Capítulo 1
ALEI
John dejó caer las manos y esperó a que el último instrumento callara.
— Otra vez.
Un coro de quejas respondió desde distintos puntos de la sala.
Alei soltó una carcajada y dejó caer las manos sobre las teclas.
— Yo no fui.
— Fuiste tú – dijo una mujer desde algún lugar detrás de los violines.
— No fui yo.
— Entraste antes
— Entré cuando correspondía.
— Entraste antes – repitió John
Alei giró sobre la banqueta para mirarlo.
— ¿Tú también?
John levantó las manos.
— Yo solo intento que lleguemos vivos al concierto.
— Pues empieza por despertar a la violinista.
— Empieza por aprender a contar hasta cuatro – respondió ella.
Las risas estallaron alrededor.
Alei se llevó una mano al pecho.
— Camille, pensé que éramos amigos.
— Lo somos.Por eso te aviso antes de que hagas el ridículo frente a mil personas.
— Qué considerada.
Camille le dedicó una sonrisa mientras acomodaba el violín bajo el mentón.
Llevaban casi cinco horas encerrados allí y la sala empezaba a mostrar las consecuencias.Vasos de café ocupaban los espacios libres entre las partituras, dos botellas de agua habían rodado bajo el piano y alguien había abandonado un suéter sobre uno de los amplificadores.Al fondo, Marc discutía con Elise por un atril que ninguno de los dos había llevado y que, por alguna razón, ambos aseguraban haber reservado primero.
John dio dos palmadas.
— Desde el treinta y ocho.
— Necesito café – dijo Alei
— Necesitas disciplina.
— También.Pero el café podemos conseguirlo hoy.
Alei se levantó del piano y estiró los brazos por encima de la cabeza.Llevaba toda la tarde sentado y tenía la espalda entumecida.Camille bajó el arco.
— Si vas, quiero uno.
— Yo también – dijo Marc.
— Para mí sin azúcar
— El mío con leche.
— A mí tráeme un té – John dijo sin levantar la vista de las partituras mordisqueando las patas de los lentes
Alei los miró.
— ¿En qué momento me convertí en camarero?
— Cuando te levantaste – respondió Elise – ¿No que trabajas en un restaurante?
— To—can—do el pia—no – separó las sílabas, casi gritando.
Elise sonrió.
— Mándenme lo que quieran – levantó el celular
Bajó a la cafetería frente al teatro La Voix des Cordes.Apenas cruzó la puerta, la mujer detrás del mostrador levantó la vista.
— No.
Alei frunció el ceño.
— Ni siquiera he dicho nada.
— La última vez fueron quince órdenes. ¡Quince! Y todas especiales.
— Hoy somos personas más moderadas.
Se acercó al mostrador mientras sacaba el teléfono.Dos mujeres sentadas junto a la ventana siguieron su recorrido con la mirada.Una de ellas bajó la voz para decirle algo a la otra y ambas volvieron a mirarlo.
Alei ni siquiera pareció notarlo.
El teléfono vibró en su mano.
Camille: Capuchino, leche de avena y canela.
Marc: Americano doble para mí.
Elise: ¿Quedan croissants?
Marc: Y tráeme algo de comer.
Camille: Acabas de comerte la mitad de mis papas.
Marc: Por eso sigo con hambre.
Elise: ALEI LOS CROISSANTS.
Alei sonrió mientras los mensajes seguían apareciendo
Alei: No he llegado al mesón y ya me arrepentí.
Camille: Estás literalmente en línea.
Levantó la cabeza de golpe y miró hacia los ventanales.Arriba, detrás de uno de los enormes cristales de teatro, Camile agitaba la mano.
Él mostró el dedo medio.
El teléfono volvió a vibrar.
Elise: JAJAJAJAJA
Marc: Te vimos.
Alei: Trabajen.
Camille: Tú eres el que abandonó el ensayo.
Alei: Para alimentar a cuatro inútiles.
John: Cinco
Alei soltó una carcajada.
Camille: Ya no quiero Capuchino. Tráeme un matcha.
John: Té negro.
— ¿Ya decidieron? – preguntó la mujer detrás del mostrador.
— Están en eso Abi.Tenme paciencia – le guiñó un ojo
— Abusas de tu cara – sonrió mientras limpiaba el mesón.
Elise:¿HAY CROISSANTS?
— Por favor, dime que no quedan croissants.
Abi miró la vitrina.
— Quedan cuatro.
— Dame los cuatro, a ver si Elise deja de joderme.
Alei: Pedido cerrado, llevaré lo que se me dé la gana y ya que están haciendo nada.Voy a necesitar ayuda.
Marc: Y nos dices inútiles a nosotros.
Alei: Tú no.
Marc: Vete a la mierda.
Camille: JAJAJAJA
Alei: Elise, baja.
Elise: ¿Por qué yo?
Alei: Porque compré tus cuatro croissants.
Elise: YA VOY.
Alei guardó el teléfono.
— No está mi compañera para ayudarte a llevarlo – dijo Abi mientras ponía los vasos sobre una bandeja.
— Conseguí ayuda.
— Qué fácil – dijo Abi
— Hay que conocer las debilidades de la gente.
— Eso sonó preocupante
— Estamos hablando de bollería, Abi.
— Contigo nunca se sabe.
Abi acomodó las tapas y puso las bebidas frías en una segunda bandeja mientras Alei sacaba la tarjeta.
— ¿Lo de siempre?
— Sí.
Abi agregó otro vaso al pedido sin preguntarle nada más.
Elise cruzó corriendo, esquivando un auto que acababa de detenerse frente al teatro.
— Llegó la mano de obra – dijo Alei
— Llegó por los croissants.
Abi dejó las últimas bebidas sobre el mesón.Elise tomó una de las bandejas y se colgó la bolsa con croissants y sandwishes de la muñeca.
— ¿Vamos?
Alei recogió la otra.Abrió la puerta de vidrio con su cuerpo y la sostuvo para que pasara Elise. Cuando estaba por soltarla, una de las mujeres de la ventana se levantó, se acercó y le tendió un papel con una sonrisa.
Alei lo tomó sonriendo y salió.
Elise miró el papel entre sus dedos.
— ¿Otra vez?
Alei se encogió de hombros y siguió caminando.
— Yo no hice nada.
— Ese es el problema.Tu cara es odiosa.
— ¿Solo mi cara?
— No. De hecho, todo tú. Ese pelo desordenado, esa actitud de que todo te importa una mierda, esos hoyuelos…
Alei rió.
Cuando regresaron al teatro, el descanso había terminado sin ellos.Johan había aprovechado la ausencia de Alei para trabajar con las cuerdas y ahora Camille discutía una indicación sobre su partitura mientras los demás retomaban sus lugares.Alei dejó las cosas sobre una mesa lateral, se quedó con el suyo y regresó al piano.
Faltaba un mes y medio para el concierto y todavía había partes que no terminaban de sonar bien.No era extraño. Reunir tantos músicos durante tantas horas de ensayo, tantos días a la semana, era algo que tenía a John en la miseria mental.Algunos llegaban desde otros ensayos, tarde y malhumorados; otros, desde clases o trabajos estables, después de pasar el día enseñando y con algún alumno esperándolos a la mañana siguiente.Marc se marcharía antes porque tocaba en otro sitio, y Elise había cambiado dos clases para poder llegar.
Alei había tenido que mover sus propias noches en Le Petit Mua y cancelar varias clases.No le molestaba.Hacía mucho que no participaba en algo de esa magnitud y había olvidado cuánto le gustaba aquella parte: el desorden previo, una pieza desarmada en fragmentos, veinte personas intentando encontrar exactamente el mismo pulso hasta que, de pronto, lo conseguían.
Dejó el vaso junto a una pata del piano y observó la partitura.
— A ver el papel – le dijo Elise, tendiendo la mano
— Qué metiche.No sé dónde quedó.
Elise se acercó a la mesa y vio el papel junto a una de las bolsas.
— Marina – leyó – Marina te dejó su número.
— Pásamelo.
— ¿Vas a llamarla?
— No sé.
— Pobre Marina.
Alei estiró la mano. Elise le puso el papel en la palma.
— Camille, anota en la lista a la pobre Marina.
Camille anotó en una libreta imaginaria.
— Dejen a mi amigo en paz.No tiene la culpa del estilo que se carga.
Marc se levantó de la silla dándole un mordisco a su sándwich.
— Si no te gusta… yo puedo llamarla – sonrió, con la mayonesa cayéndole por la barbilla.
— ¡Asco! – gritaron las chicas.
— ¡Se terminó el recreo!
John dio dos palmadas y las conversaciones comenzaron a apagarse.Marc se limpió la cara y se echó el último trozo de pan a la boca. Elise repartió los últimos vasos, cerró la bolsa de los croissants y se la llevó a su asiento, junto con el café.Camille dejó de anotar conquistas imaginarias para acomodar el violín bajo el mentón.
John esperó hasta tener la atención de todos.
Llevaba un año preparando ese concierto en su mente.Había escogido cada pieza, modificado arreglos, buscado músicos, reemplazado a los que se habían caído por el camino y rehecho horarios más veces de las que podía recordar.El teatro había sido otra batalla.Conseguirlo para una noche había resultado sencillo comparado con encontrar suficientes horas de ensayo sin arruinarse en el intento.
Y luego estaba la gente.
Alei lo había visto perder la paciencia, recuperarla y volver a perderla varias veces durante los últimos meses.Sin embargo, apenas levantaba las manos frente a ellos, algo cambiaba.John podía escuchar un error enterrado entre las cuerdas, detenerlos en mitad de un compás y señalar exactamente dónde se había torcido.
— Desde el treinta y ocho.
Alei se guardó el papel en el bolsillo y apoyó las manos sobre las teclas.Esta vez entró cuando correspondía.
Las cuerdas se incorporaron unos compases después.Primero los violines, luego las violas, y el piano quedó debajo de ellos, sosteniendo una melodía que Alei conocía lo suficiente para dejar de mirar la partitura por momentos
Le gustaba tocar así. Tenía que estar pendiente de todo lo que ocurría a su alrededor: escuchar a Camille a su izquierda, seguir las manos de John, reconocer el momento en que las cuerdas respiraban juntas y entrar con ellas.No bastaba con conocer su parte.Tenía que escuchar las de los demás.Si uno se adelantaba, todos lo sentían.Si conseguían encontrarse, la música parecía avanzar por sí sola.
John los detuvo dos veces.La tercera los dejó seguir.
Alei perdió la cuenta de cuánto llevaban tocando.El café junto al piano se enfrió y alguien abrió una de las puertas laterales porque la sala se había vuelto sofocante.Marc se marchó a la hora que había anunciado y otro músico ocupó su lugar sin que el ensayo se detuviera más de unos minutos.
Volvieron a empezar.
Esta vez llegaron al final.
John mantuvo las manos en alto un instante después de la última nota.Nadie se movió.El sonido terminó de apagarse entre las butacas vacías y recién entonces bajó los brazos.
Alei sonrió.
Por eso había aceptado tocar con él.Por momentos como ese.
El silencio duró apenas unos segundos.Alguien dejó escapar un suspiro exagerado y la sala volvió a llenarse de voces, sillas arrastrándose y estuches abriéndose.
Alei flexionó los dedos antes de cerrar la tapa del piano. Dobló el torso, luego movió el cuello.
— Próxima semana confirmo horarios – anunció John.
Las protestas llegaron desde distintos puntos de la sala
— Por culpa de ustedes, no tenemos horarios fijos.
— Tengo una vida – protestó Camille mientras guardaba el violín.
— Ese es exactamente el problema.
Algunas risas se mezclaron con el ruido de la sala mientras cada uno recogía sus cosas.Alei guardó las partituras en el bolso y buscó su chaqueta entre las cosas que habían terminado amontonadas junto al piano.
Elise pasó a su lado con la bolsa de croissants.
— Me los llevó.
— Son tuyos desde que bajaste a buscarlos.
— Qué bueno que lo entiendas.
Le dio un beso en la mejilla y siguió hacia la salida.Camille hizo lo mismo poco después, despidiéndose de John a la distancia.
En menos de diez minutos, el grupo que había ocupado la sala durante horas comenzó a deshacerse en direcciones distintas.
Alei cerró su bolso y se puso la chaqueta.Cuando levantó la vista, John seguía frente a uno de los atriles, haciendo anotaciones sobre la partitura.
— ¿Vas a quedarte a dormir aquí?
— Estoy considerando seriamente mudarme.
Alei se colgó el bolso al hombro.
— Te faltan cortinas.
— Y músicos que sepan seguir instrucciones.
— Estamos trabajando para usted.
— ¿Mañana trabajas?
— Si –
— Te llamo.
— No lo hagas. Estoy harto de escuchar tu voz.
John tomó la botella de agua vacía a su lado y se la lanzó. Alei no alcanzó a esquivarla, le dio justo en el brazo.
— Aprovecha de botarla.
Alei se inclinó como si fuera a recogerla.En el último segundo se enderezó y siguió caminando, levantando una mano a modo de despedida.
— Imbécil! – le gritó John desde dentro.








