Capítulo 1
«La historia no muere cuando cae un imperio; solo cambia de piel y espera pacientemente en las sombras el momento exacto para volver a reclamar lo suyo». Notas archivadas del Dr. Alistair Vance, 2049.
CAPITULO 1
ANASTASIA
«Abro los ojos y, lentamente, parpadeo a mi alrededor. “Estoy en casa”, me digo a mí misma, aliviada. Por lo general, mis sueños son toda una película de acción casi cada noche; pero hoy, particularmente, siento un cosquilleo en todo mi cuerpo. ¿Anticipación? ¿Miedo? ¿Ansiedad? No puedo definirlo».
Miro alrededor de la habitación, una luz tenue proveniente de la luna se filtra por la ventana iluminando ligeramente el pequeño escritorio en la esquina opuesta de la puerta, mis ojos se desvían hacia los números del reloj que se proyecta en la pared contigua a mi cama. Son apenas las 4:00 a. m. Me quedan por lo menos treinta minutos más hasta que finalmente tenga que levantarme. Ya mi cuerpo se anticipa cada día con la jornada habitual; no entiendo por qué continúo insistiendo en poner la alarma.
La vida en la hacienda es relativamente sencilla. El cuidado de los animales no es responsabilidad mía —para eso tenemos a Alfredo y a su personal—, pero, aun así, siento la profunda necesidad de involucrarme en cada labor del campo. Mi papá y mi mamá difieren bastante en cuanto a esto: él, por obvias razones, celebra mi papel en el funcionamiento de nuestras tierras; ella, por el contrario, repite que desperdicio mi potencial y que debo “afinar” un poco más mi comportamiento.
Entiendo lo que quiere decir, pero igual detesto su perspectiva; me parece absurdo pensar que debo usar mis atributos físicos como carta de presentación para ganarme el afecto o la aceptación de los demás, de inmediato desecho esa línea de pensamiento, digamos que pensar en mi mamá a veces me pone de los nervios.
Decido levantarme y colocarme ropa deportiva para escabullirme hacia el granero más próximo a la casa; es más fácil a la hora de cambiarme para ir al instituto técnico. No puedo creer que solo queda una semana hasta que nos toque a nosotros, los del último curso, asistir a la jornada de asignación. Esta es una novedad en nuestro pequeño pueblo ya que la regla hasta ahora ha sido que se hacen selecciones cada veinticinco años.
Hubo un tiempo donde el mundo parecía acercarse a su fin, según los reportes que nos ha tocado ver y estudiar, hubo terremotos, desplazamientos de tierras, inundaciones, tornados, y hasta ciudades enteras se perdieron con la aparición de grandes socavones de tierra, el mundo ha cambiado mucho desde aquella época, supongo que vivir aquí es una bendición dada la cantidad de ciudades que están sumergidas bajo el agua, la extensión de tierras habitables actualmente cada vez es menor.
Este pequeño rincón por su altura sigue siendo refugio para muchos ahora y siempre, pues antes de todos esos cambios en el mundo también fue capaz de albergar a muchas familias durante las grandes guerras.
Entro en el granero. Las reses están comiendo del heno restante de anoche. Decido consentirlas más y comienzo rápidamente mi faena. Al cabo de un rato distribuyendo el alimento, suena la alarma de mi reloj indicándome que ya tengo que apurarme; me sacudo las manos y decido regresar a la casa. Justo cuando voy a salir, un pequeño ternero se encuentra atorado en uno de los cubículos, por lo que me dirijo a ayudarlo. Es una cosita demasiado linda. Me quedo más de lo que debería haciéndole mimos. Para cuando salgo, ya el cielo está bastante claro. Me reprendo a mí misma porque ya sé la escena que viene con mi mamá a continuación.
Acelero el paso hacia la casa, y los perros me reciben entre brincos y ladridos alegres. Si antes guardaba una pequeña posibilidad de entrar a la casa a hurtadillas antes que mi mamá despertara, puedo dar por hecho que eso ya no será siquiera una ligera posibilidad, ahora sí, definitivamente mi mamá se va a dar cuenta de dónde estuve. Camino rápidamente hacia la puerta y abro…
—No sé cuántas veces debo decirte que deberías dedicar más tu tiempo a tu cuidado corporal en lugar de ir a ensuciarte con los animales tan temprano. Por cierto, buenos días, Ani.
Veo a mi mamá con una taza de café en su mano mientras toma un pequeño sorbo, oculta la mitad de su cara, por lo que al inicio no puedo deducir, solo por el tono de su voz si es una reprimenda seria o solo parte de nuestros debates matutinos. Me decanto por la segunda opción ya que alcanzo finalmente a ver una de las esquinas de sus labios curvándose hacia arriba, por lo que me acerco hacia ella mientras tomo su taza con mis dos manos y le robo el elixir caoba frente a mí.
Achica sus ojos, se acerca a mi cabello e inspira fuertemente.
—¡Puaj, Anastasia! Por amor al santísimo, métete a bañar, que hueles terrible.
Le doy un beso en la mejilla, sonrío y corro escaleras arriba hacia mi habitación. En el camino me consigo con mi papá, que estira su mano y desordena aún más mi alborotado cabello. Me acerco a él alegremente.
—Cariño mío buenos días- dice mi papá mientras pone un tierno beso en mi coronilla.
A lo lejos escuchamos murmurar a mi mamá alrededor de la cocina, nos damos una mirada cómplice y sonrío.
Muchas gracias, Ani, por alborotarle la lengua a tu mamá tan temprano—dice mi padre—.
Sonrío mientras sigo avanzando animadamente por las escaleras antes de que mi padre quiera arrastrarme en represalia y también tenga yo que aguantar la cantaleta matutina de mi mamá, procedo a asearme rápidamente ya que estoy corta de tiempo. En lo que me quito el suéter, arrugo mi nariz y entiendo perfectamente a lo que mi mamá se refería con la necesidad extra de tiempo en higiene personal. Pongo más empeño en mi cuerpo y cabello mientras me ducho; no es como que quiera andar con malos olores por los pasillos del instituto.
Como siempre mi cabello me da más trabajo del que quisiera. Detesto llevarme el cabello húmedo al instituto, pero no por eso se me ocurriría cortármelo para aligerar la carga, actualmente está más largo de lo que suelo usarlo, roza con bastante comodidad la curva de mi trasero, lo que es toda una molestia cuando estoy leyendo en mi cama, pero su color es una de mis cosas favoritas,mi cabello tiene un color rubio cenizo pero son sus reflejos cobrizos lo que le da personalidad, sigo pasando el secador a su máxima potencia y el mismo cae en suaves ondas a lo largo de mi espalda. Lo amo, pero requiere de mucho tiempo y cuidado.
Mientras me voy vistiendo reflexiono un poco sobre las próximas dos semanas, no solo tengo encima la asignación, la graduación y la reubicación van de seguidilla, aún el proceso como tal es un poco hermético, pero sí sé que no es muy habitual que las personas permanezcan en el mismo lugar de procedencia luego de eso.
Salgo de mi ensoñación y me aliso la falda del uniforme con un persistente nerviosismo, me echo un vistazo al espejo y decido que con un poco de base, máscara y brillo en mi cara por hoy será suficiente, al final decido usar un delineador color marrón que potencia el color ambarino de mis ojos, me doy un segundo vistazo y ya satisfecha me encamino a clases.
El viaje en el transporte hacia el instituto se me pasa volando, pero la verdadera realidad me golpea en la cara apenas cruzo las puertas principales. El ambiente en los pasillos se siente denso, casi eléctrico. Falta una semana para la asignación y es lo único de lo que la gente es capaz de hablar. Se forman pequeños grupos en cada esquina, y el murmullo de los estudiantes suena como un enjambre de abejas ansiosas.
Camino con paso firme, ignorando las miradas que, como de costumbre, se posan sobre mí. Sé que mi estatura y mi contextura —bien definida gracias a las horas cargando pacas de heno y lidiando con el ganado— me hacen destacar, pero hoy agradezco que la atención de la mayoría se desvía y está principalmente puesta en el bendito algoritmo de la IA.
—¿Escuchaste que a la hermana de Cristina su familia la envió lejos para evitar ser emparejada? —dice una voz chillona a mi izquierda. Volteo sutilmente y veo a un grupo de chicas cerca de los casilleros. Valeria, una de las más ruidosas del curso, gesticula con exageración—. Como si fuera a funcionar esa estrategia, solo están provocando la ruina a su familia, no todo es malo, ¿saben? Tengo una tía lejana que le ha ido genial luego de su asignación y emparejamiento…
La voz se va perdiendo mientras avanzo por el pasillo.
—Anastasia, por fin llegas —la voz de Elena me saca de la indiscreción. Ella y Clara, mis dos únicas y verdaderas amigas, se acercan a mí con caras que reflejan el mismo insomnio que yo he estado ocultando.
—Buenos días, chicas —les digo y les dedico una de mis sonrisas. El efecto es inmediato: el rostro tenso de Clara se relaja y Elena suspira, como si mi calma fuera contagiosa.
—Dinos que tú no estás perdiendo la cabeza como el resto del instituto —pide Clara, acomodándose la mochila—. Entramos al salón y parece una feria de solteros. Todo el mundo está calculando sus probabilidades genéticas.
—Un poco de preocupación sí tengo, no lo voy a negar —respondo mientras avanzamos juntas hacia la clase de sistemas—. Pero a ver, que ganar pánico no va a alterar el código de la asignación. Solo espero que el sistema entienda que mi vida está en los campos del Valle.
Nos sentamos en nuestros lugares habituales al fondo del aula. La profesora aún no ha llegado, así que el cotilleo continúa flotando en el aire.
De repente, una sombra se proyecta sobre mi pupitre. Alzo la vista lentamente, dejando que mis ojos se encuentren con los de Mateo.
Mateo es el tipo de chico que no necesita esforzarse para llamar la atención, y desde hace unos meses, parece que su atención está firmemente fija en mí. Es un chico alto, con un precioso cabello castaño sin contar con esa sonrisa ladeada que sabe perfectamente el efecto que causa. Se apoya en el borde de mi mesa con una familiaridad que me hace sentir un sutil cosquilleo.
—Vaya, la reina del Valle de Arán se dignó a aparecer —coquetea en voz baja, inclinándose un poco hacia mí—. Empezaba a pensar que te habías quedado atrapada con tus terneros.
—Madrugué más que tú, de eso estoy segura —le respondo, manteniendo una expresión falsamente fría que sé que lo divierte—. ¿Qué quieres, Mateo?
—Asegurarme de que no me vas a olvidar cuando la IA te asigne un magnate de la tecnología la próxima semana —dice, y aunque sus palabras son de broma, detecto un destello de genuina preocupación en sus ojos.
Se acerca un poco más, bajando la voz—. Aunque... si la máquina tiene buen gusto, nos dejará en el mismo sector. Sería una lástima que te fueras, Anastasia- intenta sonreír con picardía, pero la sonrisa se nota un poco forzada.
Siento que mis mejillas se calientan un poco bajo mi piel pálida, pero no aparto la mirada. Le sostengo el juego, dejando escapar una pequeña sonrisa que sé que lo desarma por completo.
—Bueno, tendrás que cruzar los dedos para que la IA comparta tus gustos, Mateo —le contesto, justo cuando la profesora entra al salón y él se ve obligado a regresar a su asiento con una última mirada cómplice.
La jornada escolar pasa volando, hoy particularmente me siento agotada, recojo mis cosas apresuradamente y me encamino hacia la parada del bus junto a Elena y Clara, ambas van con su cháchara ruidosa aun durante el viaje en bus, al llegar mi parada me despido sonriéndoles y lanzándoles unos besos voladores mientras me bajo y voy camino a casa, ya abajo respiro profundamente, esta es una de mis partes favoritas del día, estar rodeada de naturaleza, el lejano ruido del riachuelo en una esquina, la soledad y yo.
Camino por unos minutos y entro por la puerta principal de mi hogar, los perros saltan alegremente mientras se van acercando, debo decir que huele delicioso, mi mamá es una excelente cocinera sin duda alguna.
-Hola cariño- grita mi mamá desde la cocina.
-Hola mamá- replico.
Voy bajando mi mochila y colocándola en la mesa cuando escucho.
-Ni se te vaya ocurrir Anastasia dejar la mochila en la mesa-
-No lo estaba haciendo en lo absoluto- grito en respuesta mientras escondidamente levanto de regreso la mochila y camino hacia las escaleras, escucho unas risas cómplices escondidas a la vuelta de la sala de estar. Sigo mi camino como si nada porque ya se lo que viene a continuación, puedo decir que es una de mis rutinas favoritas al llegar a casa. Me acerco a mi cama y me dejo caer pesadamente sobre mi cama, estiro los brazos y cierro los ojos con una sonrisa en mi rostro.
Unos dedos pegostosos se posan sobre mi rostro torpemente, mientras continúan las risitas cómplices al fondo, me hago la sorprendida, y finjo luchar en contra de aquel “intruso”.
- ¡Oh no, alguien ha entrado a mi habitación, creo que me encuentro en peligro! Grito fingidamente mientras Pastor, uno de mis perros ladra enérgicamente.
-Noooo manita, soy yo Elia, no tienes por qué preocuparte, mi papá y yo te vamos a cuidar, te lo prometo, - dice con un tono solemne mi hermanito menor Elías mientras me da uno de sus deliciosos abrazos.
Yo lo abrazo de vuelta y empiezo a hacerle sus cosquillas respectivas.
-Oye Eli, hoy si me has pegado tremendo susto, cada día te vuelves mejor espía, lo animo con cariño.
Él sonríe orgulloso mientras mi papá aprueba feliz la escena, junto a mi padre, está mi mamá hermosamente sonriente admirando el cuadro.
Me levanto con mi pequeño monito encima de mí, mientras mi mamá se nos acerca a hacernos mimos a los dos, bajamos nuevamente y disfrutamos finalmente de una rica cena familiar.
Eli se pasa casi toda la cena lanzándole escondidamente su comida a los perros, mientras mi papá y mi mamá se encuentran distraídamente hablando acerca de cómo vamos a organizar las labores de la hacienda en nuestra ausencia por nuestro próximo viaje a Madrid para asistir a la asignación.
Los días han pasado muy rápido, estamos muy cerca de la asignación, y desde ya puedo notar el cambio en mi mamá, sus sonrisas sinceras son cada vez menos frecuente y en su lugar las sonrisas forzosas han tomado protagonismo, por su parte, últimamente su atención si bien está más puesta en mí, se ha enfocado más en mantenerme cerca de ella, no solo no quiere perderme de vista más de lo normal, sino que se la pasa dándome “consejos” de qué hacer ante ciertos inconvenientes domésticos y aunque a veces me incomoda porque no me da más tiempo del que quisiera pasar con mis amigas, realmente entiendo lo nerviosa que puede estar, no debe ser fácil este proceso, la inminente llegada de la asignación tiene también a los padres de muchos de mis compañeros bastante alterados.
La despedida del instituto llega y seguido de la misma, la graduación, la cual sucede sin mayor relevancia, ahora faltan solo cinco días para que mi mundo cambie.
En este rincón del mundo cobra mucha más importancia el juicio de Sangre, este año coincide nuestra graduación con su tercera implementación y los padres piensan que somos muy jóvenes aún para ser asignados, la mayoría hemos cumplido apenas los diecinueve años de edad y si asignarnos nos lleva a la reubicación pues, estaríamos separados quien sabe hasta cuándo.
Lo estudiamos profundamente en nuestra clase de historia en el instituto, en el momento que empezaron a ocurrir catástrofes que se creyeron naturales en el mundo, países tercermundistas fueron los más afectados por las cantidades de bajas humanas, mientras que países desarrollados y del primer mundo se vieron afectados por las migraciones masivas, dichos desplazamientos afectaron mucho a todas las regiones, en ese momento el juicio de sangre no era una opción, en su lugar, era una imperiosa necesidad.
Cuando el continente asiático ganó la guerra, ya los líderes del fallido país norteamericano tenían sus tentáculos firmemente puestos con la elite mundial, garantizando su supervivencia, su manera de mantenerse en el poder fue influir en lo que sería el nuevo orden mundial que traería finalmente la paz en el mundo. No fue más que una mentira para el control de masas.Vendieron el sueño de reivindicar el poder a los nativos de cada tierra para que pudieran gobernar con autonomía, y que así las culturas se preservaran y no se perdieran ante tales catástrofes que estaban sucediendo, que gran mentira se ha demostrado en el tiempo.
Se suponía que luego de un escaneo inteligente a la población, podrían ubicar a descendientes “puros” que estaban viviendo lejos de su lugar de origen sanguíneo y podrían emparejarlos en edades altamente fértiles para poder reubicarlos y regresar al poder de sus raíces y linaje, se suponía que con un ciclo sería suficiente, se suponía que sería provisional, y sobre todo se suponía que los años siguientes se verían los resultados, pero no fue así, y aquí estamos cincuenta años después repitiendo el tercer ciclo de Juicio de sangre.
A pesar de que cuando cumplimos cinco años a los niños resultantes de esos emparejamientos nos llevan al escaneo, los científicos mantienen que las raíces en nuestra genética siguen siendo débiles, y aquí estoy, siendo la merecedora de nada más y nada menos que candidata para la asignación.
Llega finalmente el momento más decisivo de mi vida, solo quedan tres días para el juicio de sangre, los nervios bullen dentro de mí, nos tenemos que trasladar a Madrid, ya que hay una sede de gobierno allí, lo que resulta curioso ya que nuestra monarquía es una de las que se resiste a participar actualmente.
En teoría el plan de este nuevo gobierno mundial es volver al origen de las raíces de los continentes, pero a ver, las monarquías del primer mundo han llevado un riguroso control en ese sentido, no han tenido que verse forzados a dudar de su procedencia, y por ello se le han plantado cara al gobierno mundial y se han resistido a participar en el Juicio de Sangre.
Aunque existen rumores de que hay una posible aceptación de parte de algunas facciones monárquicas, siguen siendo no más que simples rumores.
El viaje a la capital desde el Valle de Arán es un viaje relativamente largo, puede durar hasta seis horas en coche, según me recuerda mi papá, siento una especie de vacío en mi estómago, amo mi hogar, El Valle de Arán quizá no cuenta con las infinitas tecnologías de las grandes ciudades puesto que parece un pueblo suspendido en el tiempo, pero es un lugar maravilloso para crecer y vivir para personas como yo que valoramos la paz y el amor por la naturaleza.
Como familia, tratamos de actuar lo más rutinario posible para que Eli no se dé cuenta del cambio que se avecina. Mis padres roban cada tanto, miradas con sonrisas forzadas y llenas de nostalgia. El viaje transcurre con normalidad, Eli está por decir poco, maravillado con el viaje en coche, quizá tardamos un poco más en llegar, esto debido, a que mi padre aprovecha cada vez que puede la oportunidad de parar en el camino para mostrarnos lugares memorables según él.
A medida que avanzamos dejamos atrás, las edificaciones en piedra, el verde y frío de las montañas y nos acercamos al concreto, grandes edificios se abren ante nuestros ojos, mi padre se dirige torpemente a través de la gran ciudad mientras yo nerviosamente aprieto mis manos. Me reclino hacia el asiento y cierro brevemente mis ojos mientras asimilo todo lo que viene a continuación.








