Crear nueva lista
Compartir con tus amigos
Personalizar legibilidad

Entre Lobos

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

El primer día en mi nuevo colegio cometí dos errores. El primero fue llevar cincuenta escudos al colegio. El segundo fue mostrárselos al muchacho equivocado.

Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Entre Lobos

CAPÍTULO 1

La moneda de cincuenta escudos

La primera mañana que fui al Instituto Nacional cometí dos errores.

El primero fue llevar una moneda de cincuenta escudos al colegio.

El segundo fue mostrársela a Mauricio.

Tenía catorce años y sabía muy poco del Instituto, salvo que era uno de los mejores colegios gratuitos de Santiago y que, de alguna manera, había logrado que me aceptaran.

A mi alrededor, muchachos con chaquetas azul marino entraban por las rejas en grupos bulliciosos. Se saludaban, se empujaban, se decían garabatos amistosamente y se reían como si llevaran toda la vida juntos.

Yo no conocía a nadie.

Mi abuelo me había regalado los cincuenta escudos dos días antes, por mi cumpleaños. Era una moneda grande, pesada, de color cobrizo, y me parecía un tesoro. Había pasado buena parte de la mañana tocándola a través de la tela del bolsillo.

No pensaba gastarla.

Era mi dinero.

La primera cantidad de dinero que realmente sentía como mía.

La había llevado solo para lucirme un poco. Pensaba que si esos nuevos cabros veían que tenía cincuenta escudos, quizás me aceptarían más rápido como compadre.

Pero mi intención era llevármela de vuelta a casa al final del día.

El Instituto era gigantesco, y encontrar una sala entre tantos patios, pasillos, pisos y escaleras no era tarea fácil. Cuando por fin di con la 402-B, ya estaba llena de cabros. Debía de haber unos cuarenta y cinco.

Algunos estaban sentados arriba de los pupitres; otros, apoyados contra las paredes. Se gritaban de un lado a otro de la sala, se tiraban papeles, se empujaban y se reían de bromas que yo no alcanzaba a entender.

Cuando entré, nadie me prestó ninguna atención.

Iba a sentarme en un pupitre vacío cuando noté las monedas.

Dos muchachos estaban inclinados sobre el escritorio del profesor, al frente de la sala. Un grupo como de ocho cabros los rodeaba en medio de fuertes griterías.

Una de las monedas había llegado casi al borde.

—Esta es mi ganadora —dijo uno de los muchachos—. De esta no me separo ni cagando.

El otro se agachó un poco, concentrándose.

Entonces—

¡CLACK!

Las monedas chocaron.

Una salió disparada al suelo.

La otra giró en círculos y se detuvo.

La multitud estalló.

—¡De nuevo!

—¡No, no! ¡Esa era tuya!

—¡Muévete!

—¡Me toca!

Observé durante unos segundos.

Entonces un muchacho que estaba a mi lado se dio cuenta de que yo estaba mirando.

—¿No conoces la Limpia, huevón nuevo?

Negué con la cabeza.

Me miró como si acabara de decirle que nunca había visto una pelota de fútbol.

Antes de que pudiera explicarme nada, alguien gritó desde la puerta:

—¡Aguirre! ¡Conchasumadres!

Todo se detuvo.

No gradualmente.

Instantáneamente.

Los muchachos se dispersaron.

Las monedas desaparecieron como por arte de magia. Los pupitres volvieron a su lugar, y todos se apresuraron a tomar asiento.

En cuestión de segundos, parecían tan inocentes como corderos recién nacidos.

Yo seguía de pie.

Entró un hombre fornido, con cara de pocos amigos, blandiendo un puntero de madera.

Se detuvo.

Recorrió la sala con la vista.

Después me miró directamente.

—¿Así que tú eres el cabro nuevo?

—Sí, señor.

—¿Nombre?

—Roberto.

Esperó.

Me di cuenta de que eso no era suficiente.

—Santoro, señor.

Asintió una vez.

—Siéntese donde pueda, Santoro. Ya empezado el año, los asientos sin dueño son muy pocos.

Solo quedaba un pupitre vacío en las últimas filas.

El profesor dejó caer el puntero sobre el escritorio.

El golpe seco resonó en la sala.

Comenzó la clase.

Intenté poner atención, pero no podía dejar de pensar en las monedas y en ese curioso juego que llamaban la Limpia. Durante el primer recreo, todavía trataba de entender cómo diablos se jugaba cuando un muchacho se acercó.

Era delgado, de pelo oscuro, y se movía tan rápido que apenas tuve tiempo de mirarlo.

—¿Tú eres el nuevo, verdad?

Asentí.

—¿Trajiste monedas?

—¿Qué?

—Para la Limpia.

Metí la mano en el bolsillo.

—Tengo una sola.

Saqué la moneda de cincuenta escudos solo para comenzar a lucirla.

El muchacho la miró fijamente.

No dijo nada.

Simplemente se dio vuelta y salió corriendo.

Lo vi desaparecer por la puerta.

Unos segundos después volvió.

No venía solo.

Tres cabros lo seguían.

Después cinco.

Y luego más.

Miré alrededor.

¿Qué estaba pasando?

Un muchacho empujó a otro.

—¡Yo voy primero!

—¡Ni siquiera estabas aquí cuando yo le hablé al huevón!

—¡Hazte a un lado, te digo! ¡El nuevo es mío!

Un muchacho cerca de la ventana agarró a otro de la manga.

—¡Déjame jugar primero, Eddie, no seas maricón!

—¿Y por qué tú?

—¡Porque yo fui el primero que se dio cuenta!

Miré de una cara a otra.

A nadie parecía interesarle preguntarme qué quería yo.

¿Por qué estaban todos esos compadres peleándose por jugar conmigo?

Empecé a sospechar que había algo que yo no entendía.

Lo había.

Solo que aún no sabía qué era.

Entonces un muchacho dio un paso adelante.

Los demás se callaron.

Era medio rubio y más alto que la mayoría. Llevaba el uniforme impecable y el pelo perfectamente peinado. Pero tenía el labio superior hinchado, con un hilo de sangre fresca.

Este huevón se acaba de agarrar a combos, pensé.

Por un instante imaginé que ahora se acercaba a mí también para bautizarme.

Entonces me miró directamente.

Y, para mi sorpresa, extendió la mano.

—Gustavo Andrés Lyon.

Le estreché la mano.

El nombre me sonó medio aristocrático.

—Bienvenido, Santoro —dijo con toda naturalidad.

—Gracias —atiné a responder.

Miró la moneda de cincuenta escudos.

—Vaya, vaya. Linda moneda.

Asentí.

—Vale harto, ¿no?

Sonreí.

—Supongo.

Volvió a mirar la moneda.

Después me miró a mí.

—¿Has jugado antes a la Limpia?

—No.

Los muchachos detrás de él se rieron.

Gustavo les lanzó una mirada amenazante y levantó una mano.

Se callaron al instante.

Entonces me sonrió.

—No te preocupes. Siempre hay una primera vez para todo en la vida.

—Una partidita y quedas bautizado.

Miré mi moneda.

No tenía muchas ganas de jugar. Cincuenta escudos eran demasiado para arriesgarlos en un juego que apenas conocía.

Pero todos me estaban mirando.

Si decía que no, iba a ser el cabro nuevo que se había acobardado en su primer recreo.

No quería empezar así.

—OK —dije, tratando de que sonara como si me diera lo mismo.

Gustavo metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda de cinco escudos.

Era mucho más delgada y liviana que la mía.

La hizo girar entre los dedos.

—Yo juego con esta.

Miré su moneda.

Después miré la mía.

—Pero esta es de cinco.

Gustavo me miró como si la observación fuera perfectamente razonable.

—Sí.

—Y la mía es de cincuenta.

—Ya sé.

Hubo algunas risas detrás de nosotros.

Yo no entendía qué tenía de gracioso.

—¿Entonces cuánto gano si te gano?

Gustavo sonrió.

—Cincuenta.

Eso me pareció bastante claro.

—¿Y tú?

—Los cincuenta tuyos.

Miré la moneda de cinco que tenía entre los dedos.

—¿Y por qué juegas con una de cinco?

Gustavo se encogió de hombros.

—Cada uno juega con la moneda que le tinca y con la que le sale mejor.

Lo dijo como si fuera la cosa más obvia del mundo.

Sonrió.

—Vamos.

Me llevó hasta el escritorio del profesor.

Varios muchachos se acercaron inmediatamente.

El escritorio era mucho más grande que los pupitres de los alumnos, con una superficie de madera lisa y gastada por años de uso.

Gustavo puso su moneda de cinco sobre el escritorio.

—A ver qué tan buena es tu moneda de cincuenta.

—¿Y qué se hace?

—Mira, es fácil. Si la mía es la que cae y la tuya queda arriba, ganas.

—¿Y si caen las dos?

Gustavo me miró.

Una sonrisa apareció en su cara.

—Ya lo vas a saber. No te adelantes.

Miré alrededor.

Ya nadie se reía.

Incluso José Rodríguez, que estaba cerca de la ventana, observaba en silencio.

Puse mi moneda de cincuenta escudos sobre el escritorio.

Gustavo retrocedió.

—Tú tiras primero, recién llegado. Te doy la pasada.

Froté el pulgar contra el índice.

Había jugado a las bolitas antes. Ahí también cada uno tenía su tiro. La cuestión no podía ser tan complicada: era cosa de achuntarle ahora a una moneda.

Apunté.

Y disparé.

¡CLACK!

Mi moneda de cincuenta escudos golpeó violentamente la de Gustavo y la suya salió disparada por el borde.

La mía siguió girando.

Por un instante pensé que lo había hecho perfectamente.

Entonces mi moneda llegó al borde opuesto.

Se ladeó.

Y desapareció.

Las dos monedas golpearon el suelo.

Miré a Gustavo.

—¡Gané!

Nadie respondió.

Entonces alguien soltó una risa corta.

Me di vuelta.

Alejandro Valenzuela movía la cabeza de un lado a otro.

—No, Santoro.

—¿Qué?

—Perdiste.

—Pero su moneda cayó.

—La tuya también.

Bajé la vista.

Gustavo ya estaba recogiendo las dos monedas.

Mi moneda de cincuenta.

Su moneda de cinco.

Se las guardó en el bolsillo.

Me quedé mirándolo.

—Pero...

José Rodríguez apareció a mi lado.

—Así es la Limpia.

Gustavo se volvió hacia mí.

Por primera vez, su sonrisa pareció sincera.

—Bienvenido al Instituto, Santoro.

Entonces sonó el timbre.

Y Gustavo se alejó con los cincuenta escudos de mi abuelo en el bolsillo.

Permanecí junto al escritorio del profesor, todavía tratando de entender qué había pasado.

José se quedó junto a mí, mirando cómo Gustavo se alejaba por el pasillo.

—¿De verdad no sabías?

—¿Qué cosa?

José negó con la cabeza.

—Vas a tener un año muy interesante.

Se alejó.

Miré mi mano vacía.

Era mi primer día en el Instituto Nacional.

Recién había llegado y ya estaba sin un centavo.

CAPÍTULO 2

Don Quijote y los lobos

El segundo recreo llegó dos horas después de que perdí la moneda.

Para mí, el tiempo se había detenido en el instante en que la vi caer al suelo.

Seguía sentado en mi pupitre, mirando la mano vacía.

No era solo que hubiera perdido cincuenta escudos.

Era que los había perdido antes de decidir siquiera si quería jugarlos.

José Rodríguez apareció a mi lado.

—Te lo estás tomando mal.

Lo miré.

—Eran cincuenta escudos.

—Ya sé.

—Me los había dado mi abuelo.

—¿Y?

—Con cincuenta escudos podría haber comprado un montón de cosas.

José lo pensó un momento.

—Probablemente.

—¿Puedo recuperarlos?

—No.

Lo dijo con tanta calma que lo miré de nuevo.

—¿Por qué no?

—Porque los tiene Gustavo.

—Eso no explica nada.

—Lo explica todo.

Acercó una silla y se sentó al revés, apoyando los brazos en el respaldo.

—Eres nuevo. Todavía no entiendes.

—Ya me di cuenta.

José miró hacia el escritorio del profesor Aguirre.

—Gustavo te dio la pasada.

—¿Cómo es eso?

—Que sabía que ibas a tirar primero.

No entendí.

José se levantó y caminó hasta el escritorio. Pasó la mano por la superficie de madera.

—Tiene guata.

—¿Qué?

—Aquí, en el medio.

Puso la palma sobre el centro del escritorio y la deslizó apenas.

—No se nota mucho. Pero si le pegas fuerte a una moneda pesada, se te va para el otro lado.

Miré el escritorio.

Era liso y gastado, con algunas rayas y una mancha oscura cerca de una esquina. No parecía tener nada especial.

Pasé la mano por el centro, donde José había puesto la suya.

Estaba apenas más bajo.

—¿Y Gustavo lo sabía?

José soltó una risa corta.

—Gustavo se sabe esa mesa de memoria.

Volví a pensar en la partida.

La moneda de cinco escudos había caído por un lado.

La mía había girado hasta el borde opuesto.

No había sido casualidad.

—Entonces me cagó.

José se encogió de hombros.

—Un poco.

—¿Un poco?

—Bueno, tú también la pusiste sobre la mesa.

No pude discutirle eso.

Miré hacia la puerta.

Gustavo conversaba con Mauricio y otros dos muchachos. Tenía una mano metida en el bolsillo de la chaqueta.

En el bolsillo donde estaba mi moneda.

—Gustavo no pierde —dijo José.

—Pero su moneda cayó.

José sonrió.

—Y la tuya también.

No dije nada.

José miró el reloj sobre la puerta.

—En un rato suena el timbre de almuerzo.

—¿Y?

—¿Quieres hacer que esos cincuenta escudos le duelan un poco?

Lo miré.

—¿Cómo?

José se inclinó hacia mí.

—Cuando estén todos, le dices que esos cincuenta escudos eran para invitar al curso entero a comer empanadas en la RoyMar.

—¿Para qué diría eso?

—Porque ahora la plata la tiene él.

—No va a pagarle empanadas a todo el curso.

—Tal vez no.

—Entonces, ¿cuál es el plan?

José sonrió apenas.

—Que tenga que negarse delante de todos.

Miré otra vez a Gustavo.

Seguía hablando como si mis cincuenta escudos no significaran nada.

—¿Y por qué le importaría?

José se volvió hacia él.

Después me miró a mí.

—Porque es Gustavo Andrés Lyon.

No dijo nada más.

Pero empecé a entender.

En el Instituto había reglas que nadie explicaba.

Una era no mostrar una moneda de cincuenta escudos si no estabas dispuesto a perderla.

Y otra era que algunas personas no podían darse el lujo de parecer cagadas.

Sonó el timbre del almuerzo.

Los cabros empezaron a levantarse.

Las sillas rasparon el suelo.

Alguien gritó que se apuraran.

Gustavo sacó la moneda de mi abuelo del bolsillo y la levantó entre dos dedos.

—Linda pieza —dijo Mauricio.

Gustavo la hizo girar en el aire.

—Muy linda.

José me dio un pequeño empujón.

—Ahora.

Tragué saliva.

Caminé hacia Gustavo.

—Oye, Gustavo.

Él se volvió.

—¿Qué pasa, Santoro?

Algunos muchachos se quedaron mirando.

Después otros.

Sentí que la garganta se me secaba.

La idea de José sonaba mucho mejor cuando la decía él.

—Gracias por guardarme los cincuenta escudos.

Gustavo dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Mi abuelo me los dio para invitar a todo el curso a comer empanadas en la RoyMar.

Hubo un silencio.

José bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

—Pero como me ganaste la pasada, supongo que ahora te toca pagar a ti.

Durante un segundo nadie dijo nada.

Después alguien gritó desde el fondo:

—¡¿Empanadas?!

—¡En la RoyMar! —agregó Antonio.

—¡De pino! —gritó otro.

—¡Y de queso! —dijo Mauricio.

La sala se llenó de voces.

—¡Gustavo invita!

—¡Vamos a la RoyMar!

—¡No seas cagado, Lyon!

—¡Con Coca-Cola!

Gustavo me miró.

Esperé que me mandara a la mierda.

Esperé que dijera que estaba loco.

Pero solo miró alrededor.

Todos los cabros lo observaban.

Mi moneda seguía entre sus dedos.

Entonces Gustavo sonrió.

No era la sonrisa de cuando me sopló la moneda.

Ahora estaba más apretada.

—Bueno —dijo, levantando la voz—. Parece que Santoro tiene un abuelo bastante generoso.

Gustavo guardó la moneda en el bolsillo.

—Vamos, entonces.

Los cabros estallaron en risas y aplausos.

El curso salió disparado de la sala.

Bajamos las escaleras de granito, cruzamos la Alameda entre empujones y llegamos a la RoyMar en medio de un torbellino de chaquetas azul marino.

Adentro olía a aceite caliente, queso derretido y bebida helada.

Nos apretamos alrededor de las mesas.

Algunos quedaron de pie.

Otros se sentaron de a tres donde apenas cabían dos.

Gustavo fue hasta el mesón.

Sacó la moneda de cincuenta escudos.

Por un momento se quedó mirándola.

Después se la entregó a la señora de la caja.

—Empanadas de queso y pino para todos —dijo—. Y Coca-Cola.

Los cabros gritaron como si acabaran de ganar un premio.

Yo me quedé mirando a Gustavo.

Él me miró también.

Ninguno de los dos sonrió.

Después se volvió hacia el resto.

—¿Quién pidió queso?

La mitad de la fuente de soda levantó la mano.

José se sentó a mi lado con una empanada de pino.

—¿Sabes cuál es tu problema?

Tomé una empanada de la bolsa.

Quemaba los dedos.

—¿Cuál?

—Crees que perdiste.

Le di un mordisco.

Alrededor nuestro, los cabros hablaban, gritaban, discutían por las empanadas y se pasaban las botellas de Coca-Cola.

Mauricio alegaba porque le habían dado una de pino.

Antonio tenía dos empanadas en cada mano.

Miré la bolsa de papel grasienta sobre la mesa.

Mi moneda se había ido.

Pero por primera vez desde que entré al Instituto, todos sabían mi nombre.

A las dos regresamos a la sala 402-B.

El olor a queso frito todavía flotaba entre los pupitres.

Algunos trataban de esconder las botellas vacías.

Otros se limpiaban las manos en servilletas arrugadas.

Yo esperaba que entrara el señor Aguirre.

Pero entró otro profesor.

Era delgado, de pelo canoso, con traje oscuro y lentes de marco fino.

Caminó hasta el escritorio sin mirar a nadie.

Dejó una carpeta encima.

Esperó.

La sala se fue callando.

—Buenas tardes —dijo.

—Buenas tardes, señor Sánchez —respondieron varios.

Miró la lista.

—Santoro.

Levanté la mano.

—Aquí, señor.

Me observó por encima de los lentes.

—Nuevo.

—Sí, señor.

Asintió.

—Entonces llega a tiempo.

Abrió un libro grueso que llevaba bajo el brazo.

En la tapa decía: Don Quijote de la Mancha.

—Capítulo ocho —dijo—. Los molinos de viento.

Yo sabía quién era Don Quijote.

Un viejo flaco que confundía molinos con gigantes.

Eso era más o menos todo.

El señor Sánchez empezó a leer.

Todos lo escucharon.

Cuando llegó a la parte en que Don Quijote ve los molinos, levantó la vista.

—¿Qué ve Don Quijote?

Benavídez levantó la mano.

—Gigantes, señor.

—¿Y Sancho?

—Molinos de viento.

—¿Cuál de los dos tiene razón?

Gustavo levantó la mano.

El señor Sánchez lo miró.

—Lyon.

—Los dos, señor.

—Explíquese.

Gustavo apoyó los brazos sobre el pupitre.

—Sancho tiene razón porque son molinos. Pero Don Quijote tiene razón en otra cosa.

—¿En cuál?

Gustavo se quedó pensando un segundo.

—En que uno ve lo que está preparado para ver.

El señor Sánchez no apartó la vista de él.

—Continúe.

—Para Sancho son molinos. Para Don Quijote son gigantes. Los dos miran lo mismo, pero no ven lo mismo.

Hubo un silencio.

Benavídez levantó otra vez la mano.

—Pero Don Quijote se equivoca, señor. No pelea contra gigantes. Pelea contra molinos.

—Exactamente —dijo Sánchez—. A veces uno puede tener una idea noble y estar equivocado de punta a punta.

Mauricio habló desde atrás.

—Como Santoro con la moneda.

La sala se rió.

Yo también.

No porque me hiciera mucha gracia.

Pero ya sabía que, si no me reía, se iba a notar demasiado.

El señor Sánchez cerró el libro.

—Para mañana, capítulo nueve.

Sonó el último timbre.

Las sillas volvieron a raspar el suelo.

Los muchachos salieron de la sala.

Yo guardé mis cuadernos lentamente.

Todavía tenía el sabor de la empanada de queso en la boca.

Cuando llegué a la puerta, Gustavo estaba apoyado en el marco.

Parecía esperarme.

—Buena jugada hoy, Santoro.

Lo miré.

—Fue idea de José.

Gustavo sonrió.

—José tiene muchas ideas.

Se quedó observándome un momento.

—Pero tú lo hiciste.

No supe qué decir.

Gustavo se tocó el labio hinchado con la punta de un dedo.

—La próxima vez trae una moneda más liviana.

—¿Para que no se vaya al otro lado?

—Para que no me dejís pagando empanadas para todo el curso.

Se hizo a un lado.

—Nos vemos mañana, Santoro. A ver quién tiene más suerte.

Salí del Instituto y caminé por la Alameda.

No tenía una moneda en el bolsillo.

Pero, de alguna manera, sentía que había ganado algo.

Esa mañana había llegado sin conocer a nadie.

Ahora sabía que José estaba de mi lado.

Que Gustavo Andrés Lyon no era fácil de entender.

Y que los cabros del Instituto podían agarrarse por una moneda durante el recreo y, al volver a clases, discutir a Cervantes como si les fuera la vida en eso.

Todavía no sabía si estaba entre lobos.

Pero ya sabía una cosa.

Si quería durar allí, tendría que aprender rápido.

EPÍLOGO

Desde arriba

Tras pasar cuatro años en el Instituto Nacional, volví el primer día de clases.

No tenía que volver. Ya había terminado cuarto medio en diciembre. No llevaba la chaqueta azul marino ni la insignia en la solapa. Pero algunos de nosotros aparecimos igual, como habían aparecido otros antes que nosotros.

Subimos a los altillos que daban al patio central y nos apoyamos contra la baranda.

Desde arriba, el patio parecía casi de juguete.

Abajo, miles de muchachos lo llenaban, alineados en filas rígidas. Los inspectores caminaban entre los cursos, cuidando que se mantuviera el silencio y la disciplina.

Más atrás estaban los recién llegados, quietos dentro de sus uniformes nuevos, mirando hacia adelante con una ansiedad que se les notaba.

El himno empezó y el patio entero respondió.

Las voces subieron juntas y rebotaron contra las paredes altas del Instituto.

Alguien allá arriba tiró una talla y los demás se rieron. Yo también me reí.

Pero estaba mirando hacia abajo.

Allí había estado yo también, sin entender las reglas.

En mi primer año, solía levantar la vista durante esa formación. Veía a los egresados en los altillos con ropa de calle, conversando y riéndose entre ellos. Desde abajo, me parecía que ya no tenían que rendirle cuentas a nadie.

Estaban tan arriba que sus voces no llegaban hasta nosotros.

Yo solo veía sus siluetas moverse contra el cielo y pensaba que algún día estaría ahí.

Y ahora lo estaba.

La ceremonia terminó. Los cursos comenzaron a romper filas. La marea de chaquetas azul marino se movió hacia los pasillos, las escaleras y las salas. Los nuevos siguieron a los mayores.

En unos minutos, el patio empezó a vaciarse.

Nos quedamos arriba un rato más.

Después alguien dijo que había que irse.

Bajamos por las escaleras sin apuro.

En la entrada, nos fuimos separando. Algunos hablaron de volver a verse. Otros se despidieron como si fueran a encontrarse al día siguiente.

Me quedé un momento frente a las rejas de la Alameda.

La primera vez que las crucé llevaba cincuenta escudos en el bolsillo, convencido de que una moneda podía decir algo importante sobre mí.

Metí las manos en los bolsillos.

Estaban vacíos.

Después crucé la reja y seguí caminando.

¡Cuéntale a Roberto Liberman lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

¿Cuál es el precio de tu amor?

lulucitagvazquez: Simple y sencillamente está genial está historia me encantó tiene mucho romance tiene una historia que platicar muchas gracias por publicar Felicidades a la escritora

Leer ahora
Chiaroscuro (GL story)

LISSETTE: Son muy pocas para expresar lo que pienso de tu obra. Conoces lo que haces y me transmites lo que tu deseas. GRACIAS me tienes extaciada

Leer ahora
Nuestro Amor

San: Es una novela muy envolvente, en cada capítulo te atrapa más y más esta muy interesante!! Espero terminarla sin ningún inconveniente!!

Leer ahora
Dame Una Oportunidad ~ kookmin

Ana: Me gustó,al principio llore,mil gracias por la historia

Leer ahora
Contrato Y Amor

Nela: Me gustó la trama xq no fue truculenta. No me gustó lo rápido del secuestro del tío.

Leer ahora
Un amor puerta a puerta

Jul: La historia es buena. Y esa Olivia para tener 3 años es tremenda jajaja

Leer ahora
CONTRATO

MiadoraciónporelBL: Me encantó❤️❤️❤️Una historia muy bonita 😍

Leer ahora
BETTER MAN

jarae8650: Me gusta todo de la historia, muy bien escrito de fácil comprensión cada personaje tiene su historia, su carácter se la recomiendo a todos sobre todo alos jóvenes... Se que normalmente no siguen consejos pero conocer est tipo de relaciónes puede orientarlos mejor.

Leer ahora
HASTA QUE LA VENGANZA NOS SEPARE

Cesia: Muy buena novela, me atrapó desde de él inicio solo de repente repite los mismos diálogos de expresión pero sería algo normal.

Leer ahora