hora en los establos organizando las tareas —le ordenó ella con una mirada severa pero cariñosa, dándole un suave golpe en los dedos.Jack asintió. Miró por la ventana hacia los corrales. Su padre, su madre y él siempre habían funcionado como un mecanismo perfecto, un equipo. O, al menos, lo habían sido hasta ese amanecer. Porque el verano estaba a la puerta, y con el calor, también llegaban los cambios que amenazaban con transformarlo todo.
Jack Silverman tenía veinte años y era el hijo mayor de Jackson y Evelyn Silverman. Junto a su hermanita Mía, formaban la última generación de un gran legado familiar en esa región de Lancaster, Pensilvania. Eran, por así decirlo, una celebridad en el pueblo. Poseían una de las granjas con la mejor producción vacuna y de derivados, además de una de las tiendas más antiguas y confiables de la zona, la cual había sido heredada de padres a hijos.
Vivían en una comunidad llena de color y aromas especiales: el verde campo, el tibio sol y la calidez de las personas. Allí Jack había sido muy feliz.
Él podía describir perfectamente ese ligero aroma que emanaba de su madre, al cual llamaba «hogar»; era como el de los lirios en plena primavera. En cambio, su padre olía a un bosque de pinos enormes, una fragancia que daba la sensación de estar protegido bajo su sombra. Jack aún no presentaba ningún aroma, pero pensaba que era como su padre.
Cuando se decía que era más como su padre, era porque se parecían mucho en estatura, fuerza y destreza. Él era su modelo a seguir; le enseñó todo lo que sabía, desde montar a caballo y manejar el tractor, hasta arrear el ganado y ordeñar a las vacas. Desde pequeño aprendió a conectar con este lugar a través de sus olores y colores: la brisa suave de la mañana, el sol del mediodía que calentaba sus cosechas y las noches claras, colmadas de estrellas.
Se consideraba muy afortunado, pero el destino tenía otros planes para él.
Consiguió una beca en Wharton School (UPENN), la mejor universidad de negocios de Pensilvania. Está ubicada en Filadelfia y pronto se mudaría al campus. Para ayudar a sus padres con los gastos, buscaría un trabajo de medio tiempo. Aunque extrañaría la granja, lo mejor de todo sería volver a estudiar junto a su gran amigo, Isaac.
Isaac y Jack siempre fueron muy unidos; hacían casi todo juntos desde que se conocieron en el jardín de infancia. Tenían la misma edad, aunque Isaac insistía en que era el mayor porque cumplía meses antes. Por supuesto, Jack siempre le recordaba que él era más alto, más fuerte y, modestia aparte, más guapo, pero eso era tema para otro capítulo.
Un día, todo cambió.
La tía Megan, la mamá de Isaac, falleció. Su pérdida fue un golpe tan duro que el tío Alan no soportó seguir viviendo en el pueblo; la casa se sentía demasiado vacía al volver del trabajo. Decidió mudarse a la ciudad, donde logró entrar a trabajar en un hospital muy importante. Con los años conoció a Mari, una doctora y profesora de investigación con quien se casó para comenzar una nueva etapa.
Ahora Isaac tenía una madrastra muy atenta y cariñosa. Vivían en Spruce Hill, un vecindario hermoso de casas estilo victoriano y calles arboladas, cuyo punto central era Clark Park, un lugar ideal para caminar y respirar aire puro. Además, colindaba justo con el distrito médico y universitario de la ciudad. Debido a que Isaac no podía ver ni una gota de sangre porque se desmayaba —todo después del accidente de la tía le dio fobia a la sangre y a todo lo relacionado con hospitales, algo irónico ya que el tío Alan era un médico muy prominente—, jamás habría podido seguir los pasos de su padre. En su lugar, estudiaría Comercio y Empresa junto a Jack.
El plan a futuro de ambos era convertirse en socios, fundar una gran compañía transnacional y ser los directores ejecutivos más jóvenes y poderosos del mercado.
Faltaban solo dos días para ir a la estación y partir. Al llegar a Filadelfia, Isaac estaría esperándolo en la plataforma. Jack se quedaría en su casa un par de días mientras se organizaba antes de que comenzaran las clases y pudiera mudarse definitivamente al campus. Su madre no estaba muy convencida de esto último, pero viajar cuatro horas diarias —dos de ida y dos de vuelta— no era una opción viable si quería dedicarse de lleno a los estudios. Al final, su padre y el tío Alan intervinieron para convencerla, asegurándole que la zona era muy segura y que Jack estaría a solo una llamada de distancia.
Al leer todo esto, tal vez se pregunten cómo planeaba encajar en un entorno tan competitivo, especialmente viviendo en un mundo donde la sociedad estaba rígidamente dominada por las jerarquías. Como ya sabrán, los Alfas están en la punta de la pirámide; son el género secundario superior y se dividen en varios tipos, desde los supradominantes hasta los alfas solitarios. En el otro extremo están los Omegas, quienes suelen destacar por su belleza, delicadeza e inteligencia, ya sean hombres o mujeres, como era el caso de la madre de Jack. Y luego estaban los Betas, el grupo donde encajaba él.
Los Betas eran la base de la población, humanos promedio sin un segundo género desarrollado. El padre de Jack esperaba con ansias que su hijo fuera un Alfa como él, pero las pruebas que se hizo al cumplir la edad de presentación dieron un resultado extraño e inconsistente. Los doctores determinaron que era un «beta con rasgos de alfa». La explicación era sencilla: debido a que su madre era una omega recesiva, heredó una condición genética en la que su cuerpo no terminó de desarrollar la parte alfa, pero sí conservó muchas de sus cualidades físicas. Medía 1.87 metros, era robusto y tenía una gran resistencia, algo que siempre le había atribuido al trabajo pesado en el campo.
Además, tenía facciones imponentes. Los Alfas solían robar miradas por donde pasaban gracias a su atractivo, y a Jack le pasaba lo mismo; su porte y su don de mando hacían que la gente lo confundiera con uno de ellos todo el tiempo.
Esperaba que esta condición lo ayudara en la universidad y no le causara problemas con sus compañeros. En la ciudad la gente se fijaba mucho en las jerarquías, el poder de los clanes y el legado familiar. Él provenía de los Silverman, una dinastía que ayudó a fundar su pueblo y cuyos ancestros trabajaron duro en las antiguas minas de plata y carbón. Siempre fueron una familia de Alfas trabajadores y dignos... hasta que Jack rompió el molde. Era the único beta en muchas generaciones y, aunque intentaba disimularlo con su fuerza, a veces sentía que el legado familiar estaba en peligro con él.
Lo que nunca pudo imaginar es que este verano no solo traería un cambio de ciudad, sino una revolución completa dentro de su propio cuerpo.








