Capítulo 1 — Las consecuencias
La lluvia había empezado antes del anochecer y, a las once de la noche, todavía seguía golpeando los vidrios de la casa.
Adrián Valdés llevaba casi una hora sentado frente a la ventana sin encender ninguna de las lámparas de la sala.
No le molestaba la oscuridad.
Había aprendido a vivir con ella.
Desde la muerte de Elena, Mateo y Clara, la casa parecía haber adquirido una forma distinta de silencio. No era simplemente que faltaran tres personas. Era que cada habitación conservaba una parte de ellas y, al mismo tiempo, parecía esperar que regresaran.
El reloj de la pared marcaba las once y cuarenta y siete.
Adrián lo miró.
No sabía por qué lo hacía.
Últimamente miraba demasiado ese reloj.
A veces tenía la impresión de que llevaba días detenido.
Se levantó del sofá y caminó hasta la cocina. Sobre la mesa había una taza de café que había preparado horas atrás. La superficie estaba fría y cubierta por una película oscura.
La dejó allí.
No tenía hambre.
Tampoco sueño.
Desde hacía casi dos años dormía mal, pero desde aquella noche el problema había adquirido otra dimensión. Había noches en las que despertaba convencido de haber escuchado la voz de Clara llamándolo desde el pasillo.
Papá.
Siempre dos veces.
Nunca tres.
La primera vez había salido de la habitación.
La segunda había encendido todas las luces.
La tercera dejó de buscar.
No porque hubiera dejado de escucharla.
Porque comprendió que no quería averiguar de dónde venía.
Regresó a la sala.
Sobre el escritorio estaba el computador portátil.
Lo había abierto esa mañana para ordenar algunos archivos viejos.
Había carpetas que no había tocado desde antes del accidente.
Fotografías.
Borradores.
Fragmentos de novelas.
Historias que nunca terminó.
Durante un tiempo había sido escritor.
La palabra todavía le resultaba incómoda.
Escritor.
Como si perteneciera a otra persona.
Antes de Elena, publicar un libro le había parecido una necesidad. Después de ella, escribir se convirtió en algo parecido a una traición.
Había intentado hacerlo una vez.
Solo una.
Escribió tres páginas sobre un hombre que perdía a su familia en un accidente.
Después cerró el archivo y no volvió a abrirlo.
Desde entonces no había escrito una sola línea de ficción.
El computador emitió un sonido.
Adrián levantó la cabeza.
Una notificación.
Se acercó.
Era un correo electrónico.
El remitente no tenía nombre.
Solo una dirección extraña que no reconoció.
Adrián frunció el ceño.
Pensó en eliminarlo.
Los correos publicitarios llegaban constantemente a cuentas antiguas que todavía conservaba. Editoriales, agencias, plataformas de escritura, promociones.
Pero aquel asunto llamó su atención.
No decía publicidad.
No decía información.
Decía:
Tu manuscrito ha sido aprobado.
Adrián permaneció inmóvil.
Volvió a leerlo.
Una vez.
Dos veces.
Abrió el mensaje.
Solo había una línea.
Tu manuscrito ha sido aprobado. Prepárate para las consecuencias.
Nada más.
No había firma.
No había nombre de editorial.
No había archivo adjunto.
Adrián miró la fecha.
El correo había llegado hacía menos de un minuto.
Eso era imposible.
Había estado sentado frente a la ventana.
Su teléfono estaba sobre la mesa.
Nadie había llamado.
Nadie había escrito.
Volvió a mirar la pantalla.
Entonces apareció una segunda notificación.
1 archivo recibido.
Adrián sintió que algo se tensaba en su estómago.
Abrió la carpeta de descargas.
Había un documento nuevo.
No tenía extensión visible.
Solo un nombre:
EL LECTOR CERO
Adrián no lo abrió.
Durante unos segundos simplemente lo observó.
Después miró hacia la ventana.
La lluvia seguía cayendo.
La casa permanecía en silencio.
Y por primera vez en mucho tiempo, Adrián tuvo la sensación precisa, desagradable e inexplicable de que no estaba solo.
No en la casa.
No en la habitación.
Sino al otro lado de la pantalla.
Movió el cursor hasta el archivo.
Antes de hacer clic, el documento cambió de nombre.
Durante un instante apareció una segunda línea debajo del título.
Solo una frase.
Adrián, comienza a leer.
Adrián no hizo clic.
Retiró la mano del ratón y se quedó mirando la pantalla.
La frase había desaparecido.
El nombre del archivo volvía a ser simplemente:
EL LECTOR CERO
Parpadeó varias veces.
Esperó.
Nada.
—Estoy cansado —murmuró.
Era la explicación más sencilla.
Últimamente recurría a ella con demasiada frecuencia.
Cansancio.
Insomnio.
Duelo.
Memoria.
Cualquiera de esas palabras servía para explicar cosas que prefería no explicar.
Volvió a mover el cursor.
Hizo clic.
El documento se abrió.
La primera página estaba casi completamente en blanco.
En el centro había un título.
EL LECTOR CERO
Debajo aparecía una línea:
Autor: Adrián Valdés
Adrián dejó de respirar durante un instante.
Se inclinó hacia la pantalla.
—No.
No era una reacción racional.
Tampoco pretendía que lo fuera.
Seleccionó el nombre con el cursor.
Intentó borrarlo.
No podía editar el documento.
Probó con las teclas.
Nada.
Cerró el archivo.
Lo abrió de nuevo.
El nombre seguía allí.
Autor: Adrián Valdés
Se levantó de la silla.
Caminó hasta la cocina.
Abrió el refrigerador sin saber qué buscaba.
Lo cerró.
Regresó al escritorio.
Aquello tenía que ser una broma.
Alguien había creado el archivo.
Alguien conocía su nombre.
Tal vez incluso alguien sabía que había dejado de escribir.
Pero eso no explicaba lo demás.
Abrió el correo nuevamente.
Esta vez examinó cuidadosamente la dirección del remitente.
No reconocía el dominio.
Intentó buscarlo en internet.
No apareció ninguna editorial con ese nombre.
Tampoco encontró registros de la dirección.
Adrián sintió un leve escalofrío.
Volvió al documento.
Pasó a la segunda página.
Había una frase.
Nada más.
La lluvia había empezado antes del anochecer.
Adrián frunció el ceño.
Siguió leyendo.
A las once de la noche, Adrián Valdés llevaba casi una hora sentado frente a la ventana sin encender ninguna de las lámparas de la sala.
Se quedó inmóvil.
Miró la ventana.
La lluvia golpeaba el vidrio exactamente como estaba escrito.
Miró el reloj.
Las once y cuarenta y siete.
Volvió a la pantalla.
Leyó nuevamente la frase.
No era una descripción general.
Era exactamente lo que estaba haciendo.
La misma habitación.
La misma ventana.
La misma noche.
La misma hora.
Adrián cerró el documento de golpe.
El silencio de la casa pareció hacerse más profundo.
Durante unos segundos escuchó solamente la lluvia.
Entonces comprendió algo.
El archivo no estaba describiendo lo que había ocurrido.
Estaba describiendo lo que estaba ocurriendo.
Abrió nuevamente el documento.
Pasó a la siguiente página.
Había otro párrafo.
Adrián levantó la mano derecha y miró el reloj.
Adrián bajó la mirada.
Su mano derecha estaba sobre el escritorio.
No la había levantado.
No todavía.
Esperó.
Nada sucedió.
Una sonrisa nerviosa apareció en su rostro.
—Claro.
Era una coincidencia.
Una coincidencia absurda, pero posible.
Entonces levantó lentamente la mano derecha.
El cursor se movió solo.
Una nueva línea apareció en la pantalla.
Ahora.
Adrián dejó caer la mano.
El documento continuó escribiéndose.
Una palabra.
Después otra.
Lo ha entendido.
Adrián retrocedió de la silla.
El corazón comenzó a golpearle con fuerza.
La pantalla quedó inmóvil.
Durante varios segundos no apareció nada más.
Entonces llegó una nueva línea.
Pero todavía no sabe quién está leyendo a quién
Adrián permaneció de pie frente al escritorio.
No tocó el computador.
No volvió a leer la última frase.
Pero todavía no sabe quién está leyendo a quién.
La frase parecía observarlo desde la pantalla.
Adrián cerró los ojos.
Contó hasta cinco.
Después hasta diez.
Cuando volvió a abrirlos, el documento seguía allí.
No había desaparecido.
—Alguien está haciendo esto.
Lo dijo en voz alta porque necesitaba escuchar una explicación humana.
Alguien.
No algo.
Alguien.
Se sentó nuevamente.
Abrió las propiedades del archivo.
Fecha de creación.
Fecha de modificación.
Autor.
Programa utilizado.
Todo aparecía vacío.
No había información.
Era como si el documento hubiera aparecido directamente en el computador sin haber sido creado por ningún programa.
Adrián frunció el ceño.
Eso sí era extraño.
Pero extraño no significaba imposible.
Tomó su teléfono y fotografió la pantalla.
Luego tomó otra fotografía.
Y otra.
En la última, amplió la imagen.
La frase seguía allí.
Guardó el teléfono.
Volvió al documento.
Había cambiado.
Adrián sintió un vacío en el estómago.
Ahora aparecía un párrafo que no estaba antes.
A las once y cincuenta y tres, Adrián buscará una fotografía.
Miró el reloj.
11:51.
—No.
Se levantó.
La palabra salió casi en un susurro.
Caminó hasta una estantería del salón.
Allí había varias fotografías familiares que todavía no había tenido el valor de guardar.
El accidente había ocurrido hacía casi dos años.
Y, sin embargo, las fotografías continuaban ocupando los mismos lugares.
Elena.
Mateo.
Clara.
Adrián tomó una.
Era una fotografía de unas vacaciones.
Los cuatro aparecían frente al mar.
Clara estaba abrazada a Elena.
Mateo hacía una mueca.
Adrián recordaba perfectamente ese día.
Recordaba incluso la discusión que habían tenido esa mañana porque Mateo había perdido la cámara.
Volvió al escritorio.
Miró la pantalla.
11:52.
El documento mostraba una nueva línea.
No es esa.
Adrián soltó la fotografía.
Cayó sobre la alfombra.
Retrocedió.
—¿Cómo sabes eso?
No esperaba respuesta.
Pero el documento respondió.
No inmediatamente.
Primero apareció una línea vacía.
Después otra.
Y finalmente:
Porque todavía no ha encontrado la que busca.
Adrián sintió que se le erizaba la piel de los brazos.
Miró alrededor.
La sala.
La cocina.
El pasillo.
Las puertas cerradas.
Ningún movimiento.
Ningún sonido aparte de la lluvia.
Volvió a mirar la pantalla.
11:53.
Entonces recordó una fotografía.
Estaba guardada en el cajón inferior del escritorio.
Una fotografía que casi nunca miraba.
La tomó con manos temblorosas.
Era más antigua.
Adrián tenía unos ocho años.
Aparecía sentado junto a su madre.
Ella sostenía un libro.
Un libro grueso, de tapas oscuras.
Adrián no recordaba haber visto aquella fotografía desde hacía décadas.
La observó durante unos segundos.
Algo en ella le produjo una incomodidad que no pudo explicar.
Su madre sonreía.
Él también.
Pero había algo detrás.
Una estantería.
Y sobre ella, parcialmente oculto por la sombra, estaba el mismo libro que su madre solía utilizar para contarle historias.
Adrián acercó la fotografía a la pantalla.
El documento acababa de escribir una nueva frase.
Ahora sí.
Adrián tragó saliva.
Debajo apareció otra línea.
¿Recuerda el libro?
Adrián dejó caer lentamente la fotografía sobre el escritorio.
No.
No lo recordaba.
O, más exactamente, no quería recordarlo.
Había pasado demasiado tiempo.
Su madre llevaba años muerta.
El libro había desaparecido después de su muerte.
Adrián nunca había vuelto a pensar en él.
Hasta esa noche.
El cursor comenzó a parpadear.
Una última frase apareció.
Su madre sí lo recuerda.
Adrián se quedó mirando la pantalla.
La frase no tenía sentido.
Su madre llevaba doce años muerta.
Entonces el documento añadió:
Y usted también.
La pantalla se apagó.
Toda la casa quedó a oscuras.
Durante unos segundos, Adrián permaneció inmóvil.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que la pantalla se apagó. Tal vez unos segundos. Tal vez más.
La oscuridad de la casa era distinta a la de unos minutos antes. Antes había sido una oscuridad elegida, tranquila, casi habitual. Ahora parecía haberse instalado alrededor de él con una intención que no podía explicar.
Extendió la mano hasta encontrar el teléfono sobre el escritorio.
La pantalla se encendió.
Sin señal.
La hora marcaba las 11:54.
—Perfecto —murmuró.
Activó la linterna y dirigió la luz hacia la habitación. Los muebles aparecieron poco a poco entre sombras: la biblioteca, el sofá, la lámpara junto a la ventana, las cajas que todavía no había tenido el valor de abrir desde la muerte de Elena.
Nada fuera de lugar.
Se levantó.
Lo primero que pensó fue en el sistema eléctrico. Una sobrecarga. Una falla cualquiera. No era la primera vez que ocurría durante una tormenta.
Cruzó el pasillo y llegó hasta el tablero eléctrico.
Todos los interruptores estaban arriba.
Adrián los revisó uno por uno.
Nada.
Regresó al estudio.
La lluvia golpeaba los vidrios con mayor fuerza.
Entonces escuchó un sonido.
Se detuvo.
Un golpe seco.
Venía de la cocina.
Adrián apuntó la linterna hacia el pasillo.
Esperó.
Otro golpe.
Esta vez más claro.
Caminó lentamente.
—¿Hay alguien?
La pregunta le pareció absurda apenas salió de su boca.
No había nadie.
Había revisado las cerraduras aquella misma tarde. Las ventanas estaban cerradas. La casa llevaba dos años siendo un lugar demasiado seguro para alguien que casi nunca recibía visitas.
Llegó a la cocina.
Un vaso estaba en el suelo.
Adrián bajó la linterna.
El vaso no se había roto.
Lo recogió y lo dejó sobre la mesa.
Entonces vio algo que le hizo olvidar por un instante el ruido.
En la superficie húmeda de la mesa había una pequeña marca.
Una línea.
Después otra.
Y otra.
Como si alguien hubiera deslizado la punta de un dedo sobre el agua que había quedado después de la lluvia.
Adrián acercó la luz.
Las líneas formaban letras.
No eran muchas.
Solo una palabra.
REGRESA.
Sintió un vacío repentino en el estómago.
Retrocedió.
La palabra comenzó a perderse lentamente cuando el agua se evaporó.
Adrián pasó la mano sobre la mesa.
Nada.
Volvió a iluminarla.
La palabra había desaparecido.
Se quedó mirando sus propios dedos.
—No.
Lo dijo en voz baja.
No sabía a qué estaba negándose.
A la palabra.
Al manuscrito.
A la posibilidad de que alguien estuviera dentro de la casa.
O a algo mucho peor.
Regresó al estudio.
La computadora seguía apagada.
Adrián se sentó frente a ella.
Por primera vez desde que había encontrado el archivo, sintió miedo.
No el miedo que provocaba una amenaza concreta.
Era algo más incómodo.
La sensación de que una parte de aquella historia ya había comenzado antes de que él tuviera conocimiento de ella.
Encendió nuevamente el computador.
La pantalla tardó unos segundos en reaccionar.
El documento seguía abierto.
Pero ya no mostraba la última página que había leído.
Había aparecido una nueva.
Adrián acercó el rostro.
En el centro de la pantalla había una sola frase:
“A las doce, alguien llamará a la puerta.”
Miró el reloj.
11:58.
Se quedó quieto.
Después miró hacia la puerta principal.
La lluvia continuaba golpeando las ventanas.
11:59.
Adrián respiró lentamente.
—No voy a abrir —dijo.
El cursor comenzó a parpadear.
Una palabra apareció debajo de la anterior.
“Lo hará.”
Adrián sintió que la garganta se le cerraba.
Miró nuevamente el reloj.
11:59.
Un minuto.
Nada más.
Y entonces comprendió algo que hasta ese momento no había querido aceptar.
El archivo no estaba escribiendo lo que iba a suceder.
Estaba esperando que él lo hiciera realidad.
Afuera, en algún lugar detrás de la lluvia, un automóvil pasó lentamente frente a la casa.
Sus luces atravesaron las cortinas.
Durante un instante, una sombra cruzó la ventana del estudio.
Adrián se levantó de golpe.
La luz desapareció.
Miró hacia el cristal.
No había nadie.
Solo su propio reflejo.
Y detrás de él, por un instante tan breve que pudo haber sido un error de la luz, creyó ver a una mujer parada en el pasillo.
Adrián se giró.
No había nadie.
Volvió a mirar el espejo oscuro de la ventana.
Esta vez solo estaba él.
El reloj cambió.
00:00.
Y alguien llamó a la puerta.
Una vez.
Luego otra.
Adrián no se movió.
La computadora escribió una última frase.
“Ahora comienza la historia.”
Adrián permaneció frente a la puerta.
No volvió a sonar.
Durante unos segundos pensó que quizá había sido producto de su imaginación.
La tormenta.
El cansancio.
Las horas de sueño perdidas.
El manuscrito.
Todo aquello había comenzado a alterar su percepción.
Miró la pantalla del computador desde el estudio.
La frase seguía allí.
“Ahora comienza la historia.”
Adrián tragó saliva.
—No —dijo.
Se acercó a la puerta.
Cada paso parecía demasiado fuerte sobre el piso de madera.
Al llegar, apagó la linterna del teléfono.
La casa quedó completamente a oscuras.
Apoyó una mano sobre la cerradura.
No la abrió.
Esperó.
Nada.
Entonces escuchó algo.
Una respiración.
Del otro lado.
Adrián retiró inmediatamente la mano.
Retrocedió un paso.
—¿Quién es?
Silencio.
Volvió a acercarse.
—¿Quién está ahí?
Esta vez escuchó un sonido diferente.
Una voz.
Muy baja.
Tan baja que apenas pudo distinguirla entre el ruido de la lluvia.
—Adrián.
Se quedó inmóvil.
Conocía aquella voz.
No podía ser.
Su respiración se detuvo.
—¿Elena?
No hubo respuesta.
Adrián cerró los ojos.
Durante dos años había imaginado aquella voz miles de veces.
Algunas noches creyó escucharla en sueños.
En la cocina.
En el dormitorio.
En el asiento del automóvil.
Había llegado a odiarse por eso.
Porque una parte de él todavía esperaba escucharla decir su nombre.
Pero aquella voz había sonado exactamente igual.
Abrió los ojos.
La mano volvió a la cerradura.
—Elena...
Esta vez la voz respondió desde el otro lado.
—No abras.
Adrián retiró la mano.
El corazón le golpeaba con tanta fuerza que podía sentirlo en el cuello.
—¿Por qué?
Silencio.
Después:
—Todavía no.
Adrián miró hacia el pasillo.
La puerta permanecía cerrada.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
—¿Dónde estás?
No hubo respuesta.
—Elena, ¿dónde estás?
La voz volvió a escucharse.
Pero esta vez sonó diferente.
Más distante.
Como si estuviera hablando desde un lugar mucho más lejano que el otro lado de una puerta.
—No estoy sola.
Adrián sintió que las piernas le temblaban.
—¿Mateo?
Silencio.
—¿Clara?
Nada.
—Elena, dime dónde están.
La respuesta tardó varios segundos.
—No los busques.
Adrián golpeó la puerta con la palma.
—¡¿Dónde están?!
La lluvia pareció detenerse.
Durante un instante no se escuchó absolutamente nada.
Entonces la voz dijo:
—Ya los estás buscando.
La luz del teléfono se encendió sola.
Adrián bajó la mirada.
En la pantalla había aparecido una notificación.
No era un mensaje.
Era el documento.
EL LECTOR CERO
Lo abrió.
Una nueva página estaba esperando.
Adrián leyó.
Adrián permaneció frente a la puerta.
Escuchó la voz de Elena.
Preguntó por sus hijos.
Pero cometió un error.
Adrián dejó de respirar.
Siguió leyendo.
Abrió la puerta.
—No.
La palabra apenas salió de su boca.
Levantó la mirada.
La puerta seguía cerrada.
Pero la cerradura comenzó a girar.
Muy lentamente.
Adrián retrocedió.
Una vez.
Dos.
La puerta se abrió unos centímetros.
Del otro lado no había nadie.
Solo oscuridad.
Una oscuridad mucho más profunda que la de la casa.
Adrián no podía ver el pasillo exterior.
No podía ver la calle.
No podía ver ninguna luz.
Solo una superficie negra, inmóvil, como si la puerta no condujera al exterior sino a una habitación sin fondo.
Entonces vio algo en el suelo.
Una fotografía.
Estaba justo al otro lado del umbral.
Adrián la reconoció inmediatamente.
Era la fotografía que había encontrado en el cajón.
La de él y su madre.
La misma que había dejado sobre el escritorio.
Se acercó.
La fotografía estaba boca abajo.
La recogió.
Al darle la vuelta, sintió que algo dentro de él se quebraba.
La imagen había cambiado.
Ya no aparecían solamente él y su madre.
Había una tercera persona.
Una niña.
Adrián se quedó mirando el rostro.
La conocía.
Era Clara.
Pero había algo imposible.
Clara aparecía mucho más pequeña.
Tal vez cuatro años.
Y estaba de pie junto a su madre.
Las dos miraban hacia la cámara.
Su madre sostenía el mismo libro oscuro que aparecía en la fotografía original.
En la parte inferior de la imagen, escrita a mano, había una fecha.
17 de octubre de 1992.
Adrián frunció el ceño.
Clara había nacido años después.
La fotografía era imposible.
Volvió a mirar el rostro de la niña.
Clara sonreía.
Pero su madre no.
Su madre parecía estar mirando algo detrás de la cámara.
Algo que Adrián no podía ver.
Entonces descubrió una última cosa.
En el reverso de la fotografía había una frase escrita con tinta negra.
La letra era de su madre.
Adrián la reconoció de inmediato.
Decía:
“Si alguna vez encuentras este libro, no termines la historia.”
Adrián levantó la mirada.
La puerta estaba nuevamente cerrada.
La casa había recuperado la electricidad.
El computador continuaba encendido en el estudio.
Y sobre la pantalla había aparecido una última línea:
“Capítulo 1. Fin.”
Debajo, lentamente, comenzaron a aparecer nuevas palabras.
“Mañana, Adrián descubrirá quién escribió el primer capítulo.”
Adrián permaneció inmóvil.
Porque sabía que aquello no era lo peor.
Lo peor era que, por primera vez desde que había abierto el archivo, una pregunta había dejado de parecerle absurda.
Si aquel manuscrito sabía lo que él hacía...
si conocía cosas que nadie podía conocer...
si podía escribir acontecimientos antes de que ocurrieran...
entonces quizá la verdadera pregunta nunca había sido quién estaba escribiendo la historia.
Quizá la pregunta era otra.
¿Desde cuándo la estaba escribiendo?
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