Capítulo 1: El nuevo alumno
"Ser bueno no consiste en no cometer ningún mal, sino en saber repararlo." — Miguel Delibes.
Lunes por la mañana.
El bullicio habitual del salón de último año crecía mientras los estudiantes —herederos de imperios financieros y bufetes de prestigio— ocupaban sus asientos con la elegancia propia de su estatus.
El profesor irrumpió en el aula, dejando su maletín sobre el escritorio con un golpe seco que impuso silencio.
—Muy bien, jóvenes. Atención —anunció el docente, ajustándose las gafas—. Este semestre nos acompañará un nuevo estudiante. Su nombre es Senko Hayashi.
A un gesto del profesor, el joven cruzó el umbral.
En un espacio dominado por la pulcritud y el diseño a medida, su presencia desentonaba como un golpe seco. Llevaba la chaqueta azul desabrochada sobre una camisa blanca arrugada, la corbata floja y, en lugar de zapatos lustrados, unos borcegos marrones gastados que resonaron en la madera limpia. Su rapado militar al ras dejaba expuestas varias cicatrices —una en la ceja, otra en la frente y una línea fina cruzándole la mejilla—.
Sosteniendo una mirada de ojos negros, opacos y completamente indiferentes al lujo que lo rodeaba, avanzó con paso firme. Guardó las manos —manchadas con trazos de grafito— en los bolsillos y se dirigió sin vacilar al único lugar libre, justo al lado de Yuqi.
—Da un poco de miedo, ¿verdad? —susurró Miku, inclinándose hacia adelante sobre su escritorio.
Yuqi no respondió; se limitó a asentir levemente mientras tragaba saliva, sintiendo cómo la presencia gélida del recién llegado invadía su espacio personal. No era solo su aspecto; era esa energía pesada que traía consigo, como si cargara con un clima totalmente distinto al de los pasillos brillantes y perfumados de la academia.
Trató de disimular, pero sus ojos seguían fijos en la forma en que él acomodaba la silla. El contraste era casi cómico: los demás chicos parecían sacados de un catálogo de moda de lujo, mientras que a Senko parecía no importarle en absoluto nada de eso.
A su alrededor, los murmullos no tardaron en aparecer. Miku seguía observándolo de reojo, cubriéndose la boca con la mano.
—Parece que nos va a dar una paliza si le pedimos un lápiz —susurró, apenas audible.
Yuqi se enderezó en su asiento, intentando recuperar la compostura. Tenerlo en el banco de al lado no ayudaba para nada a calmar sus nervios. Sin embargo, armándose de valor para no parecer grosera pero manteniendo una distancia prudente, giró un poco la cabeza hacia él.
—Hola... —murmuró con una sonrisa algo forzada y la voz temblorosa—. Soy Yuqi. Bienvenido a... bueno, a este caos.
Senko ni siquiera pareció inmutarse. Mantuvo esa mirada indiferente que hacía que el aire alrededor se sintiera varios grados más frío.
—Muy bien, jóvenes, presten atención —anunció el profesor, consultando su lista—. Les asignaré el proyecto de este mes. Escuchen bien sus grupos, porque no habrá cambios. Recuerden que deben presentar el avance la próxima clase.
El docente avanzó con los nombres mientras la clase intercambiaba miradas de emoción o aburrimiento. Finalmente, llegó al último par.
—Senko Hayashi, usted trabajará con la señorita Yuqi Nakamura. El tema asignado es la Guerra del Pacífico... Muy bien, sigamos, abran la página cinco del libro...
Senko simplemente asintió, garabateando algo en su cuaderno con una letra que era poco más que un borrón desordenado.
—¡Tsk! Maldita sea... —susurró entre dientes, con un fastidio que solo Yuqi alcanzó a oír.
Sin darle tiempo a reaccionar, él se giró ligeramente hacia ella. No hubo saludo ni sonrisa de cortesía. Su mirada era pesada, casi cortante.
—Te veré en la biblioteca después de clases. No tardes —sentenció. Su voz no sonaba como una propuesta para estudiar, sino como una advertencia absoluta—. No me gusta perder el tiempo.
Miku le lanzó una mirada de "que Dios te acompañe" antes de hundirse en su propio asiento, agradecida de haber salvado su cuello.
Yuqi se quedó congelada un segundo, con el bolígrafo suspendido sobre el cuaderno. La queja de Senko le había dejado claro que él estaba tan encantado con la pareja de trabajo como ella de ir al dentista. Pero el orgullo de Yuqi —o quizás su instinto de supervivencia— reaccionó de inmediato. Apretó los labios, sintiendo el calor subirle a las mejillas por una mezcla de indignación y desconcierto.
Cerró su cuaderno con un golpe un poco más fuerte de lo necesario, reclamando su propio espacio.
—No te preocupes —respondió, bajando la voz para no llamar la atención del profesor, pero manteniendo un tono firme—. A mí tampoco me sobra el tiempo. Estaré ahí puntualmente.
Tras el tenso encuentro matutino, el receso dividió el colegio: mientras la élite se dirigía al gran comedor, el resto buscaba refugio en el campus. Yuqi caminaba por los pulcros corredores de mármol con sus amigas, compartiendo su almuerzo y el creciente recelo que le provocaba su nuevo compañero.
—Es que no lo entienden... su mirada no es de este lugar —susurró, abrazando su bento con fuerza.
A unos metros de allí, Senko caminaba en solitario con la mochila colgada de un hombro. No tardó en ser interceptado. Tres estudiantes de último año, acostumbrados a someter a cualquiera con menos ceros en su cuenta bancaria, lo acorralaron en un callejón ciego, lejos de las cámaras y de los prefectos.
Senko los observó sin parpadear. No había duda ni miedo en sus ojos, solo un cálculo gélido. A diferencia de los otros herederos que corrían a llamar a sus abogados ante cualquier amenaza, él estaba acostumbrado al conflicto. La violencia no era un problema para él; era su lenguaje natural.
—Tres contra uno... —soltó con voz pausada—. Vaya bienvenida.
El líder del grupo, harto de su actitud, lanzó un puñetazo directo a su rostro. Senko apenas ladeó la cabeza; recibió el impacto tensando la mandíbula, absorbiendo el golpe sin dar un solo paso atrás. El silencio que siguió cortó el aire.
Antes de que pudieran reaccionar, Senko se movió con una precisión limpia y contundente: un golpe certero al abdomen dejó sin aire al primero, y un barrido rápido mandó al segundo contra la pared. Al último lo tomó del cuello del uniforme, congelándolo con la mirada un segundo antes de azotarlo contra el suelo.
—Patéticos —murmuró, acomodándose la chaqueta.
Dejó atrás al grupo tendido en el piso, sofocado y con el orgullo completamente destruido. Se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano y retomó su camino hacia la biblioteca, como si neutralizar a tres tipos fuera tan rutinario como respirar
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