Prólogo
Existen heridas que se niegan a cerrar por completo y memorias que el alma intenta, en vano, proteger del olvido. Hay días que dejamos pasar como sombras, y vidas que se nos escapan entre los dedos mientras buscamos un propósito.

¿Qué define el bien o el mal cuando todo parece estar en perfecta armonía? La ausencia de desafíos puede erosionar lentamente la moral. Sin conflictos que enfrentar, el propósito se diluye, y con él, los principios que alguna vez sostuvieron nuestra existencia. Una paz absoluta, lejos de ser ideal, podría requerir un control total: tecnología invisible, leyes incuestionables, acuerdos tan perfectos que nadie se atreva a cuestionarlos.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿es moralmente aceptable sacrificar la libertad en nombre de la paz?
Pasaron años desde la última vez que la humanidad perdió la razón. Las guerras dejaron cicatrices profundas. La violencia se disfrazó de justicia. La libertad, mal entendida, levantó celdas invisibles y cavó lentamente la tumba de nuestra esencia como especie.
El sol desapareció una tarde sin previo aviso.
La mayoría atravesaba una jornada común: la luz bañaba las calles, el tráfico rugía, las pocas aves que quedaban aún surcaban el cielo. Entonces algo bloqueó su resplandor, y el mundo cayó en una oscuridad absoluta.
Minutos después, luces descendieron desde el cielo. Con ellas llegó un silencio antinatural. Y el miedo. Por primera vez comprendimos que no estábamos solos.
Aquellos seres eran idénticos a nosotros en apariencia, pero radicalmente distintos en todo lo demás. Sus ojos ámbar reflejaban la luz con un matiz verdoso. Eran más fuertes. No requerían máquinas para mover grandes pesos. Podían elevarse del suelo con la sola voluntad. Eran pocos. Pero su conocimiento bastó.
En menos de diez años, el mundo cambió por completo. Las ciudades dejaron de asfixiarse. Los edificios se cubrieron de vegetación. Los animales regresaron a sus hábitats. El aire se volvió limpio. El hambre desapareció. Las guerras cesaron.
Y la humanidad comenzó a elevarse también, al principio fue un milagro. Por primera vez, sus habitantes conocieron una felicidad que jamás habían experimentado
Sin conflictos. Sin carencias. Sin dolor.
Pero el silencio empezó a crecer. Las plazas seguían llenas, pero nadie discutía. Los parques estaban verdes, pero casi no había niños. Las personas flotaban unos centímetros sobre el suelo, inmóviles, como si no hubiera nada que desear.
El progreso perdió sentido. La innovación dejó de ser urgente. El esfuerzo ya no era necesario. Con el tiempo, la ausencia de desafíos se convirtió en una carga invisible. No había guerras que evitar.
No había metas que alcanzar. No había nada que superar.
La humanidad había alcanzado la paz... y comenzó a desvanecerse.
Fue entonces cuando los gobernantes tomaron una decisión. Si la naturaleza humana era incapaz de sostener el equilibrio incluso en condiciones perfectas, debía ser corregida.
Años después, nací en un laboratorio. Fui parte de un proyecto destinado a superar aquello que la humanidad no había logrado trascender.
No me dieron un nombre.
Me llamaron Treinta y Dos.
Junto a otros cuarenta y nueve, fuimos creados y modificados selectivamente. Nuestro crecimiento fue acelerado. En pocos años, nuestros cuerpos y mentes alcanzaron su forma definitiva.
Desde el otro lado del vidrio, algunos nos observaban en silencio. No todos lo hacían con esperanza. Escuché la palabra “reemplazo” antes de comprender su significado.
Nuestra sola existencia despertó incomodidad. Para algunos, éramos una solución. Para otros, una sentencia.
Las protestas comenzaron antes de que pudiéramos caminar sin supervisión. Pintadas aparecieron en los muros de los distritos. Voces exigían que el proyecto se detuviera. Muchos querían vernos desaparecer.
La humanidad, que había alcanzado una felicidad perfecta, comenzó a fracturarse de nuevo. Rechazaron a sus líderes. Huyeron. Destruyeron lo que ya no entendían. Algunos decidieron que la única libertad que les quedaba era dejar de existir. Las bajas fueron innumerables.
El equilibrio, que había parecido eterno, mostró sus primeras grietas.
Las ciudades quedaron atrás. Con el tiempo, la decadencia dio paso a la vida: la flora y la fauna reclamaron lo que siempre les perteneció. Un paisaje hermoso y melancólico. Testigo silencioso de un mundo que alguna vez creyó haber alcanzado la perfección.
Fue entonces cuando comprendimos nuestro verdadero propósito. Nos llamaron Guardianes del Nuevo Mundo. Diez Escuadrones. Cinco integrantes cada uno. Cada par encargado de proteger uno de los cinco distritos:
Lumina, donde la tecnología y la naturaleza coexistían en equilibrio. Nexus, corazón de la innovación y la cultura. Seraphis, dedicado al bienestar emocional y espiritual. Cénit, el distrito más avanzado, con estructuras flotantes y una vida urbana cuidadosamente optimizada. Y Elysium, refugio de paz y sostenibilidad.
A mí me asignaron al Distrito Cénit. Mi Escuadrón estaba compuesto por cinco guardianes. Número Cinco, nuestra líder. Número Treinta y tres, mi único amigo. Número Doce, silenciosa y distante. Número Dieciocho, fuerte y siempre listo para actuar.
Cinco guardianes. Y un equilibrio que no tardaría en romperse.
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