Capítulo 1
El sabor a cobre viejo en la parte posterior de mi garganta es la primera advertencia. No es mi sangre. Es la de este cuerpo, protestando, enviando señales de rechazo a través de un sistema nervioso que no me pertenece por derecho de nacimiento, sino por un contrato de arrendamiento que está a punto de expirar.
Abro los ojos. La luz de neón parpadeante que se filtra por las persianas rotas de mi oficina proyecta franjas anaranjadas sobre el techo de yeso agrietado. El ventilador de aspas oxidadas gira perezosamente sobre mi cabeza, cortando el aire viciado que huele a polvo, a café sintético y a la inconfundible estática de un puerto neuronal sobrecalentado.
Me incorporo en el sofá de cuero sintético rasgado. Un pinchazo agudo, como una aguja de hielo, me atraviesa la base del cráneo, justo donde el cilindro de titanio del conector medular se funde con la carne de esta cáscara. Me llevo una mano a la nuca. Mis dedos —gruesos, con cicatrices en los nudillos que el inquilino anterior debió ganarse en alguna pelea de la que no tengo memoria— palpan la piel enrojecida alrededor del puerto. Inflamación tisular. El primer síntoma del modo de seguridad.
El Ministerio de Cohesión ya ha empezado a estrangular mi ancho de banda biológico.
Me pongo de pie, y las rodillas de este cuerpo de treinta y tantos años crujen con una fragilidad que no estaba ahí ayer. El suelo de linóleo de mi oficina está sembrado de expedientes físicos, carpetas manila manchadas de grasa y tazas vacías. Camino arrastrando los pies hacia el pequeño lavabo empotrado en la esquina de la habitación. Abro el grifo. El agua sale marrón durante tres segundos antes de aclararse, tosiendo aire por las cañerías.
Me mojo la cara y levanto la vista hacia el espejo manchado de humedad.
El hombre que me devuelve la mirada es un extraño familiar. Ojos hundidos, de un gris pálido y opaco, rodeados de ojeras color cardenal. Mandíbula cuadrada, cubierta por una barba de tres días que pica de una forma exasperante. El cabello oscuro cae desordenado sobre una frente surcada por líneas de tensión. Es un modelo estándar, clase C, robusto pero propenso a la fatiga crónica. Lo alquilé hace dos años cuando mi carrera prometía más de lo que finalmente entregó. Ahora, la piel parece colgar un milímetro más floja sobre los pómulos. El cuerpo sabe que el contrato se acaba. La biología es un puto cobrador de deudas implacable.
Me seco con una toalla que huele a humedad y me dirijo hacia mi escritorio. Es un bloque de metal abollado, sepultado bajo notificaciones de desalojo que yo mismo he redactado para otros. Soy abogado de desahucios neurológicos. Me gano la vida, o lo que queda de ella, firmando las órdenes que arrancan a los morosos de sus cáscaras para devolver la carne al mercado inmobiliario del Ministerio. La ironía no se me escapa; me está masticando vivo.
En el centro del escritorio, el terminal del Ministerio parpadea con una luz roja, rítmica y silenciosa. Es el pulso de mi propia ejecución burocrática.
Pulso la tecla de encendido. La pantalla holográfica cobra vida, proyectando un bloque de texto legal en el aire cargado de polvo. Las letras flotan, nítidas y absolutas, con el sello oficial del Ministerio de Cohesión girando lentamente en la esquina superior derecha.
ESTADO DE CUENTA: KAELEN, SILAS.
IDENTIFICADOR DE CONCIENCIA: SK-884-91B.
CÁSCARA ASIGNADA: LOTE 44-TANGO.
ESTATUS LEGAL: EN MORA.
AVISO DE EMBARGO FÍSICO.
Mis ojos descienden hacia la esquina inferior izquierda. Allí, un contador digital desgrana los segundos con una indiferencia obscena.
TIEMPO RESTANTE PARA EXTRACCIÓN FORZOSA: 23:14:08.
Veintitrés horas. Catorce minutos.
Siento un vacío frío en la boca del estómago. No es una metáfora; es el sistema digestivo de la cáscara reaccionando al pico de cortisol que mi cerebro acaba de inyectar en su torrente sanguíneo. Si ese contador llega a cero, un equipo de Ejecutores del Ministerio pateará la puerta de esta oficina. No me leerán mis derechos. Me inmovilizarán con un dardo de estasis, me conectarán un extractor portátil a la nuca y succionarán mi conciencia fuera de este cuerpo como quien vacía un archivo corrupto de un disco duro.
¿Y después? Después viene la estática. El Desierto de Deriva. Sin dinero para un alquiler de emergencia, mi mente será arrojada a las frecuencias de radio residuales de la periferia, condenada a vagar como un fantasma digital en el smog de la ciudad, escuchando los ecos de otros miles de desgraciados sin cuerpo hasta que la degradación cognitiva me convierta en ruido blanco.
Me dejo caer en la silla giratoria, que protesta con un chirrido metálico. Abro el cajón inferior del escritorio, aparto un revólver magnético sin balas y saco un frasco de plástico sin etiqueta. Quedan tres pastillas de Neuro-Supresor. Ilegales, tóxicas para el hígado, pero absolutamente necesarias para silenciar las alarmas de un cuerpo que está siendo desconectado remotamente.
Me meto una en la boca y la trago en seco. Sabe a tiza y a productos químicos industriales.
Me recuesto y observo el techo, esperando que la pastilla haga efecto. La lluvia ácida comienza a golpear el cristal blindado de la ventana. A través de las persianas, puedo ver las luces de los aerodeslizadores patrullando las calles inferiores, muy por debajo de las Torres de Diamante, pero lo suficientemente cerca de mi distrito como para recordarme que el Ministerio siempre está vigilando.
La paranoia es un inquilino constante en mi cabeza, pero hoy tiene justificación. He revisado mis cuentas bancarias cuatro veces desde la medianoche. Cero. He llamado a mis pocos clientes solventes. Silencio. He intentado renegociar con los auditores de nivel bajo a los que solía sobornar con favores legales. Todos me han bloqueado los canales de comunicación. En el mercado de mentes, la pobreza es una enfermedad infecciosa y nadie quiere tocar a un cadáver financiero.
Un temblor incontrolable comienza en mi mano izquierda. Aprieto el puño hasta que los nudillos palidecen, forzando a los tendones a obedecer a mi voluntad.
—Mío —susurro en la habitación vacía—. Todavía eres mío.
Pero la voz suena ronca, rasposa, carente de autoridad. El cuerpo ya no me cree.
La pantalla del terminal emite un pitido agudo. Un mensaje automatizado se despliega debajo del contador de tiempo. Es un recordatorio de Lysander Cruz, el Auditor de Cumplimiento que lleva mi caso. Conozco a Cruz. Es un burócrata sádico, un hombre que viste trajes de seda sintética y habita una cáscara inmaculada que jamás ha sentido el escozor del sudor frío. Su rostro, estirado en una sonrisa de superioridad perpetua, aparece en un pequeño recuadro de video adjunto al mensaje.
—Silas —dice la grabación de Cruz, con esa voz modulada para sonar razonable, casi compasiva—. El sistema me notifica que has entrado en tu último ciclo diurno. Es una lástima. Eras un abogado eficiente, aunque carente de... visión a largo plazo. Te recomiendo que no intentes huir. Sabes mejor que nadie que los sensores de las fronteras freirán tu córtex antes de que alcances la periferia. Empaca tus memorias. Lávate los dientes. Deja el cuerpo en buenas condiciones para el próximo arrendatario. Nos vemos mañana a primera hora.
El video se corta, dejando solo el parpadeo rojo del contador.
23:11:45.
Golpeo la mesa con el puño cerrado. El dolor estalla en mis nudillos, real y punzante, y por un segundo, agradezco la sensación. El dolor significa que todavía estoy conectado. Significa que los nervios aún transmiten información a mi yo central.
Me levanto y camino hacia la ventana. Empujo un par de lamas de la persiana hacia abajo. Afuera, la ciudad es un sumidero de neón y bruma. Los gigantescos pilares de concreto que sostienen las autopistas elevadas desaparecen en la niebla tóxica que cubre los niveles inferiores. Allá arriba, en las Torres de Diamante, los inmortales cambian de cuerpo como quien cambia de abrigo, disfrutando de cáscaras jóvenes, perfectas, inmunes al paso del tiempo. Aquí abajo, en el fango legal, nosotros contamos los minutos.
Si quiero sobrevivir a la mañana siguiente, necesito un milagro. Necesito crédito, y lo necesito hoy. Pero el Ministerio no asigna casos de desahucio a abogados que están a punto de ser desahuciados. Es un conflicto de intereses. Soy un paria en el sistema.
La pastilla comienza a hacer efecto. El latido en la nuca se adormece, reemplazado por una frialdad química que se extiende por mi espina dorsal. La mano izquierda deja de temblar. El cuerpo se rinde temporalmente a la farmacología, dándome una tregua ilusoria.
Me acerco al perchero de pie junto a la puerta y descuelgo mi gabardina gris. La tela está gastada en los codos, pesada por la humedad acumulada de cien noches de lluvia. Me la pongo, sintiendo el peso familiar sobre los hombros. Reviso los bolsillos. Un encendedor de metal, un paquete de cigarrillos a medio terminar, y mi placa de identificación del Colegio de Abogados de Cohesión. Un trozo de plástico que en menos de veinticuatro horas será anulado.
Miro la oficina por última vez. Los expedientes apilados, el polvo bailando en la luz roja del terminal, el sofá donde he dormido las últimas semanas desde que perdí mi apartamento. Todo respira a final de trayecto.
23:08:12.
Me ajusto el cuello de la gabardina. No voy a sentarme aquí a esperar a los Ejecutores. Si van a sacarme de esta cáscara, tendrán que hacerlo mientras me muevo. Voy a bajar a las calles. Quizás encuentre algún prestamista de los bajos fondos que acepte mi experiencia legal como garantía, o tal vez pueda rastrear a algún antiguo cliente que me deba un favor. Es un plan desesperado, el equivalente a raspar el fondo de un barril vacío, pero el cinismo no paga las facturas y la resignación es un lujo que no puedo permitirme.
Doy un paso hacia la puerta. Mi mano se cierra sobre el picaporte de latón frío.
De repente, el terminal de mi escritorio emite un sonido diferente. No es el pitido rítmico y sordo de la cuenta regresiva. Es un timbre agudo, sostenido, estridente. Una alerta de máxima prioridad.
Me giro lentamente. La luz roja del contador ha sido reemplazada por un destello azul intenso que ilumina toda la oficina, proyectando sombras alargadas contra las paredes. El sello de la pantalla ya no es el de Cobros y Embargos. Es el escudo de la División de Auditoría Mayor.
Suelto el picaporte. Mis botas resuenan sobre el linóleo mientras retrocedo hacia el escritorio. La pantalla parpadea y el texto se reordena frente a mis ojos.
NOTIFICACIÓN DE ASIGNACIÓN EXTRAORDINARIA.
NIVEL DE PRIORIDAD: CARMESÍ / CONFIDENCIAL.
DESTINATARIO: KAELEN, SILAS.
ORIGEN: MINISTERIO DE COHESIÓN - DIRECCIÓN CENTRAL.
Frunzo el ceño. Esto es imposible. La Dirección Central no contacta a abogados de desahucios de nivel bajo, y mucho menos a aquellos que están en mora. Esto tiene que ser un error del sistema, una anomalía en el enrutamiento de datos.
Miro el contador de mi deuda, que ahora ha sido minimizado a una pequeña esquina de la pantalla, todavía corriendo.
Apoyo ambas manos sobre el escritorio, sintiendo el metal frío contra mis palmas. Con un movimiento seco, presiono la tecla de aceptación.
El texto se expande, inundando mi campo de visión con datos encriptados que se traducen en tiempo real. Mis ojos recorren las líneas, y con cada palabra, la sensación de frío en mi estómago es reemplazada por un vértigo denso, oscuro y cargado de adrenalina.
El sistema no se ha equivocado. Me están convocando. Y lo que están pidiendo desafía todas las leyes de la física y del mercado inmobiliario de mentes.
Me quedo mirando la pantalla, con el zumbido del ventilador llenando el silencio de la oficina, sabiendo que las próximas veintitrés horas acaban de dejar de ser una simple cuenta regresiva hacia mi muerte legal. Ahora, son una cuenta regresiva hacia el infierno.








