¿Quién Más Podría Amarte?
Su dulce perfume me envolvía. Sentía sus brazos de muñeca rodeándome desde atrás, con sus dedos tan perfectos como los de una princesa clavándose en mí como una araña que sostiene a su presa, justo antes de disolver sus tripas de un solo mordisco. Había acercado su rostro a mi oído. Mi cuello y mis hombros se habían tensado antes de siquiera escuchar el primer hilo de su aliento.
—Eres tan bonita cuando estas así de quieta —había murmurado, el olor a cereza de su labial tan próximo —. Me encanta cuando solo te dejas estar, así, toda mía. ¿No te hace feliz?
Se me revolvía el estómago, y al mismo tiempo, mi corazón perdía el control. Me costaba tanto respirar cuando hacía eso. Empezaba a sudar, aunque no sabía bien la razón, que me resultaba como ver por un vidrio empañado.
—S-sí… —le había contestado.
Mis lentes estaban por caerse, pero antes que pudiera levantar mi mano, ella me los acomodó con la ligereza con la que se mueve una serpiente. Y de igual forma, sin dejar de rozar mi rostro, recorrió mi mentón, y luego mi cuello, hasta sostenerlo.
—Claro que sí, porque, ¿quién más te haría esto? —había dicho ella con un tono tan suave y tan dulce que me había paralizado.
“¿Quién más podría amarte?” era algo que me decía a menudo. Y tenía razón. Soledad en la primaria, acoso en la secundaria, abandonada por mi padre, ignorada por mi madre (cuando no se desquitaba conmigo); cuando me cansé de llorar y me rendí conmigo misma, me dediqué solo a estudiar. Y así llegué hasta donde estaba, cuando la conocí a ella. Yo no había hecho nada: ella me clavó la mirada un día, antes de clases. La había mirado de reojo, pero no le dirigí ni una palabra. Pero desde ese entonces, no dejó de mirarme, de adivinar mis horarios, de seguirme como carne fresca. No recuerdo cómo fue que empezamos a andar, pero no le costó mucho.
“Eres tan bonita, ¿por qué estás sola?” fue lo que me sacudió por completo. En seguida, me tuvo en sus manos.
“¿De verdad llevas tanto tiempo así? Qué triste…” decía, aún si sus otras amistades la miraban raro por hablarme. Y cuando le preguntaban por qué me hablaba tanto, ella solo sonreía. Esa sonrisa, tan complicada. Me hacía sonrojar. Alguien me prestaba atención. No era la primera vez que me atraía una chica, pero era la primera vez que siquiera una se dignaba a mirarme así.
Me daba cosas, me llevaba a lugares; la más de las veces no podía ni decirle que no. Solo lo hacía, sin esperar mi respuesta, o sin saber si yo quería o no. Yo era suya. Suya por completo. Y siempre me lo recordaba, y no podía entender bien lo que me hacía sentir. Más aún cuando me regaló ese collar, tan bonito, que llevaba su inicial.
“¿Quién más saldría contigo? ¿Quién más iría a buscarte? Si no fuese yo, nadie más te estaría hablando, como siempre” decía con ese tono tan delicado, tan endulzado, mientras me acariciaba, sin quitarme sus ojos de poco brillo de encima, con esas largas pestañas oscuras.
Me iba a dormir sin fuerzas, hundida en una oscuridad distinta a la usual. Me sentía como si careciera de cuerpo, de alma; y anhelaba su toque, su voz, tanto como anhelaba que no cruzara jamás mi puerta.
Y cuando quiso, me hizo “aún más suya”. Le pertenecía, sin importar qué. Y no iba a ningún lado si no era con ella. Y aunque fuera con ella, siempre me demostraba que nadie más me quería. No porque ella hiciese algo. Solo no pasaba. Amistades suyas, compañeros de clase, profesores, no importaba quién, todos me trataban igual que siempre. Solo ella era diferente conmigo.
“Si me pasara algo, ¿quién más iría a ayudarte? ¿Quién más se preocuparía por ti? ¿Quién más podría amarte?”
Y yo no podía decirle que no. No puedo decirle que no. Sobre todo porque ahora nadie más me habla. Vagué el primer día a clases, escuché sin escuchar, sentí los murmullos de los demás, no sé si de burla o de compasión. No recuerdo si mi rostro siquiera cambió en todo el día. Y pasaron dos días, y tres, y cuatro, y toda la semana. Y nada cambió. Nadie me habló. Nadie se acercó a mi. Nadie me amó. Y en mi celular, a un lado de los miles de mensajes y las miles de llamadas, siguió abierta la misma página:
“Joven estudiante, Carla Perez, muere en un accidente”.
Releí el artículo entero incontables veces, y hasta ahora, sola en mi cuarto, no lo entendí. Hasta ahora.
“Claro que eres feliz conmigo, ¿quién más te haría esto? ¿Quién más saldría contigo?”
Empecé a respirar más fuerte.
“¿Quién más iría a buscarte? ¿Quién más iría a ayudarte?
Las lágrimas empezaron a fluir sin control.
“¿Quién más se preocuparía por ti?”
Empecé a negar con la cabeza entre sollozos.
“¿Quién más podría amarte?”
La pantalla se quebró después de un grito, el celular al otro extremo de la habitación. Golpeé mi lámpara, la tomé y la reventé contra el muro. Grité. Grité sin parar. No paré. No quise parar. Volteé la mesa de luz y comencé a patearla. Tomé y aplasté sin parar mis sábanas contra mi cama sin dejar ni una sola vez de gritar. Di dos pasos atrás, mis manos rasguñando mi rostro, torciéndome hacia dentro. Me rasguñé la cabeza, me rasguñé la cara, me rasguñé el cuerpo, por donde siempre me sostenía, como si aún me abrazara. Casi no podía ver, tan borrosa mi vista. Miré a mi espejo: llena de lágrimas, los lentes torcidos, mi cabello desordenado, llena de marcas. Miré mi cuello.
Para cuando la casera se enteró del escándalo y entró por la fuerza a ver, Miri yacía ya en la esquina de la habitación, el cuello repleto de sangre hasta manchar su ropa, los ojos aún abiertos, un trozo del espejo roto en su mano ensangrentada, entrelazado con un collar con una “C”.








